jueves, agosto 27, 2009

198.- Tesoro infantil

Se me ocurrió en Sant Martí de Sarroca, un pueblecito encantador del Penedès en el que viven unos amigos. Íbamos a comprar tabaco cuando encontré entre la gravilla de un parque un cromo de Panini del año 1992. Vladimir Gudelj, jugador del Celta de Vigo por aquel entonces, controlaba una pelota con el pecho en pleno movimiento. Recogí la estampita del suelo y me la guardé en el bolsillo trasero del pantalón mientras le comentaba a mis amigos que aquel futbolista tan esbelto tendría que decirme alguna cosa. Lo hizo poco después, entre absenta y absenta: ¿qué magníficos tesoros se esconden en el cuarto trastero del garaje?
Durante años, décadas, todos los juguetes y otros bultos que la familia ha ido desechando han acabado por ocupar un espacio en dos cuartuchos que por su facilidad para acumular grasa y hollín siempre han despertado la pereza general. Nadie se ha hecho cargo de los dos trasteros y por eso hoy todavía guarda reliquias que ni siquiera los miembros de la familia podemos imaginar. Antes de irme a Sevilla, me dije mientras quemaba un terrón de azúcar, tengo que bajar al trastero y enfrentarme con los recuerdos de mi infancia.
Y hoy ha sido ese día, tenía que ser hoy, no valía otro cualquiera. Después de almorzar con la familia en un restaurante de Barcelona y tras un gin tonic en una terraza a media tarde, me he puesto ropa vieja y he bajado con Sandra a la segunda planta del párking subterráneo. He vacilado al introducir la llave en la cerradura, me sentía a punto de iniciar un viaje en el tiempo, a punto de dar un paso trascendental, como si aquella puerta roja que siempre he visto cerrada al bajar del coche ocultase en realidad los tesoros de un buque hundido. Primero la llave, luego la luz.
He pasado un par de horas abriendo cajas, carpetas, bolsas de plástico, maletas... rebuscando entre papeles de márgenes ennegrecidos, y ni siquiera he conseguido dar dos pasos en el interior del primero de los cuartos, tan grande es allí la acumulación. La historia de mi familia, todos los recuerdos, el pasado, todo lo que hemos sido está allí cubierto de mugre. Una caña de pescar, dos sombrillas de playa, juegos de mesa, una bicicleta BH de color rojo, cajas de herramientas, jarrones, cazuelas, ropa militar, el vestido de novia de mi madre, libros infantiles... Todavía es pronto para hacer un inventario: mañana a primera hora bajaré con mi hermano para seguir desenterrando las herramientas de nuestra infancia. De momento, junto al ordenador, observo el botín de mi primera expedición.
Desde una fotografía de 1991 yo también me observo. Soy el segundo por la derecha, el que está al lado del segundo entrenador de mi primer equipo de fútbol, un alevín B que apenas recuerdo. Mayores recuerdos guardo de mi colección de dinosaurios, figuritas de plástico que fui juntando en una caja de cartón. Encontrarlas ha sido una sorpresa mayúscula, pues ya daba por perdidos a los 17 bichitos que un día formaron parte de mi propio Parque Jurásico. Todos están bien, sólo el velociraptor ha perdido un pedazo de cola pero aún mantiene el equilibrio. Con ellos dormirán esta noche un policía de Lego y el Playmobil negro de zamarra roja y pantalones blancos. ¿De dónde salió este muñeco? ¿Es africano? ¿Por qué lleva una pistolera sin pistola y por qué sonríe si está solo? Me hago estas preguntas mientras le siento en un jeep amarillo y le hago patrullar alrededor de los dinosaurios, que se agrupan en el suelo de mi habitación. Hacen juego, pero creo recordar que el jeep pertenecía a una caja enorme, aquellas de azul celeste, que en un día de reyes trajo hasta mi casa el zoo de Playmobil. No sin pena he tirado a la basura todas las instalaciones (me faltaban algunas piezas), pero he guardado en la bolsa a todos los animales que he podido salvar. En otro rincón de mi habitación pacen ahora tranquilamente una jirafa de cuello articulado, una cebra que ha perdido las rayas al bañarla con jabón, un tigre, un león, un elefante, dos monitos y un caballo que perdió su jinete en alguna carrera que me es ajena. Qué bien lucen todos ellos, cuántas tardes les debo... A ellos y al coche de fórmula 1, también al micromachine de techo blanco (Sandra se ha llevado a casa el avión en el que antaño volaban todos estos cochecitos), a las dos pequeñas bicicletas de paseo, al tótem de unos indios hoy perdidos y a una barca que sin saber cómo ha llegado hasta mi orilla. Es tan salvaje este momento de reencuentro, me debato entre seguir escribiendo o echarma a jugar con mis juguetes. O revisar carta por carta mis barajas infantiles, página por página mis álbumes de cromos, en el que otros jugadores como Vladimir Gudelj controlan el balón con el pecho y lanzan miradas de héroe hacia el horizonte. Quizás alguno de ellos trate de decirme algo. Puede que, enmarcados en su celda, estén más sorprendidos que yo por el cambio de escenario que han sufrido esta tarde. Quién sabe, a lo mejor se preguntan los unos a los otros dónde han quedado sus compañeros de la temporada 87-88 o del Mundial de Italia 90. Estad tranquilos: mañana los salvaré de la muerte...
Esta noche me costará dormir. Parece la noche de reyes, la víspera ilusionante que ya nunca ha de volver.

martes, agosto 18, 2009

197.- Amarcord (Castellón)

Luego, cuando te vas de viaje, la gente cree que bajas a las alcantarillas para comerte las ratas. Es curioso. Después de un año de viaje por Asia no consigo recordar un locutorio más sucio que éste desde el que hoy escribo. Los dedos se me quedan enganchados en el teclado, casi no veo algunas de las palabras que escribo porque la pantalla tiene unos chorretones oscuros, un niño pesado como él solo mueve las sillas a mi alrededor mientras su madre habla desde la cabina número 9, qué jaleo arma el maldito... Su madre habla rumano con alguien que desde muy lejos la está poniendo de los nervios. A mí también. De la pared de enfrente cuelga una foto de una de las plazas de Sibiu, aquella de la escalinata de piedra en una noche de verano... Hay 100.000 extranjeros en la provincia de Castellón, gran parte de los cuales ha llegado desde Rumania. Así que salir a la calle es un recuerdo constante de mi viaje transilvano del año pasado. De hecho, todo es recordar en Castellón, tierra de mi familia por parte de madre y hogar de mis veranos infantiles.
Quizás por ello el destino planeó para mi primera noche en la ciudad que viéramos juntos "Amarcord" (Mis recuerdos) de Federico Fellini. Y qué alegría de elección, qué tragedia haber vivido tanto tiempo sin esta película imprescindible, sin la música de Nino Rota, sin los acordeones, ni la playa, ni el abogado en bicicleta ni el harén del Gran Hotel. Ayer fui feliz a medianoche alternando los recuerdos de la infancia italiana del gran Fellini con los de mi propia infancia, mientras sudaba en la cama en una de esas noches bochornosas de Castellón.
Todo son recuerdos... No sé qué habrá sido de mis compañeros de juegos en aquellos veranos que hoy parecen tan lejanos, Jose, Jorge... dónde andarán aquellos niños en pantalón corto, las bicicletas, la piscina a media tarde, los juegos, acampar en el jardín. Hacía años que no volvía a esta ciudad y ayer, al entrar de nuevo en el piso de la calle Montcada, me quedé sorprendido al reencontrar los muebles que un día estuvieron en mi casa de Barcelona, una mesa baja, una reproducción bastante buena de un cuadro de Van Gogh, el olor a mi abuela y a mi tía, el humo concentrado en la habitación de mi tío, las fotografías en blanco y negro del pariente lejano que murió en la batalla de Brunete, el reloj parado desde hace tantos años. Amarcord, mis recuerdos junto al mar...
Puede que esta noche vea de nuevo la película. Creo que una sola vez no es suficiente y además estoy seguro que en las calles de Borgo (ciudad ficticia basada en Rímini) volveré a encontrar filones que hagan referencia a los múltiples universos en los que habito este verano (regreso de un viaje trascendental, vísperas de otro adiós) Ayer sucedió, como sucede siempre con el gran cine, está claro. La muerte de la madre del protagonista me puso cara a cara con la muerte del padre de un buen amigo, acontecimiento que había conocido unas horas antes; vi pasar las escenas del sepelio como sombras de mis propios pensamientos, durante unos minutos me concentré en mis sentimientos. Primero fue la felicidad, pensé, y ahora llega la pena. Me pareció un buen epitafio para mis veranos en Castellón. Primero fue la felicidad, pensé, y ahora sólo queda el recuerdo, recordar las partidas al cinquillo, recordar la primera vez que vine a este locutorio horrible, recordar los veranos de infancia y la navidad en Castellón, recordar aquellos días cuando todavía la familia estaba viva, las comidas al aire libre, la paella, los conciertos del Grup Maig, sí, todo es recordar, recordar también a mi buen amigo, sufrir un poco de su pena, y recordar al fin que no somos sino un péndulo. Primero es la felicidad y luego viene la pena. Volverá después la felicidad y al final todo será un recuerdo. Amarcord. Vagan los molinillos que anuncian la primavera en la primera secuencia de la película; vagan los molinillos sobre la playa en la secuencia que la cierra. Necesito verla una vez más para volver a recordar.

P.D: Una visita matinal al cementerio de Castellón ha completado mi particular Amarcord castellonense. Estoy sudando en la soledad de este locutorio. Voy a buscar refugio en la muy añorada Librería Babel.

martes, agosto 11, 2009

196.- Una medalla al mérito

He soñado con una medalla al mérito que nunca llegó a su destinatario. Era plateada, tenía grabados los emblemas de la República de Brasil y colgaba de un pedazo de tela verdeamarelho. La medalla ha aparecido en el sueño en manos de un hombre que se liaba a puñetazos con un guardia de seguridad, quién sabe si el protagonista del sueño era yo o era el misterioso húngaro que fue detenido en un hotel de Pamplona. Imposible saberlo porque el tipo que huía vestía gabardina oscura y sombrero de ala ancha, ni siquiera en el momento de alzar el puño dejaba su rostro al descubierto. En aquella violencia oscura, sólo brillaba la medalla al mérito en la mano del ladrón.
Bien es cierto que yo pude ser aquel ladrón. Fue en el archivo municipal de la ciudad de Cuiabá (Brasil) donde encontré la maldita medalla en el interior de un sobre acartonado. Yo buscaba otras cosas, removía con emoción el contenido de una caja en la que descansaban todos los documentos fechados en 1925. Fuera hacía un calor de mil demonios, pero en el interior de la biblioteca se estaba bien, el aire acondicionado mantenía despiertos a un pequeño grupo de estudiantes y a los dos empleados. Yo estaba de pie, pues la caja era bastante alta, cuando descubrí entre los papeles un sobre más grueso que los demás. Lo abrí instintivamente y me quedé en las manos con una medalla al mérito clavada al papel con un alfiler. Me sentí emocionado al leer la carta que acompañaba a la medalla y saber que la República de Brasil se enorgullecía de reconocer el valor de un soldado que acababa de morir. La luz exagerada del mediodía mattogrosense se filtraba por las ventanas y los empleados parecían medio dormidos. Nadie me prestaba ninguna atención y yo me sentí tentado de guardarme aquella medalla y aquella carta para adorarla en el secreto de mi habitación y salvarla así del olvido al que sin duda había sido sometida en los últimos 80 años. Me preguntaba quién era aquél soldado de Cuiabá que recibía una medalla a título póstumo, quién era su familia, por qué oscuro camino había llegado aquel tardío reconocimiento al interior de una caja en el archivo municipal. Con la medalla en la mano, sin gabardina ni sombrero de ala ancha, repasé a los dos empleados y concluí que aunque el robo era algo muy sencillo yo no estaba hecho para esa clase de delitos. Separar a aquella medalla de su contexto, boicotear el trabajo futuro de algún historiador, imaginar al canalla que había robado los documentos que en verdad yo andaba buscando de ciudad en ciudad, pensar todo aquello frente a la caja abierta, y pensarlo en menos de un minuto, fue suficiente para convencerme. La ligerísima tentación de esconderme la medalla en el bolsillo desapareció como si nunca hubiese existido. Y cuando horas después abandoné el archivo me supe feliz tras haber descubierto que yo no era "así".
Ahora leo las andanzas por el norte de España del maldito húngaro del cúter oculto. Le imagino en su habitación de hotel estudiando compulsivamente los mapas que había robado en las bibliotecas de Soria, Toledo, Valladolid, Logroño y Pamplona. Le imagino pero me cuesta trabajo porque no tengo más información sobre él. Sólo sé que coleccionaba mapas de los siglos XVI y XVII. ¿Pero por qué los robó? ¿Pretendía venderlos o sólo quería adorarlos en secreto? ¿Cómo tomó su decisión? ¿Es un ladrón romántico o un pirata sin más? Seguiré atento a los diarios para conocer su pasado y su destino. A él le debo haber recordado el día en que escogí permanecer en el bando de los justos, el día en que gané una medalla al mérito sin reflejos plateados, ni pedazos de tela ni sobres acartonados.

sábado, agosto 01, 2009

195.- Comer en el Vesubio (o casi)

Sólo faltaba Artie Bucco, todo lo demás estaba en su sitio. La pared del fondo con un fresco enorme que representaba una aldea toscana, la musiquita italiana de fondo, los camareros italianos, las columnas de mármol rosa, los manteles blancos, las copas de vino... El restaurante de Little Italy se llamaba S.P.Q.R. pero para mí se llamaba Vesubio, igual que el restaurante italiano que Tony, sus compinches y su familia frecuentaban en la añorada serie de televisión "The Sopranos". Sólo con la impagable sensación de degustar una ensalada de tomates secos en el mediodía lluvioso de Nueva York ya estoy satisfecho de este viaje.
Y eso son palabras mayores. Porque, para mi propia sorpresa, Nueva York me está gustando. Confieso que venía con unos cuantos prejuicios y tarareaba aquello de "primero tomaremos Manhattan, después conquistaremos Berlín" al poner pie en el aeropuerto. Pero qué va, he descubierto una ciudad que va más allá de los estereotipos. Sé de uno que se viene a vivir a aquí y que será feliz sin paliativos. Las iglesias de Harlem, Central Park, el número 580 de la Quinta Avenida donde vive Woody Allen, el Blue Note en Greenwich Village... y qué más quieren que les diga, sólo llevo un día en la Gran Manzana, pero a pesar del lujo y la decadencia que siempre le asocio esta ciudad tiene un pulso irresistible. Vale, quizás no fuera feliz viviendo aquí, porque yo prefiero el ritmo lento, no me gustan las prisas, la ambición ni el anonimato mutuo, qué le vamos a hacer. Pero quizás sí fuera feliz comprando cada día el New York Times, quizás sí podría encontrar mi barrio en este universo de pijos y snobs. Quién sabe, esta es una vida que no viviré.
Lo dejo por hoy, aún me siento estragado por el jet lag. Llegamos ayer a mediodía y pasamos la tarde en el Madison Square Garden para contento de mi hermano que disfrutó con el partido de la liga de baloncesto femenino entre las New York Libertys y las Washington Mystics. No es que me encante el baloncesto, pero yo también lo pasé en grande, imbuido en el espectáculo total que tan bien domina esta gente, comiendo perritos calientes y bebiendo cerveza a pie de pista mientras en los tiempos muertos salía una parejita de niños a bailar, las cheerleaders hacían acrobacias, cuatro tipos competían en juegos absurdos y el público entero bailaba sin parar en busca de un plano en el videomarcador o una camiseta lanzada por los animadores. Supongo que es lo que tiene esta ciudad, son emociones sin descanso, una excitación constante que emana de todas las esquinas. Y eso que todavía no he salido de Manhattan...