Me pareció razonable ver una peli de trenes, qué menos podía hacer después de varios días repasando las notas del Transiberiano antes de colgarlas en la red. Me pareció razonable y apetecible, por eso rebusqué en la videoteca hasta descubrir dos títulos sugerentes. Uno era "Trenes rigurosamente vigilados" (1966) del director checo Jiri Menzel. Ya había visto la peli, factor de más peso que el buen recuerdo que guardaba de sus imágenes en blanco y negro. Reflexioné con un dedo en la barbilla: ya la he visto, sí, pero es que estaría bien volverla a ver, recuerdo el despertar sexual de Milos Hrma, el joven empleado de ferrocarriles, sí, en la Checoslovaquia ocupada por los nazis que ya comienzan a masticar la derrota, los partisanos, el ambiente de conspiración, los fantásticos personajes en la noche de la estación... Pero no, quiero algo nuevo y además es posible que me quede dormido porque entre el calor y la digestión... Si pudiera encontrar una versión nueva y simple de la peli...
Deseo concedido!
En la otra mano digital tengo "El Tren" (1964) de John Frankenheimer, mi querido director de eficacia televisiva para la hora de la siesta. Y con él, Burt Lancaster fumándose las puntas de los cigarrillos que se liaban en Francia durante la ocupación nazi. No me cuenten más: me subo al tren. Año 1944, se está a gustito con la ventana abierta, un malvado coronel alemán se ha pasado los últimos tres años reuniendo en el museo de Jeu de Paume las mejores piezas del arte moderno francés, los Renoir, Picasso, Van Gogh, Degas y compañía catalogados por los nazis como "artistas degenerados". Qué bueno que es mi coronel que no ha quemado los cuadros, le susurra su secretaria francesa bajo la estúpida mirada de una musa tahitiana de Gauguin. Y el coronel que le dice, eso te lo crees tú mona. Se retiran los nazis de París y el coronel Von Waldheim ordena a sus soldados que empaqueten todos aquellos cuadros. Así empieza la peli, con los créditos corriendo sobre las cajas de madera, los soldados descolgando bodegones cubistas, una pieza instrumental con arreglos partisanos... es un inicio perfecto y mientras escucho la músico comprendo que hoy no voy a dormir la siesta. Pero silencio, eso no importa, ahí tienen a Lancaster fumándose una colilla en su despacho de inspector ferroviario. Los alemanes que trabajan con él no tienen ni idea, pero este tío lidera a un grupo de saboteadores. Es de la Resistencia, sí, pero cuando le propongan detener el tren cargado de obras de arte dará una calada y dirá algo así: "por mí como sí les pegan fuego". Se llama Paul Labiche y es el héroe escéptico que tanto gustaba en el Hollywood en blanco y negro, es buen tipo pero ya está de vuelta, sabe que ningún cuadro vale la vida de un hombre, fuma mientras recuerda los horrores de la guerra. Sin embargo... sí, suponen bien. La gloria de Francia obligará al grupo de Labiche a un último acto de guerra mientras los aliados bombardean París. Qué grande es el duelo entre los dos hombres, Labiche y el coronel, más grande todavía porque el inspector de ferrocarriles no quiere en realidad luchar por esos cuadros, siempre refunfuña, pero amigo, qué es un hombre para oponerse a su destino? Nada, una espada de papel...
No viene a cuento ahora explicar el final de la peli. Baste con decir que viéndola se me fue la tarde y que me encuentro ahora con la maleta sin hacer. Mañana me marcho a Nueva York en un viaje de una semana con toda la familia, un viaje de placer que me apetece desde hace bastante tiempo. Son mis pequeñas vacaciones antes de partirme la cara en Sevilla. Y ya sé que el mundo está lleno de bordes que piensan que llevo meses de vacaciones, pero a ellos qué les voy a decir... esas cosas se aprenden solo.
miércoles, julio 29, 2009
lunes, julio 27, 2009
193.- Itinerario del Tren nº5: Ulaan Baatar-Moscú
Moscú: Punto Kilométrico 0
Moscú: 0 Km.
Vladimir: 191 Km.
Nizhny Novgorod (Gorky): 441 Km.
Kotelnich: 869 Km.
Vyatka (Kirov): 956 Km.
Balyezino: 1192 Km.
Perm: 1434 Km.
Yekaterinburg: 1814 Km.
Tyumen: 2138 Km.
Ishim: 2428 Km.
Nazyaevskaya: 2562 Km.
Omsk: 2716 Km.
Barabinsk: 3035 Km.
Novosibirsk: 3343 Km.
Taiga: 3565 Km.
Mariinsk: 3713 Km.
Bogotol: 3846 Km.
Achinsk: 3914 Km.
Krasnoyarsk: 4098 Km.
Zaozernaya: 4265 Km.
Ilanskaya: 4377 Km.
Tayshet: 4515 Km.
Nizhneudinsk: 4678 Km.
Tulun: 4795 Km.
Zima: 4934 Km.
Irkutsk: 5185 Km.
Ulan Ude: 5640 Km.
Zaudinsky: 5655 Km.
Naushki: 5902 Km.
Frontera entre Rusia y Mongolia
Sükhbaatar: 21 Km.
Darkhan: 123 Km.
Züünkharaa: 235 Km.
Ulaan Baatar: 404 Km.
Total kilométrico: 5902 + 404: 6306 Km.
Salida: 23 de junio de 2009 13:50 (Hora de Ulaan Baatar)
Llegada: 27 de junio de 2009 14:28 (Hora de Moscú)
Contando los distintos cambios horarios, el viaje duró 100 horas, hora abajo hora arriba. Lo mejor de todo es que llegó puntual!
192.- Diario del Transmongoliano (Día 3)
Despierto en Krasnoyarsk. Hace una estupenda mañana que no tengo tiempo de disfrutar pues en cinco minutos el tren vuelve a ponerse en movimiento. De haberme despertado un poco antes, quizás si viajase en tercera, habría visto el puente sobre el Yenisey y el mural de la época comunista (con Lenin al frente) que decora la fachada de la estación de ferrocarriles. Pero ni una cosa ni otra. Comienza el tercer día de viaje. Todavía faltan 4.000 kilómetros hasta Moscú.
()
Desayunamos junto a la ventana durante el trayecto entre Krasnoyarsk y Achinsk. Por la naturaleza de nuestras provisiones el desayuno es la mejor comida del día. Tenemos pastelillos-gers, bollos, zumo y té. Las conservas y el pan palidecen ante tanta opulencia. Hablamos sobre los disturbios en Irán mientras desfilan los bosques ante nosotros. No tenemos ni idea de cómo ha evolucionado la situación en Teherán y en el resto de ciudades. Le explico a Sandra la rivalidad entre Jamenei y Rafsanyani tratando así de esclarecer los motivos profundos de las manifestaciones de las últimas semanas, pero la conversación queda suspendida cuando entramos en la estación de Achinsk.
Como de costumbre me calzo las deportivas y trato de bajar a echar un vistazo. El provodnitsa, a quien hemos bautizado como Cecilio por su parecido con uno de los personajes de El Realejo, no me deja bajar porque una vez más se trata de una breve parada. Su oronda compañera duerme en el compartimento. Fumo un cigarrillo entre vagones. Los tres mongoles que completan el pasaje del vagón están estirados. Dos de ellos, un hombre y una mujer, comparten intimidad: él mira por la ventanilla, ella lee una revista. El otro, acompañado en el compartimento número 9 por un montón de cajas llenas de camisetas, se rasca la barriga. Hay un silencio total en el vagón, ya no escucho el traqueteo del tren, que se ha incorporado a mis pulsaciones. Algún romántico me dirá que el bullicio de una hipotética tercera clase sería preferible. Yo le contestaré que este silencio es una bendición. Intento calcular cuánto debe calcular la reserva de un vagón entero para realizar este viaje... Hace años, cuando vivía en Irlanda, planeé este mismo viaje con Radek. Los precios que encontramos en internet nos hicieron desistir. En España, al tratar de acelerar los trámites del visado ruso, alguna agencia nos ofreció su paquete del Transiberiano: miles de euros por un viaje que no cuesta más de 140. De haberlo sabido hace seis años quizás me hubiese animado. Aunque es mejor así. Entonces viajé con Radek por su Polonia rural y hoy vuelvo a Europa todavía dueño de esta sensación de constante descubrimiento. El destino es un ordenador supremo.
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Aparecen y desaparecen entre los bosques las aldeas de izba (casas de madera siberianas), con sus bellos marcos pintados de azul claro, verde u otros colores... Estos bosques parecen infinitos...
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Hemos parado 20 minutos en Mariinsk, que le debe su nombre a María, esposa del zar Alejandro II. He comprado por 50 rublos una bolsa con dos tomates, dos pepinos y un manojo de cebolletas. Los mongoles han expuesto sus camisetas, que han tenido el éxito acostumbrado. La mujer rusa que viaja sola en el compartimento número 4 se ha asomado al pasillo, lo que supone una novedad en su reclusión cotidiana. El provodnitsa Cecilio me acaba de avisar de que la próxima estación con parada de 20 minutos en Novosibirsk. Comienza, recomienza a llover sobre los bosques de taiga. Es hora de almorzar.
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Despierto de la siesta (toda una institución entre los escasos pasajeros del vagón) y al repasar la guía descubro que Mariinsk se llamó Kiysk hasta 1857 y que creció como foco de la fiebre del oro siberiano. El pasado de esta inmensa región es generoso en episodios idealizables. La fiebre del oro atrajo hasta Siberia, al que igual que ocurriera en tantos otros lugares del mundo, a miles de personas en busca de un destino. Imposible saber qué ocurrió con todos ellos, se perdieron en la historia...
También he descubierto que nuestro tren sí tiene vagón restaurante, aunque nuestro presupuesto (que era sustancioso en Asia pero escaso en Europa) no admite sutilezas.
Escribo con la acostumbrada fachada de árboles en pleno verdor, entre ellos y esta pluma un pequeño bodegón compuesto de un tomate, un pepino, tres cebolletas, dos bolsas de té, pan y crema de cacao. El sol cubre cada objeto con un abrazo cálido, amortiguado por el doble cristal de la ventanilla. Me siento bien, escucho el "Carryin´the load" de Ray Charles, no podía ser otra hora, son las cinco de la tarde.
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Cambio de perspectiva: de repente los bosques quedan por debajo de la vía, abriéndose un horizonte de copas verdes ante mis ojos. No sé cuánto durará pero es un alivio. Incluso parece que la distancia entre los árboles es mayor y puedo escrutar en el interior de las arboledas. Es un soplo de aire fresco ante tanto verde abarrotado. Aparecen claros entre los grupos de árboles, pero eso sí, se mantiene la ausencia total de animales. Taiga, le llaman. Ni punto de comparación con la generosa cabaña esteparia... Aquí no hay nadie. Aldeas y ciudades grises de vez en cuando. Junto a la vía he visto un cementerio de vagones y locomotoras, fantasmas oxidados. Alguna que otra vez sorprendo a un trabajador de los ferrocarriles con su chaleco reflectante de color naranja y cuando pasamos cerca de las aldeas adivino el juego de un par de niños, alguien subiéndose a un taxi. Salvo el bullicio contenido de las estaciones, ésa es toda la vida junto al tren.
Llevamos 3.000 kilómetros y 50 horas de viaje. Es decir, de un modo aproximado, estamos en el ecuador de nuestro viaje. No lo llevamos tan mal. Veremos las siguientes 50 horas...
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Todas las casas parecen vacías, que triste sensación.
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Novosibirsk. He intentado visitar la estación, que es la más grande de Siberia, pero quedaba demasiado lejos y he sentido miedo de quedarme colgado en esta ciudad. Me conformo con verla de lejos. He hecho algunas fotos y me he fumado un cigarro viendo partir a los tres mongoles que viajaban con nosotros desde Ulaan Baatar. La mujer rusa también ha desaparecido, así que estamos completamente solos en el vagón número 8. Salimos a un provodnitsa por cabeza. No he comprado nada porque no he visto ningún kiosko.
Abandonamos ya lentamente la ciudad, que nos ofrece la visión de algún que otro rascacielos entre amplias avenidas. Es la ciudad más grande por la que he hemos pasado en los últimos dos días. Incluso he visto un gran casino junto a la estación. Pasamos ahora por delante de una bella iglesia ortodoxa de cúpulas doradas y cuerpo de ladrillo rojo, es la Catedral de Alejandro Nevsky.
Todavía se extiende la ciudad ante nosotros cuando cruzamos un largo puente sobre el majestuoso río Ob. Frente a nosotros otro puente sostiene el tráfico que va de un lado a otro de esta ciudad de millón y medio de habitantes.
Novosibirsk debe su existencia al ferrocarril transiberiano. Fundada en 1893 como base para la construcción de la línea férrea, la ciudad se convirtió tras el declive de Irkutsk en la gran metrópolis siberiana. Desde aquí partieron a diario los trenes cargados con el carbón que sustentó la revolución industrial soviética. Gentes venidas de toda Rusia coincidieron en Novosibirsk, que se despide lentamente de nosotros mostrándonos sus suburbios, menos tristes que de costumbre, demasiado próximos a los bosques que circundan la ciudad para rendirse al gris de la periferia. Ya todo vuelve a ser verde, vegetal, inhabitado. En unos minutos el recuerdo de Novosibirsk parecerá producto de la imaginación, tal es la contundencia de los bosques siberianos. Silencio en el vagón. En mis venas siento el traqueteo del tren, que al abandonar la ciudad cruza el ecuador aproximado de este viaje de 6.300 kilómetros a través de Mongolia y Rusia.
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Tras escribir estas últimas frases he abierto la puerta del compartimento y para mi sorpresa he visto edificios de hormigón y una carretera que corría paralela a la vía del tren. Por unos minutos he disfrutado de la esquizofrenia de nuestras ventanillas: a un lado los bosques que mi mirada no consigue franquear, al otro los últimos jirones de Novosibirsk. Aún veo alguna fábrica al otro lado del pasillo, depósitos esporádicos, los esqueletos metálicos de alguna fábrica abandonada, casas bajas con techo de zinc, una pequeña planta eléctrica, nada, ya nada, sólo verde y cielo más allá de las dos ventanillas.
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Trato de asimilar las gigantescas dimensiones de Siberia. Los Urales marcan la barrera entre Europa y Asia, dando inicio también a las tierras siberianas. Luego todo es Siberia, una región tan grande como China. Sé que hay movimientos autonomistas que codician el control total de los ingentes recursos naturales de Siberia. Es lógico. Lo que me extraña es que a lo largo de la historia no haya existido una entidad política independiente en la región, algo más serio que los intentos desesperados de los Rusos Blancos. Siberia es enorme, inasumible. Esta es mi estúpida conclusión.
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He salido a fumar entre vagones y he tenido un déja-vu. Me ha parecido ver a Radek y Kzizek sosteniendo cervezas, fumando también, jóvenes como lo fueron y como un día yo también lo fui, los tres riendo, bebiendo y fumando en el tren que cubría la ruta Olsztyn-Augustow. No sé cuántas veces tomamos aquel tren... Es que como si hoy lo hubiera vuelto a tomar. ¿Dónde estará Radek? ¿Cómo estará su hija? Necesito escribirle pronto. Mis fantasmas de Rahoon...
Pasamos de largo por otra estación pintada de verde, con su correspondiente torre de madera cuyo significado desconozco. Trenes parados, casas de ladrillo, algunas dachas de madera, vagones llenos de carbón, aburrimiento total... es el acoso que viene con la última hora de luz (deben ser más de las diez)
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lunes, julio 20, 2009
191.- Diario del Transmongoliano (Día II - Parte 3)
Media tarde. Deben de ser las seis. Parece que viajemos en primera clase: estamos solos en el compartimento y solo hay un par de personas más en el resto del vagón. Los provodnitsas toman tranquilamente el té en sus asientos, no hay mucho que hacer. Ella tiene el turno de noche, por lo que se ha despertado hace un rato con la misma cara de aburrimiento con la que se ha acostado esta mañana. Él, alto y desgarbado, ya casi ha acabado su turno. Por hoy no tendrá que limpiar otra vez el baño, ni rellenar el samovar, ni estar atento a las estaciones en las que nos detenemos no más de cinco minutos. Envueltos en su silencio, toman el té.
Sandra se duele de a mi vera de sus dolores menstruales, con la música que emana del Ipod como toda medicina. Y yo miro por la ventana, a la espera de novedades en esta sucesión de campos chatos, a veces verdes y a veces pardos, a veces acompañados de bosques y a veces de aldeas miserables. He vuelto a ver fábricas y chimeneas industriales, definitivamente Mongolia pertenece al pasado. Siguen los árboles extendiéndose en todas direcciones, apretados los unos contra los otros sobre un suelo frondos de plantas y hierbajos. No tengo la menor duda de que pronto a este bosque le seguirá un campo ondulado y al campo una aldea oscura y al final de la aldea un granero, un aserradero, una fábrica o un matadero, y luego de nuevo un bosque y así hasta que venga la noche a ocultar el paisaje.
En la próxima estación trataré de bajar a fumar un cigarrillo y comprar cerveza.
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Bosques, bosques, bosques... es que ya no quedan campos? Es una muralla de troncos pelados, malditos pinos que no me dejan ver más allá... Horizonte cerrado y opresivo, diez metros entre el tren y los árboles. En el cielo hay algunas nubes grises.
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Parada de 20 minutos en Zima, un respiro ante tanto bosque de taiga que obstruye el horizonte. Los tres mongoles que quedan en el vagón han bajado su mercancía (camisetas) al andén para venderla a los clientes rusos, que ya esperaban la llegada del tren. Mis compañeros no han tenido demasiado éxito ya que los del vagón contiguo han acaparado toda la clientela gracias a sus maniquís portátiles. Se ha formado una cola considerable. Yo he bajado a echar ese cigarrillo, comprar un par de cervezas (mi primera compra en rublos) y hacer unas cuantas fotos. Estirar las piernas me ha sentado bien. Caía sobre la estación de Zima una pequeña lluvia de... cómo explicarlo, soy un inútil, esas cositas blancas que han de provenir de algún árbol o de alguna planta y que convierten algunas primaveras en un martirio para los alérgicos. Pienso cuán diferente ha de ser el clima en invierno por estos pagos. Zima significa, literalmente, "invierno" y fue uno de los principales centros de recepción de exiliados y condenados a trabajos forzados. Vuelven los bosques...
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Parada de 15 minutos en Nizhneudinsk. Creo que son las once de la noche y todavía hay algo de luz. Oscurece muy tarde. La provodnitsa no me ha dejado bajar a fumar porque según ella sólo parabamos dos minutos. Gracias a ella hemos descubierto que entre vagones hay un espacio para fumadores. Los mongoles siguen vendiendo camisetas en cada estación. Tengo sueño, pronto me iré a dormir...
Sí, son las once y diez de la noche. Mañana a las 8 llegamos a Krasnoyarsk. Si me despierto a tiempo veré el histórico puente de un kilómetro sobre el río Yenisey. Caigo en la cuenta de que hoy es 24 de junio, lo que hace que me pregunte si el solsticio de verano tiene algo que ver con esta inusitada claridad a las once y media de la noche. En tres horas cambiaremos de franja horaria, lo que sin duda es parte de la explicación. Aún así, ver los últimos destellos anaranjados de la puesta de sol a esta hora tan tardía me desconcierta. Parece que comienza a llover, el cielo está cubierto de nubarrones. Apago la luz para disfrutar desde la litera de este inesperado espectáculo nocturno iluminado con luz crepuscular.
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domingo, julio 19, 2009
190.- Una carta en un barranco
Hace un año paseaba junto a un barranco en la Alpujarra granadina, era un bello día de junio, soleado, prometedor. En las afueras del pueblo de Cástaras, entre un montón de revistas viejas, encontré una carta que volaba a ras de suelo. Alguien pensó que era basura y ahora yo la recogía junto al resto de la correspondencia de una familia anónima. Desde entonces sus palabras han dormido entre las hojas del cuaderno que utilizaba aquellos días. Hoy, en la tarde de un domingo siestero, he vuelto a leer las cartas y he pensado que a lo mejor hay alguien que algún día se emocione al encontrar las palabras de su padre en este blog. También he pensado que el documento es un superviviente que nos habla del éxodo rural en la segunda mitad del siglo pasado. Por lo que sea, la carta me gusta. Espero que a vosotros también:
"Barcelona a 8 del 4 del 74
Queridos padres y hermano, desearé que a la llegada de ésta os encontréis bien. Yo quedé bien gracias a Dios.
En primer lugar sus digo que acabo de llegar del trabajo y me he puesto a escribiros porque si lo dejo para después no me acuerdo y después cuesta más hacerlo.
También me preguntáis si he comprado el radio cassette pues cuando recibí vuestra no lo había comprado pero ahora como cobro por semanas, cobré el sábado y lo compré, no por recibir vuestra carta, hacía cuenta comprarlo hace bastantes días pero también sus digo que esto cuesta tanto como una vaca pero yo tenía ese gusto y lo he cumplido porque no paraba ni un momento y así pues me estoy un sintiendo música y luego hago lo que me parece.
Bueno, sus digo que me ha costado 9.000 pesetas y no lo he pagado del todo, me quedan que dar 4.000 pero lo he hecho de esa manera porque si sale malo lo puedo cambiar y pagándolo al contado pues ya tiene más pegas.
De lo que decís que le han echado la carretera a Timas pues yo me alegro de que esté ese terreno bien ambientado para cuando yo tenga coche pues pueda ir por todos esos pueblos.
Vosotros tomáis a broma lo de los coches pero yo sus digo que mientras no me lleve el carnet me voy por ahí, pero me lo tengo que sacar y el coche después hay tiempo porque el carnet cada año va más astrujado y desta no pasa.
Serafín de los que me dices que eres un dormilón pues yo te gano, pero me he comprado un despertado que me hace andar deprisa y me da un coraje que lo rompía, pero qué vamos a hacer, él gana su jornal con llamarme y toca más fuerte que las campanas de Cástaras.
Bueno, no tengo más que contaros. Lo único que sus puedo decir es que estoy escuchando "España para los españoles" y está muy bien y ahora me voy a comer que mañana tengo que estar en pie a las 6 de la mañana porque ahora estamos recuperando el jueves Santo y luego me tiraré 5 días de descanso en la semana santa.
Sin más que deciros se despide vuestro hijo y hermano que lo es
Firma."
Sé que es una carta cualquiera, una más de las que se escribieron hace 25 años, pero sentado al bar de aquel pueblo, con mi colección de cinco cartas con Francisco Franco en forma de sello, allá sentado comiendo un poco de jamón, bebiendo cerveza y mirando por la ventana, a la plaza, a la calle desierta, imaginé al hombre que firma la carta, escuchando la radio, en camiseta imperio, tumbado en la cama con un cigarrillo en el pisito que estuvo y que quizás todavía esté en la calle de la periferia barcelonesa que aparece en el remite. Y más fácil me fue dibujar el cuadro de la familia en el pueblo en una noche de abril, sentados a la mesa, olor a pan y olor a aceite, escuchando leer a Serafín las palabras de un hermano que ahora vive en otro mundo hecho de tecnologías tan increibles como la radio o el despertador, el padre sobre el bastón que habla de su hijo que conduce coches y que paga a plazos, los hombres bebiendo vino en este bar y los hijos viajando en un tren que llega a primera hora de la mañana a la estación de Francia, protagonistas todos ellos de una página de España.
Sé que es una carta cualquiera sin más valor que el que yo le quiera dar. Por eso le tengo tanto aprecio...
"Barcelona a 8 del 4 del 74
Queridos padres y hermano, desearé que a la llegada de ésta os encontréis bien. Yo quedé bien gracias a Dios.
En primer lugar sus digo que acabo de llegar del trabajo y me he puesto a escribiros porque si lo dejo para después no me acuerdo y después cuesta más hacerlo.
También me preguntáis si he comprado el radio cassette pues cuando recibí vuestra no lo había comprado pero ahora como cobro por semanas, cobré el sábado y lo compré, no por recibir vuestra carta, hacía cuenta comprarlo hace bastantes días pero también sus digo que esto cuesta tanto como una vaca pero yo tenía ese gusto y lo he cumplido porque no paraba ni un momento y así pues me estoy un sintiendo música y luego hago lo que me parece.
Bueno, sus digo que me ha costado 9.000 pesetas y no lo he pagado del todo, me quedan que dar 4.000 pero lo he hecho de esa manera porque si sale malo lo puedo cambiar y pagándolo al contado pues ya tiene más pegas.
De lo que decís que le han echado la carretera a Timas pues yo me alegro de que esté ese terreno bien ambientado para cuando yo tenga coche pues pueda ir por todos esos pueblos.
Vosotros tomáis a broma lo de los coches pero yo sus digo que mientras no me lleve el carnet me voy por ahí, pero me lo tengo que sacar y el coche después hay tiempo porque el carnet cada año va más astrujado y desta no pasa.
Serafín de los que me dices que eres un dormilón pues yo te gano, pero me he comprado un despertado que me hace andar deprisa y me da un coraje que lo rompía, pero qué vamos a hacer, él gana su jornal con llamarme y toca más fuerte que las campanas de Cástaras.
Bueno, no tengo más que contaros. Lo único que sus puedo decir es que estoy escuchando "España para los españoles" y está muy bien y ahora me voy a comer que mañana tengo que estar en pie a las 6 de la mañana porque ahora estamos recuperando el jueves Santo y luego me tiraré 5 días de descanso en la semana santa.
Sin más que deciros se despide vuestro hijo y hermano que lo es
Firma."
Sé que es una carta cualquiera, una más de las que se escribieron hace 25 años, pero sentado al bar de aquel pueblo, con mi colección de cinco cartas con Francisco Franco en forma de sello, allá sentado comiendo un poco de jamón, bebiendo cerveza y mirando por la ventana, a la plaza, a la calle desierta, imaginé al hombre que firma la carta, escuchando la radio, en camiseta imperio, tumbado en la cama con un cigarrillo en el pisito que estuvo y que quizás todavía esté en la calle de la periferia barcelonesa que aparece en el remite. Y más fácil me fue dibujar el cuadro de la familia en el pueblo en una noche de abril, sentados a la mesa, olor a pan y olor a aceite, escuchando leer a Serafín las palabras de un hermano que ahora vive en otro mundo hecho de tecnologías tan increibles como la radio o el despertador, el padre sobre el bastón que habla de su hijo que conduce coches y que paga a plazos, los hombres bebiendo vino en este bar y los hijos viajando en un tren que llega a primera hora de la mañana a la estación de Francia, protagonistas todos ellos de una página de España.
Sé que es una carta cualquiera sin más valor que el que yo le quiera dar. Por eso le tengo tanto aprecio...
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martes, julio 14, 2009
189.- Diario del Transmongoliano (Día II - Parte 2)
10 de la mañana. Pasamos sin parar por el puerto de Mysovaya, donde cien años atrás comenzaba y finalizaba el recorrido del "Baikal" y el "Angara", los dos barcos que transportaban a pasajeros y vagones sobre el lago Baikal en los primeros tiempos del Transiberiano. Cuántos esfuerzos, cuántas vidas perdidas para hacer avanzar el proyecto de los zares hacia los confines orientales de Siberia. Los mejores ingenieros, miles de convictos y trabajadores mal pagados, millones de rublos... una inversión colosal para construir una línea férrea sobre los inestables terrenos que rodean el lago. Era tal la dificultad que desde 1900 operó la línea de ferrys Mysovaya-Port Baikal como única solución para salvar el lago. Incluso una vez, en una situación de emergencia, llegó a tenderse una vía sobre el lago helado en invierno. Fue en 1904, en plena guerra entre Rusia y Japón. Los soldados que viajaban en los trenes que intentaron cruzar el lago murieron congelados al romperse el hielo bajo el peso del ferrocarril. Iban hacia una muerte inútil y la encontraron antes de llegar al frente de batalla.
Finalmente, unos años más tarde, se concluyó la construcción de la vía férrea que rodeaba la orilla meridional del lago, haciendo inútil la presencia del "Baikal" y el "Angara", que nunca más volvieron a zozobrar bajo tormentas de nieve con el vientre hinchado de vagones y pasajeros. Acababa de nacer el Ferrocarril Circumbaikal, que conectaba en un viaje por tierra los viejos puertos de Mysovaya y Port Baikal.
Hoy el lago nos acompaña prístino y sereno durante horas. Sus aguas cristalinas dejan pasar el sol, sobre la lejana línea del horizonte se adivina una cadena de acantilados. Vuelven de nuevo los bosques siberianos, que ocupan todo el espacio alrededor del lago, dejando apenas espacio para el discurrir de la vía, un pasillo estrecho entre el lago y el bosque por el que corre este tren que viene de Mongolia. A lo lejos, se adivinan las cimas desnudas de dos montañas, tocadas con dos borrones de nieve. Es verano.
Mientras escribía he visto la primera iglesia ortodoxa. Tenía la cúpula pintada de azul, rematada por una cruz dorada. Los bosques esconden y muestran alternativamente el paisaje. Aún no llevamos 24 horas en el tren y el viaje ha de durar más de 100.
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Paramos dos minutos en Baikalsk. No me dejan bajar a fumar un cigarrillo. En Slyudyanka, que ya aparece por la ventanilla, se acaba nuestra relación con el lago Baikal. Aquí nos despedimos de él.
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Despierto de la siesta. Irkutsk, la "París de Siberia", ha sido engullida por el tren mientras dormía. Intuyo que no queda mucho del antiguo glamour de Irkutsk, donde en 1826 fueron confinados los rebeldes decembristas, que el 26 de diciembre del año anterior habían intentado sin éxito dar un golpe de estado contra el zar Nicolás I.
Era imposible que su rebelión triunfara, pues no eran más que un grupo de aristócratas liberales, bienintencionados, pero sin experiencia conspirativa ni respaldo popular. Desconozco si llegaron en calesas y traje de gala a la plaza del Senado de San Petersburgo, donde escenificaron su golpe de salón. Al zar sólo le llevó un día retomar el control de la plaza después de que sus tropas derribaran a balazos a 60 de los sublevados. Cinco de los líderes serían fusilados cinco horas después y 121 organizadores serían condenados a trabajos forzados, prisión y exilio en Siberia. Algunos de ellos fueron enviados a Chita, en el sector más oriental de Siberia, donde las condiciones climáticas y laborales en las minas donde trabajaban eran extremadamente duras. Los más afortunados, seguidos por sus engalanadas esposas y su corte de criados, acabaron en Irkutsk, antigua guarnición cosaca fundada en 1651 para controlar a los Buriatos.
La ciudad, que en el siglo XVIII había servido de base para las expediciones rusas al norte y al oriente, se había convertido en un centro administrativo y comercial, una aburrida capital de provincias que recibió con los brazos abiertos a los "héroes" decembristas. Así nació el sobrenombre de la "París siberiana": mientras los hombres se deslomaban en los campos y en las minas cumpliendo su condena, las princesas, condesas y baronesas respectivas introdujeron en Irkutsk lo más selecto de la cultura occidental y las últimas modas. Fundaron hospitales, teatros, sociedades científicas, diarios que poco a poco transformaron a la sociedad local hasta convertirla en una pequeña San Petersburgo.
A la muerte de Nicolás I, en 1855, los decembristas fueron amnistiados. Habían pasado 30 años, pero muchos de ellos decidieron regresar a su antigua vida en la capital. Su partida, sin embargo, no alteró el ritmo de Irkutsk, que a la sombra de su nobleza había desarrollado una próspera sociedad de mercaderes. Tanto fue así que cuando en 1917 estalló en Rusia la revolución bolchevique, la burguesía de Irkutsk recuperó la bandera de los decembristas para defender su estilo de vida ante un enemigo de diferente signo. El Almirante Kolchak, explorador del océano Ártico, encabezó la resistencia de los rusos blancos en Siberia, que acabó en 1920 con la captura y ejecución de Kolchak y los otros cabecillas.
Los decembristas y los rusos blancos, Nicolás I y Vladimir Lenin, Maria Volkorkaya, princesa de Siberia, y el Almirante Kolchak, fantasmas todos de un pasado por el que paso de puntillas...
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188.- Diario del Transmongoliano (Día II - Parte 1)
Cerca de Ulan Ude, capital de la República Buriatia. Desayunamos, pero sólo tenemos un vaso, así que espero a que Sandra termine su té para poder beber mi zumo. El provodnitsa pasa la aspiradora, nos hemos quedado solos en el vagón. Casi todos los estraperlistas, mujeres en su mayoría, han bajado en Ulan Ude, antiguo puesto comercial en la ruta caravanera del té entre China e Irkutsk, y por lo que parece, también hoy activo mercado en la ruta de las falsificaciones entre Pekín y Moscú.
Ya estamos en Rusia, aunque parte de la población de esta zona forme parte de la minoría étnica buriata, el mayor grupo indígena de Rusia. No sé nada sobre ellos, apenas que en Rusia suman 400.000 habitantes y en Mongolia no más de 50.000, que los buriatos esteparios se convirtieron al budismo tibetano mientras que los que vivían en los bosques occidentales conservaron el shamanismo tradicional. Sé poco, pero los tengo muy presentes pues la rama mongola de los buriatos habita en la esquina nor-oriental del país, en las aldeas de Batshireet, Dadal... esos nombres mágicos que finalmente no pude visitar. Dejar atrás Ulan Ude es dejar atrás definitivamente el recuerdo de Mongolia.
El paisaje hoy es diferente. A pesar de que seguimos el curso del río Selenga, que huye de Mongolia para morir en el lago Baikal, las praderas y los caballos han desaparecido. En su lugar hay bosques tupidos y algún que otro campo cuajado de florecillas amarillas. Ya no hay gers, las aldeas están formadas por casitas de madera con un puntiagudo tejado a dos aguas. Veo huertos y de vez en cuando un edificio de hormigón, signos inequívocos de sedentarismo. Los árboles constituyen una presencia extraña para mis ojos acostumbrados a los horizontes vacíos de la estepa y el desierto. Nos acercamos a Siberia y al lago Baikal.
()
Ayer, casi a medianoche, cruzamos la frontera. Tal y como sospechaba abandonar Mongolia fue una simple formalidad, justo lo contrario que entrar en territorio de la Federación Rusa. Primero una agente de inmigración recogió nuestros pasaportes y nos hizo abandonar el compartimento para que su compañera pudiese comprobar que no había nadie escondido. Tras media hora de espera, otra mujer, esta vez una agente de aduanas, subió al tren con la imposible misión de fiscalizar las mercancías de los contrabandistas. Se tomó su tiempo con cada uno de ellos, pero ella era consciente de su derrota, no hacía más que repetir la rutina de todas las semanas.
Vestidos con la misma camiseta, las mismas zapatillas, con el mismo chorizo bajo el brazo, una botella de whisky de garrafa en la bolsa, un manojo de cien llaveros y una pamela, el batallón de mercaderes mongoles fue obligado a abandonar el tren para una inspección detallada. A nosotros nos dejaron relativamente en paz previa inspección ocular del equipaje. Nuestra compañera de compartimento, nerviosa como un flan, siguió a sus colegas. Sandra iba narrándome sus peripecias desde el pasillo, mientras yo ensayaba sueños cortos en mi litera, la número 21.
Desperté de uno de ellos con el ruido de los contrabandistas subiendo a bordo. Algunos venían taciturnos, como la mujer que escondía diez sujetadores entre sus pechos, pues lo habían perdido todo. Otros, como nuestra compañera, rebosaban felicidad. Todavía parados en la estación rusa de Naushki, con la policía al otro lado de las ventanillas, cada uno sacó de su bolsillo el papelito en el que tenía apuntado la ubicación de sus mercancías. Entre risas se devolvieron los chorizos, las gafas de sol, las zapatillas, el whisky y tantas otras menudencias por las que obtienen un beneficio miserable. Con la bolsa al hombro (insisto: todavía junto a la garita de aduanas) las mujeres se apearon y subieron a los coches que las estaban esperando junto a la estación.
Leí en algún sitio que antes de controlar este negocio, la mafia rusa enviaba a sus matones a la frontera para desvalijar a los pequeños comerciantes mongoles que se jugaban el pellejo traficando con baratijas. El mundo es un lugar cruel...
Cuando todas hubieron bajado la locomotora dio un soplido y el tren se perdió en la noche. Yo ya estaba profundamente dormido, soñando con los caballos negros de una familia buriata. Esta mañana me ha despertado la última contrabandista de a bordo, que aporreaba la puerta de nuestro compartimento: había perdido parte de la mercancía y ahora la buscaba por todo el vagón. Eran las seis de la mañana. No me he enfadado con ella porque quería madrugar para ver nuestra aproximación al lago Baikal. Y en ello estamos, acercándonos al lago más profundo del planeta, todavía rodeados de bosques y de campos, de aldeas de madera y en último plano de montañas bajas que aparecen y desaparecen entre las copas de los árboles. Sandra me hace un gesto con la mano, parece que ya se adivina el lago.
Ya estamos en Rusia, aunque parte de la población de esta zona forme parte de la minoría étnica buriata, el mayor grupo indígena de Rusia. No sé nada sobre ellos, apenas que en Rusia suman 400.000 habitantes y en Mongolia no más de 50.000, que los buriatos esteparios se convirtieron al budismo tibetano mientras que los que vivían en los bosques occidentales conservaron el shamanismo tradicional. Sé poco, pero los tengo muy presentes pues la rama mongola de los buriatos habita en la esquina nor-oriental del país, en las aldeas de Batshireet, Dadal... esos nombres mágicos que finalmente no pude visitar. Dejar atrás Ulan Ude es dejar atrás definitivamente el recuerdo de Mongolia.
El paisaje hoy es diferente. A pesar de que seguimos el curso del río Selenga, que huye de Mongolia para morir en el lago Baikal, las praderas y los caballos han desaparecido. En su lugar hay bosques tupidos y algún que otro campo cuajado de florecillas amarillas. Ya no hay gers, las aldeas están formadas por casitas de madera con un puntiagudo tejado a dos aguas. Veo huertos y de vez en cuando un edificio de hormigón, signos inequívocos de sedentarismo. Los árboles constituyen una presencia extraña para mis ojos acostumbrados a los horizontes vacíos de la estepa y el desierto. Nos acercamos a Siberia y al lago Baikal.
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Ayer, casi a medianoche, cruzamos la frontera. Tal y como sospechaba abandonar Mongolia fue una simple formalidad, justo lo contrario que entrar en territorio de la Federación Rusa. Primero una agente de inmigración recogió nuestros pasaportes y nos hizo abandonar el compartimento para que su compañera pudiese comprobar que no había nadie escondido. Tras media hora de espera, otra mujer, esta vez una agente de aduanas, subió al tren con la imposible misión de fiscalizar las mercancías de los contrabandistas. Se tomó su tiempo con cada uno de ellos, pero ella era consciente de su derrota, no hacía más que repetir la rutina de todas las semanas.
Vestidos con la misma camiseta, las mismas zapatillas, con el mismo chorizo bajo el brazo, una botella de whisky de garrafa en la bolsa, un manojo de cien llaveros y una pamela, el batallón de mercaderes mongoles fue obligado a abandonar el tren para una inspección detallada. A nosotros nos dejaron relativamente en paz previa inspección ocular del equipaje. Nuestra compañera de compartimento, nerviosa como un flan, siguió a sus colegas. Sandra iba narrándome sus peripecias desde el pasillo, mientras yo ensayaba sueños cortos en mi litera, la número 21.
Desperté de uno de ellos con el ruido de los contrabandistas subiendo a bordo. Algunos venían taciturnos, como la mujer que escondía diez sujetadores entre sus pechos, pues lo habían perdido todo. Otros, como nuestra compañera, rebosaban felicidad. Todavía parados en la estación rusa de Naushki, con la policía al otro lado de las ventanillas, cada uno sacó de su bolsillo el papelito en el que tenía apuntado la ubicación de sus mercancías. Entre risas se devolvieron los chorizos, las gafas de sol, las zapatillas, el whisky y tantas otras menudencias por las que obtienen un beneficio miserable. Con la bolsa al hombro (insisto: todavía junto a la garita de aduanas) las mujeres se apearon y subieron a los coches que las estaban esperando junto a la estación.
Leí en algún sitio que antes de controlar este negocio, la mafia rusa enviaba a sus matones a la frontera para desvalijar a los pequeños comerciantes mongoles que se jugaban el pellejo traficando con baratijas. El mundo es un lugar cruel...
Cuando todas hubieron bajado la locomotora dio un soplido y el tren se perdió en la noche. Yo ya estaba profundamente dormido, soñando con los caballos negros de una familia buriata. Esta mañana me ha despertado la última contrabandista de a bordo, que aporreaba la puerta de nuestro compartimento: había perdido parte de la mercancía y ahora la buscaba por todo el vagón. Eran las seis de la mañana. No me he enfadado con ella porque quería madrugar para ver nuestra aproximación al lago Baikal. Y en ello estamos, acercándonos al lago más profundo del planeta, todavía rodeados de bosques y de campos, de aldeas de madera y en último plano de montañas bajas que aparecen y desaparecen entre las copas de los árboles. Sandra me hace un gesto con la mano, parece que ya se adivina el lago.
187.- Y al fin el fin
No sé escribir sobre el regreso, tampoco sé escribir con acentos. Si miro a mi alrededor descubro que todo lo que me rodea es extraño, incomprensible a pesar de su antigüedad. Me cuesta hasta mirar por la ventana para toparme una y otra vez con el mismo paisaje descafeinado hecho de patios y azoteas. ¿Dónde estoy? ¿Realmente éste es mi hogar, el lugar en el que pasé la infancia y la adolescencia? Puede que haya crecido y por eso ahora las dimensiones me resulten tan diferentes. ¿Quién colgó todos estos afiches en las paredes de mi habitación? Justo ante mi vista pende una fotografía de un viejo café del Rosellón, sobre su puerta verde toca la trompeta Miles Davis y a su lado hay una panorámica de Praga en blanco y negro, el castillo de Edimburgo, el Naviglio de Milán acompañado de un adagio que empieza con unas palabras desconcertantes:
Che fissa nel Naviglio quell´uomo appoggiato al suo ciglio?
¿Qué busco yo en el Naviglio, en su corriente opalina que se pierde más allá de la postal? ¿Qué es lo que realmente busco al pasear la mirada por la superficie vestida de mis paredes? Supongo que trato de establecer vínculos con el estudiante que en el pasado vivió en esta habitación. Busco imágenes que me hablen de él para así acortar la distancia que hoy nos separa. Acabo de regresar de un largo viaje que parecía no tener final, él soñaba con un viaje parecido, a tenor de los recortes que clavó a su alrededor. Me pregunto si he cumplido sus sueños...
No, ya lo dije, no sé escribir sobre el regreso. En los meses anteriores sentarse al ordenador para actualizar este blog fue una tarea sencilla, pero hoy descubro que la tierra ha dejado de moverse bajo mis pies, así que ya no puedo escribir como un viajero, como si mirase por la ventanilla de un autobús o como si hablase mientras paseo por las calles de cualquier ciudad. No, hoy estoy sentado en el escritorio del estudiante y cualquier cosa que escriba se verá influida por las postales y las fotografías que me rodean, por los sueños y los fantasmas que poseían al joven que durante tantos años vivó en esta habitación.
Es como si hubiera perdido la capacidad de transmitir la realidad. Ya no puedo abrir los ojos, almacenar la vida y después verterla casi inconscientemente, en puro trance, sobre el ordenador. Es como si ahora sólo pudiese escribir desde el recuerdo y la reflexión, que no son más que amargos atriles desde los que echar la vista atrás...
Aunque también puedo hablar del presente, alabar las películas de Satyajit Ray o recordar a aquel rey portugués que se perdió en el desierto libio, aquel rey que me acompañó en mi primera noche de insomnio en la habitación del estudiante, el libro de poesía castellana, una señal junto al nombre del poeta Fernando Herrera ("Por la pérdida del rey don Sebastián") Sí, ya voy recordando el camino, ya me acuerdo del estudiante, incluso recuerdo el día en que colgó junto a su cama las dos últimas páginas de "La Náusea". Sé que pronto volveré a vestirme como él, a hablar como él, a peinarme como él lo hacía cada mañana antes de tomar el autobús. De este hombre que se sorprende al mirar a su alrededor no quedará más que el recuerdo. Y la duda perpetua sobre mi verdadera identidad.
Che fissa nel Naviglio quell´uomo appoggiato al suo ciglio?
¿Qué busco yo en el Naviglio, en su corriente opalina que se pierde más allá de la postal? ¿Qué es lo que realmente busco al pasear la mirada por la superficie vestida de mis paredes? Supongo que trato de establecer vínculos con el estudiante que en el pasado vivió en esta habitación. Busco imágenes que me hablen de él para así acortar la distancia que hoy nos separa. Acabo de regresar de un largo viaje que parecía no tener final, él soñaba con un viaje parecido, a tenor de los recortes que clavó a su alrededor. Me pregunto si he cumplido sus sueños...
No, ya lo dije, no sé escribir sobre el regreso. En los meses anteriores sentarse al ordenador para actualizar este blog fue una tarea sencilla, pero hoy descubro que la tierra ha dejado de moverse bajo mis pies, así que ya no puedo escribir como un viajero, como si mirase por la ventanilla de un autobús o como si hablase mientras paseo por las calles de cualquier ciudad. No, hoy estoy sentado en el escritorio del estudiante y cualquier cosa que escriba se verá influida por las postales y las fotografías que me rodean, por los sueños y los fantasmas que poseían al joven que durante tantos años vivó en esta habitación.
Es como si hubiera perdido la capacidad de transmitir la realidad. Ya no puedo abrir los ojos, almacenar la vida y después verterla casi inconscientemente, en puro trance, sobre el ordenador. Es como si ahora sólo pudiese escribir desde el recuerdo y la reflexión, que no son más que amargos atriles desde los que echar la vista atrás...
Aunque también puedo hablar del presente, alabar las películas de Satyajit Ray o recordar a aquel rey portugués que se perdió en el desierto libio, aquel rey que me acompañó en mi primera noche de insomnio en la habitación del estudiante, el libro de poesía castellana, una señal junto al nombre del poeta Fernando Herrera ("Por la pérdida del rey don Sebastián") Sí, ya voy recordando el camino, ya me acuerdo del estudiante, incluso recuerdo el día en que colgó junto a su cama las dos últimas páginas de "La Náusea". Sé que pronto volveré a vestirme como él, a hablar como él, a peinarme como él lo hacía cada mañana antes de tomar el autobús. De este hombre que se sorprende al mirar a su alrededor no quedará más que el recuerdo. Y la duda perpetua sobre mi verdadera identidad.
miércoles, julio 08, 2009
186.- Diario del Transmongoliano (Dia 1)
El tren numero 5 avanza entre las colinas que se extienden al norte de Ulaan Baatar, camino de la frontera rusa. Las vistas al otro lado de la ventanilla son fantasticas. Seguimos el curso de un rio que juega a esconderse tras las rocas y los arboles; mas alla del rio se abren praderas y colinas, varios verdes distintos brillan bajo un sol sin competencia, triunfador. El rio, que aparece y desparece, pinta su carrera con un azul profundo que resplandece en blanco cuando el sol asi lo quiere. De vez en cuando los grandes arboles que aparecen en grupos sobre el paisaje proyectan su sombra sobre el rio, oscureciendo tambien mi rostro. Pastan las vacas. Recuerdo los bosques primaverales del este de Polonia, cuando tambien viaje en tren desde Varsovia a Augustow. Hay grandes nubes como manojos de algodon que cubren pedazos de cielo. Abandono el pais en un dia radiante.
En el interior del tren hay bastante movimiento. Por un capricho del destino viajamos en segunda clase, estamos solos en nuestro compartimento con capacidad para cuatro personas, Sandra limpia la camara y me da conversacion, le gusta jugar a que me molesta mientras escribo. El te humea sobre la mesa reclinable atornillada a la pared, justo debajo de la ventanilla. Es una lastima que en este tren no haya enchufes, como en los trenes indios... que recuerdos, aquella multitud peleandose por cargar la bateria de un telefono movil, los botones sucios de comida, las carcasas tiznadas de gris, el alboroto permanente del chai-walla, el vendedor de te, el periodico que pasa de mano en mano, la posicion fetal con un brazo para apoyar la cabeza y otro entre las piernas, las mujeres sentadas sobre sus piernas cruzadas, el paisaje siempre habitado fuera del tren. Los trenes indios son un recuerdo lejano...
Que tienen que ver estas praderas y esta provodnitsa (responsable de vagon) rusa con aquellos trenes indios? Que tengo que ver yo con aquel pasajero occidental?
En el pasillo continua el movimiento. Las contrabandistas mongoles distribuyen su mercancia (bolsos, camisetas...) por los rincones del vagon con la esperanza de burlar los controles de aduana rusos. Afuera, el rio serpentea entre los campos, dando verde y solaz a los gers que aparecen solitarios sobre la tierra. Es un dia tan bello! Ojala pudiera detener el tren y echar a caminar en cualquier direccion, hacia aquella casita de madera de estilo siberiano, por ejemplo, o hacia la cima de las colinas, desde las que el caminante ha de disfrutar de unas vistas magnificas de la cuenca del rio.
Sandra ha vuelto del banyo. Dice que en el resto de compartimentos todo el mundo esta comiendo. Segun mis calculos deben ser las cinco de la tarde y pronto pararemos en Zonhala... Esta hora generosa que siempre me regala buenos momentos, como aquellas tardes tan serenas en Granada, mi patria pequenya a la que algun dia anhelo regresar. Parece que el tren aminora la marcha. Nos estamos acercando a la estacion.
Mi reflejo en la ventana me devuelve a un tipo con una barba demasiado larga, deberia afeitarme si no quiero parecer un salvaje...
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Campos amarillos, el sol ha quemado la hierba, veo un ger y un granero, los chinos llaman "bollo mongol" a las tiendas de fieltro de los nomadas mongoles y es cierto que en la distancia parecen unos bollos recien hervidos. Sera que tengo hambre...
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Arrancamos. Vagones y vagones cargados con la madera que viene de los bosques de Siberia.
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Sandra hace recuento de nuestros viveres, que lastima no haber encontrado aquella ternera en conserva que tanto me gusta. Hay camellos junto al rio. He visto una pareja en moto y he recordado a todos los pastores de este pais que manejan sus rebanyos subidos en una moto. Me arrepiento de no haber comprado una botella de vodka para animar las noches que se avecinan. Que estaran haciendo ahora Antoine y Gael? Posiblemente ya hayan concluido su caminata diaria alrededor del lago Khovsgol y ahora mismo busquen lenya para preparar la cena. Jugaran luego al tarot, ese juego de naipes frances que nos ensenyaron, o se conformaran con el backgammon magnetico?
Sandra ha vuelto de rellenar con agua caliente su taza de te. Sigue hablando por los codos. Ignora cuan bella ha amanecido esta manyana, recogiendo en su piel y en su cabello toda la luz que entraba por la ventana. Hace una foto a traves de ventanilla del tren. Es una companyera inmejorable.
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Primera cena a bordo: sardinas con tomate, pan y de postre uno de esos pastelillos rusos con forma y color (estan espolvoreados con harina) de ger mongol. Acabamos de pasar por Darkhan. Ha sido una parada tan corta que ni siquiera he tenido tiempo de fumarme un cigarrillo. Sandra ha hecho un foto del mural que hay en la fachada de la estacion. Y ya estamos de nuevo en marcha. Tan pronto ha arrancado el tren ha aparecido en nuestro compartimento la contrabandista del compartimento numero 9. Venia a buscar unos chorizos que habia escondido en nuestro altillo; el resto de mujeres busca, junta y reparte todo tipo de productos. Mientras todo esto ocurre en el interior de nuestro vagon, el sol va declinando sobre los prados llanos del norte de Mongolia. Rebanyos de vacas y ovejas. Gers y caballos. En la lejania, una cadena de montanyas enanas, apenas una sucesion de colinas. Nos acercamos a la frontera, en poco mas de una hora comenzara el jaleo burocratico. Sera interesante ver que ocurre con los bultos escondidos en los huecos del vagon. No es la primera vez que lo veo. Una vez, entrando al Peru desde Brasil, a traves del rio Amazonas, asisti al mismo juego del gato y el raton. Entonces, cabreados por la confiscacion de dos neveras, los contrabandistas peruanos bombardearon con botellas de cerveza la lancha de la policia. Hubo insultos, gritos y alguna risa ahogada en la noche de aquel control de aduanas sobre el rio.
Aquel barco se llamaba Victor Manuel y en el viajaba Lindaura, una peruana de mediana edad que como tantos otros de los presentes se dedicaba al contrabando de pequenya magnitud. Su equipaje no era gran cosa: geles de banyo, desodorantes, zapatos de mujer, juegos de cafe... Como habiamos hecho cierta amistad en los dias y barcos anteriores (los tres veniamos de Manaus) nos pidio que le guardaramos una parte de su mercancia en nuestro camarote, alegando que a los extranjeros no se les revisaba el equipaje. Amablemente le dijimos que no, lo que no afecto a nuestra amistad: dias despues nos invito a comer un excelente ceviche en su casa de Lima. Ante nuestra negativa Lindaura se las ingenio para esconder jaboncitos y tacitas en los rincones mas oscuros del barco, en dura competencia con el resto de pasajeros. Cuando en la noche irrumpieron las luces de la lancha de policia ella se puso nerviosa y desaparecio de cubierta. Hubo que gritar su nombre varias veces para que volviera a dar cuenta de su hamaca y su maleta. Poco a poco muchos de los bultos escondidos en el barco fueron apareciendo en manos de los agentes, que trabajaban entre los abucheos de los pasajeros. En aquel episodio Lindaura perdio parte de su inversion, pero no llego a desesperarse. En la bodega del barco persuadio al inspector de turno y tras pagar el soborno estipulado recupero gran parte de lo que le habia sido confiscado. El resto, productos cosmeticos, fue a parar al tocador de las jovenes esposas que duermen solas mientras sus maridos patrullan la frontera.
Al final solo fue eso, una formalidad: esconder-requisar-sobornar. Pero nos llevo un par de horas; espero que hoy no sea asi.
()
Ya estamos en Sukhbaatar. Un poli con mascarilla se ha llevado nuestros pasaportes. Tenemos companyera en el compartimento: es otra pequenya saltimbanqui que intenta colocarme un chubasquero en mi mochila. Le digo que no, ya se sabe, porque se empieza con un chubasquero y se acaba con otras cosas. El espectaculo a la espera de cruzar la frontera es fascinante. Las mujeres se han repartido su mercancia para camuflarla como equipaje propio. Ahora cada una tiene tres zapatillas, tres camisetas, dos chubasqueros, gafas de sol y varias cosas mas. Para controlar semejante desbarajuste cada una lleva una lista donde ha apuntado la ubicacion temporal de sus productos. A nuestra companyera le acaban de traer dos chorizos y un sombrero de mujer, ella ha endosado a las otras chicas varias camisetas de verano. Otro de los pasajeros desfila por el pasillo con la camisa hinchada de bultos. Una de las provodnitsas, con un rulo en la cabeza, se desganyita con un viajero sin billete. Dos companyeras intentan calmarla, seguro que ellas ya han sacado su parte y no quieren problemas. Una de ellas, una rusa alta, cobraba en el anden a las mujeres contrabandistas para ocultar mercancia en su compartimento. Hay un clima de corrupcion que me hace imaginar escenas de mercado negro en epocas de guerra. Imagino tambien que cada semana son las mismas mujeres las que cruzan la frontera con importaciones baratas provenientes de China, tambien los mismos provodnitsas corruptos y los mismos policias a los que todavia no conozco; sus mujeres tambien duermen solas. El juego del gato y el raton antes de entrar en territorio ruso. Me dispongo a observar...
En el interior del tren hay bastante movimiento. Por un capricho del destino viajamos en segunda clase, estamos solos en nuestro compartimento con capacidad para cuatro personas, Sandra limpia la camara y me da conversacion, le gusta jugar a que me molesta mientras escribo. El te humea sobre la mesa reclinable atornillada a la pared, justo debajo de la ventanilla. Es una lastima que en este tren no haya enchufes, como en los trenes indios... que recuerdos, aquella multitud peleandose por cargar la bateria de un telefono movil, los botones sucios de comida, las carcasas tiznadas de gris, el alboroto permanente del chai-walla, el vendedor de te, el periodico que pasa de mano en mano, la posicion fetal con un brazo para apoyar la cabeza y otro entre las piernas, las mujeres sentadas sobre sus piernas cruzadas, el paisaje siempre habitado fuera del tren. Los trenes indios son un recuerdo lejano...
Que tienen que ver estas praderas y esta provodnitsa (responsable de vagon) rusa con aquellos trenes indios? Que tengo que ver yo con aquel pasajero occidental?
En el pasillo continua el movimiento. Las contrabandistas mongoles distribuyen su mercancia (bolsos, camisetas...) por los rincones del vagon con la esperanza de burlar los controles de aduana rusos. Afuera, el rio serpentea entre los campos, dando verde y solaz a los gers que aparecen solitarios sobre la tierra. Es un dia tan bello! Ojala pudiera detener el tren y echar a caminar en cualquier direccion, hacia aquella casita de madera de estilo siberiano, por ejemplo, o hacia la cima de las colinas, desde las que el caminante ha de disfrutar de unas vistas magnificas de la cuenca del rio.
Sandra ha vuelto del banyo. Dice que en el resto de compartimentos todo el mundo esta comiendo. Segun mis calculos deben ser las cinco de la tarde y pronto pararemos en Zonhala... Esta hora generosa que siempre me regala buenos momentos, como aquellas tardes tan serenas en Granada, mi patria pequenya a la que algun dia anhelo regresar. Parece que el tren aminora la marcha. Nos estamos acercando a la estacion.
Mi reflejo en la ventana me devuelve a un tipo con una barba demasiado larga, deberia afeitarme si no quiero parecer un salvaje...
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Campos amarillos, el sol ha quemado la hierba, veo un ger y un granero, los chinos llaman "bollo mongol" a las tiendas de fieltro de los nomadas mongoles y es cierto que en la distancia parecen unos bollos recien hervidos. Sera que tengo hambre...
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Arrancamos. Vagones y vagones cargados con la madera que viene de los bosques de Siberia.
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Sandra hace recuento de nuestros viveres, que lastima no haber encontrado aquella ternera en conserva que tanto me gusta. Hay camellos junto al rio. He visto una pareja en moto y he recordado a todos los pastores de este pais que manejan sus rebanyos subidos en una moto. Me arrepiento de no haber comprado una botella de vodka para animar las noches que se avecinan. Que estaran haciendo ahora Antoine y Gael? Posiblemente ya hayan concluido su caminata diaria alrededor del lago Khovsgol y ahora mismo busquen lenya para preparar la cena. Jugaran luego al tarot, ese juego de naipes frances que nos ensenyaron, o se conformaran con el backgammon magnetico?
Sandra ha vuelto de rellenar con agua caliente su taza de te. Sigue hablando por los codos. Ignora cuan bella ha amanecido esta manyana, recogiendo en su piel y en su cabello toda la luz que entraba por la ventana. Hace una foto a traves de ventanilla del tren. Es una companyera inmejorable.
()
Primera cena a bordo: sardinas con tomate, pan y de postre uno de esos pastelillos rusos con forma y color (estan espolvoreados con harina) de ger mongol. Acabamos de pasar por Darkhan. Ha sido una parada tan corta que ni siquiera he tenido tiempo de fumarme un cigarrillo. Sandra ha hecho un foto del mural que hay en la fachada de la estacion. Y ya estamos de nuevo en marcha. Tan pronto ha arrancado el tren ha aparecido en nuestro compartimento la contrabandista del compartimento numero 9. Venia a buscar unos chorizos que habia escondido en nuestro altillo; el resto de mujeres busca, junta y reparte todo tipo de productos. Mientras todo esto ocurre en el interior de nuestro vagon, el sol va declinando sobre los prados llanos del norte de Mongolia. Rebanyos de vacas y ovejas. Gers y caballos. En la lejania, una cadena de montanyas enanas, apenas una sucesion de colinas. Nos acercamos a la frontera, en poco mas de una hora comenzara el jaleo burocratico. Sera interesante ver que ocurre con los bultos escondidos en los huecos del vagon. No es la primera vez que lo veo. Una vez, entrando al Peru desde Brasil, a traves del rio Amazonas, asisti al mismo juego del gato y el raton. Entonces, cabreados por la confiscacion de dos neveras, los contrabandistas peruanos bombardearon con botellas de cerveza la lancha de la policia. Hubo insultos, gritos y alguna risa ahogada en la noche de aquel control de aduanas sobre el rio.
Aquel barco se llamaba Victor Manuel y en el viajaba Lindaura, una peruana de mediana edad que como tantos otros de los presentes se dedicaba al contrabando de pequenya magnitud. Su equipaje no era gran cosa: geles de banyo, desodorantes, zapatos de mujer, juegos de cafe... Como habiamos hecho cierta amistad en los dias y barcos anteriores (los tres veniamos de Manaus) nos pidio que le guardaramos una parte de su mercancia en nuestro camarote, alegando que a los extranjeros no se les revisaba el equipaje. Amablemente le dijimos que no, lo que no afecto a nuestra amistad: dias despues nos invito a comer un excelente ceviche en su casa de Lima. Ante nuestra negativa Lindaura se las ingenio para esconder jaboncitos y tacitas en los rincones mas oscuros del barco, en dura competencia con el resto de pasajeros. Cuando en la noche irrumpieron las luces de la lancha de policia ella se puso nerviosa y desaparecio de cubierta. Hubo que gritar su nombre varias veces para que volviera a dar cuenta de su hamaca y su maleta. Poco a poco muchos de los bultos escondidos en el barco fueron apareciendo en manos de los agentes, que trabajaban entre los abucheos de los pasajeros. En aquel episodio Lindaura perdio parte de su inversion, pero no llego a desesperarse. En la bodega del barco persuadio al inspector de turno y tras pagar el soborno estipulado recupero gran parte de lo que le habia sido confiscado. El resto, productos cosmeticos, fue a parar al tocador de las jovenes esposas que duermen solas mientras sus maridos patrullan la frontera.
Al final solo fue eso, una formalidad: esconder-requisar-sobornar. Pero nos llevo un par de horas; espero que hoy no sea asi.
()
Ya estamos en Sukhbaatar. Un poli con mascarilla se ha llevado nuestros pasaportes. Tenemos companyera en el compartimento: es otra pequenya saltimbanqui que intenta colocarme un chubasquero en mi mochila. Le digo que no, ya se sabe, porque se empieza con un chubasquero y se acaba con otras cosas. El espectaculo a la espera de cruzar la frontera es fascinante. Las mujeres se han repartido su mercancia para camuflarla como equipaje propio. Ahora cada una tiene tres zapatillas, tres camisetas, dos chubasqueros, gafas de sol y varias cosas mas. Para controlar semejante desbarajuste cada una lleva una lista donde ha apuntado la ubicacion temporal de sus productos. A nuestra companyera le acaban de traer dos chorizos y un sombrero de mujer, ella ha endosado a las otras chicas varias camisetas de verano. Otro de los pasajeros desfila por el pasillo con la camisa hinchada de bultos. Una de las provodnitsas, con un rulo en la cabeza, se desganyita con un viajero sin billete. Dos companyeras intentan calmarla, seguro que ellas ya han sacado su parte y no quieren problemas. Una de ellas, una rusa alta, cobraba en el anden a las mujeres contrabandistas para ocultar mercancia en su compartimento. Hay un clima de corrupcion que me hace imaginar escenas de mercado negro en epocas de guerra. Imagino tambien que cada semana son las mismas mujeres las que cruzan la frontera con importaciones baratas provenientes de China, tambien los mismos provodnitsas corruptos y los mismos policias a los que todavia no conozco; sus mujeres tambien duermen solas. El juego del gato y el raton antes de entrar en territorio ruso. Me dispongo a observar...
martes, julio 07, 2009
185.- Tallinn
Son las diez de la manyana, todavia es de dia. Tallinn comparte latitud con San Petersburgo, con lo que seguimos disfrutando de claridad perpetua y algo de frio. Llegamos a la ciudad ayer a las once de la noche despues de atravesar unos suburbios grises y deprimentes. Esta vez no tenian nada que ver con la pobreza, ya estamos en Europa, pero a pesar de cierto bienestar fue imposible sacudirse la sensacion de tristeza. Mas alla de los bloques de hormigon dispuestos junto a la carretera, un faro giraba su luz, el cielo pareia plomo, las gaviotas trazaban huidas circulares.
En la estacion de autobuses nos esperaba Alar, nuestro anfitrion estonio, quien nos ofrecio en el transcurso de las siguientes horas una alegre introduccion a la historia y cultura de su pais. Se gracias a la conversacion nocturna de ayer que un tercio de la poblacion estonia solo habla ruso y solo se siente rusa, mientras que los dos tercios restantes reniegan de su pasado sovietico y miran con esperanza la entrada de Estonia en la Union Europea. Una fractura social que supongo habitual en las antiguas republicas socialistas, pero que no deja de sorprender en la retaguardia europea. De hecho, este rincon de Europa es un agujero negro para nosotros, igual que nosotros lo somos para ellos. El siguiente video es un chiste que da una idea de la vision superficial que muchos estonios tienen de Europa:
http://www.youtube.com/watch?v=WUgqXGu_gTQ
Interesante conocer la enconada rivalidad entre estonios y letones (a los que llaman "seisdedos" por algun motivo desconocido), por ejemplo, o que Espanya es conocida por ser un pais de fascistas que acoge en Marbella a la mafia estonia. Cada pais es un mundo y cuanto mas viejo mas consciente soy de mi honda ignorancia...
En fin, aqui estamos, apurando los ultimos sorbos de esta copa. Voy a ducharme y despues nos iremos a conocer la ciudad antigua. Espero sea tan bella como la fortaleza de Ivangorod, situada sobre la frontera entre Rusia y Estonia desde los tiempos (s.XVII) en que Suecia y Rusia se peleaban por esta region. Los suecos desistieron en su empenyo, pero parece que en Moscu todavia estan convencidos de sus derechos sobre Estonia. El siguiente articulo de El Pais narra el "ciberataque" ruso que este pequenyo pais baltico sufrio en 2007:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estonia/primera/victima/hackers/elpepiint/20090530elpepiint_2/Tes
P.D: Todavia no tienen euro, pero ya han adoptado el gusto por los precios prohibitivos...
En la estacion de autobuses nos esperaba Alar, nuestro anfitrion estonio, quien nos ofrecio en el transcurso de las siguientes horas una alegre introduccion a la historia y cultura de su pais. Se gracias a la conversacion nocturna de ayer que un tercio de la poblacion estonia solo habla ruso y solo se siente rusa, mientras que los dos tercios restantes reniegan de su pasado sovietico y miran con esperanza la entrada de Estonia en la Union Europea. Una fractura social que supongo habitual en las antiguas republicas socialistas, pero que no deja de sorprender en la retaguardia europea. De hecho, este rincon de Europa es un agujero negro para nosotros, igual que nosotros lo somos para ellos. El siguiente video es un chiste que da una idea de la vision superficial que muchos estonios tienen de Europa:
http://www.youtube.com/watch?v=WUgqXGu_gTQ
Interesante conocer la enconada rivalidad entre estonios y letones (a los que llaman "seisdedos" por algun motivo desconocido), por ejemplo, o que Espanya es conocida por ser un pais de fascistas que acoge en Marbella a la mafia estonia. Cada pais es un mundo y cuanto mas viejo mas consciente soy de mi honda ignorancia...
En fin, aqui estamos, apurando los ultimos sorbos de esta copa. Voy a ducharme y despues nos iremos a conocer la ciudad antigua. Espero sea tan bella como la fortaleza de Ivangorod, situada sobre la frontera entre Rusia y Estonia desde los tiempos (s.XVII) en que Suecia y Rusia se peleaban por esta region. Los suecos desistieron en su empenyo, pero parece que en Moscu todavia estan convencidos de sus derechos sobre Estonia. El siguiente articulo de El Pais narra el "ciberataque" ruso que este pequenyo pais baltico sufrio en 2007:
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estonia/primera/victima/hackers/elpepiint/20090530elpepiint_2/Tes
P.D: Todavia no tienen euro, pero ya han adoptado el gusto por los precios prohibitivos...
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Estonia
lunes, julio 06, 2009
184.- San Petersburgo (Leningrado, Petrogrado)
Soy algo mas viejo que el protagonista de "Noches Blancas", la novela de Fyodor Dostoyevski. Tampoco me parezco en nada a aquel joven solitario que en las noches de San Petersburgo paseaba entre canales y palacios. Y sin embargo, no se me ocurre una mejor manera de empezar a despedirme de esta ciudad que evocando los paseos literarios de aquel triste personaje. Porque al imaginar sus devaneos junto al rio Neva tambien me imagino a mi, con el cuello de la chaqueta levantado, caminando sin rumbo, haciendo ruido con mis zapatos sobre los adoquines de la ciudad.
Y es que llevo un tiempo fascinado y, quizas por ello, completamente desorientado. En la ultima semana no he visto la oscuridad, si tal concepto es posible. Habitando estos dias en San Petersburgo me he convertido en un personaje contemporaneo de las noches blancas de Dostoyevski, prisionero y huesped a la vez de una claridad completa que se prolonga dia tras dias, sin noches, con luna pero con luz. Cuando miro el reloj adivino con sorpresa que son las diez de la noche, y varias calles mas alla, en lo que creo que ha sido un trayecto corto, zas, las once y asi hasta la medianoche, y a la una y media, bajo un cielo que presagia un atardecer, los puentes de la ciudad comienzan a subir y alli estoy yo, acompanyado por Sandra y nuestro amigo Alexander, cerveza en mano, preguntandome una vez mas donde ha ido a parar la oscuridad.
El fenomeno de las noches blancas, ademas de desconcertante, es una oportunidad de lujo para conocer la ciudad, ya que multiplica las horas disponibles para callejear. Salvo algunas lluvias esporadicas no hemos tenido mayor inconveniente en la ultima semana para perdernos entre las anchas avenidas de la ciudad, que esconden tras cada fachada callejones, claraboyas y patios de vecinos en los que yo he imaginado a Rodion Romanovich Raskolnikov, protagonista de aquella otra novela de Dostoyevksi, tiritando sobre un divan, mortificado por la duda y luego por la culpa, obsesionado con la imagen de una viejecita que guarda sus joyas en soledad.
Son tantas las cosas que uno puede imaginar en San Petersburgo... al tomar el autobus desde casa de Alexander paso todos los dias por delante del parque en el que el militar frances Georges d'Anthes disparo a Alexander Pushkin en 1837. Imagino al escritor tal y como lo retrato Kiprenski en aquel cuadro que ilumina una sala de la Galeria Tetryakov. Las patillas anchas, la mirada azul que busca el horizonte, el abrigo negro, la bufanda ajedrezada de colores rojo y verde... Creo ver a Pushkin con su arma levantada, esperando la senyal del juez para acabar con aquel duelo de honor, y luego las cejas contraidas sobre sus ojos azules en una expresion de sorpresa ante el descubrimiento de que alguien ha manipulado su arma, un disparo, una nube de humo que se pierde entre la neblina de San Petersburgo, un poeta muerto... y un autobus que cruza el rio sobre un puente de piedra.
Solo hay que tener un poco de imaginacion para ser feliz en San Petersburgo.
El acorazado Aurora, con sus tres chimeneas robustas y oscuras, se recorta contra la ciudad junto al puente que hemos escogido para presenciar el espectaculo cotidiano de la apertura de los puentes. Es de noche, aunque nadie pueda decirlo. Mientras los puentes se parten en dos ante mi vista, una multitud de pequenyas embarcaciones espera impaciente sobre el rio; un poco mas lejos, los enormes cargueros comienzan su vagar de fantasma en la noche crepuscular de la ciudad. El Aurora parece envuelto en humo, sus tres chimeneas solo se intuyen, la mole metalica contempla el trafico maritimo sobre el rio Neva, quizas hoy siga huyendo el Tramp Steamer del Gaviero... Queda muy lejos aquel 25 de octubre de 1917 en que un disparo blanco del Aurora dio la senyal que la muchedumbre estaba esperando en las calles de San Petersburgo. Miles de hombres salieron de todas las esquinas para formar parte de uno de los episodios mas importantes de la historia contemporanea de Rusia: el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares. El periodista norteamericano John Reed ("Diez dias que estremecieron al mundo") estaba alli, quizas apoyado en el mismo puente desde el que ahora yo contemplo la silueta del acorazado Aurora, contemplando el entonces la marea humana que construia un nuevo eslabon de la historia.
Si, quedan muy lejos aquellos dias. Una de las imagenes recurrentes que he econtrando en mis paseos por San Petersburgo es la de una limusina blanca que transporta de una punta a otra de la ciudad a un punyado de jovenes borrachos acompanyados de bellas prostiutas. Son la "juventud dorada", los hijos de todos los que se hicieron millonarios al calor de la Perestroika. Salvo las estrellas, las hoces y los martillos labradas en algunas fachadas, no queda nada del pasado sovietico de la ciudad; afortunadamente, claro, porque basta con pasar junto a la sede central de la policia o frente a las oficinas de la antigua KGB para sentir un escalofrio en la rabadilla. Y no es el frio, no, es el miedo, el miedo al secuestro, la tortura y el gulag siberiano, pero tambien el miedo a las colas de 5 horas para conseguir una barra de pan, el miedo al invierno y los sabanyones, el miedo al calor rancio y humedo de una cafeteria en la que sirven cafe aguado.
Tampoco quedan en la ciudad recuerdos del otro gran episodio protagonizado por la ciudad en el siglo XX. Se trata del asedio de Leningrado, claro, aquella matanza de 900 dias en la que mas de un millon de civiles murio de hambre y de frio mientras los ejercitos de la Alemania nazi y de la Union Sovietica jugaban al ajedrez sobre sus cuerpos. En el campo de Marte, un jardin situado junto al palacio de Marmol, arde un fuego eterno en memoria de los caidos.
Y asi podria seguir dias y dias, paseando de nuevo con las palabras por las calles interminables de la ciudad, escuchando las historias de Alexander, que habla de la mezuita construida por el emir de Bukhara, de las esfinges egipcias que custodian la entrada de la prestigiosa Academia de Arte, de la cupula dorada de la catedral de San Isaac y de los mosaicos sobrecogedores que cubren todo el interior de la catedral de la Resurreccion, erigida sobre el lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II en 1881, de la casa donde vivio Maxim Gorky, de las heladas del rio Neva y de tantas otras cosas. Podria, pero de ninguna de las maneras seria capaz de apresar la historia de esta ciudad, la capacidad que tiene para hacerme feliz en el transcurso de un paseo. No serviria de nada que mencionara otros nombres o que tratara de trazar nuevos recorridos sobre este papel. Prefiero imaginarme de nuevo, con el cuello de la chaqueta levantado, habitando en las paginas no escritas de una novela de Dostoyevksi. Buscando la oscuridad.
P.D: Mencion aparte merece el fantastico Museo Hermitage. No encuentro palabras para definir su coleccion. Imaginenme con la boca abierta durante 6 horas y media. Con eso bastara.
Y es que llevo un tiempo fascinado y, quizas por ello, completamente desorientado. En la ultima semana no he visto la oscuridad, si tal concepto es posible. Habitando estos dias en San Petersburgo me he convertido en un personaje contemporaneo de las noches blancas de Dostoyevski, prisionero y huesped a la vez de una claridad completa que se prolonga dia tras dias, sin noches, con luna pero con luz. Cuando miro el reloj adivino con sorpresa que son las diez de la noche, y varias calles mas alla, en lo que creo que ha sido un trayecto corto, zas, las once y asi hasta la medianoche, y a la una y media, bajo un cielo que presagia un atardecer, los puentes de la ciudad comienzan a subir y alli estoy yo, acompanyado por Sandra y nuestro amigo Alexander, cerveza en mano, preguntandome una vez mas donde ha ido a parar la oscuridad.
El fenomeno de las noches blancas, ademas de desconcertante, es una oportunidad de lujo para conocer la ciudad, ya que multiplica las horas disponibles para callejear. Salvo algunas lluvias esporadicas no hemos tenido mayor inconveniente en la ultima semana para perdernos entre las anchas avenidas de la ciudad, que esconden tras cada fachada callejones, claraboyas y patios de vecinos en los que yo he imaginado a Rodion Romanovich Raskolnikov, protagonista de aquella otra novela de Dostoyevksi, tiritando sobre un divan, mortificado por la duda y luego por la culpa, obsesionado con la imagen de una viejecita que guarda sus joyas en soledad.
Son tantas las cosas que uno puede imaginar en San Petersburgo... al tomar el autobus desde casa de Alexander paso todos los dias por delante del parque en el que el militar frances Georges d'Anthes disparo a Alexander Pushkin en 1837. Imagino al escritor tal y como lo retrato Kiprenski en aquel cuadro que ilumina una sala de la Galeria Tetryakov. Las patillas anchas, la mirada azul que busca el horizonte, el abrigo negro, la bufanda ajedrezada de colores rojo y verde... Creo ver a Pushkin con su arma levantada, esperando la senyal del juez para acabar con aquel duelo de honor, y luego las cejas contraidas sobre sus ojos azules en una expresion de sorpresa ante el descubrimiento de que alguien ha manipulado su arma, un disparo, una nube de humo que se pierde entre la neblina de San Petersburgo, un poeta muerto... y un autobus que cruza el rio sobre un puente de piedra.
Solo hay que tener un poco de imaginacion para ser feliz en San Petersburgo.
El acorazado Aurora, con sus tres chimeneas robustas y oscuras, se recorta contra la ciudad junto al puente que hemos escogido para presenciar el espectaculo cotidiano de la apertura de los puentes. Es de noche, aunque nadie pueda decirlo. Mientras los puentes se parten en dos ante mi vista, una multitud de pequenyas embarcaciones espera impaciente sobre el rio; un poco mas lejos, los enormes cargueros comienzan su vagar de fantasma en la noche crepuscular de la ciudad. El Aurora parece envuelto en humo, sus tres chimeneas solo se intuyen, la mole metalica contempla el trafico maritimo sobre el rio Neva, quizas hoy siga huyendo el Tramp Steamer del Gaviero... Queda muy lejos aquel 25 de octubre de 1917 en que un disparo blanco del Aurora dio la senyal que la muchedumbre estaba esperando en las calles de San Petersburgo. Miles de hombres salieron de todas las esquinas para formar parte de uno de los episodios mas importantes de la historia contemporanea de Rusia: el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares. El periodista norteamericano John Reed ("Diez dias que estremecieron al mundo") estaba alli, quizas apoyado en el mismo puente desde el que ahora yo contemplo la silueta del acorazado Aurora, contemplando el entonces la marea humana que construia un nuevo eslabon de la historia.
Si, quedan muy lejos aquellos dias. Una de las imagenes recurrentes que he econtrando en mis paseos por San Petersburgo es la de una limusina blanca que transporta de una punta a otra de la ciudad a un punyado de jovenes borrachos acompanyados de bellas prostiutas. Son la "juventud dorada", los hijos de todos los que se hicieron millonarios al calor de la Perestroika. Salvo las estrellas, las hoces y los martillos labradas en algunas fachadas, no queda nada del pasado sovietico de la ciudad; afortunadamente, claro, porque basta con pasar junto a la sede central de la policia o frente a las oficinas de la antigua KGB para sentir un escalofrio en la rabadilla. Y no es el frio, no, es el miedo, el miedo al secuestro, la tortura y el gulag siberiano, pero tambien el miedo a las colas de 5 horas para conseguir una barra de pan, el miedo al invierno y los sabanyones, el miedo al calor rancio y humedo de una cafeteria en la que sirven cafe aguado.
Tampoco quedan en la ciudad recuerdos del otro gran episodio protagonizado por la ciudad en el siglo XX. Se trata del asedio de Leningrado, claro, aquella matanza de 900 dias en la que mas de un millon de civiles murio de hambre y de frio mientras los ejercitos de la Alemania nazi y de la Union Sovietica jugaban al ajedrez sobre sus cuerpos. En el campo de Marte, un jardin situado junto al palacio de Marmol, arde un fuego eterno en memoria de los caidos.
Y asi podria seguir dias y dias, paseando de nuevo con las palabras por las calles interminables de la ciudad, escuchando las historias de Alexander, que habla de la mezuita construida por el emir de Bukhara, de las esfinges egipcias que custodian la entrada de la prestigiosa Academia de Arte, de la cupula dorada de la catedral de San Isaac y de los mosaicos sobrecogedores que cubren todo el interior de la catedral de la Resurreccion, erigida sobre el lugar en el que fue asesinado el zar Alejandro II en 1881, de la casa donde vivio Maxim Gorky, de las heladas del rio Neva y de tantas otras cosas. Podria, pero de ninguna de las maneras seria capaz de apresar la historia de esta ciudad, la capacidad que tiene para hacerme feliz en el transcurso de un paseo. No serviria de nada que mencionara otros nombres o que tratara de trazar nuevos recorridos sobre este papel. Prefiero imaginarme de nuevo, con el cuello de la chaqueta levantado, habitando en las paginas no escritas de una novela de Dostoyevksi. Buscando la oscuridad.
P.D: Mencion aparte merece el fantastico Museo Hermitage. No encuentro palabras para definir su coleccion. Imaginenme con la boca abierta durante 6 horas y media. Con eso bastara.
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