jueves, mayo 07, 2009

180.- Hanoi

Llovia mientras esperaba mi turno para contemplar el cadaver de Ho Chi Minh. Aquella manyana brumosa yo formaba parte de una cola hecha de cientos de vietnamitas que acudian a estremecerse con el cuerpo embalsamado del Tio Ho. La mayoria estaban tranquilos, seguro que para ellos no era la primera vez. En cambio, un grupo de unas 20 personas parecia bastante excitado. Las mujeres vestian faldas anchas y llevaban la cabeza cubierta con un panyuelo viejo, mientras que los hombres, sentados en cuclillas, retorcian su gorra entre las manos. Pregunte al joven que tenia a mi lado para enterarme por su explicacion que aquel grupo venia de excursion desde un pueblo gracias a la bondad del "Partido". Dos mujeres repeinadas, con acreditacion sobre el pecho, cuidaban de los campesinos que llevaban anyos esperando el momento de juntar las manos y hacer reverencias ante el cuerpo diminuto de Ho Chi Minh, escoltado por un soldado en cada esquina de su ataud de cristal.
Llovia mientras esperabamos, Sandra, el joven de mi lado, yo y el grupo. Para matar el rato trate de recordar la estatua de Lenin que acababa de ver como una estela desde la motocicleta. Subido a un pedestal, aquella otra momia con la que pronto me encontrare, se estira de la chaqueta y parece a punto de echar a andar. Sobre su cabeza de bronce resbalaba la lluvia de la manyana.
Pero la imagen de un Lenin gigante apenas me ocupo unos segundos. Entonces comence a pensar en lo que iba a escribir antes de abandonar Hanoi. Son las seis de la tarde, en un par de horas sale el enesimo tren que me llevara a la frontera y a eso de las siete de la manyana, supongo que aun medio dormido, entrare en China por la puerta de atras. Estoy nervioso, algo que no me ocurria desde hace bastante tiempo, quizas desde el dia de Preah Vihear, aunque aquello fue completamente distinto...
Asi que pensaba y pensaba que escribir y que olvidar, una seleccion tan necesaria como dolorosa. Llevo una semana en Hanoi, me dije, y es hora de escribir.
Empezare hablando de los Toutzevitch, dije esta vez, aunque no tengan nada que ver con Hanoi (luego, ya se ve, las intenciones se quedan en eso) Si, explicare que el abuelo Toutzevitch huyo de Ucrania con toda su familia despues de la revolucion de 1917. Huia del mismo Lenin con traje de metal que he visto esta manyana y en su huida cruzo Europa hasta encontrar asilo en un pequenyo pueblo de los Alpes franceses. Aquel viaje tan diferente al mio fue una experiencia iniciatica, mitad cruel mitad alegre, para el abuelo Toutzevitch, que por aquel entonces tenia 14 anyos. Tambien tenia una camara fotografica con la que retrato los episodios del exodo familiar en una serie de fotografias que hoy descansa en un cajon al que yo nunca me acercare (la sola existencia de ese album me hace estremecer).
Todavia llueve y por eso me entretengo con los Toutzevitch, rusos blancos que a la fuerza se adaptaron a la vida dura de las montanyas, tan diferente a la sofisticacion de su anyorada Kiev. En aquella aldea, sabedores de la formula que asegura el bienestar a las familias burguesas, los Toutzevitch volvieron a engrasar fortuna y en algun momento a mediados de siglo cerraron la puerta de la casa grande y se trasladaron a Paris, con el abuelo al frente.
En la capital francesa, aquellos emigrantes de la Rusia zarista encajaban mejor que en la sociedad de provincias, por lo que muchos de sus intergrantes pronto encontraron acomodo en uno u otro partido politico. Uno de ellos seria acusado durante la segunda guerra mundial de espiar en beneficio de los nazis. El resto enarbolo la bandera del anticomunismo refugiandose en las tradiciones pre-bolcheviques que habian traido desde Ucrania. No se mucho de aquellos anyos.
Acabada la guerra sin mayores sobresaltos (el espia fue absuelto de sus cargos), el abuelo encontro tiempo y estabilidad para dedicarse a sus pasiones. Traductor de nueve idiomas, aplico la misma logica linguistica al tablero de ajedrez y con su particular metodo se convirtio en campeon del mundo. No podia ser nada mas: fue un Capablanca enfrentado a la escuela sovietica, asi en el ajedrez como en la vida.

Sigue lloviendo en Hanoi, pero ya no siento el frescor de las gotas sobre la frente. Ahora tengo frio porque camino por los pasillos helados del mausoleo del gran lider vietnamita. El grupo de campesinos, a los que cuesta mantener en fila india, alborotan a pesar de las miradas severas de los guardias de uniforme blanco. Caminamos todos sobre una alfombra verde que marca el recorrido hasta la camara en la que descansa Ho Chi Minh. Doy paso tras paso, consciente de que estoy a punto de hallar una relacion entre estas personas en panyos de domingo, la piel transparente de Ho, su perilla de seda, la estatua de Lenin y Max Toutzevitch, el pintor frances que en las noches de Hanoi encontro tiempo para hablarme de su abuelo.

P.D: Y al fin, como ya es costumbre, no hable de Hanoi. Quise callejear con mis palabras por el barrio antiguo, transmitir lo que siento frente a los comercios de lapidas de marmol o al seguir el paso de una vendedora bajo su cesta de bambu, esas cestas colgadas de una canya que cual perfecta balanza se mantienen en equilibrio sobre el hombro de mujeres sin rostro. Su sombrero conico, la sombra sobre sus facciones, el paso ligero, el movimiento apenas perceptible de las frutas madurando entre la contaminacion de Hanoi. La imagen de estas vendedoras rodeadas de motocicletas, el ruido infernal de todos los claxones de esta ciudad, las noches sentado en una silla minuscula frente a una mesa todavia mas pequenya, los vasos brindando, todos los ancianos asomados al balcon y a primera hora de la manyana y a ultima hora de la tarde las sesiones de ejercicio para combatir la artosis, las cafeterias repletas de fumadores en pipa de bambu, el limpiabotas al que sonrio mientras le digo que no. Quise hablar de Hanoi...