martes, septiembre 15, 2009

200.- Diario del Transmongoliano (Día 5)

Día 5. Y último. He despertado en Nizhny Novgorod, aunque me ha costado orientarme porque el cartel de la estación insiste en el nombre soviético de la ciudad: Gorky, en honor del escritor. Ya estamos cerca de Moscú! El paisaje no deja lugar a dudas: al dejar atrás Novgorod, la tercera mayor ciudad de Rusia, la periferia se extiende durante más de una hora y cada vez aparecen con más frecuencia las pequeñas ciudades, los coches viejos, tendidos eléctricos, huertos y edificios de hormigón. Algún bosque de vez en cuando trata de recordar los días pasados. Es el canto del cisne.
La próxima y última estación antes de Moscú es la bella ciudad medieval de Vladimir. Es una lástima no tener el tiempo ni el dinero suficiente para poder visitarla. De todos modos estamos atentos a las ventanillas para apreciar sus cúpulas y torres a nuestro paso por la ciudad. Es el último atractivo del viaje. Estoy nervioso. En Moscú nos espera Georgy Buranov, un chico de Couchsurfing que nos acogerá en su apartamento del extrarradio durante los próximos días. Al hospedarnos en una residencia privada tendremos un problemilla con el registro del visado; supongo que nos tocará pagar en algún hotel para conseguir el sello reglamentario. Vaya lata burocrática, qué horrorosa sería la vida antes del 89...

()
Vladimir queda atrás y con ella toda Rusia, multiplicada en bosques y lagos que ocupan 17 millones de kilómetros cuadrados. Con la nariz enganchada en la ventanilla del pasillo he visto el complejo monástico de Bogolyubovo, a pocos kilómetros de la ciudad. Sus cúpulas pintadas de azul celeste, rematadas con esferas y cruces de oro, suponen un punto de pureza en el paisaje. El conjunto, de fachada blanca inmaculada, no es más que el aperitivo de las riquezas monumentales de Vladimir, ciudad milenaria que en el pasado ostentó la capitalidad rusa. La catedral de la Asunción ha sido sólo un escorzo desde el tren, pero tantas cúpulas doradas, torres blancas, el verde metálico de las techumbres y el verde herbóreo de las paredes de una iglesia junto al río... La concentración de historia y arquitectura en Vladimir la convierten en una de las piezas más valiosas del Anillo de Oro, nombre con el que se conoce a la región situada al este de Moscú, a unos 200 kilómetros aproximadamente, donde una tras otra se suceden viejas ciudades de cuento de hadas. Yaroslavl, Suzdal, Rostov-Veliky, Sergey Posad... Todas ellas fueron ciudades-estado en la edad media. Cada una de ellas levantó catedrales y palacios para reafirmar su independencia o para intentar hacer sombra a sus vecinas. Por aquel entonces Moscú luchaba por nacer...
Hace un día propio de este verano europeo que acaba de empezar. Es un sábado caluroso, de luz blanca y cegadora, un buen día para visitar las iglesias de Vladimir, incluso si esa visita queda circunscrita al campo de la imaginación. Este tren no espera a nadie.

()
Un elemento en el paisaje nos ha acompañado durante nuestro trayecto desde Naushki, en la frontera mongol, hasta las puertas de Moscú. La dacha, la casa de campo rusa. Hemos visto miles de ellas a lo largo de la vía férrea, más pobres y oscuras en el este, con vivos colores y aspecto feliz en estos últimos días, pero siempre la dacha, la misma dacha, ubicua en este vasto país.
Ente Nizhny Novgorod y Vladimir el número de dachas es bastante elevado. Basta con alzar la vista para asistir a una sucesión continua de casas de madera con huerto contiguo. Ahora mismo veo un puñado de ellas. Una está abandonada y medio derruida, es un cadáver habitual en el paisaje ruso, siempre hay una casa entregada a la nada. El resto están habitadas. Algunas, generalmente las más humildes, son residencia de familias pobres, chicos delgaduchos que trabajan el huerto en camiseta de tirantes, botellas de cerveza en el alféizar, el buzón caído, una bicicleta rota. Las que tienen una decoración más cuidada pertenecen a familias bienestantes o a habitantes de la ciudad más cercana, que mantienen la dacha en el campo para gozarla los fines de semana. No es un lujo, es una tradición impulsada por el gobierno comunista de los años 50 para combatir una crisis alimentaria: cada hombre tendrá su huerto y en cada huerto sus patatas y sus cebollas. No hay nada más patriótico que arar la madre patria... malditos nacionalismos... Estas casas tienen marcos de madera pintados de blanco en las ventanas, motivos florales junto a la puerta y caminitos de piedras en el jardín...
Podría seguir apuntando detalles sobre las dachas, pero de repente me doy cuenta de que no tiene sentido, lo que ocurre es que me niego a poner un punto y final a este diario, no quiero que en tres horas este tren llegue a Moscú. Quiero seguir viajando en él la vida entera. Que no se detenga en Rusia, que siga cruzando Europa y que al llegar a Gibraltar salte el estrecho y se pierda en África, me gustaría entonces ver la cara de los dos provodnitsas, que siga corriendo el tren por desiertos y sabanas, que cruce el túnel subterráneo que no existe entre Ciudad del Cabo y Ushuaia y que remonte los Andes, que se vuelvan a subir los tres mongoles con una caja de ponchos y chullos hechos de piel de llama, y subir, subir, viajar comiendo sardinas y pastelillos-gers por toda la vida, descubriendo el mundo a través de la ventana, viendo a Sandra en la litera de enfrente, cómo se estira bajo la manta, sus gestos para encenderse un cigarrillo en el andén, la cámara cargada de fotografías tomadas a 60 kilómetros por hora, los kioskos en las estaciones con los escaparates llenos de latas de cerveza, cruzar a bordo de este tren número 5 el desierto de Arizona y como Phileas Fogg huir del ataque de los nativos americanos que todavía queden en las grandes praderas, no parar en Nueva York porque seguro que habría algún problema burocrático, entrar con todos los vagones en un gran buque transoceánico que nos llevara de vuelta a Europa, con parada en las islas Azores, donde se bajarían los pasajeros que hayan leído la Dama de Porto Pim de Antonio Tabbuchi. El resto seguirá sobre las olas, dentro de su compartimento o jugando a las cartas en el vagón restaurante, la misteriosa mujer rusa que ha pasado cinco días encerrada saldrá vestida como una princesa y cada noche bailaremos en la cena del capitán, seremos todos como los protagonistas de aquel cuento, aquel en el que un barco de desdichados surca los mares por toda la eternidad, incapaces ellos y nosotros de arribar a ningún puerto. Ojalá todo fuera así. Ojalá este viaje no acabará en Moscú.

2 comentarios:

Petitchango dijo...

Hola Pablo.... mi nombre es Juan Martin Bordenave... te escribo desde Tandil... encantado con encontrar tu blog... y mirando sus tantos capitulos y su interesante contenido.. legue a el tratando de encontrar tren entre Calcuta y Ha Noi... encantado..
intentamos viajar con unos amigos a India y un pocvo mas en este fin de año.. continuo leyendo..
mi mal es petitchango@hotmail.com
Saludos desde Argentino.

Arilena dijo...

Hola,

He encontrado tu blog buscando couchsurfing y transmongoliano porque, a la hora de sacar el visado creo que piden un registro en un hotel de rusio. Yendo como CS ¿al final tuviste que pagar un hotel o hay alguna otra forma de hacerlo? Gracias!