martes, julio 14, 2009

189.- Diario del Transmongoliano (Día II - Parte 2)


10 de la mañana. Pasamos sin parar por el puerto de Mysovaya, donde cien años atrás comenzaba y finalizaba el recorrido del "Baikal" y el "Angara", los dos barcos que transportaban a pasajeros y vagones sobre el lago Baikal en los primeros tiempos del Transiberiano. Cuántos esfuerzos, cuántas vidas perdidas para hacer avanzar el proyecto de los zares hacia los confines orientales de Siberia. Los mejores ingenieros, miles de convictos y trabajadores mal pagados, millones de rublos... una inversión colosal para construir una línea férrea sobre los inestables terrenos que rodean el lago. Era tal la dificultad que desde 1900 operó la línea de ferrys Mysovaya-Port Baikal como única solución para salvar el lago. Incluso una vez, en una situación de emergencia, llegó a tenderse una vía sobre el lago helado en invierno. Fue en 1904, en plena guerra entre Rusia y Japón. Los soldados que viajaban en los trenes que intentaron cruzar el lago murieron congelados al romperse el hielo bajo el peso del ferrocarril. Iban hacia una muerte inútil y la encontraron antes de llegar al frente de batalla.
Finalmente, unos años más tarde, se concluyó la construcción de la vía férrea que rodeaba la orilla meridional del lago, haciendo inútil la presencia del "Baikal" y el "Angara", que nunca más volvieron a zozobrar bajo tormentas de nieve con el vientre hinchado de vagones y pasajeros. Acababa de nacer el Ferrocarril Circumbaikal, que conectaba en un viaje por tierra los viejos puertos de Mysovaya y Port Baikal.
Hoy el lago nos acompaña prístino y sereno durante horas. Sus aguas cristalinas dejan pasar el sol, sobre la lejana línea del horizonte se adivina una cadena de acantilados. Vuelven de nuevo los bosques siberianos, que ocupan todo el espacio alrededor del lago, dejando apenas espacio para el discurrir de la vía, un pasillo estrecho entre el lago y el bosque por el que corre este tren que viene de Mongolia. A lo lejos, se adivinan las cimas desnudas de dos montañas, tocadas con dos borrones de nieve. Es verano.
Mientras escribía he visto la primera iglesia ortodoxa. Tenía la cúpula pintada de azul, rematada por una cruz dorada. Los bosques esconden y muestran alternativamente el paisaje. Aún no llevamos 24 horas en el tren y el viaje ha de durar más de 100.

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Paramos dos minutos en Baikalsk. No me dejan bajar a fumar un cigarrillo. En Slyudyanka, que ya aparece por la ventanilla, se acaba nuestra relación con el lago Baikal. Aquí nos despedimos de él.

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Despierto de la siesta. Irkutsk, la "París de Siberia", ha sido engullida por el tren mientras dormía. Intuyo que no queda mucho del antiguo glamour de Irkutsk, donde en 1826 fueron confinados los rebeldes decembristas, que el 26 de diciembre del año anterior habían intentado sin éxito dar un golpe de estado contra el zar Nicolás I.
Era imposible que su rebelión triunfara, pues no eran más que un grupo de aristócratas liberales, bienintencionados, pero sin experiencia conspirativa ni respaldo popular. Desconozco si llegaron en calesas y traje de gala a la plaza del Senado de San Petersburgo, donde escenificaron su golpe de salón. Al zar sólo le llevó un día retomar el control de la plaza después de que sus tropas derribaran a balazos a 60 de los sublevados. Cinco de los líderes serían fusilados cinco horas después y 121 organizadores serían condenados a trabajos forzados, prisión y exilio en Siberia. Algunos de ellos fueron enviados a Chita, en el sector más oriental de Siberia, donde las condiciones climáticas y laborales en las minas donde trabajaban eran extremadamente duras. Los más afortunados, seguidos por sus engalanadas esposas y su corte de criados, acabaron en Irkutsk, antigua guarnición cosaca fundada en 1651 para controlar a los Buriatos.
La ciudad, que en el siglo XVIII había servido de base para las expediciones rusas al norte y al oriente, se había convertido en un centro administrativo y comercial, una aburrida capital de provincias que recibió con los brazos abiertos a los "héroes" decembristas. Así nació el sobrenombre de la "París siberiana": mientras los hombres se deslomaban en los campos y en las minas cumpliendo su condena, las princesas, condesas y baronesas respectivas introdujeron en Irkutsk lo más selecto de la cultura occidental y las últimas modas. Fundaron hospitales, teatros, sociedades científicas, diarios que poco a poco transformaron a la sociedad local hasta convertirla en una pequeña San Petersburgo.
A la muerte de Nicolás I, en 1855, los decembristas fueron amnistiados. Habían pasado 30 años, pero muchos de ellos decidieron regresar a su antigua vida en la capital. Su partida, sin embargo, no alteró el ritmo de Irkutsk, que a la sombra de su nobleza había desarrollado una próspera sociedad de mercaderes. Tanto fue así que cuando en 1917 estalló en Rusia la revolución bolchevique, la burguesía de Irkutsk recuperó la bandera de los decembristas para defender su estilo de vida ante un enemigo de diferente signo. El Almirante Kolchak, explorador del océano Ártico, encabezó la resistencia de los rusos blancos en Siberia, que acabó en 1920 con la captura y ejecución de Kolchak y los otros cabecillas.
Los decembristas y los rusos blancos, Nicolás I y Vladimir Lenin, Maria Volkorkaya, princesa de Siberia, y el Almirante Kolchak, fantasmas todos de un pasado por el que paso de puntillas...