jueves, diciembre 15, 2011
221.- Saudade
La desaparición ha sido el gran tema de mi vida. No necesito vestirme de arqueólogo ni descender a los pozos de mi memoria para saber, casi instintivamente, que esa tendencia hacia el vacío, la voluntad de franquear fronteras invisibles, late en mis venas desde hace muchos años. La siento circular como si la sangre fuera un zumo de impulsos nerviosos apuntando al infinito. Es una sensación conocida a la que afectan ciclos y estaciones, a veces necesito desaparecer por completo y a veces me basta con 'no ser' en exceso. En cualquier caso, me reconozco siempre en las primeras páginas de Moby Dick y yo también me lanzo al ancho mar cuando siento la necesidad de golpear con mi paraguas a todos los viandantes, de golpear a las personas que pasan la mayor parte del tiempo por los caminos. De golpearlos con fuerza como yo ahora los golpearía.
Tras una temporada de confort existencial, vuelvo a fantasear con la desaparición. Quisiera ser aquel poeta caribeño que se subió a un barco para huir de un golpe militar y de una pasión imposible, quisiera volver a todas las cubiertas de todos los barcos en los que he representado el papel de fugitivo. Y, ¿por qué esta vez? ¿Acaso hay alguna razón de fondo?. Y entonces vuelvo sin esfuerzo a las páginas de Tabucchi y al Anywhere out of the world que le robó a Baudelaire, inutile fare de la nuit, la vida es un hospital y todo enfermo cree que sanará si cambia de cama. Pessoa deseó la vida de otro hombre al verlo a través la ventanilla de su coche camino de Sintra, y apenas el deseo estaba motivado por el hecho de que aquella vida no era la suya, era otra, diferente, plena de posibilidades y de miedos, pero de miedos y posibilidades nuevas, todavía ignotas.
Así que yo ahora miro un mapa y escribo fichas y leo libros y en la selva que voy reconstruyendo, como si fuera el palacio de naipes de Kublai-Khan, sólo veo los pliegues y las esquinas, los hombres que apoyados en un árbol me ven pasar camino de Sintra y yo deseo vivamente convertirme en ellos y perderme para siempre en las sombras de los mapas, seguir el camino de los sueños through caverns measureless to man, down to a sunless sea.
Porque perderse es una deliciosa manera de renunciar al combate y de inventarse una victoria. Es imaginar que Patusán no existe y que a la muerte se le engaña mucho antes de llegar a Bagdad. Desaparecer es estar convencido de que los fantasmas se desorientan al buscar el corazón de las tinieblas y que si uno camina muy rápido, uno, dos, uno, dos, los pasos entre la niebla, es capaz de despegarse de sí mismo y dejar atrás a los espíritus y caminar ya libre de esencia, sólo huesos y piel, hacia el interior de un agujero donde no llegan los ecos de otros mundos ya perdidos.
Perderse, desaparecer. Caminar ladera abajo con la voz inolvidable de Lady Day tronando en la cabeza, sudando gotas de dolor, formando un charco de olvido, silbando, recorriendo caminos de tierra arriba y abajo, sin destino, huyendo al ritmo de un altavoz perdido en un pueblo que emerge del lago más alto de la tierra, más cerca del sol, más cerca del cielo, silbando y tronando y caminando por inercia, definiendo con los pasos el significando profundo del verbo errar, errar en toda su extensión, errar sobre la tierra como única vindicación de la existencia, el ser es ser porque yerra, porque no acierta, porque falta y no cumple con lo que se debe, porque anda vagando de una parte a otra, porque errar también es divagar, dicho del pensamiento, de la imaginación o de la atención. Y hoy vuelvo a sentir la necesidad inaplazable de subirme a un barco ballenero, de golpear las gorras de los viandantes, de beberme la ginebra del capitán, de coger la bolsa y desaparecer por la puerta, de no encontrar a nadie en el rellano y de seguir bajando las escaleras hacia algún lugar donde la lluvia no apague los cigarros y donde los fantasmas, el frío, la niebla, las voces de Rahoon, donde todas las presencias etéreas se desorienten y se diluyan sin llegar al corazón (de las tinieblas). Un paraíso secreto en el que Funes no pueda entrar y en el que los abandonados del mundo se persigan los unos a los otros sin encontrarse jamás, un laberinto en el que dejar atrás a William Wilson, un jardín de senderos que se bifurcan en el que errar eternamente como un condenado a una huida sin fin, cumpliendo así la penitencia por el pecado original: existir.
E insisto, me insisto, todavía no conozco los astros que controlan las variaciones de estos impulsos balleneros. Será la luna precipitando mis mareas. Será una grieta en la presa que el subconsciente va creando cada día, una pequeñísima grieta en el sólido muro de olvido y recuerdos, de selección, jerarquización, embellecimiento de la memoria, una grieta inapreciable por la que salen todos los fantasmas al galope camino de Patusán, husmeando las huellas del Gaviero, recorriendo las galerías vacías de todas las minas, los lechos de los ríos, los cementerios de barcos donde se herrumbran el Tramp Steamer y los barcos rusos del mar de Aral, al galope, uno, dos, uno, dos, sobre la niebla van los fantasmas privados en busca de la estación de servicio de Jeff Bailey, en Bridgeport, California, donde un hombre vende gasolina en lugar de caminar y donde un coche circula por la carretera de Sintra, por la carretera del sueño, por la carretera de la vida, iluminando con sus faros la catedral gótica de París, como si Pessoa, Proust, Tabbuchi, Conrad, Borges, Mutis, Kafka, Poe, Melville y Baudelaire, como si todos ellos no supieran de antemano que es imposible desaparecer, que uno se sube al ballenero y se va a cruzar los mares, que uno llega al fin del mundo y da la vuelta y sube montañas y toma ácidos y caza ballenas y luego descubre que todo es en vano. Como si todos ellos nunca hubieran sabido que los fantasmas siempre descubren el camino a Patusán y que ni siquiera en el más oscuro agujero de la selva, ni siquiera en el inframundo junto a las almas de Robert Johnson y de Raymond Maufrais, ni siquiera allí es posible dar esquinazo al espíritu que viene silbando, silbando y tronando, a buscar acomodo entre la piel y los huesos del individuo que yerra en busca de un sentido, acumulando pasos y con ellos haciendo nacer fantasmas que algún día también le habrán de alcanzar, dolorosa contradicción. El pecado primigenio: existir. Errar, caminar, silbar, dejar huella, crear recuerdos, fantasmas, vivir. Y la condena eterna: huir sin descanso hasta descubrir que no se puede despistar ni apuñalar a la propia sombra. Qué grande es el mundo pour l'enfant amoureux des cartes et des estampes, y qué pequeño parece aux yeux de souvenir. ¿Y entonces? Entonces huir con efecto inmediato de la niebla de Lisboa y poner rumbo al sol de Andalucía para secar en él las humedades del alma que produce esta ciudad. Saudade, they call it. Es como si Lisboa estuviera construida no sobre siete colinas y sí sobre los siete pilares de la sabiduría, como si debajo de cada adoquín palpitara la esencia del hombre, como si el mundo acabara aquí y ya todos supieran que de nada sirve huir, ni reir, ni vivir, ni silbar. Apenas dejarse envolver por la niebla nocturna y desaparecer por unas horas, no verse las puntas de los pies, no ver las gorras de los viandantes, caminar sobre los adoquines, uno, dos, uno, dos, perderse en Alfama, ser un extraño en Terra Estrangeira hasta que el viento del amanecer arrastre los últimos jirones y entonces emerger de nuevo para sumarse a la lucha inútil de K el agrimensor. Es ésta una ciudad tan triste como fundamental. Y con un castillo en lo alto de la colina de San Jorge.
Tras una temporada de confort existencial, vuelvo a fantasear con la desaparición. Quisiera ser aquel poeta caribeño que se subió a un barco para huir de un golpe militar y de una pasión imposible, quisiera volver a todas las cubiertas de todos los barcos en los que he representado el papel de fugitivo. Y, ¿por qué esta vez? ¿Acaso hay alguna razón de fondo?. Y entonces vuelvo sin esfuerzo a las páginas de Tabucchi y al Anywhere out of the world que le robó a Baudelaire, inutile fare de la nuit, la vida es un hospital y todo enfermo cree que sanará si cambia de cama. Pessoa deseó la vida de otro hombre al verlo a través la ventanilla de su coche camino de Sintra, y apenas el deseo estaba motivado por el hecho de que aquella vida no era la suya, era otra, diferente, plena de posibilidades y de miedos, pero de miedos y posibilidades nuevas, todavía ignotas.
Así que yo ahora miro un mapa y escribo fichas y leo libros y en la selva que voy reconstruyendo, como si fuera el palacio de naipes de Kublai-Khan, sólo veo los pliegues y las esquinas, los hombres que apoyados en un árbol me ven pasar camino de Sintra y yo deseo vivamente convertirme en ellos y perderme para siempre en las sombras de los mapas, seguir el camino de los sueños through caverns measureless to man, down to a sunless sea.
Porque perderse es una deliciosa manera de renunciar al combate y de inventarse una victoria. Es imaginar que Patusán no existe y que a la muerte se le engaña mucho antes de llegar a Bagdad. Desaparecer es estar convencido de que los fantasmas se desorientan al buscar el corazón de las tinieblas y que si uno camina muy rápido, uno, dos, uno, dos, los pasos entre la niebla, es capaz de despegarse de sí mismo y dejar atrás a los espíritus y caminar ya libre de esencia, sólo huesos y piel, hacia el interior de un agujero donde no llegan los ecos de otros mundos ya perdidos.
Perderse, desaparecer. Caminar ladera abajo con la voz inolvidable de Lady Day tronando en la cabeza, sudando gotas de dolor, formando un charco de olvido, silbando, recorriendo caminos de tierra arriba y abajo, sin destino, huyendo al ritmo de un altavoz perdido en un pueblo que emerge del lago más alto de la tierra, más cerca del sol, más cerca del cielo, silbando y tronando y caminando por inercia, definiendo con los pasos el significando profundo del verbo errar, errar en toda su extensión, errar sobre la tierra como única vindicación de la existencia, el ser es ser porque yerra, porque no acierta, porque falta y no cumple con lo que se debe, porque anda vagando de una parte a otra, porque errar también es divagar, dicho del pensamiento, de la imaginación o de la atención. Y hoy vuelvo a sentir la necesidad inaplazable de subirme a un barco ballenero, de golpear las gorras de los viandantes, de beberme la ginebra del capitán, de coger la bolsa y desaparecer por la puerta, de no encontrar a nadie en el rellano y de seguir bajando las escaleras hacia algún lugar donde la lluvia no apague los cigarros y donde los fantasmas, el frío, la niebla, las voces de Rahoon, donde todas las presencias etéreas se desorienten y se diluyan sin llegar al corazón (de las tinieblas). Un paraíso secreto en el que Funes no pueda entrar y en el que los abandonados del mundo se persigan los unos a los otros sin encontrarse jamás, un laberinto en el que dejar atrás a William Wilson, un jardín de senderos que se bifurcan en el que errar eternamente como un condenado a una huida sin fin, cumpliendo así la penitencia por el pecado original: existir.
E insisto, me insisto, todavía no conozco los astros que controlan las variaciones de estos impulsos balleneros. Será la luna precipitando mis mareas. Será una grieta en la presa que el subconsciente va creando cada día, una pequeñísima grieta en el sólido muro de olvido y recuerdos, de selección, jerarquización, embellecimiento de la memoria, una grieta inapreciable por la que salen todos los fantasmas al galope camino de Patusán, husmeando las huellas del Gaviero, recorriendo las galerías vacías de todas las minas, los lechos de los ríos, los cementerios de barcos donde se herrumbran el Tramp Steamer y los barcos rusos del mar de Aral, al galope, uno, dos, uno, dos, sobre la niebla van los fantasmas privados en busca de la estación de servicio de Jeff Bailey, en Bridgeport, California, donde un hombre vende gasolina en lugar de caminar y donde un coche circula por la carretera de Sintra, por la carretera del sueño, por la carretera de la vida, iluminando con sus faros la catedral gótica de París, como si Pessoa, Proust, Tabbuchi, Conrad, Borges, Mutis, Kafka, Poe, Melville y Baudelaire, como si todos ellos no supieran de antemano que es imposible desaparecer, que uno se sube al ballenero y se va a cruzar los mares, que uno llega al fin del mundo y da la vuelta y sube montañas y toma ácidos y caza ballenas y luego descubre que todo es en vano. Como si todos ellos nunca hubieran sabido que los fantasmas siempre descubren el camino a Patusán y que ni siquiera en el más oscuro agujero de la selva, ni siquiera en el inframundo junto a las almas de Robert Johnson y de Raymond Maufrais, ni siquiera allí es posible dar esquinazo al espíritu que viene silbando, silbando y tronando, a buscar acomodo entre la piel y los huesos del individuo que yerra en busca de un sentido, acumulando pasos y con ellos haciendo nacer fantasmas que algún día también le habrán de alcanzar, dolorosa contradicción. El pecado primigenio: existir. Errar, caminar, silbar, dejar huella, crear recuerdos, fantasmas, vivir. Y la condena eterna: huir sin descanso hasta descubrir que no se puede despistar ni apuñalar a la propia sombra. Qué grande es el mundo pour l'enfant amoureux des cartes et des estampes, y qué pequeño parece aux yeux de souvenir. ¿Y entonces? Entonces huir con efecto inmediato de la niebla de Lisboa y poner rumbo al sol de Andalucía para secar en él las humedades del alma que produce esta ciudad. Saudade, they call it. Es como si Lisboa estuviera construida no sobre siete colinas y sí sobre los siete pilares de la sabiduría, como si debajo de cada adoquín palpitara la esencia del hombre, como si el mundo acabara aquí y ya todos supieran que de nada sirve huir, ni reir, ni vivir, ni silbar. Apenas dejarse envolver por la niebla nocturna y desaparecer por unas horas, no verse las puntas de los pies, no ver las gorras de los viandantes, caminar sobre los adoquines, uno, dos, uno, dos, perderse en Alfama, ser un extraño en Terra Estrangeira hasta que el viento del amanecer arrastre los últimos jirones y entonces emerger de nuevo para sumarse a la lucha inútil de K el agrimensor. Es ésta una ciudad tan triste como fundamental. Y con un castillo en lo alto de la colina de San Jorge.
miércoles, noviembre 02, 2011
220.- Los insólitos compañeros de viaje de Martim Soares Moreno
En la Biblioteca Nacional de Lisboa. Llueve con intensidad atlántica. Desde mi primer café de la mañana hasta la puerta de la biblioteca, en un breve recorrido de escasos 100 metros, he recibido una ducha de agua fría y ahora tengo los pantalones mojados. Me siento un poco como aquel personaje de David Lodge perdido en las arterias del Museo Británico. Con la gran diferencia de que Karl Marx nunca trabajo en esta mesa, al menos que yo sepa. Fuera sigue lloviendo con energía. Me siento terriblemente a gusto en esta sala presidida por un enorme tapiz en el que un monarca portugués controla la producción bibliográfica de su corte. Todos los personajes de este tapiz parecen tener el mismo rostro, las mismas facciones cortadas a cuchillo, la misma vulgaridad en la mirada de un paje y en los ojos del rey. Ya estoy acostumbrado a la presencia reconfortante de este numeroso séquito, por lo que hoy no los observo con especial atención. De hecho, nadie los observa. No hay más de 20 personas en la sala y todos se mantienen cabizbajos, atrapados en redes que desconozco, indiferentes tanto a la escena cortesana del tapiz como a la mirada vagabunda de ese joven, ya no tan joven, con los pantalones mojados. Quizás sea el momento de bajar la vista y regresar a mi lectura. Hoy he rescatado de las entrañas de esta biblioteca una publicación fundamental en la construcción identitaria del estado de Ceará y, por extensión, de todo el Brasil. El Barão de Studart, que dedica el ejemplar con mano temblorosa y tinta negra, escribió un breve artículo sobre Martim Soares Moreno, primer capitán del entonces llamado Seará, y completó la obra, especialmente ideada para conmemorar el tercer centenario de Ceará, adjuntando una serie de documentos que hoy me resultan de especial interés. Todo ello ocurrió 1903 y más de un siglo después, con la lluvia golpeando los cristales, me dispongo a bucear en esta publicación.
Sin embargo, mi atención se ve fatalmente distraida. Y no es la lluvia, ni el tapiz, ni los 20 cuerpos cabizbajos. Resulta que la Biblioteca Nacional, como tantas otras bibliotecas e instituciones, decidió en su momento encuadernar los libritas y otras obras ligeras en unos tomos gruesos marcados en el lomo con la palabra "Miscelanea". Desconozco el crieterio que siguieron entonces para agrupar los volúmenes, aunque sospecho que el tamaño de las obras fue el factor decisivo en su azarosa conjunción. Porque sólo el azar puede explicar que tan diversos mundos acaben aprisionados por el mismo cuero, durmiendo juntos en los estantes invisibles de las entrañas de esta biblioteca.
Las andanzas de Martim Soares Moreno abren el volumen en cuestión. Entre el artículo y los documentos cubren unas 115 páginas de color amarillento y tacto rugoso. A continuación se abre paso una carta escrita en francés por el Marqués de Sá Bandeira y dirigida al Conde Goblet d'Alviella. Por lo que el índice indica, su contenido relata los acontecimientos ocurridos en Portugal entre 1836 y 1839, acontecimientos que me son tan ajenos como las lecturas de mis compañeros de sala. Quién sabe, quizás alguno de ellos ande inmerso en la creación de una biografía sobre el Conde o sobre el Marqués, recreando en esta Lisboa lluviosa el lluvioso Bouville de aquel otro biógrafo angustiado.
La carta ocupa 97 páginas antes de dar paso a una "Relación de los festejos que hubo en la feliz aclamación del muy alto, muy poderoso y fidelísimo Señor Dom João VI, Rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y los Algarves". Está publicada en Río de Janeiro, en el año 1818 y recoge con sumo detalle los versos, la iluminación, la arquitectura efímera hecha de flores y demás lindezas que el pueblo carioca dedicó al nuevo monarca. Así, por ejemplo, el comerciante Manuel Guedes Pinto iluminó la fachada de su casa y el cirujano mayor de los ejércitos, Theodoro Ferreira de Aguiar, decoró la puerta de su residencia con un gran panel en el que aparecía una lira y esta leyenda: Gratitud y reconocimiento. Durante 52 páginas se suceden los detalles y las odas, transportando al lector a una ciudad en fiesta al otro lado del océano.
El siguiente documento es bastante más gris. Se titula "Examen y juicio crítico sobre el artículo titulado 'Anti-Sebastianismo', anunciado en la Gaceta de Lisboa el 28 de septiembre del presnte año", es decir, 1809. Supongo que en su momento se trató de una encendida polémica intelectual, pero hoy sus páginas vuelan entre mis manos sin conseguir captar mi distraida atención. Aparecen y desaparecen ante mi vista los argumentos del enojado autor, cuya argumentación vuelve a ver la luz artifical de esta biblioteca durante el tiempo que tardo en alcanzar el siguiente título de esta desconcertante Miscelánea.
Se trata de un opúsculo titulado "La Campaña de Portugal 1810-1811", publicado en Londres en 1811 y traducida del francés al portugués en ese mismo año. Sin demasiado esfuerzo podría entregarma a su lectura, pero entonces estaría olvidando a Martim Soares Moreno, que desde las primeras páginas de este libro acartonada reclama mi atención. Me disculpo ante él y repaso por encima los títulos que restan antes de regresar al metódico trabajo del investigador. Así que nunca sabré quién asistió a la sesión solemne del Ateneo Comercial de Lisboa celebrada el penúltimo día de 1906 para inaugurar el retrato del Excelentísimo Señor Conde de Burnay. Y tampoco descubriré detalles en los mapas bíblicos que la Livraria Evangelica, con sede en la Rua das Janellas Verdes número 32, compiló en 1912. Ni asistiré en diferido histórico a la conferencia sobre la Gran Guerra que en septiembre de 1914 dio David Lloyd George, Chancellor of the Exchequer, en el Queen's Hall de Londres. Tampoco Pedro Affonso de Barros llamará mi atención desde la cubierta roja de su obra "Pela Guiné" y tendré que retener mis impulsos para no bucear en la serie de documentos ingleses y alemanes que cierran el volumen apiñando datos y opiniones sobre aquella Primera Guerra Mundial en la que unos y otros andaban metidos hasta el cuello. "How the English take the War" se pregunta William Hard en una reimpresión de su artículo publicado en el Metropolitan de Nueva York. Pregunta a la que nunca daré respuesta, un interrogante más hecho de lluvia y de silencio, de tapices, de decoración floral, de la arena del desierto de Tierra Santa, un silencio hecho con los silencios de un conde y un marqués, con el silencio de emana de 20 cuerpos cabizbajos que ahora ya son 40 ó 50, cada uno entregado a su pedazo de misterio. Y fuera sigue lloviendo con intensidad atlántica. El agua está limpiando las calles de Lisboa y posiblemente en algún viejo escritorio alguien anda elaborando una obra ligera que en el futuro acabará ligada a la azarosa cadena de éste u otro volumen de la colección de Miscelánea de la Biblioteca Nacional. Y entonces habrá otro joven, ya no tan joven, atrapando la vida y dejando volar su imaginación, sintiendo la lluvia de Lisboa en sus rodillas a través del tejido del pantalón.
Sin embargo, mi atención se ve fatalmente distraida. Y no es la lluvia, ni el tapiz, ni los 20 cuerpos cabizbajos. Resulta que la Biblioteca Nacional, como tantas otras bibliotecas e instituciones, decidió en su momento encuadernar los libritas y otras obras ligeras en unos tomos gruesos marcados en el lomo con la palabra "Miscelanea". Desconozco el crieterio que siguieron entonces para agrupar los volúmenes, aunque sospecho que el tamaño de las obras fue el factor decisivo en su azarosa conjunción. Porque sólo el azar puede explicar que tan diversos mundos acaben aprisionados por el mismo cuero, durmiendo juntos en los estantes invisibles de las entrañas de esta biblioteca.
Las andanzas de Martim Soares Moreno abren el volumen en cuestión. Entre el artículo y los documentos cubren unas 115 páginas de color amarillento y tacto rugoso. A continuación se abre paso una carta escrita en francés por el Marqués de Sá Bandeira y dirigida al Conde Goblet d'Alviella. Por lo que el índice indica, su contenido relata los acontecimientos ocurridos en Portugal entre 1836 y 1839, acontecimientos que me son tan ajenos como las lecturas de mis compañeros de sala. Quién sabe, quizás alguno de ellos ande inmerso en la creación de una biografía sobre el Conde o sobre el Marqués, recreando en esta Lisboa lluviosa el lluvioso Bouville de aquel otro biógrafo angustiado.
La carta ocupa 97 páginas antes de dar paso a una "Relación de los festejos que hubo en la feliz aclamación del muy alto, muy poderoso y fidelísimo Señor Dom João VI, Rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y los Algarves". Está publicada en Río de Janeiro, en el año 1818 y recoge con sumo detalle los versos, la iluminación, la arquitectura efímera hecha de flores y demás lindezas que el pueblo carioca dedicó al nuevo monarca. Así, por ejemplo, el comerciante Manuel Guedes Pinto iluminó la fachada de su casa y el cirujano mayor de los ejércitos, Theodoro Ferreira de Aguiar, decoró la puerta de su residencia con un gran panel en el que aparecía una lira y esta leyenda: Gratitud y reconocimiento. Durante 52 páginas se suceden los detalles y las odas, transportando al lector a una ciudad en fiesta al otro lado del océano.
El siguiente documento es bastante más gris. Se titula "Examen y juicio crítico sobre el artículo titulado 'Anti-Sebastianismo', anunciado en la Gaceta de Lisboa el 28 de septiembre del presnte año", es decir, 1809. Supongo que en su momento se trató de una encendida polémica intelectual, pero hoy sus páginas vuelan entre mis manos sin conseguir captar mi distraida atención. Aparecen y desaparecen ante mi vista los argumentos del enojado autor, cuya argumentación vuelve a ver la luz artifical de esta biblioteca durante el tiempo que tardo en alcanzar el siguiente título de esta desconcertante Miscelánea.
Se trata de un opúsculo titulado "La Campaña de Portugal 1810-1811", publicado en Londres en 1811 y traducida del francés al portugués en ese mismo año. Sin demasiado esfuerzo podría entregarma a su lectura, pero entonces estaría olvidando a Martim Soares Moreno, que desde las primeras páginas de este libro acartonada reclama mi atención. Me disculpo ante él y repaso por encima los títulos que restan antes de regresar al metódico trabajo del investigador. Así que nunca sabré quién asistió a la sesión solemne del Ateneo Comercial de Lisboa celebrada el penúltimo día de 1906 para inaugurar el retrato del Excelentísimo Señor Conde de Burnay. Y tampoco descubriré detalles en los mapas bíblicos que la Livraria Evangelica, con sede en la Rua das Janellas Verdes número 32, compiló en 1912. Ni asistiré en diferido histórico a la conferencia sobre la Gran Guerra que en septiembre de 1914 dio David Lloyd George, Chancellor of the Exchequer, en el Queen's Hall de Londres. Tampoco Pedro Affonso de Barros llamará mi atención desde la cubierta roja de su obra "Pela Guiné" y tendré que retener mis impulsos para no bucear en la serie de documentos ingleses y alemanes que cierran el volumen apiñando datos y opiniones sobre aquella Primera Guerra Mundial en la que unos y otros andaban metidos hasta el cuello. "How the English take the War" se pregunta William Hard en una reimpresión de su artículo publicado en el Metropolitan de Nueva York. Pregunta a la que nunca daré respuesta, un interrogante más hecho de lluvia y de silencio, de tapices, de decoración floral, de la arena del desierto de Tierra Santa, un silencio hecho con los silencios de un conde y un marqués, con el silencio de emana de 20 cuerpos cabizbajos que ahora ya son 40 ó 50, cada uno entregado a su pedazo de misterio. Y fuera sigue lloviendo con intensidad atlántica. El agua está limpiando las calles de Lisboa y posiblemente en algún viejo escritorio alguien anda elaborando una obra ligera que en el futuro acabará ligada a la azarosa cadena de éste u otro volumen de la colección de Miscelánea de la Biblioteca Nacional. Y entonces habrá otro joven, ya no tan joven, atrapando la vida y dejando volar su imaginación, sintiendo la lluvia de Lisboa en sus rodillas a través del tejido del pantalón.
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martes, septiembre 20, 2011
219.- Un león de Guinea
Recuerdo un relato de Jacinto Antón en el que un león era el protagonista. Era un león figurado, se entiende, porque se le aparecía en sueños al autor, quien trataba desesperadamente de encontrar una explicación a aquellas visitas nocturnas. Antón perdía el sueño por culpa de aquellas pesadillas leoninas. Y yo despierto de un letargo de nueve meses gracias a otro león. Figurado, se entiende. Este león vive en las páginas de un viejo libro del historiador portugués Jaime Cortesão y llegó a Lisboa el año 1447 desde las selvas de Guinea. El hecho aparece relatado en la 'Crónica dos Feitos de Guiné', un documento fundamental en la historia de los descubrimientos portugueses. Pero, ¿qué tiene de especial este león africano?. No se trata del efecto que le supongo en la corte portuguesa, donde el Infante Dom Henrique ya estaba más que acostumbrado a esos exotismos vivientes. No, no es eso. Lo que me despertó del letargo fue el destino inesperado de aquel león casi medieval. Porque el Infante tuvo a bien enviar la pieza 'a un lugar de Irlanda que se llama Galveu (Galway), a un servidor suyo que vivía en aquella tierra, porque sabía que nunca algo semejante se había visto en aquellas partes'. Éste es mi león. Navegando bajo la lluvia atlántica en un barco que va a llenar sus bodegas con tejidos irlandeses, cubriendo la ruta triste de los marineros lusos que sólo saben de brumas y de lluvia, camino a la guarida de los fantasmas que han ido saliendo del cementerio de Rahoon. El león en su jaula y los marineros en la suya. Y yo en la mía, cancelando los siglos con la escasa imaginación que todavía me acompaña en este camino a la madurez.
Así que el león que desvelaba a Jacinto ha decidido despertarme de mi sueño. ¿Cómo pude estar nueve meses sin escribirme? Me parece una eternidad injustificable. Vaya en mi descargo que siempre tuve una buena excusa a mano, siempre un manojo de frases bartlebyanas que cubrían el expediente. Frases que, por cierto, ya no puedo utilizar.
Porque mi vida ha cambiado radicalmente y quizás haya llegado el momento de explicarme los cambios, a ver si hay suerte y consigo entender algo. Veamos: ya no trabajo como periodista precario, ya no vivo en Sevilla y ya no tengo más obligaciones que las que yo mismo me impongo. Soy libre. Y, por fin, después de tanto tiempo apretando los dientes vuelvo a ser capaz de soltar amarras y soñar con leones nocturnos igual que un día soñé con indios y con elefantes blancos. El tiempo sigue siendo ese mismo suspiro, pero su tic-tac ya no me duele tanto. Porque ahora vivo chapoteando en mis obsesiones, con un pie en el herrumbroso siglo XVII y otro en un presente que está hecho de azulejos y aceite frito. Sí, vivo en Lisboa como si fuera un personaje de Tabucchi que cumple un sueño, siempre fuera, siempre fuera, anywhere out of the world, subiendo las cuestas de Alfama en busca de la calle donde empujaba su rutina aquel viejo traductor rebelde, tomando café en las esquinas, palpando los restos de un imperio que no deja de caer. Son demasiados cambios y yo no consigo entenderlos. ¿Dónde está Sandra? Su ausencia me duele como una costilla medio rota, es un dolor casi insoportable pero que se soporta a diario y que uno acaba por asimilar, es un dolor de muelas que no mata ni condena, pero que me acompaña siempre, siempre agazapado. Cuando menos lo espero, zas, trabajando en el archivo de mis sueños, compartiendo residencia con el fantasma de un lord inglés que maldice a Napoleón, sentado al sol, en cualquier situación, zas, ahí viene el recuerdo de la compañía humana en busca del hombre solitario que sueña con leones y que vive en Lisboa, el hombre que cuenta adoquines y que come sopa, el hombre que sería feliz apoyado en el alféizar del tiempo, mirando al pasado por toda la eternidad, el hombre que sería feliz si no le faltara aquel pedazo de cuerpo que se le quedó, flamenco, en las calles de Triana.
Y sí, ése soy yo. Han pasado nueve meses y me cuesta reconocerme. Me recuerdo en Diu, en aquella India encalada, fantaseando con unos días que se parecen demasiado a los actuales... ¿Acaso estoy cumpliendo un sueño? ¿Acaso es esto lo que ha venido decirme el viejo león? Cualquiera sea su mensaje, espero que la lluvia irlandesa no acabe con él. Que siga vivo para siempre, despertándome en todas las madrugadas.
Así que el león que desvelaba a Jacinto ha decidido despertarme de mi sueño. ¿Cómo pude estar nueve meses sin escribirme? Me parece una eternidad injustificable. Vaya en mi descargo que siempre tuve una buena excusa a mano, siempre un manojo de frases bartlebyanas que cubrían el expediente. Frases que, por cierto, ya no puedo utilizar.
Porque mi vida ha cambiado radicalmente y quizás haya llegado el momento de explicarme los cambios, a ver si hay suerte y consigo entender algo. Veamos: ya no trabajo como periodista precario, ya no vivo en Sevilla y ya no tengo más obligaciones que las que yo mismo me impongo. Soy libre. Y, por fin, después de tanto tiempo apretando los dientes vuelvo a ser capaz de soltar amarras y soñar con leones nocturnos igual que un día soñé con indios y con elefantes blancos. El tiempo sigue siendo ese mismo suspiro, pero su tic-tac ya no me duele tanto. Porque ahora vivo chapoteando en mis obsesiones, con un pie en el herrumbroso siglo XVII y otro en un presente que está hecho de azulejos y aceite frito. Sí, vivo en Lisboa como si fuera un personaje de Tabucchi que cumple un sueño, siempre fuera, siempre fuera, anywhere out of the world, subiendo las cuestas de Alfama en busca de la calle donde empujaba su rutina aquel viejo traductor rebelde, tomando café en las esquinas, palpando los restos de un imperio que no deja de caer. Son demasiados cambios y yo no consigo entenderlos. ¿Dónde está Sandra? Su ausencia me duele como una costilla medio rota, es un dolor casi insoportable pero que se soporta a diario y que uno acaba por asimilar, es un dolor de muelas que no mata ni condena, pero que me acompaña siempre, siempre agazapado. Cuando menos lo espero, zas, trabajando en el archivo de mis sueños, compartiendo residencia con el fantasma de un lord inglés que maldice a Napoleón, sentado al sol, en cualquier situación, zas, ahí viene el recuerdo de la compañía humana en busca del hombre solitario que sueña con leones y que vive en Lisboa, el hombre que cuenta adoquines y que come sopa, el hombre que sería feliz apoyado en el alféizar del tiempo, mirando al pasado por toda la eternidad, el hombre que sería feliz si no le faltara aquel pedazo de cuerpo que se le quedó, flamenco, en las calles de Triana.
Y sí, ése soy yo. Han pasado nueve meses y me cuesta reconocerme. Me recuerdo en Diu, en aquella India encalada, fantaseando con unos días que se parecen demasiado a los actuales... ¿Acaso estoy cumpliendo un sueño? ¿Acaso es esto lo que ha venido decirme el viejo león? Cualquiera sea su mensaje, espero que la lluvia irlandesa no acabe con él. Que siga vivo para siempre, despertándome en todas las madrugadas.
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jueves, diciembre 09, 2010
218.- La historia de Luis González

Era un pueblo tan pequeño que nadie se fijó en él. Y sin embargo en él estaba la historia de México. Luis González y González se justificaba así en la introducción de su libro 'Pueblo en Vilo':
"Todavía más: en el escenario josefino (de San José de Gracia) nunca ha tenido lugar ningún hecho de los que levantan polvareda más allá del contorno de la comarca. No se ha dado allí ninguna batalla de nota, ningún tratado entre beligerantes, ningún plan revolucionario. La comunidad josefina no ha producido personalidad de estatura nacional o estatal; nada de figuras sobresalientes en las armas, la política o las letras. No ha dado ningún fruto llamativo ni ha sido sede de ningún hecho importante. Parece ser la insignificancia histórica en toda su pureza, lo absolutamente indigno de atención, la nulidad inmaculada: tierras flacas, vida lenta y población sin brillo. La pequeñez, pero la pequeñez típica.
En su tipicidad está su fuerza. El área histórica seleccionada no es influyente ni trascendente, pero sí representativa. Vale como botón de muestra de lo que son y han sido muchas comunidades minúsculas, mestizas y huérfanas de las regiones montañosas del México central. La vida de San José, por no ser única, por ser un conglomerado de tantos, por representar una porción amplia del subconsciente nacional, quizás sea interesante para las academias, y eso justifique el estudio emprendido por un académico".
Aunque lo cierto es que no precisa justificaciones. Hoy San José de Gracia sigue siendo tan anodina como siempre, pero su nombre y su historia se han convertido en una especie de mito gracias a las páginas de Luis González. Su estilo tienen algo de García Márquez y algo de Gerald Brennan, algo a caballo entre la historia y la literatura. Frases como las que siguen, páginas que a mí me hubiera gustado escribir:
"La actividad económica menos productiva era la búsqueda de tesoros enterrados. Había cuatro maneras de dar con ellos, las cuatro igualmente ineficaces: la relación, el fuego, las varitas y las ánimas del purgatorio. Estas últimas perseguían mucho a las mujeres. A veces se les aparecían para pedirles que pagaran tal o cual manda y a veces para decirles al oído dónde estaba el dinero. Las señoras despertaban búscandolo inútilmente. Tampoco las varitas de virtud servían más que las voces de ultratumba. Lo más común era repartir cuatro varitas entre dos personas, quienes las sostenían a corta altura del suelo en los lugares donde podía estar encubierto el tesoro. Algunas rezaban: 'varita de virtud por la virtud que Dios te dio, declara si aquí hay dinero'. La manera de declarar de la varita consistía en clavarse en el sitio buscado. Por supuesto, cuando se iba a precisar el punto exacto de un tesoro, era porque previamente se habían visto fuegos en el lugar. Eran llamitas que vagaban a corta distancia del suelo e indicaban el rumbo, mas no el sitio preciso. Sólo las 'relaciones' apuntaban todo con mucha exactitud, aunque era difícil hacerse de ellas. Había relaciones apreciadísimas, como las de Martín Toscano. Quienes las ponían en práctica hablaban de un tropel de caballos".
"En aquellos tiempos no había en la jurisdicción de San José ni discordia social ni pobreza extrema ni quehaceres agobiantes ni comodidad. Eran frecuentes las zozobras y el miedo agudo y la alegría desbordante. La oscilación emotiva parece haber sido mayor que hoy. Fácilmente se pasaba del sufrimiento al gozo y viceversa. Emotividad y religiosidad se mezclaban muy a menudo. Temor, aguda conciencia de pecado, placer erótico, arrepentimiento en masa. No eran holgazanes ni los amos ni los sirvientes, pero unos y otros tenían mucho tiempo de sobra y suficientes recursos para permitirse solaces. Si e los dieron sus progenitores, menos pudientes que ellos, con más razón se los darían ellos. Pero los solaces siempre fueron esporádicos y cortos.
Solaces gastronómicos: bebidas embriagantes, cigarrillos y antojos. El consumo de aguardiente de mezcal era abundante. Únicamente en el pueblo había diez profesionales de la embriaguez. No se tiene noticia de que haya habido abstemios totales. Los hombres (las mujeres casi nunca) se emborrachaban en las fiestas. Pero las fiestas no eran muy frecuentes. Había 130 bautizos al año y muy pocos se celebraban; había 30 bodas y algunas pasaban en seco. Para los más, el aguardiente no era pan de cada día; el cigarrillo de hoja lo era de cada rato. Fumaban mucho hombres y mujeres. Por supuesto que las comidas de antojo no eran únicamente para las mujeres embarazadas; se servían en día de fiesta, en bautizos y bodas, en herraderos y cosechas, se podían servir un día cualquiera en la casa; las servían las mujeres para solaz del marido, del padre y los hermanos a quienes se les antojaban con frecuencia los tamales, los buñuelos, el minguiche, los moles picantísimos, las enchiladas, las sopas de elote, las tortas de requesón, los chongos y el arroz con leche, y en la cuaresma, la capirotada y los torreznos".
domingo, octubre 24, 2010
217.- Mi propia cosecha

Había un boxeador que se llamaba Al y que saltaba sobre el ring, esquivando los manotazos de un tipo que se llamaba Cooper y que no sabía boxear. Ahí estaban los dos. Quietos, inmóviles, fijados como en un cuadro de Edward Hopper. Y también había un hotel que se parecía a aquél en el que se hospedaba Charlton Heston en Sed de Mal. Había una rubia con la zapatilla manchada de sangre, lánguida mirada azul. Quieta también, fija, inmóvil. Y un jefe de polícia que se llamaba Noonan y la quietud patética y tranquilizadora de una ciudad que se llamaba Personville.
Todo estaba entre mis manos y supongo que aquel universo cerrado me ayudó a superar el incordioso catarro que me había mantenido en cama durante la última semana. Era un mundo conocido, reconocible más bien, donde uno podía caminar sin miedo a extraviarse, aquí está el tranvía y por aquí se llega a Boulevard Street, en aquel dinner hay un tipo, más bien gordo, que come una empanada de carne caliente. Es agente de la Intercontinental.
Sabe?, yo también quise ser agente de la Intercontinental. No, no se ría, no buscaba chicas ni aventuras, ni siquiera el riesgo, más bien todo lo contrario: quería una fórmula cínica que me diera seguridad. Saber que usted es un triste personaje secundario y que los malos son aquellos y que los que parecen buenos son en realidad los peores y que todos somos capaces de matar y que la ginebra puede sustituir al sueño y eso, ya sabe a que me refiero, que la vida es así y ya está. Que todo está quieto, fijo, inmóvil, como en estas calles de Personville.
Pero resultó que no. Qué desastre, oiga. Ya nunca iba a ser Sam Spade en el Halcón Maltés ni tampoco iba a tener una barca en la Martinica ni un café internacional en Casablanca. Más bien, lo que le quiero decir, es que un día mi tren descarrió en Bouville, no en Personville sino en Bouville, y entre las ruinas de aquel tren se quedó la fórmula mágica para envejecer felicínicamente.
Pero bueno, a usted eso que le importa, verdad? Quiere seguir bebiendo ese mejunje? Es reconfortante que los azares del destino le lleven a uno hasta estos lugares tan apartados de la vorágine, no cree? Personville es un lugar podrido, lo sé, por eso algunos la llaman Poisonville, pero no exagere, tampoco se está tan mal. Hay bares clandestinos, casas de juego y una feria en las afueras.
Alguien me ha dicho que estoy llegando al final de un destino y que llegados a ese punto todo se reduce a un problema de actitud. Es un problema grave, no crea. ¿A usted no le gustaría tener una gasolinera como en aquella peli de Tourneur? Sería un modelo perfecto para Edward Hopper, tiene todo el tipo. Sí hombre, no se ría. Sí, se está bien en esta ciudad... Me quedaría toda la vida si no fuera... si no fuera porque estoy deseando largarme de aquí. Es el final de un destino, ya se lo he dicho, y todo es cuestión de actitud. Hágame caso: no se queda para siempre en Personville.
jueves, agosto 12, 2010
216.- Un puro de Breña Alta
Lloverá. Esas nubes grises y el viento que riza los toldos no presagian nada bueno, así que pronto lloverá y es posible que me acode en la ventana para observar como se moja el paisaje de mi infancia, las tejas rojas de las casas de dos plantas, el frondoso jardín que crece entre dos tapias, las sucesivas murallas de balcones. Se me hace extraño escribir mientras miro por la ventana de la habitación que me vio crecer, de vuelta en Barcelona por unos días, tan lejos del calor implacable que padezco en Sevilla. Se me hace extraño verme de nuevo rodeado por mi pequeña y estimada biblioteca y revolotear entre libros inconexos, pasando de uno a otro con un agilidad que temía perdida por mi condición de errante, de vagabundo que se deja el alma en las estanterías de esta habitación antes de cada viaje y de cada nuevo capítulo de mi biografía.
Uno de los primeros libros que he recuperado contiene una selección de conferencias dictadas por Stefan Zweig en la Europa de entreguerras. Habla con tanta ilusión de la Europa unida que inexorablemente ha de llegar y repasa el movimiento cíclico del pensamiento en el continente, habla de Petrarca, de Nietzsche y de Domenico Cimarosa. Me suena el nombre del compositor italiano pero jamás he caído en una de sus óperas, así que rebusco en la estantería un viejo libro escrito por Roger Alier hasta que encuentro el argumento de Il matrimonio segreto y, bondades de internet, enseguida estoy conmocionándome mientras Paolino y Carolina temen por su amor.
Ya tengo música, así que acabo la conferencia de Zweig y me recuesto en la incómoda silla de madera que tantos años lleva aquí. Estiro las piernas, miro por la ventana, me dejo encandilar por la música y busco con los dedos uno de los puros que me he traído del archipiélago. Es un corona de Breña Alta que no tiene porqué hacer las veces de un Habano, es un orgulloso puro canario que viene de la isla de La Palma, de un valle húmedo y caliente cercano al puerto de Santa Cruz. ¿Dónde está mi cortapuros? Hace años que no fumo en mi antigua habitación, así que rebusco en los cajones y voy tratando de imaginar cómo es la fábrica de tabacos que ha producido este cigarro esbelto y como no tengo respuesta me invento a un indiano que vuelve de Cuba y le veo sentado en el porche de su finca mientras mira al horizonte e imagino que imagina el desembarco de los piratas en el puerto de Santa Cruz, los incendios y las columnas de humo saltando de su imaginación para imbricarse en el humo de su cigarro y todos los humos saltando al presente de esta habitación donde yo por fin chupo la hoja seca del cigarro y miro por la ventana, pensando que pronto lloverá, sintiendo el viento casi frío entre los pelos del pecho, escuchando los lamentos de Paolino y Carolina.
Tengo un libro que habla de los puros de Breña Alta, recuerdo de pronto. Busco en otra estantería y doy con el Puro Humo del enorme Cabrera Infante y repaso metódicamente las páginas sucias del ejemplar de bolsillo hasta que doy con el nombre que estoy buscando. Y mientras leo vuelvo al río Mamoré donde leí este libro por primera vez y vuelvo a ser un chico dispuesto a conquistar el mundo, mis pensamientos se entrelazan con el humo azul del cigarro y los recuerdos se acuestan con el chinchalero imaginado en Breña Alta y con el humo oscuro que deja tras sus pasos el corsario francés Jacques Leclerq.
Cada vez está más oscuro ahí fuera y ya doy por hecho que la cena al aire libre que tenía programada para esta noche deberá convertirse en otra cosa. El cielo tan cubierto me atemoriza un poco, la verdad. He perdido la costumbre de observar estos horizontes y ahora estoy acostumbrado a la luz blanca del sur, a cielos más bien ardientes que poco tienen que ver con el color plomizo de este edredón de nubes que transita lentamente por el cielo. Presiento una lluvia torrencial que no podrá apagar la brasa de mi cigarro y fumo recordando las imágenes de las últimas inundaciones en Tenerife, allá por el mes de enero. No había visto esas imágenes hasta esta última semana, en que me trasladé a la isla para encontrarme con mis padres y pasar unas tranquilas vacaciones entre el murmullo de la masa. Durante siete días habité una habitación que se precipitaba sobre el mar como aquélla otra en la que un personaje de José Luis Sampedro estuvo a punto de volverse loco. Dormía con la ventana abierta y escuchaba el rumor de las olas, el estallido contra las rocas, el ir y venir de la historia que sostiene la conferencia de Zweig, quien defiende que el camino hacia la unidad europea es inevitable y que nosotros, europeos todos, llevamos caminando hacia esa meta desde los tiempos de la torre de Babel, desde Roma, desde la iglesia, desde el humanismo, desde Cimarosa y compañía, avanzando y retrociendo como una marea humana en el oceáno de la historia. Cerca de aquella habitación colgada sobre el océano montaban guardia cuatro cañones del siglo XVIII y su tacto de cobre es uno de los recuerdos más poderosos que me traigo del archipiélago. Cobres de México y Ríotinto. Y unos puros de Breña Alta que visten con su humo este atardecer negruzco que observamos un indiano canario, un pirata francés y un tipo envuelto en sus propios libros. Doy con otro libro en un cajón: Baltasar Porcel revive a los soldados franceses que fueron derrotados en la batalla de Bailén y que acabaron prisioneros en la isla de Cabrera. Otros soldados tuvieron más suerte y fueron a parar a las islas Canarias, donde acabaron por integrarse en la sociedad. Los de Cabrera murieron casi todos. Quizás uno de los otros gabachos con el uniforme roto acabara en La Palma e hiciera amistad con el chinchalero canario y fueran dos los que fumaran en el porche del caserón, compartiendo bromas sobre el cabrón de Leclerq...
Caen ya las primeras gotas. Los destellos tímidos de algunos rayos iluminan de vez en cuando el teclado del ordenador. El puro humea juguetón escondiendo en su punto ardiente las historias de Breña Alta y del resto del archipiélago. Un ficticio soldado francés escribe sus penurias baleares en un trozo de papel. El padre de Carolina trata de casarla con un marqués y Paolino se tortura buscando una solución. Stefan Zweig se suicida en Petrópolis, Brasil. Y yo hago crujir esta silla de madera que tanto tiempo lleva aquí.
Mañana lloverá en Bouville.
Uno de los primeros libros que he recuperado contiene una selección de conferencias dictadas por Stefan Zweig en la Europa de entreguerras. Habla con tanta ilusión de la Europa unida que inexorablemente ha de llegar y repasa el movimiento cíclico del pensamiento en el continente, habla de Petrarca, de Nietzsche y de Domenico Cimarosa. Me suena el nombre del compositor italiano pero jamás he caído en una de sus óperas, así que rebusco en la estantería un viejo libro escrito por Roger Alier hasta que encuentro el argumento de Il matrimonio segreto y, bondades de internet, enseguida estoy conmocionándome mientras Paolino y Carolina temen por su amor.
Ya tengo música, así que acabo la conferencia de Zweig y me recuesto en la incómoda silla de madera que tantos años lleva aquí. Estiro las piernas, miro por la ventana, me dejo encandilar por la música y busco con los dedos uno de los puros que me he traído del archipiélago. Es un corona de Breña Alta que no tiene porqué hacer las veces de un Habano, es un orgulloso puro canario que viene de la isla de La Palma, de un valle húmedo y caliente cercano al puerto de Santa Cruz. ¿Dónde está mi cortapuros? Hace años que no fumo en mi antigua habitación, así que rebusco en los cajones y voy tratando de imaginar cómo es la fábrica de tabacos que ha producido este cigarro esbelto y como no tengo respuesta me invento a un indiano que vuelve de Cuba y le veo sentado en el porche de su finca mientras mira al horizonte e imagino que imagina el desembarco de los piratas en el puerto de Santa Cruz, los incendios y las columnas de humo saltando de su imaginación para imbricarse en el humo de su cigarro y todos los humos saltando al presente de esta habitación donde yo por fin chupo la hoja seca del cigarro y miro por la ventana, pensando que pronto lloverá, sintiendo el viento casi frío entre los pelos del pecho, escuchando los lamentos de Paolino y Carolina.
Tengo un libro que habla de los puros de Breña Alta, recuerdo de pronto. Busco en otra estantería y doy con el Puro Humo del enorme Cabrera Infante y repaso metódicamente las páginas sucias del ejemplar de bolsillo hasta que doy con el nombre que estoy buscando. Y mientras leo vuelvo al río Mamoré donde leí este libro por primera vez y vuelvo a ser un chico dispuesto a conquistar el mundo, mis pensamientos se entrelazan con el humo azul del cigarro y los recuerdos se acuestan con el chinchalero imaginado en Breña Alta y con el humo oscuro que deja tras sus pasos el corsario francés Jacques Leclerq.
Cada vez está más oscuro ahí fuera y ya doy por hecho que la cena al aire libre que tenía programada para esta noche deberá convertirse en otra cosa. El cielo tan cubierto me atemoriza un poco, la verdad. He perdido la costumbre de observar estos horizontes y ahora estoy acostumbrado a la luz blanca del sur, a cielos más bien ardientes que poco tienen que ver con el color plomizo de este edredón de nubes que transita lentamente por el cielo. Presiento una lluvia torrencial que no podrá apagar la brasa de mi cigarro y fumo recordando las imágenes de las últimas inundaciones en Tenerife, allá por el mes de enero. No había visto esas imágenes hasta esta última semana, en que me trasladé a la isla para encontrarme con mis padres y pasar unas tranquilas vacaciones entre el murmullo de la masa. Durante siete días habité una habitación que se precipitaba sobre el mar como aquélla otra en la que un personaje de José Luis Sampedro estuvo a punto de volverse loco. Dormía con la ventana abierta y escuchaba el rumor de las olas, el estallido contra las rocas, el ir y venir de la historia que sostiene la conferencia de Zweig, quien defiende que el camino hacia la unidad europea es inevitable y que nosotros, europeos todos, llevamos caminando hacia esa meta desde los tiempos de la torre de Babel, desde Roma, desde la iglesia, desde el humanismo, desde Cimarosa y compañía, avanzando y retrociendo como una marea humana en el oceáno de la historia. Cerca de aquella habitación colgada sobre el océano montaban guardia cuatro cañones del siglo XVIII y su tacto de cobre es uno de los recuerdos más poderosos que me traigo del archipiélago. Cobres de México y Ríotinto. Y unos puros de Breña Alta que visten con su humo este atardecer negruzco que observamos un indiano canario, un pirata francés y un tipo envuelto en sus propios libros. Doy con otro libro en un cajón: Baltasar Porcel revive a los soldados franceses que fueron derrotados en la batalla de Bailén y que acabaron prisioneros en la isla de Cabrera. Otros soldados tuvieron más suerte y fueron a parar a las islas Canarias, donde acabaron por integrarse en la sociedad. Los de Cabrera murieron casi todos. Quizás uno de los otros gabachos con el uniforme roto acabara en La Palma e hiciera amistad con el chinchalero canario y fueran dos los que fumaran en el porche del caserón, compartiendo bromas sobre el cabrón de Leclerq...
Caen ya las primeras gotas. Los destellos tímidos de algunos rayos iluminan de vez en cuando el teclado del ordenador. El puro humea juguetón escondiendo en su punto ardiente las historias de Breña Alta y del resto del archipiélago. Un ficticio soldado francés escribe sus penurias baleares en un trozo de papel. El padre de Carolina trata de casarla con un marqués y Paolino se tortura buscando una solución. Stefan Zweig se suicida en Petrópolis, Brasil. Y yo hago crujir esta silla de madera que tanto tiempo lleva aquí.
Mañana lloverá en Bouville.
viernes, julio 23, 2010
215.- Entre la ducha y el bar
Viernes, once de la noche, mi biografía me recuerda que es una hora propicia para escribir, para escribirme unas líneas con el único propósito de escribir, sin vocación alguna de explicar ni compartir ni comunicar, sólo la férrea vocación de escribir palabras y dejar que éstas escapen por un rato del espacio cerrado donde las tengo confinadas. Mis palabras, que hace tiempo que no sueñan, que no viajan y que no bajan al mar en busca de las olas de la memoria y la imaginación, aunque imaginación nunca tuve mucha, eso tengo que reconocerlo, porque siempre fui un tipo demasiado apegado a lo que yo conocía por realidad, que en el fondo no era más que una interpretación poco imaginativa de alguna realidad, me dirás, pues sí, puede, pero de todos modos nunca se me dio muy bien imaginar. Yo siempre he preferido recordar y practicar variaciones sobre mis recuerdos, que es un viaje melancólico hacia un pasado que muchas veces no existió, algo así como una saudade invertida que no me deja mohíno ni tan siquiera inquieto. Por eso mi estado anímico no ha cambiado ni siquiera un poco al escuchar la voz de Adrián en el iPod mientras me duchaba, yo estaba debatiéndome bajo el agua entre la necesidad de poner al día la correspondencia y la voluntad de bajarme al bar a explicarle a alguien el calor que he pasado esta tarde. Y de repente, zas, la voz de Adrián cantando uno de los temas que figuran en aquella maqueta, aquel disco que me regaló hace tantos años y que ahora ha desaparecido, dónde estará ese disco? dónde estará todo el tiempo que se ha ido? Ya les dije, no abuso de la imaginación, soy más proclive a esta melancolía un poco fatua que no acostumbra a dolerme y que al escuchar la voz de Adrián me hace sentirme de nuevo imberbe y pasar revista a los acontecimientos más relevantes de mi biografía. Y allí, por asociación de ideas, me espera Juvenal, que hoy me ha escrito diciéndome que nuestras fotos juntos se borraron de su ordenador y que por tanto ellas, como el disco de Adrián, han desaparecido en alguna dimensión que está por conocer. El bueno de Juvenal, pero qué hago, le escribo o me bajo al bar. No es la primera noche que le doy vueltas a esta gran pregunta mientras me seco y observo en el espejo las arrugas que van de mis ojos a mis orejas, que van y vuelven, y ahora en el iPod canta Carlos do Carmo, así que yo salgo del baño pensando en la saudade invertida y en aquel viaje iniciático a Lisboa, días en blanco y negro como los días de Terra Estrangeira, y por una vez, sin que sirva de precedente, trato de imaginar cómo serán mis días en Lisboa, si es que vienen, y camino de la habitación me asusta un poco el pensar que se van cumpliendo demasiados sueños y repaso los tres o cuatro más recurrentes en mis divagaciones, si pudiera me daría una palmada en el hombro, pero me conformo con fruncir el ceño, lo que supongo añade una minúscula arruga nueva alrededor de mis ojos, las arrugas que al cumplir la mayoría de edad ya anunciaban su presencia y que en parte me sirvieron para conquistar a Sandra, si es que fui yo el que la conquistó, y allí estaba yo, 17 años en pantalón corto sin saber de la existencia de Adrián o de Juvenal, plantado al sol en una tarde del mes de julio, una tarde como esta que se ha ido entre las teclas del ordenador, tiempo entre los dedos de un gris redactor que trabaja en calzoncillos en el salón de su casa y que no se inclina a la imaginación, que se contenta con volver una y otra vez a pasajes de un pasado algo incierto, sin testigos incómodos, un tipo que ni siquiera sabe lo que está escribiendo pero que intuye que eso es lo que necesitaba, lo que quería cuando al salir de la ducha se propuso aligerar de palabras el pensamiento, sin comunicar ni explicar nada, y bajarse luego al bar, libre de saudades invertidas y preparado para descubrir lo que la noche le tenía que ofrecer. Un tipo sin imaginación que siempre encuentra una puerta por la que huir.
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