El tren numero 5 avanza entre las colinas que se extienden al norte de Ulaan Baatar, camino de la frontera rusa. Las vistas al otro lado de la ventanilla son fantasticas. Seguimos el curso de un rio que juega a esconderse tras las rocas y los arboles; mas alla del rio se abren praderas y colinas, varios verdes distintos brillan bajo un sol sin competencia, triunfador. El rio, que aparece y desparece, pinta su carrera con un azul profundo que resplandece en blanco cuando el sol asi lo quiere. De vez en cuando los grandes arboles que aparecen en grupos sobre el paisaje proyectan su sombra sobre el rio, oscureciendo tambien mi rostro. Pastan las vacas. Recuerdo los bosques primaverales del este de Polonia, cuando tambien viaje en tren desde Varsovia a Augustow. Hay grandes nubes como manojos de algodon que cubren pedazos de cielo. Abandono el pais en un dia radiante.
En el interior del tren hay bastante movimiento. Por un capricho del destino viajamos en segunda clase, estamos solos en nuestro compartimento con capacidad para cuatro personas, Sandra limpia la camara y me da conversacion, le gusta jugar a que me molesta mientras escribo. El te humea sobre la mesa reclinable atornillada a la pared, justo debajo de la ventanilla. Es una lastima que en este tren no haya enchufes, como en los trenes indios... que recuerdos, aquella multitud peleandose por cargar la bateria de un telefono movil, los botones sucios de comida, las carcasas tiznadas de gris, el alboroto permanente del chai-walla, el vendedor de te, el periodico que pasa de mano en mano, la posicion fetal con un brazo para apoyar la cabeza y otro entre las piernas, las mujeres sentadas sobre sus piernas cruzadas, el paisaje siempre habitado fuera del tren. Los trenes indios son un recuerdo lejano...
Que tienen que ver estas praderas y esta provodnitsa (responsable de vagon) rusa con aquellos trenes indios? Que tengo que ver yo con aquel pasajero occidental?
En el pasillo continua el movimiento. Las contrabandistas mongoles distribuyen su mercancia (bolsos, camisetas...) por los rincones del vagon con la esperanza de burlar los controles de aduana rusos. Afuera, el rio serpentea entre los campos, dando verde y solaz a los gers que aparecen solitarios sobre la tierra. Es un dia tan bello! Ojala pudiera detener el tren y echar a caminar en cualquier direccion, hacia aquella casita de madera de estilo siberiano, por ejemplo, o hacia la cima de las colinas, desde las que el caminante ha de disfrutar de unas vistas magnificas de la cuenca del rio.
Sandra ha vuelto del banyo. Dice que en el resto de compartimentos todo el mundo esta comiendo. Segun mis calculos deben ser las cinco de la tarde y pronto pararemos en Zonhala... Esta hora generosa que siempre me regala buenos momentos, como aquellas tardes tan serenas en Granada, mi patria pequenya a la que algun dia anhelo regresar. Parece que el tren aminora la marcha. Nos estamos acercando a la estacion.
Mi reflejo en la ventana me devuelve a un tipo con una barba demasiado larga, deberia afeitarme si no quiero parecer un salvaje...
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Campos amarillos, el sol ha quemado la hierba, veo un ger y un granero, los chinos llaman "bollo mongol" a las tiendas de fieltro de los nomadas mongoles y es cierto que en la distancia parecen unos bollos recien hervidos. Sera que tengo hambre...
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Arrancamos. Vagones y vagones cargados con la madera que viene de los bosques de Siberia.
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Sandra hace recuento de nuestros viveres, que lastima no haber encontrado aquella ternera en conserva que tanto me gusta. Hay camellos junto al rio. He visto una pareja en moto y he recordado a todos los pastores de este pais que manejan sus rebanyos subidos en una moto. Me arrepiento de no haber comprado una botella de vodka para animar las noches que se avecinan. Que estaran haciendo ahora Antoine y Gael? Posiblemente ya hayan concluido su caminata diaria alrededor del lago Khovsgol y ahora mismo busquen lenya para preparar la cena. Jugaran luego al tarot, ese juego de naipes frances que nos ensenyaron, o se conformaran con el backgammon magnetico?
Sandra ha vuelto de rellenar con agua caliente su taza de te. Sigue hablando por los codos. Ignora cuan bella ha amanecido esta manyana, recogiendo en su piel y en su cabello toda la luz que entraba por la ventana. Hace una foto a traves de ventanilla del tren. Es una companyera inmejorable.
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Primera cena a bordo: sardinas con tomate, pan y de postre uno de esos pastelillos rusos con forma y color (estan espolvoreados con harina) de ger mongol. Acabamos de pasar por Darkhan. Ha sido una parada tan corta que ni siquiera he tenido tiempo de fumarme un cigarrillo. Sandra ha hecho un foto del mural que hay en la fachada de la estacion. Y ya estamos de nuevo en marcha. Tan pronto ha arrancado el tren ha aparecido en nuestro compartimento la contrabandista del compartimento numero 9. Venia a buscar unos chorizos que habia escondido en nuestro altillo; el resto de mujeres busca, junta y reparte todo tipo de productos. Mientras todo esto ocurre en el interior de nuestro vagon, el sol va declinando sobre los prados llanos del norte de Mongolia. Rebanyos de vacas y ovejas. Gers y caballos. En la lejania, una cadena de montanyas enanas, apenas una sucesion de colinas. Nos acercamos a la frontera, en poco mas de una hora comenzara el jaleo burocratico. Sera interesante ver que ocurre con los bultos escondidos en los huecos del vagon. No es la primera vez que lo veo. Una vez, entrando al Peru desde Brasil, a traves del rio Amazonas, asisti al mismo juego del gato y el raton. Entonces, cabreados por la confiscacion de dos neveras, los contrabandistas peruanos bombardearon con botellas de cerveza la lancha de la policia. Hubo insultos, gritos y alguna risa ahogada en la noche de aquel control de aduanas sobre el rio.
Aquel barco se llamaba Victor Manuel y en el viajaba Lindaura, una peruana de mediana edad que como tantos otros de los presentes se dedicaba al contrabando de pequenya magnitud. Su equipaje no era gran cosa: geles de banyo, desodorantes, zapatos de mujer, juegos de cafe... Como habiamos hecho cierta amistad en los dias y barcos anteriores (los tres veniamos de Manaus) nos pidio que le guardaramos una parte de su mercancia en nuestro camarote, alegando que a los extranjeros no se les revisaba el equipaje. Amablemente le dijimos que no, lo que no afecto a nuestra amistad: dias despues nos invito a comer un excelente ceviche en su casa de Lima. Ante nuestra negativa Lindaura se las ingenio para esconder jaboncitos y tacitas en los rincones mas oscuros del barco, en dura competencia con el resto de pasajeros. Cuando en la noche irrumpieron las luces de la lancha de policia ella se puso nerviosa y desaparecio de cubierta. Hubo que gritar su nombre varias veces para que volviera a dar cuenta de su hamaca y su maleta. Poco a poco muchos de los bultos escondidos en el barco fueron apareciendo en manos de los agentes, que trabajaban entre los abucheos de los pasajeros. En aquel episodio Lindaura perdio parte de su inversion, pero no llego a desesperarse. En la bodega del barco persuadio al inspector de turno y tras pagar el soborno estipulado recupero gran parte de lo que le habia sido confiscado. El resto, productos cosmeticos, fue a parar al tocador de las jovenes esposas que duermen solas mientras sus maridos patrullan la frontera.
Al final solo fue eso, una formalidad: esconder-requisar-sobornar. Pero nos llevo un par de horas; espero que hoy no sea asi.
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Ya estamos en Sukhbaatar. Un poli con mascarilla se ha llevado nuestros pasaportes. Tenemos companyera en el compartimento: es otra pequenya saltimbanqui que intenta colocarme un chubasquero en mi mochila. Le digo que no, ya se sabe, porque se empieza con un chubasquero y se acaba con otras cosas. El espectaculo a la espera de cruzar la frontera es fascinante. Las mujeres se han repartido su mercancia para camuflarla como equipaje propio. Ahora cada una tiene tres zapatillas, tres camisetas, dos chubasqueros, gafas de sol y varias cosas mas. Para controlar semejante desbarajuste cada una lleva una lista donde ha apuntado la ubicacion temporal de sus productos. A nuestra companyera le acaban de traer dos chorizos y un sombrero de mujer, ella ha endosado a las otras chicas varias camisetas de verano. Otro de los pasajeros desfila por el pasillo con la camisa hinchada de bultos. Una de las provodnitsas, con un rulo en la cabeza, se desganyita con un viajero sin billete. Dos companyeras intentan calmarla, seguro que ellas ya han sacado su parte y no quieren problemas. Una de ellas, una rusa alta, cobraba en el anden a las mujeres contrabandistas para ocultar mercancia en su compartimento. Hay un clima de corrupcion que me hace imaginar escenas de mercado negro en epocas de guerra. Imagino tambien que cada semana son las mismas mujeres las que cruzan la frontera con importaciones baratas provenientes de China, tambien los mismos provodnitsas corruptos y los mismos policias a los que todavia no conozco; sus mujeres tambien duermen solas. El juego del gato y el raton antes de entrar en territorio ruso. Me dispongo a observar...
miércoles, julio 08, 2009
martes, julio 07, 2009
185.- Tallinn
Son las diez de la manyana, todavia es de dia. Tallinn comparte latitud con San Petersburgo, con lo que seguimos disfrutando de claridad perpetua y algo de frio. Llegamos a la ciudad ayer a las once de la noche despues de atravesar unos suburbios grises y deprimentes. Esta vez no tenian nada que ver con la pobreza, ya estamos en Europa, pero a pesar de cierto bienestar fue imposible sacudirse la sensacion de tristeza. Mas alla de los bloques de hormigon dispuestos junto a la carretera, un faro giraba su luz, el cielo pareia plomo, las gaviotas trazaban huidas circulares.
En la estacion de autobuses nos esperaba Alar, nuestro anfitrion estonio, quien nos ofrecio en el transcurso de las siguientes horas una alegre introduccion a la historia y cultura de su pais. Se gracias a la conversacion nocturna de ayer que un tercio de la poblacion estonia solo habla ruso y solo se siente rusa, mientras que los dos tercios restantes reniegan de su pasado sovietico y miran con esperanza la entrada de Estonia en la Union Europea. Una fractura social que supongo habitual en las antiguas republicas socialistas, pero que no deja de sorprender en la retaguardia europea. De hecho, este rincon de Europa es un agujero negro para nosotros, igual que nosotros lo somos para ellos. El siguiente video es un chiste que da una idea de la vision superficial que muchos estonios tienen de Europa:
http://www.youtube.com/watch?v=WUgqXGu_gTQ
Interesante conocer la enconada rivalidad entre estonios y letones (a los que llaman "seisdedos" por algun motivo desconocido), por ejemplo, o que Espanya es conocida por ser un pais de fascistas que acoge en Marbella a la mafia estonia. Cada pais es un mundo y cuanto mas viejo mas consciente soy de mi honda ignorancia...
En fin, aqui estamos, apurando los ultimos sorbos de esta copa. Voy a ducharme y despues nos iremos a conocer la ciudad antigua. Espero sea tan bella como la fortaleza de Ivangorod, situada sobre la frontera entre Rusia y Estonia desde los tiempos (s.XVII) en que Suecia y Rusia se peleaban por esta region. Los suecos desistieron en su empenyo, pero parece que en Moscu todavia estan convencidos de sus derechos sobre Estonia. El siguiente articulo de El Pais narra el "ciberataque" ruso que este pequenyo pais baltico sufrio en 2007:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estonia/primera/victima/hackers/elpepiint/20090530elpepiint_2/Tes
P.D: Todavia no tienen euro, pero ya han adoptado el gusto por los precios prohibitivos...
En la estacion de autobuses nos esperaba Alar, nuestro anfitrion estonio, quien nos ofrecio en el transcurso de las siguientes horas una alegre introduccion a la historia y cultura de su pais. Se gracias a la conversacion nocturna de ayer que un tercio de la poblacion estonia solo habla ruso y solo se siente rusa, mientras que los dos tercios restantes reniegan de su pasado sovietico y miran con esperanza la entrada de Estonia en la Union Europea. Una fractura social que supongo habitual en las antiguas republicas socialistas, pero que no deja de sorprender en la retaguardia europea. De hecho, este rincon de Europa es un agujero negro para nosotros, igual que nosotros lo somos para ellos. El siguiente video es un chiste que da una idea de la vision superficial que muchos estonios tienen de Europa:
http://www.youtube.com/watch?v=WUgqXGu_gTQ
Interesante conocer la enconada rivalidad entre estonios y letones (a los que llaman "seisdedos" por algun motivo desconocido), por ejemplo, o que Espanya es conocida por ser un pais de fascistas que acoge en Marbella a la mafia estonia. Cada pais es un mundo y cuanto mas viejo mas consciente soy de mi honda ignorancia...
En fin, aqui estamos, apurando los ultimos sorbos de esta copa. Voy a ducharme y despues nos iremos a conocer la ciudad antigua. Espero sea tan bella como la fortaleza de Ivangorod, situada sobre la frontera entre Rusia y Estonia desde los tiempos (s.XVII) en que Suecia y Rusia se peleaban por esta region. Los suecos desistieron en su empenyo, pero parece que en Moscu todavia estan convencidos de sus derechos sobre Estonia. El siguiente articulo de El Pais narra el "ciberataque" ruso que este pequenyo pais baltico sufrio en 2007:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estonia/primera/victima/hackers/elpepiint/20090530elpepiint_2/Tes
P.D: Todavia no tienen euro, pero ya han adoptado el gusto por los precios prohibitivos...
lunes, julio 06, 2009
184.- San Petersburgo (Leningrado, Petrogrado)
Soy algo mas viejo que el protagonista de "Noches Blancas", la novela de Fyodor Dostoyevski. Tampoco me parezco en nada a aquel joven solitario que en las noches de San Petersburgo paseaba entre canales y palacios. Y sin embargo, no se me ocurre una mejor manera de empezar a despedirme de esta ciudad que evocando los paseos literarios de aquel triste personaje. Porque al imaginar sus devaneos junto al rio Neva tambien me imagino a mi, con el cuello de la chaqueta levantado, caminando sin rumbo, haciendo ruido con mis zapatos sobre los adoquines de la ciudad.
Y es que llevo un tiempo fascinado y, quizas por ello, completamente desorientado. En la ultima semana no he visto la oscuridad, si tal concepto es posible. Habitando estos dias en San Petersburgo me he convertido en un personaje contemporaneo de las noches blancas de Dostoyevski, prisionero y huesped a la vez de una claridad completa que se prolonga dia tras dias, sin noches, con luna pero con luz. Cuando miro el reloj adivino con sorpresa que son las diez de la noche, y varias calles mas alla, en lo que creo que ha sido un trayecto corto, zas, las once y asi hasta la medianoche, y a la una y media, bajo un cielo que presagia un atardecer, los puentes de la ciudad comienzan a subir y alli estoy yo, acompanyado por Sandra y nuestro amigo Alexander, cerveza en mano, preguntandome una vez mas donde ha ido a parar la oscuridad.
El fenomeno de las noches blancas, ademas de desconcertante, es una oportunidad de lujo para conocer la ciudad, ya que multiplica las horas disponibles para callejear. Salvo algunas lluvias esporadicas no hemos tenido mayor inconveniente en la ultima semana para perdernos entre las anchas avenidas de la ciudad, que esconden tras cada fachada callejones, claraboyas y patios de vecinos en los que yo he imaginado a Rodion Romanovich Raskolnikov, protagonista de aquella otra novela de Dostoyevksi, tiritando sobre un divan, mortificado por la duda y luego por la culpa, obsesionado con la imagen de una viejecita que guarda sus joyas en soledad.
Son tantas las cosas que uno puede imaginar en San Petersburgo... al tomar el autobus desde casa de Alexander paso todos los dias por delante del parque en el que el militar frances Georges d'Anthes disparo a Alexander Pushkin en 1837. Imagino al escritor tal y como lo retrato Kiprenski en aquel cuadro que ilumina una sala de la Galeria Tetryakov. Las patillas anchas, la mirada azul que busca el horizonte, el abrigo negro, la bufanda ajedrezada de colores rojo y verde... Creo ver a Pushkin con su arma levantada, esperando la senyal del juez para acabar con aquel duelo de honor, y luego las cejas contraidas sobre sus ojos azules en una expresion de sorpresa ante el descubrimiento de que alguien ha manipulado su arma, un disparo, una nube de humo que se pierde entre la neblina de San Petersburgo, un poeta muerto... y un autobus que cruza el rio sobre un puente de piedra.
Solo hay que tener un poco de imaginacion para ser feliz en San Petersburgo.
El acorazado Aurora, con sus tres chimeneas robustas y oscuras, se recorta contra la ciudad junto al puente que hemos escogido para presenciar el espectaculo cotidiano de la apertura de los puentes. Es de noche, aunque nadie pueda decirlo. Mientras los puentes se parten en dos ante mi vista, una multitud de pequenyas embarcaciones espera impaciente sobre el rio; un poco mas lejos, los enormes cargueros comienzan su vagar de fantasma en la noche crepuscular de la ciudad. El Aurora parece envuelto en humo, sus tres chimeneas solo se intuyen, la mole metalica contempla el trafico maritimo sobre el rio Neva, quizas hoy siga huyendo el Tramp Steamer del Gaviero... Queda muy lejos aquel 25 de octubre de 1917 en que un disparo blanco del Aurora dio la senyal que la muchedumbre estaba esperando en las calles de San Petersburgo. Miles de hombres salieron de todas las esquinas para formar parte de uno de los episodios mas importantes de la historia contemporanea de Rusia: el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares. El periodista norteamericano John Reed ("Diez dias que estremecieron al mundo") estaba alli, quizas apoyado en el mismo puente desde el que ahora yo contemplo la silueta del acorazado Aurora, contemplando el entonces la marea humana que construia un nuevo eslabon de la historia.
Si, quedan muy lejos aquellos dias. Una de las imagenes recurrentes que he econtrando en mis paseos por San Petersburgo es la de una limusina blanca que transporta de una punta a otra de la ciudad a un punyado de jovenes borrachos acompanyados de bellas prostiutas. Son la "juventud dorada", los hijos de todos los que se hicieron millonarios al calor de la Perestroika. Salvo las estrellas, las hoces y los martillos labradas en algunas fachadas, no queda nada del pasado sovietico de la ciudad; afortunadamente, claro, porque basta con pasar junto a la sede central de la policia o frente a las oficinas de la antigua KGB para sentir un escalofrio en la rabadilla. Y no es el frio, no, es el miedo, el miedo al secuestro, la tortura y el gulag siberiano, pero tambien el miedo a las colas de 5 horas para conseguir una barra de pan, el miedo al invierno y los sabanyones, el miedo al calor rancio y humedo de una cafeteria en la que sirven cafe aguado.
Tampoco quedan en la ciudad recuerdos del otro gran episodio protagonizado por la ciudad en el siglo XX. Se trata del asedio de Leningrado, claro, aquella matanza de 900 dias en la que mas de un millon de civiles murio de hambre y de frio mientras los ejercitos de la Alemania nazi y de la Union Sovietica jugaban al ajedrez sobre sus cuerpos. En el campo de Marte, un jardin situado junto al palacio de Marmol, arde un fuego eterno en memoria de los caidos.
Y asi podria seguir dias y dias, paseando de nuevo con las palabras por las calles interminables de la ciudad, escuchando las historias de Alexander, que habla de la mezuita construida por el emir de Bukhara, de las esfinges egipcias que custodian la entrada de la prestigiosa Academia de Arte, de la cupula dorada de la catedral de San Isaac y de los mosaicos sobrecogedores que cubren todo el interior de la catedral de la Resurreccion, erigida sobre el lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II en 1881, de la casa donde vivio Maxim Gorky, de las heladas del rio Neva y de tantas otras cosas. Podria, pero de ninguna de las maneras seria capaz de apresar la historia de esta ciudad, la capacidad que tiene para hacerme feliz en el transcurso de un paseo. No serviria de nada que mencionara otros nombres o que tratara de trazar nuevos recorridos sobre este papel. Prefiero imaginarme de nuevo, con el cuello de la chaqueta levantado, habitando en las paginas no escritas de una novela de Dostoyevksi. Buscando la oscuridad.
P.D: Mencion aparte merece el fantastico Museo Hermitage. No encuentro palabras para definir su coleccion. Imaginenme con la boca abierta durante 6 horas y media. Con eso bastara.
Y es que llevo un tiempo fascinado y, quizas por ello, completamente desorientado. En la ultima semana no he visto la oscuridad, si tal concepto es posible. Habitando estos dias en San Petersburgo me he convertido en un personaje contemporaneo de las noches blancas de Dostoyevski, prisionero y huesped a la vez de una claridad completa que se prolonga dia tras dias, sin noches, con luna pero con luz. Cuando miro el reloj adivino con sorpresa que son las diez de la noche, y varias calles mas alla, en lo que creo que ha sido un trayecto corto, zas, las once y asi hasta la medianoche, y a la una y media, bajo un cielo que presagia un atardecer, los puentes de la ciudad comienzan a subir y alli estoy yo, acompanyado por Sandra y nuestro amigo Alexander, cerveza en mano, preguntandome una vez mas donde ha ido a parar la oscuridad.
El fenomeno de las noches blancas, ademas de desconcertante, es una oportunidad de lujo para conocer la ciudad, ya que multiplica las horas disponibles para callejear. Salvo algunas lluvias esporadicas no hemos tenido mayor inconveniente en la ultima semana para perdernos entre las anchas avenidas de la ciudad, que esconden tras cada fachada callejones, claraboyas y patios de vecinos en los que yo he imaginado a Rodion Romanovich Raskolnikov, protagonista de aquella otra novela de Dostoyevksi, tiritando sobre un divan, mortificado por la duda y luego por la culpa, obsesionado con la imagen de una viejecita que guarda sus joyas en soledad.
Son tantas las cosas que uno puede imaginar en San Petersburgo... al tomar el autobus desde casa de Alexander paso todos los dias por delante del parque en el que el militar frances Georges d'Anthes disparo a Alexander Pushkin en 1837. Imagino al escritor tal y como lo retrato Kiprenski en aquel cuadro que ilumina una sala de la Galeria Tetryakov. Las patillas anchas, la mirada azul que busca el horizonte, el abrigo negro, la bufanda ajedrezada de colores rojo y verde... Creo ver a Pushkin con su arma levantada, esperando la senyal del juez para acabar con aquel duelo de honor, y luego las cejas contraidas sobre sus ojos azules en una expresion de sorpresa ante el descubrimiento de que alguien ha manipulado su arma, un disparo, una nube de humo que se pierde entre la neblina de San Petersburgo, un poeta muerto... y un autobus que cruza el rio sobre un puente de piedra.
Solo hay que tener un poco de imaginacion para ser feliz en San Petersburgo.
El acorazado Aurora, con sus tres chimeneas robustas y oscuras, se recorta contra la ciudad junto al puente que hemos escogido para presenciar el espectaculo cotidiano de la apertura de los puentes. Es de noche, aunque nadie pueda decirlo. Mientras los puentes se parten en dos ante mi vista, una multitud de pequenyas embarcaciones espera impaciente sobre el rio; un poco mas lejos, los enormes cargueros comienzan su vagar de fantasma en la noche crepuscular de la ciudad. El Aurora parece envuelto en humo, sus tres chimeneas solo se intuyen, la mole metalica contempla el trafico maritimo sobre el rio Neva, quizas hoy siga huyendo el Tramp Steamer del Gaviero... Queda muy lejos aquel 25 de octubre de 1917 en que un disparo blanco del Aurora dio la senyal que la muchedumbre estaba esperando en las calles de San Petersburgo. Miles de hombres salieron de todas las esquinas para formar parte de uno de los episodios mas importantes de la historia contemporanea de Rusia: el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares. El periodista norteamericano John Reed ("Diez dias que estremecieron al mundo") estaba alli, quizas apoyado en el mismo puente desde el que ahora yo contemplo la silueta del acorazado Aurora, contemplando el entonces la marea humana que construia un nuevo eslabon de la historia.
Si, quedan muy lejos aquellos dias. Una de las imagenes recurrentes que he econtrando en mis paseos por San Petersburgo es la de una limusina blanca que transporta de una punta a otra de la ciudad a un punyado de jovenes borrachos acompanyados de bellas prostiutas. Son la "juventud dorada", los hijos de todos los que se hicieron millonarios al calor de la Perestroika. Salvo las estrellas, las hoces y los martillos labradas en algunas fachadas, no queda nada del pasado sovietico de la ciudad; afortunadamente, claro, porque basta con pasar junto a la sede central de la policia o frente a las oficinas de la antigua KGB para sentir un escalofrio en la rabadilla. Y no es el frio, no, es el miedo, el miedo al secuestro, la tortura y el gulag siberiano, pero tambien el miedo a las colas de 5 horas para conseguir una barra de pan, el miedo al invierno y los sabanyones, el miedo al calor rancio y humedo de una cafeteria en la que sirven cafe aguado.
Tampoco quedan en la ciudad recuerdos del otro gran episodio protagonizado por la ciudad en el siglo XX. Se trata del asedio de Leningrado, claro, aquella matanza de 900 dias en la que mas de un millon de civiles murio de hambre y de frio mientras los ejercitos de la Alemania nazi y de la Union Sovietica jugaban al ajedrez sobre sus cuerpos. En el campo de Marte, un jardin situado junto al palacio de Marmol, arde un fuego eterno en memoria de los caidos.
Y asi podria seguir dias y dias, paseando de nuevo con las palabras por las calles interminables de la ciudad, escuchando las historias de Alexander, que habla de la mezuita construida por el emir de Bukhara, de las esfinges egipcias que custodian la entrada de la prestigiosa Academia de Arte, de la cupula dorada de la catedral de San Isaac y de los mosaicos sobrecogedores que cubren todo el interior de la catedral de la Resurreccion, erigida sobre el lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II en 1881, de la casa donde vivio Maxim Gorky, de las heladas del rio Neva y de tantas otras cosas. Podria, pero de ninguna de las maneras seria capaz de apresar la historia de esta ciudad, la capacidad que tiene para hacerme feliz en el transcurso de un paseo. No serviria de nada que mencionara otros nombres o que tratara de trazar nuevos recorridos sobre este papel. Prefiero imaginarme de nuevo, con el cuello de la chaqueta levantado, habitando en las paginas no escritas de una novela de Dostoyevksi. Buscando la oscuridad.
P.D: Mencion aparte merece el fantastico Museo Hermitage. No encuentro palabras para definir su coleccion. Imaginenme con la boca abierta durante 6 horas y media. Con eso bastara.
lunes, junio 22, 2009
183.-Mongolia (un todo)
Heme aqui ante la cotidiana dificultad de describir lo indescriptible. Como voy a afrontar la tarea de explicar lo que he vivido en los ultimos doce dias? Y no, no es porque mi viaje al desierto del Gobi haya sido una experiencia trascendental: ha sido maravilloso, casi genial, pero no llega a tanto. Es otro el problema al que me enfrento y en parte se debe a la magnificencia de Mongolia. Intentare ser claro, aunque no lo aseguro.
El dia 9 de junio escribi en este blog algo asi como "manyana me marcho al sur con tres franceses a los que apenas conozco". Bien, es un punto de partida. Ya conozco a los franceses. Uno de ellos se llama Vincent y habla por los codos, gesticula, es gracioso cuando se emborracha, cocina, rie, juega a las cartas, da los buenos dias con una sonrisa y un bailoteo capaces de alegrar la manyana mas perra. Gael es mucho mas serio, reservado, come como si subiera a bordo despues de un naufragio, lee un ejemplar de Le Monde que tiene dos semanas, no sabe jugar a los dados, es tan educado que a veces tuve miedo de parecer un bruto en su presencia. Antoine es el tercero; alto, ojos azules, comercial desenganyado hoy busca su lugar en el mundo, le gusta el hip hop, su sentido del humor se parece al mio, nos reimos viendo salir la luna, nos buscamos en las conversaciones porque los dos sabemos que el otro comprende lo que uno esta tratando de explicar.
Bien, es un inicio. Estos son los tres franceses con los que el 10 de junio salimos de Ulaan Baatar. Cada uno ocupaba su sitio en la furgoneta de Tumey, el conductor mongol al que habiamos contratado para recorrer el desierto del Gobi de la mejor manera posible, sin animo de aventureros, sin ganas de tropezarnos en cada esquina con un grupo de turistas.
Y ahi que nos vamos. Y aqui que comienza el problema con el que he dado inicio a esta entrada. Como debo describir mis sentimientos? Como codificar en palabras unos paisajes tan enormes, tan absolutos y puros? La unica solucion que se me ocurre tras consultar mi librillo es dar rienda suelta a los impulsos de mis dedos. Asi que ya va siendo hora de hablar de la estepa que rodea Ulaan Baatar y de sus horizontes infinitos que se rompen cuando aparece una montanya de vez en cuando, si, y de los caballos que pacen por doquier, en su esbelta postura reafirmada por crines sedosas que bailan con el viento, los caballos corriendo en manadas de cientos por la estepa interminable, un ger, dos gers, la aparicion subita de la vida en un medio que parece inhabitado, la blancura resplandeciente de las casas portatiles en las que duermen, beben y cocinan los nomadas mongoles.
Tratare de describir como es un ger, no prometo resultados:
planta circular, pared trenzada con listones de madera, la tierra cubierta con un pedazo de plastico y varias alfombras, una cupula de estrellas que se cuela por el agujero de madera que sustentan dos vigas pintadas de vivos colores, tela de colores corriendo por las paredes, el tejido blanco y aislante envolviendo la estructura, desde su base hasta el agujero por donde huye el tubo de la chimenea. Y entre las trenzas de madera y el agujero, 67 barras decoradas que sustentan el hogar. Ya adverti que seria dificil...
Ya tenemos al ger y a los franceses, volvamos al paisaje. El interior de la furgoneta es un bun lugar para situar la camara: en primer plano estan mis piernas, cruzadas contra la ventanilla, y mas alla un desierto hecho de hierba, neblina y caballos: es la estepa, pues apenas nos alejamos de la capital. En un par de dias entraremos en los dominios del desierto del Gobi, que merece capitulo aparte.
Es un desierto de matorrales amarillos y tierra seca, hace calor, hay camellos vagabundeando, silencio, viento que levanta columnas de arena, noches estrelladas que hacen enmudecer. Pero no hay dunas de arena, o no las hay apenas, y toda la mitologia que el nombre de Gobi ha acumulado en el imaginario occidental se desvanece al mismo ritmo que lo hace esta frase. El Gobi es como todos los desiertos del mundo: un lugar seco, sin horizontes, abrumador, terrible y bello a la vez.
Y por el da brincos una furgoneta de fabricacion rusa que se empenya en alcanzar el sur, otro destino imaginario que no existe mas que en la mente de los cinco europeos que escuchan y miran, que escuchan discos de la Jefferson Airplane y miran salir el sol, que escuchan los tonos dobles de las gargantas de Yat-Kha y que miran como se acerca el ger que esta noche les ha de servir de refugio.
Pues durante las once noches de este viaje al sur dormimos en gers (yurts en su forma rusa) plantados en medio de la nada, sin electricidad, sin agua corriente, con un agujero oscuro como unico destino de nuestras inmundicias. Se puede decir, y no esta muy lejos de la realidad, que jugamos a ser nomadas. Solo jugamos, porque vivir en semejantes condiciones es una condena que ninguno de nosotros esta dispuesto a aceptar. Por eso jugamos, bebemos vodka cada noche y tratamos de descifrar el ingles gutural de Toumey, y a eso de las dos de la manyana salimos del ger embozados en todos nuestros abrigos y buscamos la luna en el cielo, que caprichosa sale cuando quiere vestida de un ambar meloso. Y ahi esta el cielo, imposible introducir una estrella mas, el universo ante mis ojos con las galaxias casi al alcance de la mano, una estrella fugaz, un meteorito de fuego, grande y brillante, la vision mas impactante que hasta hoy me ha ofrecido el escenario celestial.
Pero hace frio. Volvemos al calor del hogar que se alimenta de la madera que ha cortado Vincent, un ultimo cigarrillo antes de ir a dormir, manyana seguiremos hacia el sur, camino de un monasterio abandonado que envejece en medio de un lago, camino tambien de la llanura de Bayanzag, donde yacen enterrados los esqueletos de cientos de dinosaurios, camino por ultimo de las dunas de arena de Khongoryn Els, el unico capricho que el desierto se permite con nuestra imaginacion.
Una pausa. Dos aguilas enormes hacen guardia sobre el esqueleto de un camello. Parece que va a llover pues el cielo se esta cubriendo desde esta manyana con unas nubes grises que vienen desde el este. En efecto, caen las primeras gotas. Pronto el paisaje se convierte en un barrizal del que emergen las figuras jorobadas de los camellos, ajenos a la tormenta, rumiando su silencio.
Y la furgoneta que no se detiene. Dos, tres, cuatro, cinco, seis dias. Confieso que antes de partir me atemorizaba la perspectiva de compartir intimidad y penurias durante tanto tiempo con tres desconocidos. Ahora debo confesar que el retiro me ha sentado genial. Ya no recordaba la sensacion de estar ausente, fuera del mundo, habitando los margenes. Y si, es cierto que hace tiempo que estoy de viaje, pero siempre hay cerca un ordenador con conexion a internet, un televisor, una radio, un diario, alguien que hable ingles. Pero esta vez no. Ayer me entere del resultado de las elecciones de Iran y para conocer la ultima salvajada de ETA he tenido que rebuscar en la hemeroteca digital de los periodicos. Que ocurria en el mundo mientras yo daba de beber a los caballos? Quien perdia la vida, que rumbo seguia la economia mundial, quien se preocupaba por mi. No importaba, nada de eso tenia valor, cero, entonces estaba encerrado en un diamante como un dia lo estuvo Pablo Neruda en Ceylan y mirar a mi alrededor era el unico vinculo que me quedaba con el mundo exterior.
En estas condiciones llegamos al sur. No marcamos ningun hito, pues en el fondo no haciamos mas que repetir una ruta trazada en una pension de Ulaan Baatar, la misma ruta que tantos otros repitieron alguna vez y que tantos otros repetiran. La celebracion tuvo de algo rutina familiar. Incluso la luna salio a la hora prevista para dejarnos de nuevo con la boca abierta, el vaso de plastico congelandose entre los dedos, el desayuno apunto de llegar. No consegui dormir en condiciones ninguna de las once noches, siempre hubo algo mejor que hacer.
Como volver al norte hipotetico, por ejemplo. Hacer la mochila, guardar los pantalones del pijama y cepillarme los dientes con agua mineral. Reincorporarme al camino que a estas alturas de post ya se ha introducido de nuevo en mi, remontar montanyas, atravesar una tormenta de arena (una mancha indefinida que avanza varios kilometros en apenas un par de minutos), un canyon congelado entre dos colinas y una ventisca de nieve, parar en casa de los amigos de Tumey para compartir un poco de yogurt natural, hacer una ofrenda en el ovoo (piedras que se amontonan alrededor de un tronco del que cuelgan jirones de tela azul; dicho en otras palabras, una ofrenda chamanica a los espiritus del lugar), frenar en cualquier ciudad para tomar la primera ducha en varios dias y renovar las provisiones en la tienda de la esquina.
Podia haber seguido asi durante semanas enteras. No teniamos plan de viaje y el conductor no hablaba ingles con lo que cada dia supuso un descubrimiento. Quizas el mayor de ellos fue alcanzar el valle de Orkhoy, parque nacional desde el que 800 anyos atras Gengis Khan se lanzo a la conquista del mundo. Desde entonces, e incluso desde antes, permanecen plantados en esta maravilla natural el punyado de gers que se empenya en combatir los temporales. Y junto a ells cientos de yaks, estupidos en su apariecia bobina, peleando el pasto con las ovejas, las cabras y los caballos, unicos senyores de esta tierra de verde palido que una vez mas soy incapaz de describir (lo he intentado tantas veces, ha sido una perdida de tiempo querer poner coto a la libertad que emana de esta tierra nomada) Alli, en aquel valle del tiempo perdido, cabalgue por primera vez. Se que no es nada extraordinario, nada sublime, pero joder, todavia me emociono al recordarlo. Primero fue aprender de que manera tenia que azuzar a mi cabello y aprenderlo solo, sin guias ni pamplinas, yendo al paso por las praderas con Sandra a mi lado, probando con los talones, gritando un CHUUU que copie de los pastores, pero nada, y luego vino el trote, que me trajo una sonrisa y ya enseguida, cuando Sandra, que tiene estilo y se maneja bien sobre el caballo, espolea al caballo con sus talones, entonces yo descubro que a mi animal le basta un roce de la cuerda en la cadera para acelerar el paso, uno, dos azotes, el trote veloz y por fin, en un suspenso sobre la tierra, llega el galope, un estremecimiento, la velocidad y el tiempo interminable entre el salto y el aterrizaje, la carrera entre mi caballo y la inmensidad, el jinete enloquecido que grita CHUUUU hasta alcanzar un monolito de mil anyos de antiguedad, el trote de nuevo, el dolor en mis costillas, la risa incontenible y asi hasta el final de este texto que intuyo largo y aburrido. Se que no deberia escribir textos tan largos para colgar en la red y se que para hacer felices a Vargas Llosa y a Saramago debiera cuidar mas la calidad de mis escritos. Pero a fin de cuentas, este es mi blog. Y mientras escribo estas ultimas palabras siento crecer en mi la felicidad conocida que me proporciona actualizar esta ventana. De nuevo la dificultad cotidiana de describir, de nuevo el fracaso ante el reto y de nuevo la felicidad por haberlo intentado. Escribir, viajar y vivir no son mas que variaciones del mismo proceso.
P.D: En dos semanas estoy en casa. Suena raro. Manyana subo a un tren que en cinco dias cruzara el continente asiatico, tan veloz como estupido, camino de Moscu. Cierro el blog y me voy a comprar comida para el viaje. Pepinillos en vinagre, embutido, pan, ternera en conserva, zumo, vodka, tabaco, dos latas de atun y unos pastelillos para desayunar. No necesito nada mas.
P.D. 2: Igual que pude seguir durante semanas recorriendo Mongolia, tambien podria hoy seguir escribiendo mis recuerdos. Me resisto a abandonar... Me asusta pensar que el tiempo podara mi memoria... Y sin embargo es inutil tratar de plantar batalla. La misma derrota de siempre...
El dia 9 de junio escribi en este blog algo asi como "manyana me marcho al sur con tres franceses a los que apenas conozco". Bien, es un punto de partida. Ya conozco a los franceses. Uno de ellos se llama Vincent y habla por los codos, gesticula, es gracioso cuando se emborracha, cocina, rie, juega a las cartas, da los buenos dias con una sonrisa y un bailoteo capaces de alegrar la manyana mas perra. Gael es mucho mas serio, reservado, come como si subiera a bordo despues de un naufragio, lee un ejemplar de Le Monde que tiene dos semanas, no sabe jugar a los dados, es tan educado que a veces tuve miedo de parecer un bruto en su presencia. Antoine es el tercero; alto, ojos azules, comercial desenganyado hoy busca su lugar en el mundo, le gusta el hip hop, su sentido del humor se parece al mio, nos reimos viendo salir la luna, nos buscamos en las conversaciones porque los dos sabemos que el otro comprende lo que uno esta tratando de explicar.
Bien, es un inicio. Estos son los tres franceses con los que el 10 de junio salimos de Ulaan Baatar. Cada uno ocupaba su sitio en la furgoneta de Tumey, el conductor mongol al que habiamos contratado para recorrer el desierto del Gobi de la mejor manera posible, sin animo de aventureros, sin ganas de tropezarnos en cada esquina con un grupo de turistas.
Y ahi que nos vamos. Y aqui que comienza el problema con el que he dado inicio a esta entrada. Como debo describir mis sentimientos? Como codificar en palabras unos paisajes tan enormes, tan absolutos y puros? La unica solucion que se me ocurre tras consultar mi librillo es dar rienda suelta a los impulsos de mis dedos. Asi que ya va siendo hora de hablar de la estepa que rodea Ulaan Baatar y de sus horizontes infinitos que se rompen cuando aparece una montanya de vez en cuando, si, y de los caballos que pacen por doquier, en su esbelta postura reafirmada por crines sedosas que bailan con el viento, los caballos corriendo en manadas de cientos por la estepa interminable, un ger, dos gers, la aparicion subita de la vida en un medio que parece inhabitado, la blancura resplandeciente de las casas portatiles en las que duermen, beben y cocinan los nomadas mongoles.
Tratare de describir como es un ger, no prometo resultados:
planta circular, pared trenzada con listones de madera, la tierra cubierta con un pedazo de plastico y varias alfombras, una cupula de estrellas que se cuela por el agujero de madera que sustentan dos vigas pintadas de vivos colores, tela de colores corriendo por las paredes, el tejido blanco y aislante envolviendo la estructura, desde su base hasta el agujero por donde huye el tubo de la chimenea. Y entre las trenzas de madera y el agujero, 67 barras decoradas que sustentan el hogar. Ya adverti que seria dificil...
Ya tenemos al ger y a los franceses, volvamos al paisaje. El interior de la furgoneta es un bun lugar para situar la camara: en primer plano estan mis piernas, cruzadas contra la ventanilla, y mas alla un desierto hecho de hierba, neblina y caballos: es la estepa, pues apenas nos alejamos de la capital. En un par de dias entraremos en los dominios del desierto del Gobi, que merece capitulo aparte.
Es un desierto de matorrales amarillos y tierra seca, hace calor, hay camellos vagabundeando, silencio, viento que levanta columnas de arena, noches estrelladas que hacen enmudecer. Pero no hay dunas de arena, o no las hay apenas, y toda la mitologia que el nombre de Gobi ha acumulado en el imaginario occidental se desvanece al mismo ritmo que lo hace esta frase. El Gobi es como todos los desiertos del mundo: un lugar seco, sin horizontes, abrumador, terrible y bello a la vez.
Y por el da brincos una furgoneta de fabricacion rusa que se empenya en alcanzar el sur, otro destino imaginario que no existe mas que en la mente de los cinco europeos que escuchan y miran, que escuchan discos de la Jefferson Airplane y miran salir el sol, que escuchan los tonos dobles de las gargantas de Yat-Kha y que miran como se acerca el ger que esta noche les ha de servir de refugio.
Pues durante las once noches de este viaje al sur dormimos en gers (yurts en su forma rusa) plantados en medio de la nada, sin electricidad, sin agua corriente, con un agujero oscuro como unico destino de nuestras inmundicias. Se puede decir, y no esta muy lejos de la realidad, que jugamos a ser nomadas. Solo jugamos, porque vivir en semejantes condiciones es una condena que ninguno de nosotros esta dispuesto a aceptar. Por eso jugamos, bebemos vodka cada noche y tratamos de descifrar el ingles gutural de Toumey, y a eso de las dos de la manyana salimos del ger embozados en todos nuestros abrigos y buscamos la luna en el cielo, que caprichosa sale cuando quiere vestida de un ambar meloso. Y ahi esta el cielo, imposible introducir una estrella mas, el universo ante mis ojos con las galaxias casi al alcance de la mano, una estrella fugaz, un meteorito de fuego, grande y brillante, la vision mas impactante que hasta hoy me ha ofrecido el escenario celestial.
Pero hace frio. Volvemos al calor del hogar que se alimenta de la madera que ha cortado Vincent, un ultimo cigarrillo antes de ir a dormir, manyana seguiremos hacia el sur, camino de un monasterio abandonado que envejece en medio de un lago, camino tambien de la llanura de Bayanzag, donde yacen enterrados los esqueletos de cientos de dinosaurios, camino por ultimo de las dunas de arena de Khongoryn Els, el unico capricho que el desierto se permite con nuestra imaginacion.
Una pausa. Dos aguilas enormes hacen guardia sobre el esqueleto de un camello. Parece que va a llover pues el cielo se esta cubriendo desde esta manyana con unas nubes grises que vienen desde el este. En efecto, caen las primeras gotas. Pronto el paisaje se convierte en un barrizal del que emergen las figuras jorobadas de los camellos, ajenos a la tormenta, rumiando su silencio.
Y la furgoneta que no se detiene. Dos, tres, cuatro, cinco, seis dias. Confieso que antes de partir me atemorizaba la perspectiva de compartir intimidad y penurias durante tanto tiempo con tres desconocidos. Ahora debo confesar que el retiro me ha sentado genial. Ya no recordaba la sensacion de estar ausente, fuera del mundo, habitando los margenes. Y si, es cierto que hace tiempo que estoy de viaje, pero siempre hay cerca un ordenador con conexion a internet, un televisor, una radio, un diario, alguien que hable ingles. Pero esta vez no. Ayer me entere del resultado de las elecciones de Iran y para conocer la ultima salvajada de ETA he tenido que rebuscar en la hemeroteca digital de los periodicos. Que ocurria en el mundo mientras yo daba de beber a los caballos? Quien perdia la vida, que rumbo seguia la economia mundial, quien se preocupaba por mi. No importaba, nada de eso tenia valor, cero, entonces estaba encerrado en un diamante como un dia lo estuvo Pablo Neruda en Ceylan y mirar a mi alrededor era el unico vinculo que me quedaba con el mundo exterior.
En estas condiciones llegamos al sur. No marcamos ningun hito, pues en el fondo no haciamos mas que repetir una ruta trazada en una pension de Ulaan Baatar, la misma ruta que tantos otros repitieron alguna vez y que tantos otros repetiran. La celebracion tuvo de algo rutina familiar. Incluso la luna salio a la hora prevista para dejarnos de nuevo con la boca abierta, el vaso de plastico congelandose entre los dedos, el desayuno apunto de llegar. No consegui dormir en condiciones ninguna de las once noches, siempre hubo algo mejor que hacer.
Como volver al norte hipotetico, por ejemplo. Hacer la mochila, guardar los pantalones del pijama y cepillarme los dientes con agua mineral. Reincorporarme al camino que a estas alturas de post ya se ha introducido de nuevo en mi, remontar montanyas, atravesar una tormenta de arena (una mancha indefinida que avanza varios kilometros en apenas un par de minutos), un canyon congelado entre dos colinas y una ventisca de nieve, parar en casa de los amigos de Tumey para compartir un poco de yogurt natural, hacer una ofrenda en el ovoo (piedras que se amontonan alrededor de un tronco del que cuelgan jirones de tela azul; dicho en otras palabras, una ofrenda chamanica a los espiritus del lugar), frenar en cualquier ciudad para tomar la primera ducha en varios dias y renovar las provisiones en la tienda de la esquina.
Podia haber seguido asi durante semanas enteras. No teniamos plan de viaje y el conductor no hablaba ingles con lo que cada dia supuso un descubrimiento. Quizas el mayor de ellos fue alcanzar el valle de Orkhoy, parque nacional desde el que 800 anyos atras Gengis Khan se lanzo a la conquista del mundo. Desde entonces, e incluso desde antes, permanecen plantados en esta maravilla natural el punyado de gers que se empenya en combatir los temporales. Y junto a ells cientos de yaks, estupidos en su apariecia bobina, peleando el pasto con las ovejas, las cabras y los caballos, unicos senyores de esta tierra de verde palido que una vez mas soy incapaz de describir (lo he intentado tantas veces, ha sido una perdida de tiempo querer poner coto a la libertad que emana de esta tierra nomada) Alli, en aquel valle del tiempo perdido, cabalgue por primera vez. Se que no es nada extraordinario, nada sublime, pero joder, todavia me emociono al recordarlo. Primero fue aprender de que manera tenia que azuzar a mi cabello y aprenderlo solo, sin guias ni pamplinas, yendo al paso por las praderas con Sandra a mi lado, probando con los talones, gritando un CHUUU que copie de los pastores, pero nada, y luego vino el trote, que me trajo una sonrisa y ya enseguida, cuando Sandra, que tiene estilo y se maneja bien sobre el caballo, espolea al caballo con sus talones, entonces yo descubro que a mi animal le basta un roce de la cuerda en la cadera para acelerar el paso, uno, dos azotes, el trote veloz y por fin, en un suspenso sobre la tierra, llega el galope, un estremecimiento, la velocidad y el tiempo interminable entre el salto y el aterrizaje, la carrera entre mi caballo y la inmensidad, el jinete enloquecido que grita CHUUUU hasta alcanzar un monolito de mil anyos de antiguedad, el trote de nuevo, el dolor en mis costillas, la risa incontenible y asi hasta el final de este texto que intuyo largo y aburrido. Se que no deberia escribir textos tan largos para colgar en la red y se que para hacer felices a Vargas Llosa y a Saramago debiera cuidar mas la calidad de mis escritos. Pero a fin de cuentas, este es mi blog. Y mientras escribo estas ultimas palabras siento crecer en mi la felicidad conocida que me proporciona actualizar esta ventana. De nuevo la dificultad cotidiana de describir, de nuevo el fracaso ante el reto y de nuevo la felicidad por haberlo intentado. Escribir, viajar y vivir no son mas que variaciones del mismo proceso.
P.D: En dos semanas estoy en casa. Suena raro. Manyana subo a un tren que en cinco dias cruzara el continente asiatico, tan veloz como estupido, camino de Moscu. Cierro el blog y me voy a comprar comida para el viaje. Pepinillos en vinagre, embutido, pan, ternera en conserva, zumo, vodka, tabaco, dos latas de atun y unos pastelillos para desayunar. No necesito nada mas.
P.D. 2: Igual que pude seguir durante semanas recorriendo Mongolia, tambien podria hoy seguir escribiendo mis recuerdos. Me resisto a abandonar... Me asusta pensar que el tiempo podara mi memoria... Y sin embargo es inutil tratar de plantar batalla. La misma derrota de siempre...
martes, junio 09, 2009
182.- Dos fracasos y una pequenya victoria del viajero cansado
Primero intente hacerlo por mi cuenta. Me dije: Como va a ser eso de que yo, sin hablar el idioma de este pais ni conocer su idiosincrasia, no sea capaz de viajar por mi cuenta. Por lo general la chuleria viajera del ignorante me ha funcionado bastante bien y de una u otra manera siempre he encontrado mi propio camino en paises ajenos. Asi que me repeti: tu te coges la mochila, sales de esta ciudad insufrible y para el campo que falta gente.
Chulo e ignorante llegue a Ondorkhaan, una aldea terrible que segun el mapa era capital de provincia. Que desolacion la de aquel lugar, la fabrica abandonada, los gers azotados por el viento de una estepa que envolvia la vista en todas las direcciones. Hay en Ondorkhaan un edifcio de cinco plantas que sobresale siniestro sobre la horizontalidad general. Que siniestro aquel monstruo quemado, con las ventanas abiertas a su propia oscuridad. Como de costumbre en Mongolia, la mayoria de los hombres estaban borrachos; y como adiestrados en una idea comun, el resto de habitantes de la ciudad nos regalaba su indiferencia. El viento, que frio tenia y que estornudos, donde esta la oficina de correos, porque el viajero arrogante ha leido en alguna parte que la furgoneta de correos comunica con las aldeas de los nomadas buryat. Pues no. Eran las siete de la manyana, tiritaba porque el frio se me habia metido en los huesos y la furgoneta no aparecia. Luego paso un autobus al que subieron todos los aldeanos menos un servidor y su novia, que se quedaron sentados en un banco bebiendo un vaso de leche. Nos vamos? Sera mejor...
Asi que la primera vez intente hacerlo por mi cuenta y asi fue como descubri que en Mongolia apenas hay carreteras, que en la estepa no eres nadie, vales menos que uno de esos preciosos caballos que galopan en manadas sobre el horizonte infinito.
Por eso volvimos a Ulaan Baatar, desesperante, desesperante, colgados en la capital del cieno con la firme idea de tirar la casa por la ventana y contratar un jeep con su correspondiente conductor para visitar la misma zona del pais en la que no habiamos conseguido penetrar, que para mayor incordio y atraccion, es la menos visitada del pais. Y asi fue como descubrimos que ni tirando la casa por la ventana podriamos pagar lo que nos pedian, triste descubrimiento que me hizo sentir muy viejo, cansado de tanto trotar. Me estoy haciendo viejo?, me pregunte acodado en un bar. Siempre me ocurre en las ultimas semanas de un gran viaje: se me viene todo encima.
Asi que la segunda vez, aquella en que busque un intermediario entre el camino y mis pies, tambien fracase. Quizas en otras circunstancias hubiera sido mas perseverante. Pero esta vez no. Me he rendido tras casi una semana esquivando borrachos en Ulaan Baatar.
Manyana me voy con tres franceses a los que casi no conozco con un jeep arrendado hacia el desierto del Gobi. 12 dias perdido en el sur. Debiera ser una aventura y sin embargo me siento un poco frustrado... Aunque joder, no tengo porque. Al final nos sale muy economico y seguro que sera genial. Pero ha sido a la tercera y ha sido mucho mas light, fracase en mis dos intentos anteriores. De hoy en adelante sonyare con todo aquello que no alcance: Batsheerit, Dadal, el Nadam local, los cien caballos de largas crines galopando hacia ningun lugar perceptible en la estepa de Mongolia central.
P.D: Quizas sea demasiado duro conmigo mismo. Prometo disfrutar las dos proximas semanas. Y al regreso os cuento.
Chulo e ignorante llegue a Ondorkhaan, una aldea terrible que segun el mapa era capital de provincia. Que desolacion la de aquel lugar, la fabrica abandonada, los gers azotados por el viento de una estepa que envolvia la vista en todas las direcciones. Hay en Ondorkhaan un edifcio de cinco plantas que sobresale siniestro sobre la horizontalidad general. Que siniestro aquel monstruo quemado, con las ventanas abiertas a su propia oscuridad. Como de costumbre en Mongolia, la mayoria de los hombres estaban borrachos; y como adiestrados en una idea comun, el resto de habitantes de la ciudad nos regalaba su indiferencia. El viento, que frio tenia y que estornudos, donde esta la oficina de correos, porque el viajero arrogante ha leido en alguna parte que la furgoneta de correos comunica con las aldeas de los nomadas buryat. Pues no. Eran las siete de la manyana, tiritaba porque el frio se me habia metido en los huesos y la furgoneta no aparecia. Luego paso un autobus al que subieron todos los aldeanos menos un servidor y su novia, que se quedaron sentados en un banco bebiendo un vaso de leche. Nos vamos? Sera mejor...
Asi que la primera vez intente hacerlo por mi cuenta y asi fue como descubri que en Mongolia apenas hay carreteras, que en la estepa no eres nadie, vales menos que uno de esos preciosos caballos que galopan en manadas sobre el horizonte infinito.
Por eso volvimos a Ulaan Baatar, desesperante, desesperante, colgados en la capital del cieno con la firme idea de tirar la casa por la ventana y contratar un jeep con su correspondiente conductor para visitar la misma zona del pais en la que no habiamos conseguido penetrar, que para mayor incordio y atraccion, es la menos visitada del pais. Y asi fue como descubrimos que ni tirando la casa por la ventana podriamos pagar lo que nos pedian, triste descubrimiento que me hizo sentir muy viejo, cansado de tanto trotar. Me estoy haciendo viejo?, me pregunte acodado en un bar. Siempre me ocurre en las ultimas semanas de un gran viaje: se me viene todo encima.
Asi que la segunda vez, aquella en que busque un intermediario entre el camino y mis pies, tambien fracase. Quizas en otras circunstancias hubiera sido mas perseverante. Pero esta vez no. Me he rendido tras casi una semana esquivando borrachos en Ulaan Baatar.
Manyana me voy con tres franceses a los que casi no conozco con un jeep arrendado hacia el desierto del Gobi. 12 dias perdido en el sur. Debiera ser una aventura y sin embargo me siento un poco frustrado... Aunque joder, no tengo porque. Al final nos sale muy economico y seguro que sera genial. Pero ha sido a la tercera y ha sido mucho mas light, fracase en mis dos intentos anteriores. De hoy en adelante sonyare con todo aquello que no alcance: Batsheerit, Dadal, el Nadam local, los cien caballos de largas crines galopando hacia ningun lugar perceptible en la estepa de Mongolia central.
P.D: Quizas sea demasiado duro conmigo mismo. Prometo disfrutar las dos proximas semanas. Y al regreso os cuento.
viernes, junio 05, 2009
181.- Ulaan Baatar
Ya puedo decir que huele a ajo, que apesta mas que huele y que sospecho que es el ninyo del ordenador contiguo el que despide el mal olor. Es un novicio budista, quizas tenga 10 anyos, con la cabeza afeitada y una punteria envidiable para los jueguecitos de pistolas en el ordenador. Ha venido al locutorio con otros dos ninyos, los tres vestidos con las ropas del color del azafran que visten los monjes en Mongolia. Es media tarde y todavia hace calor, aunque comienza a nublarse el fin de semana. Vocifera los destinos de un taxi colectivo la mujer del conductor, amortiguada su voz por los disparos y las risas de estos tres monjes en miniatura que huelen a ajo en la tarde de Ulaan Baatar...
Como echaba de menos esto... He pasado un mes en China sin poder actualizar el blog porque al gobierno comunista le asusta la libertad de opinion. Un "celo excesivo" diria aquel periodista escrupuloso, una censura insoportable digo yo. Y no es que me apetezca comenzar a despotricar del dinosaurio retrogrado que es el PCC; no, no es eso. Lo que pasa es que China es un pais fascinante, un torbellino que durante dias enteros me ha tenido en una nube de la que he querido salir para explicar mil cosas. Imaginaos que deleite el poner pie en el universo chino, todo tan distinto, todo tan indescifrable, complejo, cautivador... y la maldita pantalla de pagina prohibida, yo sentado en un cyber-cafe de tres plantas con mas de 500 ordenadores, con mas de 500 chinos de piel blanquecina, todos fumando en la penumbra, otro universo cerrado en el que a nadie mas que a mi parecia importar la existencia de la maldita policia cibernetica. La imposibilidad de acercarme a esta ventana y gritar todo lo que estaba viendo fue el unico dolor durante mi estancia en China. Y sin embargo, que inmenso dolor...
Asi que ahora que estoy en Mongolia tengo mucho que contar... He pensado por un segundo como continuar y lo primero que se me ha ocurrido es que cientos de millones de personas han quedado al otro lado de la frontera condenadas al mismo silencio que yo he sufrido durante un mes. No podran escribir ni ver videos en youtube, porque el gobierno chino no es idiota y sabe que nadie lee el Washington Post, ni el New York Times ni mucho menos El Pais. El gobierno chino, que sabe tanto por viejo como por diablo, tambien sabe que el poder de un video vale tanto como todos los diarios del mundo en una sociedad monolingue como es la china. Vale ya, para el sufrido internauta chino vaya este recuerdo.
Y volvamos a la realidad. Porque hoy no tengo tiempo suficiente para volver con gracia a los dias pasados en China; igual que en las noches de Bangkok encontre refugio en el recuerdo de nuestro viaje por Myanmar, pronto me solazare con las imagenes que en las ultimas semanas he almacenado en mi memoria. Aviso: tengo un minimo de 6 textos por escribir. Iran llegando a mis manos cada vez que encuentre un ordenador, lo que parece facil aqui en Ulaan Baatar y muy dificil en el resto del pais. Ya veremos que pasa.
Son casi las 6. Nos espera el doctor Tsengel para llevarnos a cenar. Conoceremos a su esposa, comeremos cordero y brindaremos con vodka helado. A esta hora las calles del centro ya estan llenas de borrachos, que se confunden con los ninyos que viven en las alcantarillas de la ciudad y los nuevos ricos que salen a pasear su desverguenza. Ulan Batar es fea, desagradable, el viento levanta nubes de tierra porque todavia hay muchas calles sin asfaltar, los suburbios de gers rodean el centro de la ciudad, los suburbios donde no hay luz ni agua corriente ni nada que haga sospechar la presencia de una capital sino es la acumulacion de pobreza y falta de esperanza. No creo que pase mucho tiempo aqui. Al fin y al cabo soy un turista hipocrita que dice preocuparse por comprender, lo que solo significa que pronto abandonare el infierno y saldre hacia el campo en busca de belleza y algo de paz.
P.D: Llegar hasta Ulaan Baatar ha sido una pequenya aventura. Resulta que la etiqueta "Transmongoliano" se vende muy bien y como ya ha quedado dicho, el gobierno chino es un ente listillo y entrometido. Todos los billetes de la marca "Trans" se venden en el hotel Internacional (5 estrellas) y son caros. Nos pedian 130 euros por el trayecto de 24 horas entre Beijing y Ulaan Baatar. Evidentemente dijimos que no. La suerte nos coloco en un vagon lleno de mongoles que volvian a su pais. Hicimos noche en un burdel de la frontera y tras cruzar el desierto del Gobi entre tormentas de arena llegamos a la capital (total: 50 euros). En el tren vacio de extranjeros (todos preferian la marca "Trans") conoci al doctor Tsengel y a un borracho que sabia pronunciar las palabras "Te Quiero" en mas de diez idiomas. Escupia al hablar.
Como echaba de menos esto... He pasado un mes en China sin poder actualizar el blog porque al gobierno comunista le asusta la libertad de opinion. Un "celo excesivo" diria aquel periodista escrupuloso, una censura insoportable digo yo. Y no es que me apetezca comenzar a despotricar del dinosaurio retrogrado que es el PCC; no, no es eso. Lo que pasa es que China es un pais fascinante, un torbellino que durante dias enteros me ha tenido en una nube de la que he querido salir para explicar mil cosas. Imaginaos que deleite el poner pie en el universo chino, todo tan distinto, todo tan indescifrable, complejo, cautivador... y la maldita pantalla de pagina prohibida, yo sentado en un cyber-cafe de tres plantas con mas de 500 ordenadores, con mas de 500 chinos de piel blanquecina, todos fumando en la penumbra, otro universo cerrado en el que a nadie mas que a mi parecia importar la existencia de la maldita policia cibernetica. La imposibilidad de acercarme a esta ventana y gritar todo lo que estaba viendo fue el unico dolor durante mi estancia en China. Y sin embargo, que inmenso dolor...
Asi que ahora que estoy en Mongolia tengo mucho que contar... He pensado por un segundo como continuar y lo primero que se me ha ocurrido es que cientos de millones de personas han quedado al otro lado de la frontera condenadas al mismo silencio que yo he sufrido durante un mes. No podran escribir ni ver videos en youtube, porque el gobierno chino no es idiota y sabe que nadie lee el Washington Post, ni el New York Times ni mucho menos El Pais. El gobierno chino, que sabe tanto por viejo como por diablo, tambien sabe que el poder de un video vale tanto como todos los diarios del mundo en una sociedad monolingue como es la china. Vale ya, para el sufrido internauta chino vaya este recuerdo.
Y volvamos a la realidad. Porque hoy no tengo tiempo suficiente para volver con gracia a los dias pasados en China; igual que en las noches de Bangkok encontre refugio en el recuerdo de nuestro viaje por Myanmar, pronto me solazare con las imagenes que en las ultimas semanas he almacenado en mi memoria. Aviso: tengo un minimo de 6 textos por escribir. Iran llegando a mis manos cada vez que encuentre un ordenador, lo que parece facil aqui en Ulaan Baatar y muy dificil en el resto del pais. Ya veremos que pasa.
Son casi las 6. Nos espera el doctor Tsengel para llevarnos a cenar. Conoceremos a su esposa, comeremos cordero y brindaremos con vodka helado. A esta hora las calles del centro ya estan llenas de borrachos, que se confunden con los ninyos que viven en las alcantarillas de la ciudad y los nuevos ricos que salen a pasear su desverguenza. Ulan Batar es fea, desagradable, el viento levanta nubes de tierra porque todavia hay muchas calles sin asfaltar, los suburbios de gers rodean el centro de la ciudad, los suburbios donde no hay luz ni agua corriente ni nada que haga sospechar la presencia de una capital sino es la acumulacion de pobreza y falta de esperanza. No creo que pase mucho tiempo aqui. Al fin y al cabo soy un turista hipocrita que dice preocuparse por comprender, lo que solo significa que pronto abandonare el infierno y saldre hacia el campo en busca de belleza y algo de paz.
P.D: Llegar hasta Ulaan Baatar ha sido una pequenya aventura. Resulta que la etiqueta "Transmongoliano" se vende muy bien y como ya ha quedado dicho, el gobierno chino es un ente listillo y entrometido. Todos los billetes de la marca "Trans" se venden en el hotel Internacional (5 estrellas) y son caros. Nos pedian 130 euros por el trayecto de 24 horas entre Beijing y Ulaan Baatar. Evidentemente dijimos que no. La suerte nos coloco en un vagon lleno de mongoles que volvian a su pais. Hicimos noche en un burdel de la frontera y tras cruzar el desierto del Gobi entre tormentas de arena llegamos a la capital (total: 50 euros). En el tren vacio de extranjeros (todos preferian la marca "Trans") conoci al doctor Tsengel y a un borracho que sabia pronunciar las palabras "Te Quiero" en mas de diez idiomas. Escupia al hablar.
jueves, mayo 07, 2009
180.- Hanoi
Llovia mientras esperaba mi turno para contemplar el cadaver de Ho Chi Minh. Aquella manyana brumosa yo formaba parte de una cola hecha de cientos de vietnamitas que acudian a estremecerse con el cuerpo embalsamado del Tio Ho. La mayoria estaban tranquilos, seguro que para ellos no era la primera vez. En cambio, un grupo de unas 20 personas parecia bastante excitado. Las mujeres vestian faldas anchas y llevaban la cabeza cubierta con un panyuelo viejo, mientras que los hombres, sentados en cuclillas, retorcian su gorra entre las manos. Pregunte al joven que tenia a mi lado para enterarme por su explicacion que aquel grupo venia de excursion desde un pueblo gracias a la bondad del "Partido". Dos mujeres repeinadas, con acreditacion sobre el pecho, cuidaban de los campesinos que llevaban anyos esperando el momento de juntar las manos y hacer reverencias ante el cuerpo diminuto de Ho Chi Minh, escoltado por un soldado en cada esquina de su ataud de cristal.
Llovia mientras esperabamos, Sandra, el joven de mi lado, yo y el grupo. Para matar el rato trate de recordar la estatua de Lenin que acababa de ver como una estela desde la motocicleta. Subido a un pedestal, aquella otra momia con la que pronto me encontrare, se estira de la chaqueta y parece a punto de echar a andar. Sobre su cabeza de bronce resbalaba la lluvia de la manyana.
Pero la imagen de un Lenin gigante apenas me ocupo unos segundos. Entonces comence a pensar en lo que iba a escribir antes de abandonar Hanoi. Son las seis de la tarde, en un par de horas sale el enesimo tren que me llevara a la frontera y a eso de las siete de la manyana, supongo que aun medio dormido, entrare en China por la puerta de atras. Estoy nervioso, algo que no me ocurria desde hace bastante tiempo, quizas desde el dia de Preah Vihear, aunque aquello fue completamente distinto...
Asi que pensaba y pensaba que escribir y que olvidar, una seleccion tan necesaria como dolorosa. Llevo una semana en Hanoi, me dije, y es hora de escribir.
Empezare hablando de los Toutzevitch, dije esta vez, aunque no tengan nada que ver con Hanoi (luego, ya se ve, las intenciones se quedan en eso) Si, explicare que el abuelo Toutzevitch huyo de Ucrania con toda su familia despues de la revolucion de 1917. Huia del mismo Lenin con traje de metal que he visto esta manyana y en su huida cruzo Europa hasta encontrar asilo en un pequenyo pueblo de los Alpes franceses. Aquel viaje tan diferente al mio fue una experiencia iniciatica, mitad cruel mitad alegre, para el abuelo Toutzevitch, que por aquel entonces tenia 14 anyos. Tambien tenia una camara fotografica con la que retrato los episodios del exodo familiar en una serie de fotografias que hoy descansa en un cajon al que yo nunca me acercare (la sola existencia de ese album me hace estremecer).
Todavia llueve y por eso me entretengo con los Toutzevitch, rusos blancos que a la fuerza se adaptaron a la vida dura de las montanyas, tan diferente a la sofisticacion de su anyorada Kiev. En aquella aldea, sabedores de la formula que asegura el bienestar a las familias burguesas, los Toutzevitch volvieron a engrasar fortuna y en algun momento a mediados de siglo cerraron la puerta de la casa grande y se trasladaron a Paris, con el abuelo al frente.
En la capital francesa, aquellos emigrantes de la Rusia zarista encajaban mejor que en la sociedad de provincias, por lo que muchos de sus intergrantes pronto encontraron acomodo en uno u otro partido politico. Uno de ellos seria acusado durante la segunda guerra mundial de espiar en beneficio de los nazis. El resto enarbolo la bandera del anticomunismo refugiandose en las tradiciones pre-bolcheviques que habian traido desde Ucrania. No se mucho de aquellos anyos.
Acabada la guerra sin mayores sobresaltos (el espia fue absuelto de sus cargos), el abuelo encontro tiempo y estabilidad para dedicarse a sus pasiones. Traductor de nueve idiomas, aplico la misma logica linguistica al tablero de ajedrez y con su particular metodo se convirtio en campeon del mundo. No podia ser nada mas: fue un Capablanca enfrentado a la escuela sovietica, asi en el ajedrez como en la vida.
Sigue lloviendo en Hanoi, pero ya no siento el frescor de las gotas sobre la frente. Ahora tengo frio porque camino por los pasillos helados del mausoleo del gran lider vietnamita. El grupo de campesinos, a los que cuesta mantener en fila india, alborotan a pesar de las miradas severas de los guardias de uniforme blanco. Caminamos todos sobre una alfombra verde que marca el recorrido hasta la camara en la que descansa Ho Chi Minh. Doy paso tras paso, consciente de que estoy a punto de hallar una relacion entre estas personas en panyos de domingo, la piel transparente de Ho, su perilla de seda, la estatua de Lenin y Max Toutzevitch, el pintor frances que en las noches de Hanoi encontro tiempo para hablarme de su abuelo.
P.D: Y al fin, como ya es costumbre, no hable de Hanoi. Quise callejear con mis palabras por el barrio antiguo, transmitir lo que siento frente a los comercios de lapidas de marmol o al seguir el paso de una vendedora bajo su cesta de bambu, esas cestas colgadas de una canya que cual perfecta balanza se mantienen en equilibrio sobre el hombro de mujeres sin rostro. Su sombrero conico, la sombra sobre sus facciones, el paso ligero, el movimiento apenas perceptible de las frutas madurando entre la contaminacion de Hanoi. La imagen de estas vendedoras rodeadas de motocicletas, el ruido infernal de todos los claxones de esta ciudad, las noches sentado en una silla minuscula frente a una mesa todavia mas pequenya, los vasos brindando, todos los ancianos asomados al balcon y a primera hora de la manyana y a ultima hora de la tarde las sesiones de ejercicio para combatir la artosis, las cafeterias repletas de fumadores en pipa de bambu, el limpiabotas al que sonrio mientras le digo que no. Quise hablar de Hanoi...
Llovia mientras esperabamos, Sandra, el joven de mi lado, yo y el grupo. Para matar el rato trate de recordar la estatua de Lenin que acababa de ver como una estela desde la motocicleta. Subido a un pedestal, aquella otra momia con la que pronto me encontrare, se estira de la chaqueta y parece a punto de echar a andar. Sobre su cabeza de bronce resbalaba la lluvia de la manyana.
Pero la imagen de un Lenin gigante apenas me ocupo unos segundos. Entonces comence a pensar en lo que iba a escribir antes de abandonar Hanoi. Son las seis de la tarde, en un par de horas sale el enesimo tren que me llevara a la frontera y a eso de las siete de la manyana, supongo que aun medio dormido, entrare en China por la puerta de atras. Estoy nervioso, algo que no me ocurria desde hace bastante tiempo, quizas desde el dia de Preah Vihear, aunque aquello fue completamente distinto...
Asi que pensaba y pensaba que escribir y que olvidar, una seleccion tan necesaria como dolorosa. Llevo una semana en Hanoi, me dije, y es hora de escribir.
Empezare hablando de los Toutzevitch, dije esta vez, aunque no tengan nada que ver con Hanoi (luego, ya se ve, las intenciones se quedan en eso) Si, explicare que el abuelo Toutzevitch huyo de Ucrania con toda su familia despues de la revolucion de 1917. Huia del mismo Lenin con traje de metal que he visto esta manyana y en su huida cruzo Europa hasta encontrar asilo en un pequenyo pueblo de los Alpes franceses. Aquel viaje tan diferente al mio fue una experiencia iniciatica, mitad cruel mitad alegre, para el abuelo Toutzevitch, que por aquel entonces tenia 14 anyos. Tambien tenia una camara fotografica con la que retrato los episodios del exodo familiar en una serie de fotografias que hoy descansa en un cajon al que yo nunca me acercare (la sola existencia de ese album me hace estremecer).
Todavia llueve y por eso me entretengo con los Toutzevitch, rusos blancos que a la fuerza se adaptaron a la vida dura de las montanyas, tan diferente a la sofisticacion de su anyorada Kiev. En aquella aldea, sabedores de la formula que asegura el bienestar a las familias burguesas, los Toutzevitch volvieron a engrasar fortuna y en algun momento a mediados de siglo cerraron la puerta de la casa grande y se trasladaron a Paris, con el abuelo al frente.
En la capital francesa, aquellos emigrantes de la Rusia zarista encajaban mejor que en la sociedad de provincias, por lo que muchos de sus intergrantes pronto encontraron acomodo en uno u otro partido politico. Uno de ellos seria acusado durante la segunda guerra mundial de espiar en beneficio de los nazis. El resto enarbolo la bandera del anticomunismo refugiandose en las tradiciones pre-bolcheviques que habian traido desde Ucrania. No se mucho de aquellos anyos.
Acabada la guerra sin mayores sobresaltos (el espia fue absuelto de sus cargos), el abuelo encontro tiempo y estabilidad para dedicarse a sus pasiones. Traductor de nueve idiomas, aplico la misma logica linguistica al tablero de ajedrez y con su particular metodo se convirtio en campeon del mundo. No podia ser nada mas: fue un Capablanca enfrentado a la escuela sovietica, asi en el ajedrez como en la vida.
Sigue lloviendo en Hanoi, pero ya no siento el frescor de las gotas sobre la frente. Ahora tengo frio porque camino por los pasillos helados del mausoleo del gran lider vietnamita. El grupo de campesinos, a los que cuesta mantener en fila india, alborotan a pesar de las miradas severas de los guardias de uniforme blanco. Caminamos todos sobre una alfombra verde que marca el recorrido hasta la camara en la que descansa Ho Chi Minh. Doy paso tras paso, consciente de que estoy a punto de hallar una relacion entre estas personas en panyos de domingo, la piel transparente de Ho, su perilla de seda, la estatua de Lenin y Max Toutzevitch, el pintor frances que en las noches de Hanoi encontro tiempo para hablarme de su abuelo.
P.D: Y al fin, como ya es costumbre, no hable de Hanoi. Quise callejear con mis palabras por el barrio antiguo, transmitir lo que siento frente a los comercios de lapidas de marmol o al seguir el paso de una vendedora bajo su cesta de bambu, esas cestas colgadas de una canya que cual perfecta balanza se mantienen en equilibrio sobre el hombro de mujeres sin rostro. Su sombrero conico, la sombra sobre sus facciones, el paso ligero, el movimiento apenas perceptible de las frutas madurando entre la contaminacion de Hanoi. La imagen de estas vendedoras rodeadas de motocicletas, el ruido infernal de todos los claxones de esta ciudad, las noches sentado en una silla minuscula frente a una mesa todavia mas pequenya, los vasos brindando, todos los ancianos asomados al balcon y a primera hora de la manyana y a ultima hora de la tarde las sesiones de ejercicio para combatir la artosis, las cafeterias repletas de fumadores en pipa de bambu, el limpiabotas al que sonrio mientras le digo que no. Quise hablar de Hanoi...
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