domingo, noviembre 29, 2009

206.- El extraño viaje


Me sorprendió ver a Peter Lorre en compañía de Rafaela Aparicio porque, eché cuentas, si esa película fue rodada en 1964 y en marzo de ese mismo año el actor de origen húngaro moría en Hollywood a los 59 años... Además, Lorre huyó de Alemania en 1933 después de que los nazis ganaran las elecciones y me cuesta creer que el tío Paco permitiera aquella producción... Aquí tiene que haber una confusión. O un parecido asombroso. Y al final resultó ser esto último: el actor que parece Peter Lorre, no sólo en su físico sino también en su interpretación, es español y se llama Jesús Franco. Aunque bien pudiera llamarse de otras mil maneras...
En una excelente entrevista concedida al diario El País después de que le fuera concedido el Goya de Honor 2009, Jesús Franco (director de más de 200 películas, entre ellas "Necronomicom", "Gritos en la noche" o "El Castillo de Fu-Manchú", una filmografía de bajo presupuesto que ha alternado, básicamente, el género de terror con el género erótico) abordó el jugoso tema de su interminable lista de seudónimos. Así fue el diálogo:

¿Usted es Joan Almirall, Terry de Corsia, Raymond Dubois, James Lee Johnson, Lulé Laverne o Jess Frank?

Ninguno.

Vaya. ¿Y eso?
Leyenda. Realmente, sólo he usado cinco nombres. Empecé utilizando seudónimo para los distribuidores extranjeros porque hacía demasiadas películas. Mis nombres siempre han sido homenajes a músicos de jazz muertos. Clifford Brown fue el primero que usé. El mejor trompetista de la historia del jazz murió a los 25 años, en la carretera. Luego utilicé James P. Johnson, pianista de blues también muerto. Luego estaba Charlie Christian, guitarrista genial. Cuando tuve tres, decidí montar un quinteto y añadí a Slam Stewart, bajista. Y luego al único blanco del grupo, Dave Tough. Pero el resto de los nombres son inventados, y no por mí, sino por productores y distribuidores. Algo ridículo.

¿Y lo de Jess?
Esa tontería. Bueno, así me llamaban en París, porque en aquellos años, tiempos del franquismo más cerrado, llegar a París y llamarse Jesús, como Jesucristo, y Franco, como el caudillo, pues era un cachondeo. Esa tontería. Bueno, así me llamaban en París, porque en aquellos años, tiempos del franquismo más cerrado, llegar a París y llamarse Jesús, como Jesucristo, y Franco, como el caudillo, pues era un cachondeo.

Y así podríamos seguir la mañana entera, hablando de dobles identidades y ficciones. Incluso podría reproducir la entrevista completa que firma Elsa Fernández-Santos y no haría falta que yo escribiera nada más. Pero aunque el personaje de Jess Franco es seductor y sus respuestas rozan la perfecta lucidez, voy a resistirme a la tentación. Vuelvo a recordar la habitación en penumbra, el falso Peter Lorre echado entre unas mantas y Rafaela Aparicio vela en mano, justo antes de tropezar con un colgador. La película se titula "El extraño viaje" y es en sí misma un periplo que comienza en un crimen real ocurrido en la localidad de Mazarrón (Murcia), que luego pasa a la portada de "El Caso" y de ahí a una mesa de café madrileño en la que Fernando Fernán Gómez propone a sus amigos el inocente juego de imaginar lo qué ha ocurrido en Mazarrón y luego Luis García Berlanga idea el argumento de un film y finalmente se convierte en guión y aquel crimen de Mazarrón se convierte bajo la dirección de Fernán Gómez en una película magistral. Película que por cierto no precisó de Peter Lorre para recibir la atención de la censura franquista, que la prohibió a las pocas semanas de su estreno. ¿Su pecado? Mostrar con demasiada crudeza el esperpento de país que por aquel entonces todavía era España. "El extraño viaje" es un artefacto que a veces parece humor negro y otras un drama de provincias y otra una peli de suspense al estilo Hitchcock-Psycho-Perkins y cuando Carlos Larrañaga abraza sin convencimiento a la Ignacia-Gloria Swanson también parece "El crepúsculo de los dioses" pero en lugar de Sunset Boulevard todo ocurre en un pueblo castellano que se aburre de lunes a viernes y que espera con rabia y violencia que lleguen los músicos desde Madrid para echar un baile en el salón del Círculo Recreativo. Créanme, es una de esas películas que despiertan fascinación, ganas de escribir, de hablar de ellas, de comentar los resortes de un guión inteligente que maneja la trama y la información con amplia sutileza. Y luego, sin remedio, la pregunta. ¿Qué tenían en común la España católico-cotilla-paleta del 64 y el grupo de creadores que está detrás de la realización de esta película? ¿Cómo es posible semejante dualidad? Supongo que no es posible de un modo natural, es la fricción de las dos españas que todavía colisionan a diario, cada día que bajo a comprar el pan, la colisión que exilió a Jess Franco en busca de libertad. Y la que le impidió regresar con normalidad al morir el funesto (adj. Que produce tristeza o desgracia, o que va acompañado de ellas) dictador. Les dejo con otro fragmento de la excelente entrevista a Jess:

Usted empieza su autobiografía con una frase de Gila: "El día que nací yo, mi madre no estaba en casa. Así que bajé y le dije a la portera: señora Patro, he nacido; soy niño". ¿Nunca le falla el sentido del humor?
No. Aunque algunos no lo entienden y supongo que para ellos sí falla. Gila era muy amigo mío y lo pasábamos muy bien juntos, hablando todo el día de gilipolleces. Pero nunca ha estado valorado a la altura que merecía. En cualquier país civilizado, Gila hubiese sido considerado como un Ionesco, pero como no era francés o rumano, pues nada... Nos tocó un pasado muy negro y nefasto, y no está tan lejos, ahí sigue.

¿Dónde?
La España fascista es muy chulita y asoma por muchos sitios, la programación de la televisión, la incultura...

¿La marginalidad ha sido para usted una salida?

La única salida. O me declaraba marginal o me condenaba a la más absoluta infelicidad. O estaba al margen o estaba jodido. Yo soy de izquierdas de verdad, mis sentimientos no son exactamente marxistas porque el marxismo fracasó, pero, pese a todo, esas ideas prevalecen.

Y ¿qué es hoy ser de izquierdas?
Ser un librepensador que no admite tonterías ni de la sociedad ni del establishment, alguien a quien el qué dirán no le importa. Haz lo quieras y sé feliz. Fuera servidumbres. No comulgo con ruedas de molino ni con ruedas de nada. No soporto las poses y defiendo esa declaración de Cocteau que dice: "Las rosas huelen mal". Pues eso, que si te parece que las rosas huelen mal no digas que huelen bien.

(...)
Y el cine ¿no puede ser trascendente? No. Ése no es su cometido. Si fuera así, sería una pedantería, y el cine está hecho para todo el mundo. El cine está hecho para divertir, nació en una barraca de feria y sigue siendo una ilusión de feria. Y eso está muy bien y no hay por qué tocarlo, porque puede llenar nuestra vida de fantasía y de un mundo mejor al nuestro. El cine nos lleva a un mundo mejor. Julián Marías, familiar mío, decía que, mientras en el teatro perteneces a una colectividad, en el cine, no. En el cine, tú estás solo con Ingrid Bergman, y tú, al estar solo con esos héroes, con Marlon Brando, con quien quieras, compartes con ellos todo el espacio. Pero ese espacio desaparece cuando termina la película y en seguida vuelves a tu ser. Esa ensoñación se acaba, es muy corta. Pero, en cambio, la ensoñación del Ulises es para toda la vida. Se va a escandalizar, pero para mí Gila es como Joyce, es esa escuela, yo creo en eso, en esa incorrección, en ese surrealismo inconectado, en las contradicciones de la sociedad. Lo que pasa es que Joyce tenía el prestigio de Irlanda, de un mundo en descomposición, y el otro sólo tenía a un general que no acababa nunca de fallarnos.

¿Ésa ha sido la diferencia?
Sí, cuarenta años de paz en los que nos han ido jodiendo poco a poco. Cuarenta años en los que cada mañana nos caía una gota de agua fría en la cabeza.

P.D: Veamos a continuación la pieza que ABC le dedicó el 19 de enero de 1956 al crimen de Mazarrón. Como sólo era el inicio del caso no revelamos información que revele (del todo) el argumento de la película:
IDENTIFICACIÓN DE LOS CADÁVERES DE LA PLAYA DE MAZARRÓN
Haro (Logroño) En relación con el hallazgo de unos cadáveres en la playa murciana de Mazarrón, se ha sabido que corresponden a los hermanos vecinos de esta ciudad, Julio y María Luisa Pérez de Nanclares, de sesenta y dos y cuarenta y siete años de edad, respectivamente. La otra mujer que iba con ellos es también hermana y se llama Marina, de cincuenta y dos años.
Los tres eran solteros y hacían una vida muy retraída, alejados de toda actividad social. Se dedicaron siempre al negocio hotelero. A sus padres primero, y más tarde a los tres hermanos, perteneció el llamado Hotel Higinia, de Haro. Al traspasar el negocio, se trasladaron a vivir a Bilbao, y luego a Madrid, donde se dedicaron al negocio de transportes. La salud de Julio sufrió un serio quebranto, y nuevamente regresaron a Haro, donde ocupaba la mayor parte del día en pasear por el campo en unión de sus hermanas. Actualmente se encontraba muy mejorado, hasta el extremo de que habían proyectado montar una fábrica de pasta para sopa. Hace unos días sufrieron una gran contrariedad al sufrir dificultades para el montaje de dicha fábrica. Se afirma que la situación económica de los citados no era mala.

Murcia. Van conociéndose más detalles del suceso de la playa de Mazarrón. Los tres pasajeros que por la noche, en la desierta playa de la isla, se apearon del taxi, habían realizado el mismo día 12, jueves, otro viaje a Puerto de Mazarrón, en pleno día, en un coche cuyo chofer no se ha presentado a la policía.
Este vehículo, con sus tres ocupantes, se detuvo en la puerta de la casa de la encargada de alquilar algunas de las viviendas de la isla. Descendieron las dos mujeres y la de más edad, que es la desaparecida, se mantuvo a cierta distancia, como si vigilara a la más joven que ha aparecido muerta, y que es la que conversó con dicha encargada. La joven era alta, bella, algo gruesa y llevaba el pelo teñido en color caoba fuerte, mientras que la otra lo tenía teñido en negro; ambas iban muy maquilladas. El hombre que quedó en el vehículo vestía abrigo gris, era fuerte y tenía aspecto saludable.
Resulta extraño que desde la noche del jueves hasta el domingo, día en que fueron descubiertos los dos cadáveres, pudieran permanecer en aquella playa sin ser vistos por persona alguna. El cadáver de la mujer más joven conserva puesto un anillo de diamantes, y el hombre un reloj de pulsera, parado, por haberse mojado, en las diez menos cuarto. Como el reloj presenta cuerda para algunas horas más se supone que la muerte debió producirse unos diez minutos antes. Asimismo, el detalle de tener todavía cuerda el reloj, indica que si el hombre tenía costumbre de darle cuerda todas las noches, la muerte fue por la noche, precisamente, pues de haber sido por la mañana, el reloj hubiera conservado mucha más cuerda en reserva.

P.D.2: El ABC acompaña la noticia con otra no menos impresionante: "Un joven de Angola mata a un león en lucha". La gesta de Mario Sampaio Nunes tiene truco: después de pugnar con el león durante unos minutos a base de puñetazos y puntapiés, pudo alcanzar un arma de fuego y dispararle a bocajarro. Pero qué más da la realidad. De eso sabe bastante el ABC...

domingo, noviembre 15, 2009

205.- La muerte de Murnau

Cuando ya casi creía que tenía dominado el canon cinematográfico (y no hablo de la SGAE, Dios me libre), ya saben, aquello de Ciudadano Kane, Padrino, Acorazado Potemkin, Intolerancia blablabla... pues entonces va y descubro una peli de la que no había oído hablar en mi vida y que así a bote pronto me ha parecido un peliculón. Luego he investigado un poco en la red, donde he descubierto que se trata de una película de culto, una auténtica revolución del cine rodada en el Berlín en blanco y negro del año 1924. Se titula "El Último" aunque también se la conoce como "La última carcajada" ("Der Leztze Mann") y su director fue Friedrich Wilhelm Murnau.
Al tipo claro que lo conocía, ya había visto su inquietante versión del mito de Drácula, con Max Schreck enseñando colmillos y uñas, (la peli se tituló Nosferatu porque los productores no llegaron a un acuerdo con la viuda de Bram Stoker, que por lo que se ve era el dueño de los derechos del título nobiliario de Conde Drácula)
Vale pues sí tenía a Murnau clasificado, pero ni sabía de esta peli ni de su magnífico protagonista, un actor alemán llamado Emil Jannings que antes de convertirse en nazi y llegar a la dirección de la productora UFA ganó el primer Óscar de la historia al mejor actor por su papel en dos películas de las que tampoco tengo ni idea: "La última orden" de Josef Von Sternberg y "El destino de la carne" de Victor Fleming.
Bien, pues ahí está Jannings, gordo, jorobado, contrahecho, enmarcado en unas frondosas patillas, saliendo de casa a primera hora de la mañana abrigado con su imponente uniforme de portero del hotel Atlantic. Una orquesta acompaña sus pasos de hombre orgulloso que responde con un saludo militar al afecto con que le tratan los vecinos. Jannings es casi un anciano y sin embargo está en la cúspide de su vida, en el punto más alto que ya sólo admite el declive... y el declive está al doblar la esquina. El dueño del hotel Atlantic ha contratado a un portero más joven y más fuerte para sustituir a Jennings, a quien le esperan los baños de caballero como último destino de su vida laboral. He visto el terror en los ojos del viejo portero, en su paso dubitativo, en su expresión incrédula.
Qué película, cómo es posible que una peli muda que tiene más de ochenta años sea mucho más entretenida-profunda-emocionante que la gran mayoría del cine actual. Y más moderna. Porque "El último" fue el primer experimento con la cámara subjetiva (que se desenfoca y gira) y el origen del concepto "cámara desencadenada", según el cual la cámara adopta un papel narrativo a través de todo tipo de zooms, movimientos, ubicaciones y hasta encarnaciones de conceptos tan intangibles como el sonido.
Ante semejante batería de novedades, la incipiente industria cinematográfica de Hollywood no podía quedarse con los brazos cruzados. Dos años después de rodar aquella exitosa película, Murnau emigró a los Estados Unidos y en 1927 realizó para la 20th Century Fox otra película que también sería etiquetada como "una de las mejores de la historia del cine" y de la que yo tampoco tenía ni idea. Se tituló "Amanecer" ("Sunrise") y en aquella primera edición de los Oscar en que Jannings se llevó la estatuilla, la nueva peli de Murnau se llevó otras tres, entre ellas la de Mejor Película.
Llegados a este punto ya está clara la alegría con la que recibí el descubrimiento de estos pequeños tesoros. Este fin de semana han venido Luis y Patri de visita a Sevilla y como yo estaba entusiasmado con las pelis les he ido explicando planos y detalles mientras paseábamos por Macarena y entre cerveza y cerveza. De una u otra manera acababa por salir el nombre de Murnau y al final resultaba inevitable evocar también el accidente que acabó con su vida en 1931.
Fue un accidente de tráfico, en una carretera de California por la que viajaban el director, tres amigos, un pastor alemán y un muchacho filipino de 14 años que Murnau se había traído del Pacífico tras el rodaje de "Tabú", su última película (codirigida con el documentalista Robert Flaherty). No se sabe exactamente qué pasó en aquel coche, pero la homosexualidad de Murnau y su popularidad fueron pólvora suficiente para que estallaron como fuegos artificiales los más variados rumores. El más extendido asegura que en una gasolinera el muchacho filipino, que se llamaba García Stevenson, tomó los mandos del vehículo y pisó el acelerador hasta el fondo para complacer a su jefe y amante. El pastor alemán, los amigos y García Stevenson salvaron la vida. Murnau quedó en su asiento con el cráneo destrozado y el día siguiente expiró en la camilla de un hospital.
El cuerpo fue repatriado a Berlín, donde su madre se encargó de organizar un sentido entierro. Greta Garbo lloró mares (al otro lado del Atlántico) y Fritz Lang, el otro director-gigante de aquella Alemania de entreguerras-expresionista, se encargó del correspondiente discurso. Dijo algo así: "Dentro de muchos siglos todo el mundo sabrá que hoy nos ha dejado un pionero en la cúspide de su carrera, un hombre a quien el cine le debe su carácter fundamental, artística y técnicamente... Que todos los creadores sinceros tomen a este hombre como su ejemplo... Aloha oe Murnau".

P.D: Además de Murnau, Luis y yo tuvimos decenas de conversaciones distintas en decenas de bares y centenares de calles. Lo pasamos en grande, como los viejos tiempos. Y además cocinó: Espiral de lomo con bacon y queso, acompañado con puré de manzana asada, salsa de dátiles y crujiente de yuca. Hoy se ha vuelto a Granada un pionero de los fogones. Aloha oe Martín!

domingo, noviembre 08, 2009

204.- Napoleón fuera de temporada

Fragmento de una de las conversaciones entre Stanley Kubrick y Felix Markham, historiador de Oxford que en su momento fue el máximo experto sobre la figura de Napoleón. Omito las respuestas del historiador porque a mí sólo me importan los comentarios de Kubrick:

- Una vez leí en un libro sobre psiquiatría que el hombre es un animal de ataque o retirada y que cualquier cosa entre ambos le produce un gran estado de ansiedad. Pienso que lo que Napoleón no podía tolerar era ese impasse; si estaba en el camino, en acción, sabía lo que debía hacer, ejecutaba sus batallas maravillosamente. Y si estaba atacando no sabía como temporizar. En verdad, no sabía cómo sobrevivir cuando ni atacaba ni retrocedía.
- Sospecho que no habría sido un buen jugador de ajedrez, incluso aunque jugara mucho, porque una de las claves es reconocer que hay momentos en los que no hay ni movimientos de ataque ni de defensa. Ese intermezzo lo llaman los alemanes zwischenzug. Son los movimientos que a menudo marcan la diferencia en las grandes partidas, porque realmente no tienes nada que hacer. Es una posición complicada.
- Tienes que hacer un movimiento que lo parezca, pero que en realidad no haces nada... Ésa era su debilidad.
- Te das cuenta de que cuando Napoleón está yendo en una dirección, arriba o abajo, no parece demasiado infeliz, incluso cuando va a Elba... Creo que una de las claves de su personalidad es esto: encuentra insoportables las situaciones intermedias.
- ... Obviamente, si le dan a elegir, él va siempre hacia delante, ya sabes.

Cualquier día me lanzó a conquistar París, you know...

P:D: He pasado el fin de semana en Chipiona (Cádiz), comiendo gambas, bebiendo moscatel y paseando por la playa. Gaviotas gordas. La playa fuera de temporada me hace recordar una película muy bergmaniana de Woddy Allen que se titulaba "Interiores". El faro se ha encendido todas las noches y ha barrido con su haz de luz el mar hasta la línea del horizonte. Hay oposiciones a farero. Y un barco encallado frente a la playa desde hace varias décadas. La casa de Rocío Jurado tiene la fachada cubierta de recordatorios escritos a mano. Secuencia del suicidio. Mucho viento. En 1755 el gran terremoto que sacudió Lisboa provocó un maremoto ante las costas gaditanas; una cruz frente la playa recuerda el momento milagroso en que un cristo de madera detuvo el ímpetu de las olas. Lo último que recuerdo de Chipiona es un gato callejero comiendo un langostino de la mano de Sandra.

viernes, noviembre 06, 2009

203.- John Jackson (1797)

John Jackson ha decidido afeitarse la cabeza para pasar desapercibido en su viaje a Constantinopla. No es ninguna estupidez, pues muchos antes que él han descubierto demasiado tarde que ser extranjero en el desierto iraquí resulta bastante arriesgado. Por eso ahora John Jackson, a quien llamaré JJ, se está afeitando la cabeza y por eso no tiene intención de recortarse el bigote, que ya le cubre el labio superior y parte de sus mejillas. Está en Bagdad, navaja en mano, afeitándose en una habitación de esas casas que él tanto odia, sin ventanas, sin luz, parecen una maldita prisión, dice en voz baja mientras se rasura la cabellera.
Pero, ¿quién es JJ? ¿Qué hace él en Bagdad? No sabemos mucho sobre nuestro protagonista, apenas que llevaba algún tiempo en India y que ahora ha decidido regresar a Inglaterra por un camino distinto al que emprendió en su viaje de ida. Se define como un tipo curioso, atlético, buen jinete, patriota y respetuoso con lo que no conoce. Nunca antes se ha afeitado al cero y no puede evitar una sonrisa al verse en el espejo, se ve algo cómico pero se muere de ganas por probarse la ropa que su escolta tártaro le ha comprado en el bazar. Primero los pantalones turcos de color azul, luego el grueso abrigo de color marrón y por fin, no sin problemas, el pesado birrete amarillo. Ya está. Por fin John Jackson puede abandonar Bagdad.
JJ odia esta ciudad. Sí, reconoce que es la mejor ciudad de esta parte del mundo, pero sus calles estrechas llenas de tarántulas y escorpiones, así como los altos precios del bazar la convierten en un lugar poco atractivo. Y menos para él, que es un viajero poco dado a los arrebatos sentimentales, calculador, espíritu cientificista, un hombre más preocupado por quemar etapas que por distraerse con los placeres del camino. A él lo que le gusta es correr sobre un caballo, ver el camino convertido en una cinta desenfocada bajo sus pies, calcular distancias, sudar y dormir poco, es una especie de asceta que tiene más de espía que de viajero. Y sin embargo ahí está, vestido de tártaro, disfrutando el momento, dispuesto a cruzar Bagdad en las primeras horas de esta mañana de 1797.
Lleva dos meses viajando. Su barco salió de Bombay el 4 de mayo y tras hacer escala en el puerto de Muscat desembarcó en Basora, desde donde viene remontando los ríos Eufrates y Tigris hasta Bagdad. Por el camino ha tomado café con el jeque Twyney en Suke-Shue y ha regateado como ha podido a los bandidos que pueblan miserables aldeas como Waasut. Cada día apunta sus impresiones en un pequeño diario de viaje, en el que ha dejado constancia tanto de su paso por las ruinas de Ctesifonte (la mayor ciudad del mundo allá por el siglo VI) como de los pájaros que ha abatido con su escopeta. Lamentablemente JJ es un tipo algo prosaico y parece que la caza le emociona más que las columnas medio derruidas de la vieja Ctesifonte, rival de Roma, capturada por el emperador Trajano en el año 116.
Y sin embargo ahí está, galopando a la estela del guía tártaro que le ha sido asignado, viajando de la forma más pura que imaginar se pueda. En Europa Napoleón sigue librando batallas mientras JJ cruza el desierto kurdo envuelto en olas de un viento tórrido, bajo el sol que le quema la piel. Muchos se preguntarán qué puede impulsar a un hombre a correr semejantes riesgos en una empresa en la que además ha de perder dinero, escribiría después. Se trata de curiosidad, sólo es curiosidad... Quizás la misma curiosidad que me impulsó a leer su diario y que me ha llevado a recorrer cada una de sus páginas con la misma velocidad con la que él cruzaba Asia Menor. Le vi salir de Bagdad y después de una dura travesía le vi llegar a Mosul, donde a pesar de la sobriedad de su estilo fui capaz de sentir el tremendo placer de aquel baño en el hammam. Y le vi luego pasear, con ropa limpia, entre minaretes, mezquitas y bellas mujeres kurdas con el rostro descubierto. Los viaje también son los encuentros, le dijo ante una copa de shiraz al cura veneciano que sólo hablaba en latín. Y después salió al galope otra vez para unirse a una caravana de 3000 camellos que viajaba con escolta y con la que llegó hasta Nissivin, donde descubrió un palacio en ruinas en el que los hombres sacaban agua de un pozo y las mujeres ordeñaban a las cabras. Allí tuvo un cosquilleo, un nosequé que le decía que aquello era bello, pintoresco, pero no supo comprenderlo. Anotó la escena en su cuaderno y volvió al galope desbocado sin parar hasta llegar a la bella Mardin, adonde yo deseaba regresar.
Cómo alguien pudo hacer este viaje hace más de doscientos años, me preguntaba yo mientras caminaba arriba y abajo por las calles empinadas. Seguí paseando durante un buen rato hasta que finalmente desemboqué en el mercado y me volví a encontrar con mi fantasma que hace poco más de un año había estado en aquel lugar. Le saludé cortésmente y seguí mi paseo hacia la terraza del hotel que en aquella ocasión había ocupado. Se divisa desde ella una llanura sobrecogedora, es la frontera entre Siria y Turquía sólo rota por la esfera negra del radar instalado por el ejército turco. Cómo podían los viajeros de entonces enfrentarse a tantos peligros, seguía preguntándome. Y allí estuve, sentado ante la llanura hasta que de nuevo le vi pasar, inconfundible con su birrete amarillo, galopando como un diablo, perseguido de nuevo por el tiempo en aquella carrera de cinco meses en los que no descansó ni un solo día, huyendo eterno e inalcanzable con rumbo a Diyarbakir, donde tendrá que pasar la noche al raso, como tantas otras, porque las puertas de la ciudad cierran con la puesta de sol.
Y así sigue viajando JJ, que pronto descubrirá el raki que destilan los armenios del Kurdistán y las bondades del agua del río Eufrates. Creo que yo me quedaré algún tiempo más en esta terraza, mirando cómo tiembla la línea del horizonte, releyendo las páginas del diario de John Jackson en las que mezcla desde el pasado nombres mágicos como Sivas, Tokat (la ciudad más bella del imperio otomano), Amasya y Bolu, que un día vio nacer a un niño bellísimo que iría a llamarse Antínoo, favorito del emperador Adriano y de Marguerite Yourcenar. Alquimia del viajero que cruza una Valaquia llena de crucifijos y que sólo se detiene en el lazareto de la frontera austríaca, la línea que separa en aquel entonces dos mundos tan diferentes, oriente y occidente.
Qué impulsaba a los viajeros del pasado, cuando cruzar esa línea del lazareto era abrir la caja de todos los peligros, exponerse a la humanidad hambrienta de forasteros, qué podía impulsar a hombres como John Jackson... La curiosidad, era sólo curiosidad, responderá una voz a mis espaldas en la terraza del hotel.

miércoles, octubre 28, 2009

202.- Paz birmana a lomos de Dowland



Cierro los ojos y trato de imaginar cómo oscurecen los campos de arroz bajo aquel puente cerca de Mandalay, estoy escuchando la música que John Dowland compuso para el funeral de Sir Henry Umptons y transportado por las cuerdas de un laúd desconocido trato de regresar a aquellos campos vacíos, un edredón verde pálido junto al río, intento regresar de nuevo a la silla que ocupaba aquel día, encender otra vez el cigarro de humo espeso, sentarme y pisar tierra con los pies, insisto, una vez más, lo intento con los ojos cerrados, necesito desesperadamente recuperar algo de aquella paz que hoy parece tan lejana. ¿Con qué tonalidades estará huyendo el sol en el atardecer imposible que trato de inventar? Escojo un azul morado que va aplastando la claridad ambarina del sol crepuscular, sí, voy entrando en el cuadro que sabe a té verde y al humo del cigarro, el músico inglés que me acompaña debe formar parte del cuerpo consular del imperio británico, aunque parezca extraño no desentona en absoluto, sólo es un rezagado de la historia que no abandonó a tiempo los días birmanos de George Orwell y compañía. Luego tomaré un gin tonic a su salud.
Bien, ya me siento mejor.
Cierro los ojos mientras fumo frente a los arrozales y dejo que me invada el sonido vibrante del laúd. Me recuerdo ahora leyendo las páginas de aquel libro de Orwell, mitad novela mitad memorias, estirado en una hamaca cerca de los mil templos de Bagan. En aquél otro atardecer... Qué imagen tan sublime, el cielo rosado recortando una a una las siluetas de campanilla invertida que encierran la sonrisa eterna de Buda. Estoy sentado sobre la bóveda de uno de estos templos, acaricio el pelo de Sandra, que se pierde en la contemplación del horizonte, el laudista inglés interpreta con cierta melancolía el Lachrimae Gementes que le he solicitado. Llevo pantalones cortos y una camiseta vieja, tengo los pies descalzos, vuelve la paz para invadirme como una nube de incienso que lo cubre todo. Pronto se hará de noche, volveremos dando brincos sobre la bicicleta, pedaleando por senderos de arena por los que a duras penas giran las ruedas. Luego la cena, pescado y arroz blanco, cerveza, un cigarro y las estrellas. Y cien laudes y cien laudistas del siglo XVII...
Creo que he hallado algo de paz. El nerviosismo de todo el día ha desaparecido al escribir estas líneas que son una mezcla de recuerdos, imaginación y música, mitad realidad y mitad ficción. Ahora mismo apenas me importa que todo a mi alrededor continúe estúpidamente inmóvil, qué más da que nada acabe de arrancar. Siento mi espíritu sosegado. Tengo el oído lleno de cuerdas que vibran y tengo también la fuerza suficiente para enfrentarme al resto de la noche. Arroz blanco y cerveza. Sandra y las estrellas. Me reconforta pensar que siempre podré encontrar estos refugios en los que esconder la cabeza. Hallar un poco de paz.

P.D: Sí, ya tenemos internet en casa, lo que supone todo un avance en estos cenagosos días. Poco más ha ocurrido en las últimas tres semanas: Pablo vino desde Madrid para visitar Sevilla y acabamos corriéndonos una juerga memorable en Granada. Volver al barrio fue maravilloso y sobre dicho retorno debiera haber escrito en este blog, pero ni siquiera tengo calma para sentarme a escribir, a escribir como es debido quiero decir. En el Realejo todo sigue más o menos igual, Jesús avanza en la culminación de su propio asesinato, Agustín ya murió, han abierto tres o cuatro bares nuevos, con sólo poner un pie en el Campo del Príncipe volví a sentir la inmensa felicidad que siempre siento en Granada. Hay cosas que nunca cambian. Porcel escribió que a Granada hay que volver una vez cada poco tiempo para no olvidar cuál es el objeto de la existencia... Sí, es uno de esos lugares mágicos... como tantos otros que guardo a buen recaudo entre mis recuerdos.

lunes, octubre 05, 2009

201.- Pitol en Sevilla

Cuando Sergio Pitol llego a Barcelona en los anyos 60 lo hizo sin un duro en el bolsillo, a la espera de unos pasajes para Francia o quizas para Polonia, ya no lo recuerdo, donde esperaba instalarse para dedicar su tiempo a la traduccion y la literatura. Eran los tiempos de la Barcelona oscura, el barrio chino, el franquismo, los hippies de la Plaza Real, las putas del gotico y el trajin humano en la calle Escudellers. A la espera de unos pasajes y algun que otro giro, Pitol fue pasando los dias y las noches alojado en una pension humilde no muy lejos del puerto. Casi se vuelve loco en aquellas semanas que paso encerrado entre cuatro paredes para no gastar lo poco que aun tenia, traduciendo y escribiendo, sudando, escuchando los ruidos de la calle, odiando aquella ciudad en la que por un capricho del destino el se veia encerrado. Finalmente, varias semanas despues, llego el giro a nombre de Sergio Pitol y la amiga polaca (o francesa) por fin dio senyales de vida. Pero para entonces al escritor mexicano ya no le interesaba el norte de Europa. Se habia enamorado de aquella Barcelona que casi le hace enloquecer.
Mas de 40 anyos despues hoy me siento como un pequenyo Pitol, con los bolsillos vacios, encerrado en mi apartamento del centro para no gastar, ahorrando cada centavo para al llegar la noche poder salir a por una cerveza a la plaza de los Terceros o a la Alameda de Hercules. Hace tres semanas que estoy en Sevilla y todavia nada me acaba de salir bien. No tengo trabajo. No tengo cash. No empieza el curso. No tengo internet en casa. Y el sol siempre esta ahi arriba, ardiendo, abrasando la ciudad. Por momentos he odiado a Sevilla y a sus senyoritos de patilla ancha y cinturon trenzado. De hecho aun tengo momentos de debilidad porque no hay indicios de que este por llegar una buena racha. Me consuelo leyendo (ya que no puedo traducir) y recordando la experiencia de Pitol.
Y paseando, a pesar del sol. A pesar del sol y de los sevillanos de derechas, del sevillanismo, del carril bici, de los autobuses urbanos. A pesar de todo ello, porque Sevilla a pesar de ellos es una ciudad maravillosa. Me redime cada manyana la vista del alminar de la iglesia de Santa Catalina, sus rectas almenas que recogen la sombra de una palmera. Pasear es el privilegio de los pobres que pasan el tiempo esperando una respuesta. Asi que mi lujo consiste en visitar la parroquia de San Vicente donde esta enterrado Pedro Cieza de Leon, el principe de los cronistas de Indias, la iglesia de la Macarena, la plaza de San Juan de Palma, el museo de Bellas Artes, el Guadalquivir y los callejones de Santa Cruz. No hace falta mas que tiempo para enamorarse del mapa de Sevilla, del mapa sentimental digo, de los itinerarios de las procesiones, del olor todavia reciente del caballo y del barco que un dia partio hacia las indias. Hay momentos en los que odio esta ciudad. Pero sospecho que acabare por estimarla como ella se merece. Tan pronto acabe este parentesis vital, este momento de indefinicion, cuando empiece a vivir, cuando de nuevo tenga rutinas y cada cosa ocupe su lugar, sera entonces cuando deje de esperar un giro y un telegrama enviado desde Paris (o quizas desde Varsovia, no consigo recordar)

P.D: Hay muchas cosas de las que he querido hablar en estas semanas que han pasado desde mi partida de Barcelona hasta esta tarde en la que actualizo el blog desde el ordenador de Jesse, mi companyero de piso ingles (de ahi la ausencia de acentos y enyes, como en los viejos tiempos asiaticos) Tengo ganas de dedicarle un post al desaparecido Christian Poveda, autor del documental "La vida loca" sobre las Maras en El Salvador. Es uno de los pocos tipos dignos que merecen unas palabras.

P.D: Mi barrio ya no se llama Realejo y, para que andar con rodeos, no es ni la mitad de bueno que aquel. Vivo en Puerta Osario, centro centro de la ciudad, tan cerca del corazon que el estrepito de autobuses, motos y ambulancias siempre obliga a escoger entre mantener una conversacion o abrir la ventana del salon. Los bares del barrio estan bien, pero no matan. Hay una taberna en la plaza de los Terceros que vale un costal por el arte de sus jornaleros, la taberna del Peregil todavia es un misterio para mi y el bar que hay debajo de casa hace un horario tan extranyo que es dificil adivinar cuando esta abierto. Ademas en ninguno de los bares de mi barrio se ve el futbol, no hay un Bar Molino como Dios manda, ni, por ponernos puntillosos, fruteria de los hermanos Pino o el pan de la Conchi. Se que cualquier comparacion con el Realejo no hara mas que recordarme lo feliz que fui en Granada. Tambien se que las circunstancias del momento me hacen juzgar con demasiada crueldad a mi nuevo barrio. Ya ire descubriendo sus cosas buenas. Y si no me crees vuelve a pensar en Pitol.

martes, septiembre 15, 2009

200.- Diario del Transmongoliano (Día 5)

Día 5. Y último. He despertado en Nizhny Novgorod, aunque me ha costado orientarme porque el cartel de la estación insiste en el nombre soviético de la ciudad: Gorky, en honor del escritor. Ya estamos cerca de Moscú! El paisaje no deja lugar a dudas: al dejar atrás Novgorod, la tercera mayor ciudad de Rusia, la periferia se extiende durante más de una hora y cada vez aparecen con más frecuencia las pequeñas ciudades, los coches viejos, tendidos eléctricos, huertos y edificios de hormigón. Algún bosque de vez en cuando trata de recordar los días pasados. Es el canto del cisne.
La próxima y última estación antes de Moscú es la bella ciudad medieval de Vladimir. Es una lástima no tener el tiempo ni el dinero suficiente para poder visitarla. De todos modos estamos atentos a las ventanillas para apreciar sus cúpulas y torres a nuestro paso por la ciudad. Es el último atractivo del viaje. Estoy nervioso. En Moscú nos espera Georgy Buranov, un chico de Couchsurfing que nos acogerá en su apartamento del extrarradio durante los próximos días. Al hospedarnos en una residencia privada tendremos un problemilla con el registro del visado; supongo que nos tocará pagar en algún hotel para conseguir el sello reglamentario. Vaya lata burocrática, qué horrorosa sería la vida antes del 89...

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Vladimir queda atrás y con ella toda Rusia, multiplicada en bosques y lagos que ocupan 17 millones de kilómetros cuadrados. Con la nariz enganchada en la ventanilla del pasillo he visto el complejo monástico de Bogolyubovo, a pocos kilómetros de la ciudad. Sus cúpulas pintadas de azul celeste, rematadas con esferas y cruces de oro, suponen un punto de pureza en el paisaje. El conjunto, de fachada blanca inmaculada, no es más que el aperitivo de las riquezas monumentales de Vladimir, ciudad milenaria que en el pasado ostentó la capitalidad rusa. La catedral de la Asunción ha sido sólo un escorzo desde el tren, pero tantas cúpulas doradas, torres blancas, el verde metálico de las techumbres y el verde herbóreo de las paredes de una iglesia junto al río... La concentración de historia y arquitectura en Vladimir la convierten en una de las piezas más valiosas del Anillo de Oro, nombre con el que se conoce a la región situada al este de Moscú, a unos 200 kilómetros aproximadamente, donde una tras otra se suceden viejas ciudades de cuento de hadas. Yaroslavl, Suzdal, Rostov-Veliky, Sergey Posad... Todas ellas fueron ciudades-estado en la edad media. Cada una de ellas levantó catedrales y palacios para reafirmar su independencia o para intentar hacer sombra a sus vecinas. Por aquel entonces Moscú luchaba por nacer...
Hace un día propio de este verano europeo que acaba de empezar. Es un sábado caluroso, de luz blanca y cegadora, un buen día para visitar las iglesias de Vladimir, incluso si esa visita queda circunscrita al campo de la imaginación. Este tren no espera a nadie.

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Un elemento en el paisaje nos ha acompañado durante nuestro trayecto desde Naushki, en la frontera mongol, hasta las puertas de Moscú. La dacha, la casa de campo rusa. Hemos visto miles de ellas a lo largo de la vía férrea, más pobres y oscuras en el este, con vivos colores y aspecto feliz en estos últimos días, pero siempre la dacha, la misma dacha, ubicua en este vasto país.
Ente Nizhny Novgorod y Vladimir el número de dachas es bastante elevado. Basta con alzar la vista para asistir a una sucesión continua de casas de madera con huerto contiguo. Ahora mismo veo un puñado de ellas. Una está abandonada y medio derruida, es un cadáver habitual en el paisaje ruso, siempre hay una casa entregada a la nada. El resto están habitadas. Algunas, generalmente las más humildes, son residencia de familias pobres, chicos delgaduchos que trabajan el huerto en camiseta de tirantes, botellas de cerveza en el alféizar, el buzón caído, una bicicleta rota. Las que tienen una decoración más cuidada pertenecen a familias bienestantes o a habitantes de la ciudad más cercana, que mantienen la dacha en el campo para gozarla los fines de semana. No es un lujo, es una tradición impulsada por el gobierno comunista de los años 50 para combatir una crisis alimentaria: cada hombre tendrá su huerto y en cada huerto sus patatas y sus cebollas. No hay nada más patriótico que arar la madre patria... malditos nacionalismos... Estas casas tienen marcos de madera pintados de blanco en las ventanas, motivos florales junto a la puerta y caminitos de piedras en el jardín...
Podría seguir apuntando detalles sobre las dachas, pero de repente me doy cuenta de que no tiene sentido, lo que ocurre es que me niego a poner un punto y final a este diario, no quiero que en tres horas este tren llegue a Moscú. Quiero seguir viajando en él la vida entera. Que no se detenga en Rusia, que siga cruzando Europa y que al llegar a Gibraltar salte el estrecho y se pierda en África, me gustaría entonces ver la cara de los dos provodnitsas, que siga corriendo el tren por desiertos y sabanas, que cruce el túnel subterráneo que no existe entre Ciudad del Cabo y Ushuaia y que remonte los Andes, que se vuelvan a subir los tres mongoles con una caja de ponchos y chullos hechos de piel de llama, y subir, subir, viajar comiendo sardinas y pastelillos-gers por toda la vida, descubriendo el mundo a través de la ventana, viendo a Sandra en la litera de enfrente, cómo se estira bajo la manta, sus gestos para encenderse un cigarrillo en el andén, la cámara cargada de fotografías tomadas a 60 kilómetros por hora, los kioskos en las estaciones con los escaparates llenos de latas de cerveza, cruzar a bordo de este tren número 5 el desierto de Arizona y como Phileas Fogg huir del ataque de los nativos americanos que todavía queden en las grandes praderas, no parar en Nueva York porque seguro que habría algún problema burocrático, entrar con todos los vagones en un gran buque transoceánico que nos llevara de vuelta a Europa, con parada en las islas Azores, donde se bajarían los pasajeros que hayan leído la Dama de Porto Pim de Antonio Tabbuchi. El resto seguirá sobre las olas, dentro de su compartimento o jugando a las cartas en el vagón restaurante, la misteriosa mujer rusa que ha pasado cinco días encerrada saldrá vestida como una princesa y cada noche bailaremos en la cena del capitán, seremos todos como los protagonistas de aquel cuento, aquel en el que un barco de desdichados surca los mares por toda la eternidad, incapaces ellos y nosotros de arribar a ningún puerto. Ojalá todo fuera así. Ojalá este viaje no acabará en Moscú.