lunes, julio 06, 2009

184.- San Petersburgo (Leningrado, Petrogrado)

Soy algo mas viejo que el protagonista de "Noches Blancas", la novela de Fyodor Dostoyevski. Tampoco me parezco en nada a aquel joven solitario que en las noches de San Petersburgo paseaba entre canales y palacios. Y sin embargo, no se me ocurre una mejor manera de empezar a despedirme de esta ciudad que evocando los paseos literarios de aquel triste personaje. Porque al imaginar sus devaneos junto al rio Neva tambien me imagino a mi, con el cuello de la chaqueta levantado, caminando sin rumbo, haciendo ruido con mis zapatos sobre los adoquines de la ciudad.
Y es que llevo un tiempo fascinado y, quizas por ello, completamente desorientado. En la ultima semana no he visto la oscuridad, si tal concepto es posible. Habitando estos dias en San Petersburgo me he convertido en un personaje contemporaneo de las noches blancas de Dostoyevski, prisionero y huesped a la vez de una claridad completa que se prolonga dia tras dias, sin noches, con luna pero con luz. Cuando miro el reloj adivino con sorpresa que son las diez de la noche, y varias calles mas alla, en lo que creo que ha sido un trayecto corto, zas, las once y asi hasta la medianoche, y a la una y media, bajo un cielo que presagia un atardecer, los puentes de la ciudad comienzan a subir y alli estoy yo, acompanyado por Sandra y nuestro amigo Alexander, cerveza en mano, preguntandome una vez mas donde ha ido a parar la oscuridad.
El fenomeno de las noches blancas, ademas de desconcertante, es una oportunidad de lujo para conocer la ciudad, ya que multiplica las horas disponibles para callejear. Salvo algunas lluvias esporadicas no hemos tenido mayor inconveniente en la ultima semana para perdernos entre las anchas avenidas de la ciudad, que esconden tras cada fachada callejones, claraboyas y patios de vecinos en los que yo he imaginado a Rodion Romanovich Raskolnikov, protagonista de aquella otra novela de Dostoyevksi, tiritando sobre un divan, mortificado por la duda y luego por la culpa, obsesionado con la imagen de una viejecita que guarda sus joyas en soledad.
Son tantas las cosas que uno puede imaginar en San Petersburgo... al tomar el autobus desde casa de Alexander paso todos los dias por delante del parque en el que el militar frances Georges d'Anthes disparo a Alexander Pushkin en 1837. Imagino al escritor tal y como lo retrato Kiprenski en aquel cuadro que ilumina una sala de la Galeria Tetryakov. Las patillas anchas, la mirada azul que busca el horizonte, el abrigo negro, la bufanda ajedrezada de colores rojo y verde... Creo ver a Pushkin con su arma levantada, esperando la senyal del juez para acabar con aquel duelo de honor, y luego las cejas contraidas sobre sus ojos azules en una expresion de sorpresa ante el descubrimiento de que alguien ha manipulado su arma, un disparo, una nube de humo que se pierde entre la neblina de San Petersburgo, un poeta muerto... y un autobus que cruza el rio sobre un puente de piedra.
Solo hay que tener un poco de imaginacion para ser feliz en San Petersburgo.
El acorazado Aurora, con sus tres chimeneas robustas y oscuras, se recorta contra la ciudad junto al puente que hemos escogido para presenciar el espectaculo cotidiano de la apertura de los puentes. Es de noche, aunque nadie pueda decirlo. Mientras los puentes se parten en dos ante mi vista, una multitud de pequenyas embarcaciones espera impaciente sobre el rio; un poco mas lejos, los enormes cargueros comienzan su vagar de fantasma en la noche crepuscular de la ciudad. El Aurora parece envuelto en humo, sus tres chimeneas solo se intuyen, la mole metalica contempla el trafico maritimo sobre el rio Neva, quizas hoy siga huyendo el Tramp Steamer del Gaviero... Queda muy lejos aquel 25 de octubre de 1917 en que un disparo blanco del Aurora dio la senyal que la muchedumbre estaba esperando en las calles de San Petersburgo. Miles de hombres salieron de todas las esquinas para formar parte de uno de los episodios mas importantes de la historia contemporanea de Rusia: el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares. El periodista norteamericano John Reed ("Diez dias que estremecieron al mundo") estaba alli, quizas apoyado en el mismo puente desde el que ahora yo contemplo la silueta del acorazado Aurora, contemplando el entonces la marea humana que construia un nuevo eslabon de la historia.
Si, quedan muy lejos aquellos dias. Una de las imagenes recurrentes que he econtrando en mis paseos por San Petersburgo es la de una limusina blanca que transporta de una punta a otra de la ciudad a un punyado de jovenes borrachos acompanyados de bellas prostiutas. Son la "juventud dorada", los hijos de todos los que se hicieron millonarios al calor de la Perestroika. Salvo las estrellas, las hoces y los martillos labradas en algunas fachadas, no queda nada del pasado sovietico de la ciudad; afortunadamente, claro, porque basta con pasar junto a la sede central de la policia o frente a las oficinas de la antigua KGB para sentir un escalofrio en la rabadilla. Y no es el frio, no, es el miedo, el miedo al secuestro, la tortura y el gulag siberiano, pero tambien el miedo a las colas de 5 horas para conseguir una barra de pan, el miedo al invierno y los sabanyones, el miedo al calor rancio y humedo de una cafeteria en la que sirven cafe aguado.
Tampoco quedan en la ciudad recuerdos del otro gran episodio protagonizado por la ciudad en el siglo XX. Se trata del asedio de Leningrado, claro, aquella matanza de 900 dias en la que mas de un millon de civiles murio de hambre y de frio mientras los ejercitos de la Alemania nazi y de la Union Sovietica jugaban al ajedrez sobre sus cuerpos. En el campo de Marte, un jardin situado junto al palacio de Marmol, arde un fuego eterno en memoria de los caidos.
Y asi podria seguir dias y dias, paseando de nuevo con las palabras por las calles interminables de la ciudad, escuchando las historias de Alexander, que habla de la mezuita construida por el emir de Bukhara, de las esfinges egipcias que custodian la entrada de la prestigiosa Academia de Arte, de la cupula dorada de la catedral de San Isaac y de los mosaicos sobrecogedores que cubren todo el interior de la catedral de la Resurreccion, erigida sobre el lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II en 1881, de la casa donde vivio Maxim Gorky, de las heladas del rio Neva y de tantas otras cosas. Podria, pero de ninguna de las maneras seria capaz de apresar la historia de esta ciudad, la capacidad que tiene para hacerme feliz en el transcurso de un paseo. No serviria de nada que mencionara otros nombres o que tratara de trazar nuevos recorridos sobre este papel. Prefiero imaginarme de nuevo, con el cuello de la chaqueta levantado, habitando en las paginas no escritas de una novela de Dostoyevksi. Buscando la oscuridad.

P.D: Mencion aparte merece el fantastico Museo Hermitage. No encuentro palabras para definir su coleccion. Imaginenme con la boca abierta durante 6 horas y media. Con eso bastara.

1 comentarios:

Isabel dijo...

Tu post, acelerado en la escritura, es, sin embargo, un viaje hacia la literatura.

Imagino la felicidad de poder evocar y unir texto pisando los adoquines reales de todos esos lugares.

He visto al leerte sobrevolar a los autores a semejanza de como te leemos tus seguidores, que, por sus no imágenes, nos igualamos a esos seres, algunos históricos.

Feliz vuelta.