La última vez que estuve en Rio de Janeiro me alojé en casa de una perfecta desconocida que había estado casada con un truhán al que yo acababa de conocer en Buenos Aires. Por los viejos tiempos, le dijo a Sandra, llamaré a mi ex y lo arreglaré todo para que os podáis quedar en su casa. Hacía como cinco o seis años que no hablaban y me quedo con las ganas de haber observado la cara de Lidia al descolgar el teléfono y escuchar la vocecita aguda del truhán porteño saludándola al otro lado. Él y su risa expansiva, quizás pensó Lidia.
En casa de Lidia, que estaba situada en el barrio de Santa Teresa, nos quedamos un par de semanas y fue en su despacho, mitad dormitorio mitad despacho en realidad, donde ocurrió la epifanía a la que pienso referirme tan pronto acabe este circunloquio.
Ya nos íbamos rumbo al norte, deseosos de proseguir nuestro viaje de búsqueda de fantasmas, y para agradacerle todo lo que había hecho por nosotros (fue generosa, agradable y dueña de una conversación reconfortante todas las noches) le regalamos un libro del escritor mejicano Carlos Fuentes. Se le humedecieron los ojos, o quizás exagere, pero eso queda entre nosotros. En todo caso, se giró hacia mí y desde su emergente posición de profesora universitaria me confesó:
- Si supieras cuánto tiempo hace que no leo literatura... Nunca tengo tiempo para esas cosas.
Asustado, debí dar un par de pasos atrás hasta que mi espalda acabara tocando la pared. Con el libro en la mano, los labios tan rojos como siempre, mientras le daba dos besos a Sandra, yo vi detrás de aquella mujer un fulgor dorado que no dejaba dudas de la naturaleza de la revelación. Yo no quiero que me ocurra lo mismo, me conjuré, yo quiero tiempo para disfrutar de esas pequeñas cosas.
Bien, pues hoy descubro que ya hace bastante que no leo literatura y que además veo pocas películas y si me descuido paso la semana sin escuchar música y abrir las páginas de un diario me da pereza, casi tanta como encender el televisor. Y ya hacía casi un mes que no actualizaba el blog.
Queriéndolo o sin querer me he convertido estas semanas en un tipo ocupado que no recuerda aquella revelación. Y lo peor del caso es que en realidad no me importa demasiado no tener tiempo para mí. Por lo menos ahora. Entregado a mi causa casi secreta soy un hombre sin tiempo pero feliz.
Porque las últimas semanas se me han ido en un frenesí de lecturas que a veces ruedan por los Andes y otras se pierden por las selvas amazónicas, pero que nunca abandonan su lugar en una bibliografía escrupulosamente elaborada. Leo con avidez, asisto a clases cuyo interés también es variable, escribo mis articulitos para poder comer. Y si acaso me queda algo de tiempo lo paso acodado en una barra charlando con los que tengo cerca, respirando sociedad, comiendo aquellas benditas rebanadas de cotidianeidad al lado de Sandra, la eterna, difusa hechicera.
Y así soy feliz, cabalgando sobre una historia que voy tejiendo con mis manos y viendo pasar a mi alrededor otras grandes historias que a falta de tiempo se convierten en mi única ventana al arte y la creación. Esos otros jinetes que a veces me adelantan como si estuvieran huyendo de la muerte que han visto en Bagdad son nombres y fotografías en blanco y negro que aparecen de repente en mi vida sin mediar aviso ni invocación.
Ése es Diego San José, por ejemplo, elegante en su traje oscuro, bombín en la cabeza, un pergamino medieval que acaba de comprar en una librería enrollado bajo el brazo. Diego San José, ayer no era nadie en mi vida y hoy es un jinete que corre a perderse y al que sólo podré capturar en las escasas líneas que ahora escriba.
Le conocí anoche, tomando un vino con Pablo, su bisnieto, que iba estirando el hilo de la memoria mientras bebía, tratando de armar la vida de aquel abuelo que coleccionaba compulsivamente, que llenaba sus armarios con incunables, fotografías de barcos encallados en el puerto de Vigo, legajos del siglo XVI en los que varias familias luchaban por una herencia, una firma de Cristóbal Colón. Diego San José, sentado con nosotros tomando un vino, las manos apoyadas en la rodilla que ha cruzado sobre su otra pierna, relucen los zapatos de este hombre que nació en Madrid y que fue escritor, poeta, dramaturgo, periodista, curioso. Más de 30 volúmenes ocupan las obras completas de este espectro en blanco y negro que hoy es un jinete y que en su día fue un autor más que prometedor, amigo de los hermanos Machado, protagonista de un retrato de cuerpo entero que hoy cuelga de un anónimo salón. En su humilde cuerpo él era toda aquella España que se perdió por el sumidero de la historia después del golpe del 17 de julio. En Madrid le alcanzó el pronunciamiento al escritor que era padre de familia desde hacía pocos años. Y en Madrid fue un habitante más de las oscuras cárceles del fascismo, eslabón de la cadena de ajusticiados por el odio, condenado a muerte.
La historia tiene sus guiños y mientras su bisnieto frunce el ceño en busca de recuerdos, Diego San José se los sopla al oído. Tuvo que ser Millán Astray, el legionario manco que le gritó a Unamuno aquello de ¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte! Tuvo que ser ese personajillo de la historia, admirador secreto de la prosa de San José, el que se preocupara de su destino y en un despacho con olor a muerte le dijera a la esposa del poeta, tranquila señora, no se preocupe más, yo me encargaré de que esté cerca de su marido.
Y el diablo le salvó la vida, aquel hombre sin escrúpulos se dio el gustazo de salvar la vida a su amigo y borró su nombre de la lista de condenados, lo metió en un camión y lo encerró en la prisión de la isla de San Simón, frente a las costas de Vigo.
Y allí vivió una temporada, escribió un libro que se tituló "De cárcel en cárcel", un día salió a la calle y allí le estaba esperando su mujer que apuesto a que le dijo sin decirle aquello otro de ahora hay que pasar desapercibido, hemos de sobrevivir. Y el genio de un hombre singular quedó atrapado en sus pensamientos, fue diluyéndose con las brumas de aquella España triste que un día como cualquier entró le vio morir en tierras gallegas, dejando un armario repleto de recuerdos propios y ajenos.
Ya se va el jinete, galopando como John Jackson en los desiertos de Mesopotamia, una sombra que huye y que no ha de volver si no es conversaciones alrededor de una botella de vino como ayer salió de entre los muertos el nombre de Washington Buño o como hoy vuelve a mi memoria el joven Toutzevitch, sacando fotografías a su viaje de exiliado a través de Europa. Las historias, los jinetes, mi propia historia, las palabras que escribió el otro yo que vive en Nueva York, ¿qué hago con ese universo que habita en mí?, y al final una nube de polvo en el horizonte. Y yo sigo cabalgando, entre los Andes y el Amazonas, sin tiempo para la literatura, pero con la punzante sensación de que la vida inunda mis venas. Y lo seguirá haciendo mientras cabalgue y cabalgue en compañía.
P.D: Comienza a gustarme Sevilla, me está ganando poco a poco y ya casi soy incapaz de oponer resistencia. Será también porque por fin las cosas comienzan a salir y bien y cada vez son menos los cabos que quedan por atar. Será. Pero será también por las piedras musgosas de la catedral en estas mañana de lluvia finistérrica que convierte Sevilla en una ciudad completamente diferente a la de las palmeras y las naranjas, naranjas que están hinchadas de agua, la piel arrugada, colgadas precariamente de una rama hasta que por fin se desvientran contra el suelo, y en la Giralda dan volteretas las campanas y al pasar junto a ella levanto la mirada en busca de las palomas y siempre me parece impresionante la altura del campanario, que por las noches se recorta contra un cielo de un azul oceánico, intenso y duro, en el que estos días brilla una luna cortada a navaja, la recuerdo bien mientras cruzaba el puente de Triana, las luces líquidas sobre el Guadalquivir, una cuadrilla de costaleros cargando piedras que pesan lo mismo que el delicado talle de una virgen, una cantaora patética con los ojos rodeados de pintura, apagan la luz y cantan una salve, y en el Rinconcillo suena el teléfono y yo tomo cerveza, ya es de noche, noche cerrada de callejones y charcos de la Sevilla en lluvias que pronto olerá a azahar. Esta semana sólo me falta Sandra, que visita Barcelona, para cuadrar el círculo de la felicidad.
domingo, febrero 07, 2010
martes, enero 12, 2010
210.- Fantasmas de navidad
Ya debería haber comenzado el curso, pero faltan los alumnos latinoamericanos, que no es poca cosa, porque ellos son 15 y nosotros, los españoles, apenas 3. Así que se aplaza el inicio hasta el jueves y a mí me queda tiempo para actualizar el blog. No es mal trato. Dos son los motivos que explican el retraso de mis futuros compañeros: uno, los trámites del visado, un inconveniente previsto por la experiencia de años anteriores. Dos, y en menor medida, la quiebra de Air Comet, que ha dejado sin billete ni ahorros a cientos de viajeros a ambos lados del océano. ¿Han cometido fraude los directivos de la compañía aérea?, se pregunta ahora la justicia. Lamento ser pesimista, pero me temo que este crimen no encontrará a un culpable que lo dignifique. Y no lo digo porque la Audiencia Nacional rechace el caso, no, es más bien un estado de ánimo que ha ido calando en mí durante las últimas fiestas navideñas, la resignada aceptación de que las empresas multinacionales pueden eludir la justicia sin sufrir ninguna consecuencia.
Y eso que la cosa comenzó bien, porque a finales de diciembre un juez holandés se avino a juzgar a la petrolera Shell por sus desmanes ecológicos en el delta del Níger. Es un primer paso en la batalla de miles de campesinos contra una compañía a la que acusan de contaminar compulsivamente sus tierras y sus ríos. Portavoces de Shell dijeron sentirse "decepcionados" ante la decisión del juez, decepción que supongo sincera después de los esfuerzos que han realizado sus abogados por bloquear el caso en las cortes nigerianas. Bien, pensé, a ver en qué acaba todo esto. Sin embargo, el último párrafo de la noticia me regresó a la triste realidad. En junio de 2009 la compañía petrolera ya se vio contra las cuerdas cuando un juez de Nueva York aceptó otra demanda que no había prosperado en Nigeria. En esta ocasión, Shell estaba acusada del asesinato del poeta y ecologista Ken Saro Wiwa, que en 1995 fue ejecutado junto a 8 líderes tribales por las autoridades militares nigerianas. Se les acusó de sabotaje contra las instalaciones de la petrolera anglo-holandesa, a quien ahora un juez de Nueva York se moría de ganas de condenar por connivencia en el asesinato. Pero sólo un día antes del juicio, los abogados del diablo encontraron la puerta de salida y fueron capaces de llegar a un acuerdo con el fiscal: 11 millones de euros. Y una nota de prensa en la que seguían negando su implicación en el asesinato. Así que esta vez ocurrirá lo mismo, me dije, falta ver cuál es el precio pactado para seguir degradando suelo nigeriano. Ningún juez tiene poder suficiente para detener a una multinacional.
Pronto llegó otra noticia como terrible confirmación de mis temores. El Banco Mundial (?) acusaba públicamente a Shell de haber abandonado a su suerte a cientos de campesinos en Sri Lanka. Resulta que a través de microcréditos financiados por el BM muchas familias se acogieron a un programa que pretendía dotar a los hogares con paneles de energía solar que permitiesen no sólo garantizar el consumo eléctrico familiar sino la venta del excedente. O al menos ése era el programa. Nadie contó al idearlo con que los paneles distribuidos por Shell iban a estropearse en cadena debido a su pésima calidad y que para cuando esto ocurriera la empresa con la que Shell había subcontratado la distribución de paneles ya habría desaparecido con lo que nadie se iba a hacer cargo de la garantía que hoy deben estar masticando los dueños de los 700 paneles defectuosos. No hay nada que hacer, podría decírsele a estos hombres, así son los resquicios del sistema. Y uno de ellos, flaco y tostado, le diría a su padre ¿Y ahora a quién matamos?, como si acaso fuera uno de los protagonistas de "Las uvas de la ira" (John Steinbeck/John Ford) repitiendo aquel famoso diálogo:
-Me mandaron a deciros que estáis desahuciados.
-Quiere decir que me echa de mi tierra.
-No hay porque enfadarse conmigo, yo no tengo la culpa.
-Pues entonces ¿quién la tiene?.
-Ya sabes que la dueña de la tierra es la compañía Sonvilland.
-¿Y quién es la compañía Sonvilland?
-No es nadie es una compañía.
-Pero tiene un presidente.Tendrán alguien que sepa para que sirve un rifle, ¿Verdad?.
-Pero hijo ellos no tienen la culpa, el banco les dice lo que tienen que hacer.
-Muy bien, ¿dónde está el banco?.
-En Tulsa, pero no vas a resolver nada allí, sólo está el apoderado. Y el pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.
-Entonces ¿ A quién matamos?
¿Y entonces? ¿Dónde está el culpable? ¿Dónde están los directivos de Goldcorp que llevan años contaminando el valle de Siria en Honduras y de paso arruinando la vida de sus habitantes? La noticia aparecía en el último periódico del año, buena coda para reflexionar. Porque primero fue en Nigeria y luego en Sri Lanka y ahora en Honduras y también en tantos otros países subdesarrollados que aparecen en los telediarios por su inestabilidad política, golpes de estado, guerras, terrorismo, una volcánica situación social que secretamente achacamos a su natural barbarie, pero que más bien está íntimamente ligada a nuestro espíritu vampírico de naciones del primer mundo. ¿Cuál es la relación entre los abusos reiterados de las grandes compañías con la existencia de gobiernos débiles-tiranos? ¿Por qué ahora el gobierno de Honduras o el de Perú o el de Bolivia dice ante los micrófonos que investigará un crimen ambiental que lleva años si no décadas cometiéndose? Ahora Goldcorp cierra la mina de San Martín porque después de 10 años ya no ofrece beneficios. Hasta el anuncio del cierre los habitantes de la zona han tragado encogidos de hombros los metales tóxicos dispersos en el aire y en el agua. ¿Y pues? Si por lo menos tenemos trabajo... en una cantinela que repiten los hombres de casi todo el hemisferio sur, como en La Oroya, en los Andes peruanos, la quinta ciudad más contaminada del mundo, donde el 97% de sus 12.000 niños sufre deficiencias físicas o mentales relacionadas con la contaminación del aire, entre ellas malformaciones y ceguera. La minera norteamericana DoeRun les cargó los pulmones con plomo y los bolsillos con moneditas de níquel y un campo de fútbol para la comunidad. Y así crimen tras crimen. Pero no, el gran enemigo de la humanidad es el terrorismo, Al-Qaeda, Bin Laden, Afganistán, allí residen los temores estúpidos de una sociedad que sobrevive a lomos del verdadero fantasma del siglo XXI. ¿Quién pone el límite a las transnacionales? Nadie. Y basta ya de mitos socialistas y de salvapatrias de caricatura. Acabemos este texto con el caso de los indios mosetén en Bolivia, asediados en la selva por la petrolera Geokinetics, contratada para la exploración petrolera en la zona por la estatal boliviano-venezolana Petroandina. Ya no se trata sólo de la contaminación que están causando en los principales cursos de agua ni de la degradación irreparable en el medio ambiente, es ya una cuestión de honor. Con una inversión planificada de 82 millones de dólares, los acuerdos de "apoyo social" con las comunidades no llegan a los 200.000 dólares (0,24%) Pero tampoco este nimio porcentaje es lo peor, lo peor es que de todos los puestos de trabajo pactados, de todas las obras acordadas (en las que las comunidades indígenas deben proveer la materia prima) y del equipamiento que se está esperando en las comunidades, de todo eso sólo una pequeña parte se ha cumplido. Y ahora vaya usted y pregunte de qué sirve nacionalizar los hidrocarburos y llenarse la boca de dignidad. Es la perversa lógica capitalista en la era de la globalización. El saqueo y el crimen ambiental en un país pobre cuesta un puñado de dólares. Y además es un negocio seguro para el gobierno de turno y para el inversor extranjero, porque la justicia internacional no tiene herramientas para perseguir a unos ni a otros. Son fantasmas que no saben manejar un rifle y a los que es imposible matar ni en Sonvilland ni en Tulsa ni en Nueva York. Porque no están en ningún sitio. O porque están en todos lados, vaya usted a saber.
P.D: A pesar de la acritud del post, de la lluvia y del frío, el año ha comenzado bastante bien en lo personal. Ya tengo trabajo, equipo de fútbol, nuevos compañeros de piso, nórdico, director de tesis y mantengo todo lo bueno del 2009. Me siento con fuerzas para seguir caminando.
Y eso que la cosa comenzó bien, porque a finales de diciembre un juez holandés se avino a juzgar a la petrolera Shell por sus desmanes ecológicos en el delta del Níger. Es un primer paso en la batalla de miles de campesinos contra una compañía a la que acusan de contaminar compulsivamente sus tierras y sus ríos. Portavoces de Shell dijeron sentirse "decepcionados" ante la decisión del juez, decepción que supongo sincera después de los esfuerzos que han realizado sus abogados por bloquear el caso en las cortes nigerianas. Bien, pensé, a ver en qué acaba todo esto. Sin embargo, el último párrafo de la noticia me regresó a la triste realidad. En junio de 2009 la compañía petrolera ya se vio contra las cuerdas cuando un juez de Nueva York aceptó otra demanda que no había prosperado en Nigeria. En esta ocasión, Shell estaba acusada del asesinato del poeta y ecologista Ken Saro Wiwa, que en 1995 fue ejecutado junto a 8 líderes tribales por las autoridades militares nigerianas. Se les acusó de sabotaje contra las instalaciones de la petrolera anglo-holandesa, a quien ahora un juez de Nueva York se moría de ganas de condenar por connivencia en el asesinato. Pero sólo un día antes del juicio, los abogados del diablo encontraron la puerta de salida y fueron capaces de llegar a un acuerdo con el fiscal: 11 millones de euros. Y una nota de prensa en la que seguían negando su implicación en el asesinato. Así que esta vez ocurrirá lo mismo, me dije, falta ver cuál es el precio pactado para seguir degradando suelo nigeriano. Ningún juez tiene poder suficiente para detener a una multinacional.
Pronto llegó otra noticia como terrible confirmación de mis temores. El Banco Mundial (?) acusaba públicamente a Shell de haber abandonado a su suerte a cientos de campesinos en Sri Lanka. Resulta que a través de microcréditos financiados por el BM muchas familias se acogieron a un programa que pretendía dotar a los hogares con paneles de energía solar que permitiesen no sólo garantizar el consumo eléctrico familiar sino la venta del excedente. O al menos ése era el programa. Nadie contó al idearlo con que los paneles distribuidos por Shell iban a estropearse en cadena debido a su pésima calidad y que para cuando esto ocurriera la empresa con la que Shell había subcontratado la distribución de paneles ya habría desaparecido con lo que nadie se iba a hacer cargo de la garantía que hoy deben estar masticando los dueños de los 700 paneles defectuosos. No hay nada que hacer, podría decírsele a estos hombres, así son los resquicios del sistema. Y uno de ellos, flaco y tostado, le diría a su padre ¿Y ahora a quién matamos?, como si acaso fuera uno de los protagonistas de "Las uvas de la ira" (John Steinbeck/John Ford) repitiendo aquel famoso diálogo:
-Me mandaron a deciros que estáis desahuciados.
-Quiere decir que me echa de mi tierra.
-No hay porque enfadarse conmigo, yo no tengo la culpa.
-Pues entonces ¿quién la tiene?.
-Ya sabes que la dueña de la tierra es la compañía Sonvilland.
-¿Y quién es la compañía Sonvilland?
-No es nadie es una compañía.
-Pero tiene un presidente.Tendrán alguien que sepa para que sirve un rifle, ¿Verdad?.
-Pero hijo ellos no tienen la culpa, el banco les dice lo que tienen que hacer.
-Muy bien, ¿dónde está el banco?.
-En Tulsa, pero no vas a resolver nada allí, sólo está el apoderado. Y el pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.
-Entonces ¿ A quién matamos?
¿Y entonces? ¿Dónde está el culpable? ¿Dónde están los directivos de Goldcorp que llevan años contaminando el valle de Siria en Honduras y de paso arruinando la vida de sus habitantes? La noticia aparecía en el último periódico del año, buena coda para reflexionar. Porque primero fue en Nigeria y luego en Sri Lanka y ahora en Honduras y también en tantos otros países subdesarrollados que aparecen en los telediarios por su inestabilidad política, golpes de estado, guerras, terrorismo, una volcánica situación social que secretamente achacamos a su natural barbarie, pero que más bien está íntimamente ligada a nuestro espíritu vampírico de naciones del primer mundo. ¿Cuál es la relación entre los abusos reiterados de las grandes compañías con la existencia de gobiernos débiles-tiranos? ¿Por qué ahora el gobierno de Honduras o el de Perú o el de Bolivia dice ante los micrófonos que investigará un crimen ambiental que lleva años si no décadas cometiéndose? Ahora Goldcorp cierra la mina de San Martín porque después de 10 años ya no ofrece beneficios. Hasta el anuncio del cierre los habitantes de la zona han tragado encogidos de hombros los metales tóxicos dispersos en el aire y en el agua. ¿Y pues? Si por lo menos tenemos trabajo... en una cantinela que repiten los hombres de casi todo el hemisferio sur, como en La Oroya, en los Andes peruanos, la quinta ciudad más contaminada del mundo, donde el 97% de sus 12.000 niños sufre deficiencias físicas o mentales relacionadas con la contaminación del aire, entre ellas malformaciones y ceguera. La minera norteamericana DoeRun les cargó los pulmones con plomo y los bolsillos con moneditas de níquel y un campo de fútbol para la comunidad. Y así crimen tras crimen. Pero no, el gran enemigo de la humanidad es el terrorismo, Al-Qaeda, Bin Laden, Afganistán, allí residen los temores estúpidos de una sociedad que sobrevive a lomos del verdadero fantasma del siglo XXI. ¿Quién pone el límite a las transnacionales? Nadie. Y basta ya de mitos socialistas y de salvapatrias de caricatura. Acabemos este texto con el caso de los indios mosetén en Bolivia, asediados en la selva por la petrolera Geokinetics, contratada para la exploración petrolera en la zona por la estatal boliviano-venezolana Petroandina. Ya no se trata sólo de la contaminación que están causando en los principales cursos de agua ni de la degradación irreparable en el medio ambiente, es ya una cuestión de honor. Con una inversión planificada de 82 millones de dólares, los acuerdos de "apoyo social" con las comunidades no llegan a los 200.000 dólares (0,24%) Pero tampoco este nimio porcentaje es lo peor, lo peor es que de todos los puestos de trabajo pactados, de todas las obras acordadas (en las que las comunidades indígenas deben proveer la materia prima) y del equipamiento que se está esperando en las comunidades, de todo eso sólo una pequeña parte se ha cumplido. Y ahora vaya usted y pregunte de qué sirve nacionalizar los hidrocarburos y llenarse la boca de dignidad. Es la perversa lógica capitalista en la era de la globalización. El saqueo y el crimen ambiental en un país pobre cuesta un puñado de dólares. Y además es un negocio seguro para el gobierno de turno y para el inversor extranjero, porque la justicia internacional no tiene herramientas para perseguir a unos ni a otros. Son fantasmas que no saben manejar un rifle y a los que es imposible matar ni en Sonvilland ni en Tulsa ni en Nueva York. Porque no están en ningún sitio. O porque están en todos lados, vaya usted a saber.
P.D: A pesar de la acritud del post, de la lluvia y del frío, el año ha comenzado bastante bien en lo personal. Ya tengo trabajo, equipo de fútbol, nuevos compañeros de piso, nórdico, director de tesis y mantengo todo lo bueno del 2009. Me siento con fuerzas para seguir caminando.
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lunes, enero 04, 2010
209.- Cebiche peruano
He adquirido algunas costumbres, como por ejemplo, revolver en los cajones de mi habitación en los días previos a mi partida de Barcelona. Siempre que vuelvo a casa de mis padres acabo haciendo limpieza de papeles viejos, libros, ropa, cintas de música y otros cachivaches que o bien cambian su ubicación en el dormitorio o bien se despiden para siempre del resto de mis trastos. En esas andaba esta tarde, abriendo carpetas en las que guardo mi pasado en folios. En una de ellas están los recortes de mi viaje a Perú: hay folletos turísticos, mapas de ciudades, una entrada del partido Cienciano-Sao Paolo, recortes de prensa y notas a mano. En un papel cuadriculado apunté la receta del cebiche que comimos con Lindaura y su familia un lejano domingo del 2006. Antes de que el papel desaparezca de nuevo apuntaré en este cuaderno digital las instrucciones de Lindaura; así cuando cualquier día en cualquier lugar vuelva a topar con ellas podré interpretarlas como una fórmula para regresar al pasado, un pasado del que también formará parte esta tarde de enero.
Cebiche:
Las medidas están calculadas para 8 comensales.
2 kilos de pescado blanco troceado en dados
1,5 kilos de limón
2 ramas de apio
2 dedos de jengibre
3 ají limos - sal - pimienta
3 cebollas grandes
1 kilo de papas
1 kilo de camote
1 kilo de choclo (maíz)
1 lechuga redonda
2 cangrejos licuados
En primer lugar hay que trocear el pescado y dejarlo en agua y sal (dos cucharadas) durante media hora. Posteriormente se enujuagará y se colará a conciencia para evitar que quede salado. Finalmente se sumergirá durante 20 minutos en el jugo de limón (la receta histórica prefiere aliñar el pescado con limón por la mañana pero este baño intensivo permite ganar tiempo)
Mientras esperamos, pondremos el cangrejo sancochado (hervido), el jengibre picado, los ajíes y la pimienta en la licuadora. El resultado, convenientemente colado, se mezclará con la carne del pescado, que se servirá con la cebolla en aros finos y una guarnición de papas, camote, lechuga y choclo...
Parece que esté almorzando de nuevo en el pisito de Lindaura, donde todavía conviven las hijas, las sobrinas, el novio de una de ellas, un tío que fue ingeniero y que hoy no se levanta del sofá. Son las cuatro de la tarde, el sol opaco de Lima tiembla por última vez para nosotros, que mañana subiremos a un avión de Air Comet con destino a Madrid... Entonces volvía a casa de mis padres, hoy ordeno las estanterías antes de hacer la maleta. Ayer y hoy, un poso de melancolía en el polvo que duerme entre estas cuatro paredes.
Cebiche:
Las medidas están calculadas para 8 comensales.
2 kilos de pescado blanco troceado en dados
1,5 kilos de limón
2 ramas de apio
2 dedos de jengibre
3 ají limos - sal - pimienta
3 cebollas grandes
1 kilo de papas
1 kilo de camote
1 kilo de choclo (maíz)
1 lechuga redonda
2 cangrejos licuados
En primer lugar hay que trocear el pescado y dejarlo en agua y sal (dos cucharadas) durante media hora. Posteriormente se enujuagará y se colará a conciencia para evitar que quede salado. Finalmente se sumergirá durante 20 minutos en el jugo de limón (la receta histórica prefiere aliñar el pescado con limón por la mañana pero este baño intensivo permite ganar tiempo)
Mientras esperamos, pondremos el cangrejo sancochado (hervido), el jengibre picado, los ajíes y la pimienta en la licuadora. El resultado, convenientemente colado, se mezclará con la carne del pescado, que se servirá con la cebolla en aros finos y una guarnición de papas, camote, lechuga y choclo...
Parece que esté almorzando de nuevo en el pisito de Lindaura, donde todavía conviven las hijas, las sobrinas, el novio de una de ellas, un tío que fue ingeniero y que hoy no se levanta del sofá. Son las cuatro de la tarde, el sol opaco de Lima tiembla por última vez para nosotros, que mañana subiremos a un avión de Air Comet con destino a Madrid... Entonces volvía a casa de mis padres, hoy ordeno las estanterías antes de hacer la maleta. Ayer y hoy, un poso de melancolía en el polvo que duerme entre estas cuatro paredes.
miércoles, diciembre 30, 2009
208.- Garimpeiros
Dijo algo así como "Garimpeiros, brasileños bastardos..." y giró la cabeza para perderles de vista. Fue en septiembre de 2006 cuando yo surcaba el Maroni en busca de pistas sobre un caso imposible de concluir. Danny, el patrón de la pequeña embarcación en la que ahora viajaba, había accedido a transportarme a cambio de una cantidad de euros, no recuerdo cuántos, seguro que no demasiados. Era un viaje de tres días desde la desembocadura del río hasta la ciudad de Benzdorf, navegando la frontera natural que separa al Surinam de la Guayana Francesa.
Aquel escenario de puerto-frontera es uno de los lugares más sugerentes que he visitado. Escribí algo entonces sobre el último puerto del mundo, Hermann Melville, Macqroll el Gaviero y Joseph Conrad. En el muelle de Albina, donde pacté mi viaje con Danny, una familia de laosianos hmong regentaba un colmado en el que los negros (descendientes de esclavos cimarrones) se aprovisionaban para sus viajes por el río. Sonaba reggae sobre la plataforma, fumaban marihuana en pequeños grupos, bebían cerveza y en aquel puerto brumoso a primera hora de la mañana podía nacer cualquier novela.
Muy de vez en cuando, durante el tiempo que estuve esperando a que Danny soltase amarras, apareció en el muelle algún brasileño de cara tostada, gorra y camiseta de tirantes. Quizás el recuerdo me condicione, pero guardo la sensación de un aire de hostilidad evidente incluso para mí, una incomunicación total por lo menos, el aislamiento de un hombre que ha llegado a un puerto literario del que no puede escapar.
Los brasileños en el río Maroni son todos garimpeiros, miserables buscadores de oro que remueven el lecho del río día tras día, arriba y abajo, a bordo de unas barcazas en las que duermen, esperan, malviven en busca de un poco de fortuna que en el mejor de los casos les reportará unos beneficios de chiste. Son una colonia cerrada, no hablan el criollo de los maroons, ni holandés ni francés ni falta que les hace. Viajan río arriba y río abajo entre las maldiciones del resto de marineros, que odian profundamente a los garimpeiros.
Todo este cuadro me ha vuelto hoy a la memoria, un día antes de que acabe el año, durante mi ronda matutina por los periódicos de mi atlas sentimental. Ojeaba el Globo con el habitual hastío de estas fechas provocado por el recuerdo de lo más leído en el año, lo más votado por los lectores, listas e imágenes que se repiten hasta la saciedad en todos los diarios. Y entre todas ellas, el brillo familiar del puerto de Albina. Finalmente había ocurrido la tragedia que llevaba tres años gestándose en mi imaginación.
Alison Aliveira, un brasileño que hoy se encuentra en paradero desconocido, trató de cobrar una deuda a Wilson Apensa, negro ndyuka con pasaporte del Surinam. Parece que éste se negó y entonces Aliveira le apuñaló hasta la muerte, hurgando con su navaja en las heridas infectas de aquella frontera. Primero se supo que ambos eran socios en el negocio de la inmigración ilegal: introducían a brasileños en la Guayana Francesa a través del río. Después, sin apenas transición, llegó lo peor.
El odio racial acumulado en los últimos años se desbordó finalmente. Hudo Den Boer, profesor holandés que trabaja en Albina, fue uno de los testigos: "De repente vi personas que conocía, vecinos simpáticos, corriendo con machetes y destruyéndolo todo. Llevé a la policía a un pequeño grupo de mujeres brasileñas que habían sido violadas y que estaban completamente desamparadas. A un conocido mío, de nacionalidad china, le destrozaron la tienda".
La masa descontrolada arrasó los campamentos donde los brasileños pronto iban a dormir otra triste nochebuena, ya era oscuro y el brillo de los cuchillos se repetía en cada esquina, las mesas, la ropa, los colchones, todo volaba por los aires, a Reginaldo Viana le abrieron la cabeza y más de veinte mujeres fueron violadas. Los supervivientes juran que hubo muertos, que ellos vieron con sus ojos cómo se deshacían de los cadáveres en el río, y desaparecidos, incendios y abusos atroces, pero todavía no se ha encontrado ningún cuerpo y aquel brasileño que no cobró su deuda también sigue desaparecido. ¿Cómo pudo pasar? se preguntan los más idiotas. Cómo no iba a pasar algo semejante en aquel puerto donde varios grupos luchan por un puñado de miseria. ¿Cuántos episodios igual de salvajes ocurren cada día en otros lugares como Albina? Tantos... y todos pasan desapercibidos. Es el poder amplificante-mitificador de las fronteras.
Hoy las Fuerzas Aéreas de Brasil siguen repatriando a los brasileños que prefieran regresar a su país. Hay varios hospitalizados en Paramaribo y otros que permanecen en Albina. Los medios de comunicación brasileños editorializan sobre el tema tocando la fibra nacionalista y ya leo aquello del "esto no se puede permitir" y otros blablabla. Todos, ellos y nosotros, somos unos perfectos hipócritas. Nunca nos importó la suerte que llevó a miles de brasileños al otro lado de los Tumuc-Humac ni nos importa realmente lo que ocurra en las otras Albinas que quedan lejos de las fronteras y los titulares. Por lo menos el gobierno chino es más coherente: no dedicará una sola línea a llorar el destino de sus súbditos sobrantes. En 2010 las víctimas seguirán siendo las víctimas... Y yo brindaré en la medianoche deseando un próspero año nuevo.
Aquel escenario de puerto-frontera es uno de los lugares más sugerentes que he visitado. Escribí algo entonces sobre el último puerto del mundo, Hermann Melville, Macqroll el Gaviero y Joseph Conrad. En el muelle de Albina, donde pacté mi viaje con Danny, una familia de laosianos hmong regentaba un colmado en el que los negros (descendientes de esclavos cimarrones) se aprovisionaban para sus viajes por el río. Sonaba reggae sobre la plataforma, fumaban marihuana en pequeños grupos, bebían cerveza y en aquel puerto brumoso a primera hora de la mañana podía nacer cualquier novela.
Muy de vez en cuando, durante el tiempo que estuve esperando a que Danny soltase amarras, apareció en el muelle algún brasileño de cara tostada, gorra y camiseta de tirantes. Quizás el recuerdo me condicione, pero guardo la sensación de un aire de hostilidad evidente incluso para mí, una incomunicación total por lo menos, el aislamiento de un hombre que ha llegado a un puerto literario del que no puede escapar.
Los brasileños en el río Maroni son todos garimpeiros, miserables buscadores de oro que remueven el lecho del río día tras día, arriba y abajo, a bordo de unas barcazas en las que duermen, esperan, malviven en busca de un poco de fortuna que en el mejor de los casos les reportará unos beneficios de chiste. Son una colonia cerrada, no hablan el criollo de los maroons, ni holandés ni francés ni falta que les hace. Viajan río arriba y río abajo entre las maldiciones del resto de marineros, que odian profundamente a los garimpeiros.
Todo este cuadro me ha vuelto hoy a la memoria, un día antes de que acabe el año, durante mi ronda matutina por los periódicos de mi atlas sentimental. Ojeaba el Globo con el habitual hastío de estas fechas provocado por el recuerdo de lo más leído en el año, lo más votado por los lectores, listas e imágenes que se repiten hasta la saciedad en todos los diarios. Y entre todas ellas, el brillo familiar del puerto de Albina. Finalmente había ocurrido la tragedia que llevaba tres años gestándose en mi imaginación.
Alison Aliveira, un brasileño que hoy se encuentra en paradero desconocido, trató de cobrar una deuda a Wilson Apensa, negro ndyuka con pasaporte del Surinam. Parece que éste se negó y entonces Aliveira le apuñaló hasta la muerte, hurgando con su navaja en las heridas infectas de aquella frontera. Primero se supo que ambos eran socios en el negocio de la inmigración ilegal: introducían a brasileños en la Guayana Francesa a través del río. Después, sin apenas transición, llegó lo peor.
El odio racial acumulado en los últimos años se desbordó finalmente. Hudo Den Boer, profesor holandés que trabaja en Albina, fue uno de los testigos: "De repente vi personas que conocía, vecinos simpáticos, corriendo con machetes y destruyéndolo todo. Llevé a la policía a un pequeño grupo de mujeres brasileñas que habían sido violadas y que estaban completamente desamparadas. A un conocido mío, de nacionalidad china, le destrozaron la tienda".
La masa descontrolada arrasó los campamentos donde los brasileños pronto iban a dormir otra triste nochebuena, ya era oscuro y el brillo de los cuchillos se repetía en cada esquina, las mesas, la ropa, los colchones, todo volaba por los aires, a Reginaldo Viana le abrieron la cabeza y más de veinte mujeres fueron violadas. Los supervivientes juran que hubo muertos, que ellos vieron con sus ojos cómo se deshacían de los cadáveres en el río, y desaparecidos, incendios y abusos atroces, pero todavía no se ha encontrado ningún cuerpo y aquel brasileño que no cobró su deuda también sigue desaparecido. ¿Cómo pudo pasar? se preguntan los más idiotas. Cómo no iba a pasar algo semejante en aquel puerto donde varios grupos luchan por un puñado de miseria. ¿Cuántos episodios igual de salvajes ocurren cada día en otros lugares como Albina? Tantos... y todos pasan desapercibidos. Es el poder amplificante-mitificador de las fronteras.
Hoy las Fuerzas Aéreas de Brasil siguen repatriando a los brasileños que prefieran regresar a su país. Hay varios hospitalizados en Paramaribo y otros que permanecen en Albina. Los medios de comunicación brasileños editorializan sobre el tema tocando la fibra nacionalista y ya leo aquello del "esto no se puede permitir" y otros blablabla. Todos, ellos y nosotros, somos unos perfectos hipócritas. Nunca nos importó la suerte que llevó a miles de brasileños al otro lado de los Tumuc-Humac ni nos importa realmente lo que ocurra en las otras Albinas que quedan lejos de las fronteras y los titulares. Por lo menos el gobierno chino es más coherente: no dedicará una sola línea a llorar el destino de sus súbditos sobrantes. En 2010 las víctimas seguirán siendo las víctimas... Y yo brindaré en la medianoche deseando un próspero año nuevo.
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viernes, diciembre 11, 2009
207.- The Wire

Me regalo el sirtaki que Mikis Theodorakis compuso para "Zorba el Griego". Cómo no voy a recordar aquella escena en blanco y negro en la que Anthony Quinn le enseña a Alan Bates a disfrutar de la vida in a mediterranean mood. Un golpe de cuerda, lento, lento, poco a poco vamos moviendo los pies más rápido, los brazos extendidos, y pueden dar ustedes palmas si no disponen de espacio o de aptitudes para el baile, aunque tampoco hay demasiadas reglas en esta danza, la aceleración del sirtaki es una metáfora del impulso vital que late bajo el pecho poderoso del viejo Zorba, del toro, del fuego y del vaso de vino. Más rápido. Extienda los brazos y si tiene suerte encontrara al extremo de los suyos los brazos extendidos de otros hombres que también bailan borrachos de vida.
Sí, me regalo el sirtaki inventado para aquella película porque es viernes y ya es casi de noche y ya vuelvo a necesitar sentirme un poco vivo. Y también porque apuro a tragos cortos la segunda temporada de The Wire, droga dura que le debo al hermano M. El que no conozca la serie pensara que no hay relación entre los dos conceptos, pero el adicto sabe quién es El Griego, Spiros, Stefanos y la gente del sindicato de estibadores. Un brindis con retsina a su salud. Últimas notas del sirtaki, que acaba en pleno éxtasis. Un brindis también a la salud de Giorgios Provias, el hombre que se inventó la manera de bailar el sirtaki para aquella mítica película (ríanse, éste no es un baile popular, fue inventado en 1964 ex professo para la peli de Mihalis Kakogiannis).
De todos ellos me acordaré esta noche cuando acodado en una barra le explique a cualquier desconocido las entrañas de la corrupción en el cuerpo de policía de Baltimore y de ahí, sin darle tiempo a réplica, saltaré a la guardia civil de Málaga para hacerle ver a mi compañero que las diferencias entre la ficción y la realidad no son tantas, o quizás todo lo contrario, que las diferencias son muchas pero que la realidad siempre es más ingeniosa que la ficción, de eso no le quepa a usted ninguna duda. Guardo entre mis papeles un recorte de periódico (como tantos otros) que me llamó la atención: "Detenido un guardia civil que robó en casas de sus compañeros". No sé cómo se lo hizo pero el tipo consiguió las llaves de las viviendas y procedió a "limpiarlas" según el reglamento. Lo malo del caso es que en ninguna de ellas encontró más de 200 euros, lo que da una idea de la precariedad laboral a la que se ve sometida la benemérita y quizás también una explicación a otros escabrosos sucesos que implican a las fuerzas de seguridad malacitanas. Sólo unos días antes, cinco policías locales de Mijas fueron detenidos y acusados de narcotráfico: en el coche patrulla llevaban 15 kilos de hachís y en una de sus viviendas, donde supongo habría más de 200 euros, 150 kilos más. Otro policía local de la misma provincia, esta vez en Almogía, ha sido implicado en ilegalidades urbanísticas. Aunque el premio a policía corrupto se encuentra muy lejos de Málaga, en la brumosa Pontevedra, donde un agente de Tráfico se quedó con la tarjeta de crédito de un hombre que acababa de morir en un accidente de carretera. El agente llegó al lugar del siniestro y viéndose a solas con tres fiambres se dijo que era una lástima que aquello se perdiese. Me la guardaré por si las moscas... y desde entonces la utilizó en 68 ocasiones firmando siempre con el nombre del muerto. ¿Qué le pasa a la policía española, McNulty? Málaga no está tan lejos de Baltimore... Y usted, detective Bunk, qué pasa por su cabeza? Aquí estamos de nuevo, sentados sobre los motores de nuestros coches bebiendo cerveza. Es viernes por la noche y creo que deberíamos bailar un sirtaki en este aparcamiento del extrarradio. Esta noche lo merece.
domingo, noviembre 29, 2009
206.- El extraño viaje

Me sorprendió ver a Peter Lorre en compañía de Rafaela Aparicio porque, eché cuentas, si esa película fue rodada en 1964 y en marzo de ese mismo año el actor de origen húngaro moría en Hollywood a los 59 años... Además, Lorre huyó de Alemania en 1933 después de que los nazis ganaran las elecciones y me cuesta creer que el tío Paco permitiera aquella producción... Aquí tiene que haber una confusión. O un parecido asombroso. Y al final resultó ser esto último: el actor que parece Peter Lorre, no sólo en su físico sino también en su interpretación, es español y se llama Jesús Franco. Aunque bien pudiera llamarse de otras mil maneras...
En una excelente entrevista concedida al diario El País después de que le fuera concedido el Goya de Honor 2009, Jesús Franco (director de más de 200 películas, entre ellas "Necronomicom", "Gritos en la noche" o "El Castillo de Fu-Manchú", una filmografía de bajo presupuesto que ha alternado, básicamente, el género de terror con el género erótico) abordó el jugoso tema de su interminable lista de seudónimos. Así fue el diálogo:
¿Usted es Joan Almirall, Terry de Corsia, Raymond Dubois, James Lee Johnson, Lulé Laverne o Jess Frank?
Ninguno.
Vaya. ¿Y eso?
Leyenda. Realmente, sólo he usado cinco nombres. Empecé utilizando seudónimo para los distribuidores extranjeros porque hacía demasiadas películas. Mis nombres siempre han sido homenajes a músicos de jazz muertos. Clifford Brown fue el primero que usé. El mejor trompetista de la historia del jazz murió a los 25 años, en la carretera. Luego utilicé James P. Johnson, pianista de blues también muerto. Luego estaba Charlie Christian, guitarrista genial. Cuando tuve tres, decidí montar un quinteto y añadí a Slam Stewart, bajista. Y luego al único blanco del grupo, Dave Tough. Pero el resto de los nombres son inventados, y no por mí, sino por productores y distribuidores. Algo ridículo.
¿Y lo de Jess?
Esa tontería. Bueno, así me llamaban en París, porque en aquellos años, tiempos del franquismo más cerrado, llegar a París y llamarse Jesús, como Jesucristo, y Franco, como el caudillo, pues era un cachondeo. Esa tontería. Bueno, así me llamaban en París, porque en aquellos años, tiempos del franquismo más cerrado, llegar a París y llamarse Jesús, como Jesucristo, y Franco, como el caudillo, pues era un cachondeo.
Y así podríamos seguir la mañana entera, hablando de dobles identidades y ficciones. Incluso podría reproducir la entrevista completa que firma Elsa Fernández-Santos y no haría falta que yo escribiera nada más. Pero aunque el personaje de Jess Franco es seductor y sus respuestas rozan la perfecta lucidez, voy a resistirme a la tentación. Vuelvo a recordar la habitación en penumbra, el falso Peter Lorre echado entre unas mantas y Rafaela Aparicio vela en mano, justo antes de tropezar con un colgador. La película se titula "El extraño viaje" y es en sí misma un periplo que comienza en un crimen real ocurrido en la localidad de Mazarrón (Murcia), que luego pasa a la portada de "El Caso" y de ahí a una mesa de café madrileño en la que Fernando Fernán Gómez propone a sus amigos el inocente juego de imaginar lo qué ha ocurrido en Mazarrón y luego Luis García Berlanga idea el argumento de un film y finalmente se convierte en guión y aquel crimen de Mazarrón se convierte bajo la dirección de Fernán Gómez en una película magistral. Película que por cierto no precisó de Peter Lorre para recibir la atención de la censura franquista, que la prohibió a las pocas semanas de su estreno. ¿Su pecado? Mostrar con demasiada crudeza el esperpento de país que por aquel entonces todavía era España. "El extraño viaje" es un artefacto que a veces parece humor negro y otras un drama de provincias y otra una peli de suspense al estilo Hitchcock-Psycho-Perkins y cuando Carlos Larrañaga abraza sin convencimiento a la Ignacia-Gloria Swanson también parece "El crepúsculo de los dioses" pero en lugar de Sunset Boulevard todo ocurre en un pueblo castellano que se aburre de lunes a viernes y que espera con rabia y violencia que lleguen los músicos desde Madrid para echar un baile en el salón del Círculo Recreativo. Créanme, es una de esas películas que despiertan fascinación, ganas de escribir, de hablar de ellas, de comentar los resortes de un guión inteligente que maneja la trama y la información con amplia sutileza. Y luego, sin remedio, la pregunta. ¿Qué tenían en común la España católico-cotilla-paleta del 64 y el grupo de creadores que está detrás de la realización de esta película? ¿Cómo es posible semejante dualidad? Supongo que no es posible de un modo natural, es la fricción de las dos españas que todavía colisionan a diario, cada día que bajo a comprar el pan, la colisión que exilió a Jess Franco en busca de libertad. Y la que le impidió regresar con normalidad al morir el funesto (adj. Que produce tristeza o desgracia, o que va acompañado de ellas) dictador. Les dejo con otro fragmento de la excelente entrevista a Jess:
Usted empieza su autobiografía con una frase de Gila: "El día que nací yo, mi madre no estaba en casa. Así que bajé y le dije a la portera: señora Patro, he nacido; soy niño". ¿Nunca le falla el sentido del humor?
No. Aunque algunos no lo entienden y supongo que para ellos sí falla. Gila era muy amigo mío y lo pasábamos muy bien juntos, hablando todo el día de gilipolleces. Pero nunca ha estado valorado a la altura que merecía. En cualquier país civilizado, Gila hubiese sido considerado como un Ionesco, pero como no era francés o rumano, pues nada... Nos tocó un pasado muy negro y nefasto, y no está tan lejos, ahí sigue.
¿Dónde?
La España fascista es muy chulita y asoma por muchos sitios, la programación de la televisión, la incultura...
¿La marginalidad ha sido para usted una salida?
La única salida. O me declaraba marginal o me condenaba a la más absoluta infelicidad. O estaba al margen o estaba jodido. Yo soy de izquierdas de verdad, mis sentimientos no son exactamente marxistas porque el marxismo fracasó, pero, pese a todo, esas ideas prevalecen.
Y ¿qué es hoy ser de izquierdas?
Ser un librepensador que no admite tonterías ni de la sociedad ni del establishment, alguien a quien el qué dirán no le importa. Haz lo quieras y sé feliz. Fuera servidumbres. No comulgo con ruedas de molino ni con ruedas de nada. No soporto las poses y defiendo esa declaración de Cocteau que dice: "Las rosas huelen mal". Pues eso, que si te parece que las rosas huelen mal no digas que huelen bien.
(...)
Y el cine ¿no puede ser trascendente? No. Ése no es su cometido. Si fuera así, sería una pedantería, y el cine está hecho para todo el mundo. El cine está hecho para divertir, nació en una barraca de feria y sigue siendo una ilusión de feria. Y eso está muy bien y no hay por qué tocarlo, porque puede llenar nuestra vida de fantasía y de un mundo mejor al nuestro. El cine nos lleva a un mundo mejor. Julián Marías, familiar mío, decía que, mientras en el teatro perteneces a una colectividad, en el cine, no. En el cine, tú estás solo con Ingrid Bergman, y tú, al estar solo con esos héroes, con Marlon Brando, con quien quieras, compartes con ellos todo el espacio. Pero ese espacio desaparece cuando termina la película y en seguida vuelves a tu ser. Esa ensoñación se acaba, es muy corta. Pero, en cambio, la ensoñación del Ulises es para toda la vida. Se va a escandalizar, pero para mí Gila es como Joyce, es esa escuela, yo creo en eso, en esa incorrección, en ese surrealismo inconectado, en las contradicciones de la sociedad. Lo que pasa es que Joyce tenía el prestigio de Irlanda, de un mundo en descomposición, y el otro sólo tenía a un general que no acababa nunca de fallarnos.
¿Ésa ha sido la diferencia?
Sí, cuarenta años de paz en los que nos han ido jodiendo poco a poco. Cuarenta años en los que cada mañana nos caía una gota de agua fría en la cabeza.
P.D: Veamos a continuación la pieza que ABC le dedicó el 19 de enero de 1956 al crimen de Mazarrón. Como sólo era el inicio del caso no revelamos información que revele (del todo) el argumento de la película:
IDENTIFICACIÓN DE LOS CADÁVERES DE LA PLAYA DE MAZARRÓN
Haro (Logroño) En relación con el hallazgo de unos cadáveres en la playa murciana de Mazarrón, se ha sabido que corresponden a los hermanos vecinos de esta ciudad, Julio y María Luisa Pérez de Nanclares, de sesenta y dos y cuarenta y siete años de edad, respectivamente. La otra mujer que iba con ellos es también hermana y se llama Marina, de cincuenta y dos años.
Los tres eran solteros y hacían una vida muy retraída, alejados de toda actividad social. Se dedicaron siempre al negocio hotelero. A sus padres primero, y más tarde a los tres hermanos, perteneció el llamado Hotel Higinia, de Haro. Al traspasar el negocio, se trasladaron a vivir a Bilbao, y luego a Madrid, donde se dedicaron al negocio de transportes. La salud de Julio sufrió un serio quebranto, y nuevamente regresaron a Haro, donde ocupaba la mayor parte del día en pasear por el campo en unión de sus hermanas. Actualmente se encontraba muy mejorado, hasta el extremo de que habían proyectado montar una fábrica de pasta para sopa. Hace unos días sufrieron una gran contrariedad al sufrir dificultades para el montaje de dicha fábrica. Se afirma que la situación económica de los citados no era mala.
Murcia. Van conociéndose más detalles del suceso de la playa de Mazarrón. Los tres pasajeros que por la noche, en la desierta playa de la isla, se apearon del taxi, habían realizado el mismo día 12, jueves, otro viaje a Puerto de Mazarrón, en pleno día, en un coche cuyo chofer no se ha presentado a la policía.
Este vehículo, con sus tres ocupantes, se detuvo en la puerta de la casa de la encargada de alquilar algunas de las viviendas de la isla. Descendieron las dos mujeres y la de más edad, que es la desaparecida, se mantuvo a cierta distancia, como si vigilara a la más joven que ha aparecido muerta, y que es la que conversó con dicha encargada. La joven era alta, bella, algo gruesa y llevaba el pelo teñido en color caoba fuerte, mientras que la otra lo tenía teñido en negro; ambas iban muy maquilladas. El hombre que quedó en el vehículo vestía abrigo gris, era fuerte y tenía aspecto saludable.
Resulta extraño que desde la noche del jueves hasta el domingo, día en que fueron descubiertos los dos cadáveres, pudieran permanecer en aquella playa sin ser vistos por persona alguna. El cadáver de la mujer más joven conserva puesto un anillo de diamantes, y el hombre un reloj de pulsera, parado, por haberse mojado, en las diez menos cuarto. Como el reloj presenta cuerda para algunas horas más se supone que la muerte debió producirse unos diez minutos antes. Asimismo, el detalle de tener todavía cuerda el reloj, indica que si el hombre tenía costumbre de darle cuerda todas las noches, la muerte fue por la noche, precisamente, pues de haber sido por la mañana, el reloj hubiera conservado mucha más cuerda en reserva.
P.D.2: El ABC acompaña la noticia con otra no menos impresionante: "Un joven de Angola mata a un león en lucha". La gesta de Mario Sampaio Nunes tiene truco: después de pugnar con el león durante unos minutos a base de puñetazos y puntapiés, pudo alcanzar un arma de fuego y dispararle a bocajarro. Pero qué más da la realidad. De eso sabe bastante el ABC...
domingo, noviembre 15, 2009
205.- La muerte de Murnau
Cuando ya casi creía que tenía dominado el canon cinematográfico (y no hablo de la SGAE, Dios me libre), ya saben, aquello de Ciudadano Kane, Padrino, Acorazado Potemkin, Intolerancia blablabla... pues entonces va y descubro una peli de la que no había oído hablar en mi vida y que así a bote pronto me ha parecido un peliculón. Luego he investigado un poco en la red, donde he descubierto que se trata de una película de culto, una auténtica revolución del cine rodada en el Berlín en blanco y negro del año 1924. Se titula "El Último" aunque también se la conoce como "La última carcajada" ("Der Leztze Mann") y su director fue Friedrich Wilhelm Murnau.
Al tipo claro que lo conocía, ya había visto su inquietante versión del mito de Drácula, con Max Schreck enseñando colmillos y uñas, (la peli se tituló Nosferatu porque los productores no llegaron a un acuerdo con la viuda de Bram Stoker, que por lo que se ve era el dueño de los derechos del título nobiliario de Conde Drácula)
Vale pues sí tenía a Murnau clasificado, pero ni sabía de esta peli ni de su magnífico protagonista, un actor alemán llamado Emil Jannings que antes de convertirse en nazi y llegar a la dirección de la productora UFA ganó el primer Óscar de la historia al mejor actor por su papel en dos películas de las que tampoco tengo ni idea: "La última orden" de Josef Von Sternberg y "El destino de la carne" de Victor Fleming.
Bien, pues ahí está Jannings, gordo, jorobado, contrahecho, enmarcado en unas frondosas patillas, saliendo de casa a primera hora de la mañana abrigado con su imponente uniforme de portero del hotel Atlantic. Una orquesta acompaña sus pasos de hombre orgulloso que responde con un saludo militar al afecto con que le tratan los vecinos. Jannings es casi un anciano y sin embargo está en la cúspide de su vida, en el punto más alto que ya sólo admite el declive... y el declive está al doblar la esquina. El dueño del hotel Atlantic ha contratado a un portero más joven y más fuerte para sustituir a Jennings, a quien le esperan los baños de caballero como último destino de su vida laboral. He visto el terror en los ojos del viejo portero, en su paso dubitativo, en su expresión incrédula.
Qué película, cómo es posible que una peli muda que tiene más de ochenta años sea mucho más entretenida-profunda-emocionante que la gran mayoría del cine actual. Y más moderna. Porque "El último" fue el primer experimento con la cámara subjetiva (que se desenfoca y gira) y el origen del concepto "cámara desencadenada", según el cual la cámara adopta un papel narrativo a través de todo tipo de zooms, movimientos, ubicaciones y hasta encarnaciones de conceptos tan intangibles como el sonido.
Ante semejante batería de novedades, la incipiente industria cinematográfica de Hollywood no podía quedarse con los brazos cruzados. Dos años después de rodar aquella exitosa película, Murnau emigró a los Estados Unidos y en 1927 realizó para la 20th Century Fox otra película que también sería etiquetada como "una de las mejores de la historia del cine" y de la que yo tampoco tenía ni idea. Se tituló "Amanecer" ("Sunrise") y en aquella primera edición de los Oscar en que Jannings se llevó la estatuilla, la nueva peli de Murnau se llevó otras tres, entre ellas la de Mejor Película.
Llegados a este punto ya está clara la alegría con la que recibí el descubrimiento de estos pequeños tesoros. Este fin de semana han venido Luis y Patri de visita a Sevilla y como yo estaba entusiasmado con las pelis les he ido explicando planos y detalles mientras paseábamos por Macarena y entre cerveza y cerveza. De una u otra manera acababa por salir el nombre de Murnau y al final resultaba inevitable evocar también el accidente que acabó con su vida en 1931.
Fue un accidente de tráfico, en una carretera de California por la que viajaban el director, tres amigos, un pastor alemán y un muchacho filipino de 14 años que Murnau se había traído del Pacífico tras el rodaje de "Tabú", su última película (codirigida con el documentalista Robert Flaherty). No se sabe exactamente qué pasó en aquel coche, pero la homosexualidad de Murnau y su popularidad fueron pólvora suficiente para que estallaron como fuegos artificiales los más variados rumores. El más extendido asegura que en una gasolinera el muchacho filipino, que se llamaba García Stevenson, tomó los mandos del vehículo y pisó el acelerador hasta el fondo para complacer a su jefe y amante. El pastor alemán, los amigos y García Stevenson salvaron la vida. Murnau quedó en su asiento con el cráneo destrozado y el día siguiente expiró en la camilla de un hospital.
El cuerpo fue repatriado a Berlín, donde su madre se encargó de organizar un sentido entierro. Greta Garbo lloró mares (al otro lado del Atlántico) y Fritz Lang, el otro director-gigante de aquella Alemania de entreguerras-expresionista, se encargó del correspondiente discurso. Dijo algo así: "Dentro de muchos siglos todo el mundo sabrá que hoy nos ha dejado un pionero en la cúspide de su carrera, un hombre a quien el cine le debe su carácter fundamental, artística y técnicamente... Que todos los creadores sinceros tomen a este hombre como su ejemplo... Aloha oe Murnau".
P.D: Además de Murnau, Luis y yo tuvimos decenas de conversaciones distintas en decenas de bares y centenares de calles. Lo pasamos en grande, como los viejos tiempos. Y además cocinó: Espiral de lomo con bacon y queso, acompañado con puré de manzana asada, salsa de dátiles y crujiente de yuca. Hoy se ha vuelto a Granada un pionero de los fogones. Aloha oe Martín!
Al tipo claro que lo conocía, ya había visto su inquietante versión del mito de Drácula, con Max Schreck enseñando colmillos y uñas, (la peli se tituló Nosferatu porque los productores no llegaron a un acuerdo con la viuda de Bram Stoker, que por lo que se ve era el dueño de los derechos del título nobiliario de Conde Drácula)
Vale pues sí tenía a Murnau clasificado, pero ni sabía de esta peli ni de su magnífico protagonista, un actor alemán llamado Emil Jannings que antes de convertirse en nazi y llegar a la dirección de la productora UFA ganó el primer Óscar de la historia al mejor actor por su papel en dos películas de las que tampoco tengo ni idea: "La última orden" de Josef Von Sternberg y "El destino de la carne" de Victor Fleming.
Bien, pues ahí está Jannings, gordo, jorobado, contrahecho, enmarcado en unas frondosas patillas, saliendo de casa a primera hora de la mañana abrigado con su imponente uniforme de portero del hotel Atlantic. Una orquesta acompaña sus pasos de hombre orgulloso que responde con un saludo militar al afecto con que le tratan los vecinos. Jannings es casi un anciano y sin embargo está en la cúspide de su vida, en el punto más alto que ya sólo admite el declive... y el declive está al doblar la esquina. El dueño del hotel Atlantic ha contratado a un portero más joven y más fuerte para sustituir a Jennings, a quien le esperan los baños de caballero como último destino de su vida laboral. He visto el terror en los ojos del viejo portero, en su paso dubitativo, en su expresión incrédula.
Qué película, cómo es posible que una peli muda que tiene más de ochenta años sea mucho más entretenida-profunda-emocionante que la gran mayoría del cine actual. Y más moderna. Porque "El último" fue el primer experimento con la cámara subjetiva (que se desenfoca y gira) y el origen del concepto "cámara desencadenada", según el cual la cámara adopta un papel narrativo a través de todo tipo de zooms, movimientos, ubicaciones y hasta encarnaciones de conceptos tan intangibles como el sonido.
Ante semejante batería de novedades, la incipiente industria cinematográfica de Hollywood no podía quedarse con los brazos cruzados. Dos años después de rodar aquella exitosa película, Murnau emigró a los Estados Unidos y en 1927 realizó para la 20th Century Fox otra película que también sería etiquetada como "una de las mejores de la historia del cine" y de la que yo tampoco tenía ni idea. Se tituló "Amanecer" ("Sunrise") y en aquella primera edición de los Oscar en que Jannings se llevó la estatuilla, la nueva peli de Murnau se llevó otras tres, entre ellas la de Mejor Película.
Llegados a este punto ya está clara la alegría con la que recibí el descubrimiento de estos pequeños tesoros. Este fin de semana han venido Luis y Patri de visita a Sevilla y como yo estaba entusiasmado con las pelis les he ido explicando planos y detalles mientras paseábamos por Macarena y entre cerveza y cerveza. De una u otra manera acababa por salir el nombre de Murnau y al final resultaba inevitable evocar también el accidente que acabó con su vida en 1931.
Fue un accidente de tráfico, en una carretera de California por la que viajaban el director, tres amigos, un pastor alemán y un muchacho filipino de 14 años que Murnau se había traído del Pacífico tras el rodaje de "Tabú", su última película (codirigida con el documentalista Robert Flaherty). No se sabe exactamente qué pasó en aquel coche, pero la homosexualidad de Murnau y su popularidad fueron pólvora suficiente para que estallaron como fuegos artificiales los más variados rumores. El más extendido asegura que en una gasolinera el muchacho filipino, que se llamaba García Stevenson, tomó los mandos del vehículo y pisó el acelerador hasta el fondo para complacer a su jefe y amante. El pastor alemán, los amigos y García Stevenson salvaron la vida. Murnau quedó en su asiento con el cráneo destrozado y el día siguiente expiró en la camilla de un hospital.
El cuerpo fue repatriado a Berlín, donde su madre se encargó de organizar un sentido entierro. Greta Garbo lloró mares (al otro lado del Atlántico) y Fritz Lang, el otro director-gigante de aquella Alemania de entreguerras-expresionista, se encargó del correspondiente discurso. Dijo algo así: "Dentro de muchos siglos todo el mundo sabrá que hoy nos ha dejado un pionero en la cúspide de su carrera, un hombre a quien el cine le debe su carácter fundamental, artística y técnicamente... Que todos los creadores sinceros tomen a este hombre como su ejemplo... Aloha oe Murnau".
P.D: Además de Murnau, Luis y yo tuvimos decenas de conversaciones distintas en decenas de bares y centenares de calles. Lo pasamos en grande, como los viejos tiempos. Y además cocinó: Espiral de lomo con bacon y queso, acompañado con puré de manzana asada, salsa de dátiles y crujiente de yuca. Hoy se ha vuelto a Granada un pionero de los fogones. Aloha oe Martín!
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