Día 5. Y último. He despertado en Nizhny Novgorod, aunque me ha costado orientarme porque el cartel de la estación insiste en el nombre soviético de la ciudad: Gorky, en honor del escritor. Ya estamos cerca de Moscú! El paisaje no deja lugar a dudas: al dejar atrás Novgorod, la tercera mayor ciudad de Rusia, la periferia se extiende durante más de una hora y cada vez aparecen con más frecuencia las pequeñas ciudades, los coches viejos, tendidos eléctricos, huertos y edificios de hormigón. Algún bosque de vez en cuando trata de recordar los días pasados. Es el canto del cisne.
La próxima y última estación antes de Moscú es la bella ciudad medieval de Vladimir. Es una lástima no tener el tiempo ni el dinero suficiente para poder visitarla. De todos modos estamos atentos a las ventanillas para apreciar sus cúpulas y torres a nuestro paso por la ciudad. Es el último atractivo del viaje. Estoy nervioso. En Moscú nos espera Georgy Buranov, un chico de Couchsurfing que nos acogerá en su apartamento del extrarradio durante los próximos días. Al hospedarnos en una residencia privada tendremos un problemilla con el registro del visado; supongo que nos tocará pagar en algún hotel para conseguir el sello reglamentario. Vaya lata burocrática, qué horrorosa sería la vida antes del 89...
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Vladimir queda atrás y con ella toda Rusia, multiplicada en bosques y lagos que ocupan 17 millones de kilómetros cuadrados. Con la nariz enganchada en la ventanilla del pasillo he visto el complejo monástico de Bogolyubovo, a pocos kilómetros de la ciudad. Sus cúpulas pintadas de azul celeste, rematadas con esferas y cruces de oro, suponen un punto de pureza en el paisaje. El conjunto, de fachada blanca inmaculada, no es más que el aperitivo de las riquezas monumentales de Vladimir, ciudad milenaria que en el pasado ostentó la capitalidad rusa. La catedral de la Asunción ha sido sólo un escorzo desde el tren, pero tantas cúpulas doradas, torres blancas, el verde metálico de las techumbres y el verde herbóreo de las paredes de una iglesia junto al río... La concentración de historia y arquitectura en Vladimir la convierten en una de las piezas más valiosas del Anillo de Oro, nombre con el que se conoce a la región situada al este de Moscú, a unos 200 kilómetros aproximadamente, donde una tras otra se suceden viejas ciudades de cuento de hadas. Yaroslavl, Suzdal, Rostov-Veliky, Sergey Posad... Todas ellas fueron ciudades-estado en la edad media. Cada una de ellas levantó catedrales y palacios para reafirmar su independencia o para intentar hacer sombra a sus vecinas. Por aquel entonces Moscú luchaba por nacer...
Hace un día propio de este verano europeo que acaba de empezar. Es un sábado caluroso, de luz blanca y cegadora, un buen día para visitar las iglesias de Vladimir, incluso si esa visita queda circunscrita al campo de la imaginación. Este tren no espera a nadie.
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Un elemento en el paisaje nos ha acompañado durante nuestro trayecto desde Naushki, en la frontera mongol, hasta las puertas de Moscú. La dacha, la casa de campo rusa. Hemos visto miles de ellas a lo largo de la vía férrea, más pobres y oscuras en el este, con vivos colores y aspecto feliz en estos últimos días, pero siempre la dacha, la misma dacha, ubicua en este vasto país.
Ente Nizhny Novgorod y Vladimir el número de dachas es bastante elevado. Basta con alzar la vista para asistir a una sucesión continua de casas de madera con huerto contiguo. Ahora mismo veo un puñado de ellas. Una está abandonada y medio derruida, es un cadáver habitual en el paisaje ruso, siempre hay una casa entregada a la nada. El resto están habitadas. Algunas, generalmente las más humildes, son residencia de familias pobres, chicos delgaduchos que trabajan el huerto en camiseta de tirantes, botellas de cerveza en el alféizar, el buzón caído, una bicicleta rota. Las que tienen una decoración más cuidada pertenecen a familias bienestantes o a habitantes de la ciudad más cercana, que mantienen la dacha en el campo para gozarla los fines de semana. No es un lujo, es una tradición impulsada por el gobierno comunista de los años 50 para combatir una crisis alimentaria: cada hombre tendrá su huerto y en cada huerto sus patatas y sus cebollas. No hay nada más patriótico que arar la madre patria... malditos nacionalismos... Estas casas tienen marcos de madera pintados de blanco en las ventanas, motivos florales junto a la puerta y caminitos de piedras en el jardín...
Podría seguir apuntando detalles sobre las dachas, pero de repente me doy cuenta de que no tiene sentido, lo que ocurre es que me niego a poner un punto y final a este diario, no quiero que en tres horas este tren llegue a Moscú. Quiero seguir viajando en él la vida entera. Que no se detenga en Rusia, que siga cruzando Europa y que al llegar a Gibraltar salte el estrecho y se pierda en África, me gustaría entonces ver la cara de los dos provodnitsas, que siga corriendo el tren por desiertos y sabanas, que cruce el túnel subterráneo que no existe entre Ciudad del Cabo y Ushuaia y que remonte los Andes, que se vuelvan a subir los tres mongoles con una caja de ponchos y chullos hechos de piel de llama, y subir, subir, viajar comiendo sardinas y pastelillos-gers por toda la vida, descubriendo el mundo a través de la ventana, viendo a Sandra en la litera de enfrente, cómo se estira bajo la manta, sus gestos para encenderse un cigarrillo en el andén, la cámara cargada de fotografías tomadas a 60 kilómetros por hora, los kioskos en las estaciones con los escaparates llenos de latas de cerveza, cruzar a bordo de este tren número 5 el desierto de Arizona y como Phileas Fogg huir del ataque de los nativos americanos que todavía queden en las grandes praderas, no parar en Nueva York porque seguro que habría algún problema burocrático, entrar con todos los vagones en un gran buque transoceánico que nos llevara de vuelta a Europa, con parada en las islas Azores, donde se bajarían los pasajeros que hayan leído la Dama de Porto Pim de Antonio Tabbuchi. El resto seguirá sobre las olas, dentro de su compartimento o jugando a las cartas en el vagón restaurante, la misteriosa mujer rusa que ha pasado cinco días encerrada saldrá vestida como una princesa y cada noche bailaremos en la cena del capitán, seremos todos como los protagonistas de aquel cuento, aquel en el que un barco de desdichados surca los mares por toda la eternidad, incapaces ellos y nosotros de arribar a ningún puerto. Ojalá todo fuera así. Ojalá este viaje no acabará en Moscú.
martes, septiembre 15, 2009
domingo, septiembre 06, 2009
199.- Diario del Transmongoliano (Día 4)
Despierto en la estación de Tyumen, que marca el final del paso del ferrocarril por Siberia. Los montes Urales, la gran barrera geográfica que separa a Europa de Asia, no se encuentran muy lejos de aquí.
Esta noche he soñado con mi pasado futbolero. Llegar a un campo contrario, esperar las llaves del vestuario, vestirme de portero, calentar... Añoro todas esas sensaciones pues la dinámica de grupo y el ejercicio me eran muy preciados. Uno de los muchos proyectos que tengo para animar mi retorno a la normalidad consiste en apuntarme de nuevo a algún equipo. No puedo estar otro año sin hacer deporte.
Mientras soñaba con mi pasado, en esta noche gélida, hemos pasado por Omsk, donde en 1849 sufrió exilio Fyodor Dostoevsky. Antes de quedarme dormido estuve observando la noche a través de la ventanilla, los bosques habían desaparecido y las casitas que de una en una ocupaban los campos soportaban tristemente el embite del viento; una neblina de cuento infantil cubría la escena, que a veces se volvía terrible al aparecer la sombra exageradamente grande y exageradamente negra de un árbol solitario. Era una noche desapacible, fría como quizás lo fueran las noches en la que llegaron hasta aquí Dostoyevski y los otros miles de desdichados que cumplieron exilio en Siberia, un destino atroz para los enemigos del zar, para los librepensadores, los raros, criminales, borrachos, jugadores y después también para los enemigos de la Revolución, los conspiradores, los grandes propietarios, los que necesitaban un proceso de reeducación, una lista interminable de individuos que sufrieron tormento en estas tierras que ahora cruzo.
Recuerdo que el protagonista de "Crimen y Castigo" acababa condenado a trabajos forzados en un penal siberiano, pero no sé si la novela es anterior o posterior al exilio de su autor. Cuando vuelva trataré de encontrar "Enterrado vivo en Siberia" para ganar perspectiva. Otro proyecto para convencerme de que la rutina que me espera no será tan terrible como una de estas noches siberianas...
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Seguimos parados en Tyumen. Cecilio me ha informado de que puedo bajar a fumar, pero estoy en pijama, cubierto con la manta y todavía no he desayunado. Ha reaparecido la rusa misteriosa del compartimento número 4, así que no estamos solos. No alcanzo a ver la estación, sólo veo un tren que comienza a moverse en dirección a la cercana Tobolsk, antigua capital siberiana, dueña de un kremlin y una ciudad vieja que de haber tenido tiempo me hubiera gustado visitar. Pero tenga prisa por volver. Su Catedral de Santa Sofía, el museo de las Culturas Espirituales de Siberia Occidental o la Mansión Arkhereisky no tienen ningún poder sobre mí. Soy un viajero encerrado en un tren con un destino inalterable. Se me ocurre compararme con Lenin, quien también fue encerrado en un tren en Ginebra, herméticamente sellado, para cruzar Europa en busca de las calles incendiadas de Petrogrado. Lenin era un exiliado político y durante la Primera Guerra Mundial los alemanes pensaron que introducir aquel revolucionario en la retaguardia rusa sería como lanzar una bomba altamente destructiva sobre el palacio del zar. Y así fue. Un tren con salvoconducto especial cruzó de noche todas las fronteras llevando en su interior al hombre que tenía que acabar con 400 años de zarismo, al hombre que al frente de la revolución bolchevique cambiaría el curso de la historia.
Pero no, yo no soy como Lenin, lo cual es un alivio. Recuerdo que en Ulan-Ude se encuentra el busto de Lenin más grande del mundo. Recuerdo aquella escena mágica de "La mirada de Ulises", de Theo Angelopoulos, en la que otra enorme cabeza de Lenin desciendo por el Danubio. Imaginar mi propia cabeza en semejantes dimensiones resulta abrumador...
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Arranca el tren, ya nos vamos de Tyumen y por tanto de Siberia. Aquí se construyó en 1586 el primer fuerte ruso en tierra siberiana, cuatro años después de que Yermak Timofevich y su banda de cosacos saquearan el asentamiento tátaro de Sibir. Tyumen y Tobolsk se erigieron desde entonces como anticipio del expansionismo ruso que iba a recorrer la región en los siglos posteriores. Pero aquellas batallas son historia... Hoy sólo hay una Madre Patria desde Moscú a Vladivostok (con permiso de chechenos e ingusetios) Ya se va el tren en busca de Occidente. Suena pop ruso en la radio del ferrocarril, es hora de desayunar.
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Hace frío en el interior del tren. Afuera está nublado. Pasamos por una de esas estaciones que parecen totalmente prescindibles, intrascendentes en su anonimato. Estamos en Taanita, o algo por el estilo. Es una pequeña ciudad de casas bajas, oscura, con una iglesia de cúpula dorada que brilla de manera especialmente bella, el único punto de luz entre la oscuridad de las casas de madera vieja. Los bosques son cada vez menos frecuentes, aunque la silueta de los árboles todavía escolta nuestro avanzar. Sandra escucha música bajo el cobijo de una manta. Yo leo echando vistazos de vez en cuando por la ventanilla. A pesar del frío se está bien aquí dentro. No me apetece llegar a Moscú, volver a los quebraderos de cabeza, el registro del visado, los precios, el movimiento de nuevo. Encerrado en el compartimento número 6, viendo el mundo correr, me siento casi feliz. Si tuviera tiempo y dinero compraría un nuevo pasaje al llegar a Moscú y viajaría hasta Vladivostok, la última parada antes de hundirme en el Océano Pacífico.
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Yekaterinburgo. Poco más de 24 horas para llegar a Moscú. La pasajera rusa me ha hablado por primera vez, aunque sólo ha sido una frase de cortesía mientras esperábamos a que el provodnitsa abriera la puerta. El paisaje comienza a cambiar: ya no hay tantos bosques, por una carretera circulan coches relucientes... En un kiosko de la estación he comprado una bolsa de pan y un poco de salchichón. Cada vez que el tren se detiene somos los mismos pasajeros los que bajamos a tomar el aire, con lo que hemos comenzado a saludarnos. Tengo muchas caras repetidas en mis fotografías de los andenes rusos. La estación siempre queda demasiado lejos y nos contentamos con pasear arriba y abajo por el andén. La cara de aburrimiento que tienen los provodnitsas en la puerta de cada vagón se ha contagiado a los pasajeros, que fuman sin ganas, obligados por el reloj. Apuesto a que entre todos los viajeros de este tren ninguno ha sentido emoción al escuchar el nombre de Yekaterinburgo. Alguno habrá pensado en Boris Yelstin, que nació aquí, otros habrán evocado a las mafias que en los años 90 hicieron tristemente célebre a la ciudad. Pero nadie habrá sentido un vuelco del corazón. Ni siquiera yo, el único turista extranjero, que estaba pensando en los Romanov.
He tratado de imaginar al zar Nicolás II, su esposa y sus cinco hijos entrando en el sótano de la casa del mercader Nikolai Ipatev, donde iban a ser fusilados. Aquella ejecución, una de las más famosas de la historia, tuvo lugar en Yekaterinburgo en el mes de julio de 1918. El zar huía de los rebeldes bolcheviques con la esperanza de enlazar con la resistencia, los rusos blancos, en el orienrte ruso, nuestra Siberia. Para hacer más vívida la imagen he tirado de archivo y he montado las cabezas del zar y la zarina en el cuerpo en blanco y negro de Nicolae Ceaucescu y su mujer atrapados en Targoviste setenta años después, protagonistas de una película salvaje que recoge el proceso y la muerte del antiguo dictador. Veo al zar indignado, sorprendido de que el pueblo pueda condenarle a muerte, acompañado en aquel sótano por toda su familia, su médico personal, la cocinera, el perrito del pequeño Alexis. Todos murieron en cuestión de minutos, fue un baño de sangre ejecutado por un pelotón de fusilamiento que tenía la orden de disparar al corazón de los miembros de la familia Romanov para no desperciar munición. Luego fueron sepultados en una mina abandonada y hasta 1989 sus cuerpos no fueron hallados. La tumba fue abierta en 1991 y en ella sólo se encontraron nueve cuerpos: faltaban los cadáveres del pequeño Alexis y la Gran Duquesa María. ¿Qué había sido de ellos? ¿Habían sobrevivido? Decenas de embusteros aparecieron desde entonces proclamando ser el último de los Romanov. El misterio se resolvió finalmente en 2007 al anunciarse el descubrimiento de los dos cuerpos enterrados no muy lejos del túmulo familiar.
Por un momento he sobrevolado esta estación a bordo de mi imaginación, he entrevisto el pasado, pero enseguida he vuelto a aterrizar. El provodnitsa ha roto el encanto haciéndome señas para que subiera al tren, para que no me quedara colgado en la perla de los Urales. Ya en el tren, todavía en el pasillo, he alcanzado a ver las grandes letras que en color amarillo anuncian el nombre soviético de la ciudad en caracteres cirílicos: Sverdlovsk, un nombre sin poesía alguna, el nombre apropiado para volver del pasado a la rutina ferroviaria.
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Ya estamos en Europa. En el kilómetro 1777 de la vía férrea hay un obeliso blanco que señala la división entre los dos continentes. Así que ya estamos de vuelta. Hace 10 meses, el 27 de agosto de 2008, hicimos el camino inverso. Un ferry nos llevó a la otra orilla del Bósforo y Estambul nos vio poner pie por primera vez en el continente asiático. Desde entonces, diez meses que han parecido diez años, hemos envejecido, madurado como el buen vino, se nos han pegado a la piel los olores de culturas y países extraordinarios. Irán, India, China, un viaje formidable a través de la historia y a través también de las religiones que sostienen al continente más espiritual. Diez meses, diez años, qué más da el tiempo, alguien me dijo sabiamente que el viaje dura lo mismo que un sueño, un segundo, una eternidad. Tenía razón. Siento una ligera tristeza al entrar de nuevo en Europa. Sé que traigo dentro de mí saberes que antes desconocía, conocimiento, experiencia, matices, hondura, sea el nombre el que usted quiera, pero también sé que detrás de mí dejo algo de mi vida. Es la terrible sensación que el viajero experimente al acercarse al final del camino: los días venideros no serán más que una sombra de estos diez meses memorables. Por lo menos hoy cumplo uno de mis sueños: el transiberiano no sólo ha sido un viaje sobre el espacio, también lo ha sido hacia mi interior; y hacia el final de una etapa de mi vida. Adivino en mí un principio de decadencia. Sin duda estoy de vuelta en Europa.
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Una manera como cualquier otra de pasar el rato. Sandra me ha hecho la manicura. Mis uñas parecen las de otra persona, con su perfil redondeado y su blancura impropia de alguien que lleva cuatro días sin ducharse. Si me observo las manos durante un rato doy un respingo. Pienso en el doble, pienso en Pamuk, pienso en Estambul, inevitablemente vuelvo al principio de este viaje, como si intentase a la desesperada subirme a la rueda del tiempo y volver a empezar, volver a tener la eternidad por delante. Ya ni siquiera hay bosques.
En su lugar cada vez hay más casas de madera (dachas) pintadas de alegres colores, amarillas, verdes, azules, con niños jugando en las puertas y flores en las ventanas. Todos parecen muy felices. Me gustaría cambiarme por ellos y no llegar a Moscú. Las palabras de Pessoa sobre el hombre que viaja en coche acuden prontas a mi memoria. Quiero su vida sólo porque no es mía. Anywhere out of the world. Los bosques de esta zona no sólo son más bajos sino que también aparecen a un nivel inferior con respecto a la vía del tren. Puedo distinguir claramente los campos de un verde intenso detrás de la cadena de árboles, también veo las nubes bajas que por efecto del sol de la tarde aparecen traslúcidas en sus contornos y de un azul liviano en su interior. Cada casa tiene un pequeño huerta de forma irregular, como imprevisibles son los tejados de cada vivienda, siempre de chapa metálica, siempre puntiagudos y siempre diferentes. El sol me da de lleno en la cara. Si sigo mirando por la ventanilla sólo conseguiré que me duelan los ojos, volveré a ver las manchas rojas que veía cuando me ponía al sol en mi terraza granadina. Sandra duerme la siesta de la desesperación. A mí el encierro en este tren me está sentando bien, escribo y pienso durante horas, observo hacia el exterior con la misma intensidad con que me observo a mí mismo, intuyo cierta lucidez inalcanzable, soy consciente de que mañana se desvanecerá toda la magia que tantas horas ha requerido para nacer. Puedo pensar, y eso me reconforta, que todo el camino abierto en los últimos tiempos ha sido necesario para llegar hasta aquí, de ninguna otra manera hubiera alcanzado esta tarde luminosa, no por atajos, no por caminos más largos, la única vía de acceso a este presente que trato de escribir en mi libreta han sido los viajes de mi juventud, juventud que siento agotarse dentro de mis venas. ¿Cuántos años tengo? ¿Qué importancia tiene? ¿Cuántas vidas he tenido? ¿Y cuántas aún he de tener? ¿Cuántas veces ya he pensado que estaba escribiendo el final?
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Perm. Una estación sin demasiada historia. Pero ha subido una familia rusa a nuestro vagón! Ocupan el compartimento que en tiempos permaneció a la pareja de Mongolia. El susurro de un padre y su hija llega ahora a mis oídos. Bendito ruido de voces!
Han vuelto los bosques para rodear nuestro tren. A partir de hoy cuando alguien diga la palabra Transiberiano yo pensaré inmediatamente en interminables bosques de taiga que abrazan opresivamente a una casita de madera. En invierno sería todo tan distinto...
El lío de las franjas horarias me tiene loco. No hay manera de saber qué hora es. ¿Hora de Moscú más una, dos o tres horas? ¿Son las nueve de la noche o las seis de la tarde? Generalmente oscurece tarde, pero esto ya pasa de castaño oscuro. Es un día larguísimo, tengo hambre pero el sol se empeña en afirmar que todavía no es la hora de la cena. Estamos viviendo un jet-lag progresivo, caminando en contra del reloj. Me da igual lo que diga el sol: voy a cenar. Son las diez en Ulaan Baatar ¿Pero qué hora tengo en el teléfono móvil? Es la hora de Novosibirsk. El ipod ya tiene la hora de Moscú, aunque ahora que lo pienso quizás sea la de Nizhny Novgorod. ¿Y en la cámara de fotos? ¿¿¿Qué hora es???
Esta noche he soñado con mi pasado futbolero. Llegar a un campo contrario, esperar las llaves del vestuario, vestirme de portero, calentar... Añoro todas esas sensaciones pues la dinámica de grupo y el ejercicio me eran muy preciados. Uno de los muchos proyectos que tengo para animar mi retorno a la normalidad consiste en apuntarme de nuevo a algún equipo. No puedo estar otro año sin hacer deporte.
Mientras soñaba con mi pasado, en esta noche gélida, hemos pasado por Omsk, donde en 1849 sufrió exilio Fyodor Dostoevsky. Antes de quedarme dormido estuve observando la noche a través de la ventanilla, los bosques habían desaparecido y las casitas que de una en una ocupaban los campos soportaban tristemente el embite del viento; una neblina de cuento infantil cubría la escena, que a veces se volvía terrible al aparecer la sombra exageradamente grande y exageradamente negra de un árbol solitario. Era una noche desapacible, fría como quizás lo fueran las noches en la que llegaron hasta aquí Dostoyevski y los otros miles de desdichados que cumplieron exilio en Siberia, un destino atroz para los enemigos del zar, para los librepensadores, los raros, criminales, borrachos, jugadores y después también para los enemigos de la Revolución, los conspiradores, los grandes propietarios, los que necesitaban un proceso de reeducación, una lista interminable de individuos que sufrieron tormento en estas tierras que ahora cruzo.
Recuerdo que el protagonista de "Crimen y Castigo" acababa condenado a trabajos forzados en un penal siberiano, pero no sé si la novela es anterior o posterior al exilio de su autor. Cuando vuelva trataré de encontrar "Enterrado vivo en Siberia" para ganar perspectiva. Otro proyecto para convencerme de que la rutina que me espera no será tan terrible como una de estas noches siberianas...
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Seguimos parados en Tyumen. Cecilio me ha informado de que puedo bajar a fumar, pero estoy en pijama, cubierto con la manta y todavía no he desayunado. Ha reaparecido la rusa misteriosa del compartimento número 4, así que no estamos solos. No alcanzo a ver la estación, sólo veo un tren que comienza a moverse en dirección a la cercana Tobolsk, antigua capital siberiana, dueña de un kremlin y una ciudad vieja que de haber tenido tiempo me hubiera gustado visitar. Pero tenga prisa por volver. Su Catedral de Santa Sofía, el museo de las Culturas Espirituales de Siberia Occidental o la Mansión Arkhereisky no tienen ningún poder sobre mí. Soy un viajero encerrado en un tren con un destino inalterable. Se me ocurre compararme con Lenin, quien también fue encerrado en un tren en Ginebra, herméticamente sellado, para cruzar Europa en busca de las calles incendiadas de Petrogrado. Lenin era un exiliado político y durante la Primera Guerra Mundial los alemanes pensaron que introducir aquel revolucionario en la retaguardia rusa sería como lanzar una bomba altamente destructiva sobre el palacio del zar. Y así fue. Un tren con salvoconducto especial cruzó de noche todas las fronteras llevando en su interior al hombre que tenía que acabar con 400 años de zarismo, al hombre que al frente de la revolución bolchevique cambiaría el curso de la historia.
Pero no, yo no soy como Lenin, lo cual es un alivio. Recuerdo que en Ulan-Ude se encuentra el busto de Lenin más grande del mundo. Recuerdo aquella escena mágica de "La mirada de Ulises", de Theo Angelopoulos, en la que otra enorme cabeza de Lenin desciendo por el Danubio. Imaginar mi propia cabeza en semejantes dimensiones resulta abrumador...
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Arranca el tren, ya nos vamos de Tyumen y por tanto de Siberia. Aquí se construyó en 1586 el primer fuerte ruso en tierra siberiana, cuatro años después de que Yermak Timofevich y su banda de cosacos saquearan el asentamiento tátaro de Sibir. Tyumen y Tobolsk se erigieron desde entonces como anticipio del expansionismo ruso que iba a recorrer la región en los siglos posteriores. Pero aquellas batallas son historia... Hoy sólo hay una Madre Patria desde Moscú a Vladivostok (con permiso de chechenos e ingusetios) Ya se va el tren en busca de Occidente. Suena pop ruso en la radio del ferrocarril, es hora de desayunar.
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Hace frío en el interior del tren. Afuera está nublado. Pasamos por una de esas estaciones que parecen totalmente prescindibles, intrascendentes en su anonimato. Estamos en Taanita, o algo por el estilo. Es una pequeña ciudad de casas bajas, oscura, con una iglesia de cúpula dorada que brilla de manera especialmente bella, el único punto de luz entre la oscuridad de las casas de madera vieja. Los bosques son cada vez menos frecuentes, aunque la silueta de los árboles todavía escolta nuestro avanzar. Sandra escucha música bajo el cobijo de una manta. Yo leo echando vistazos de vez en cuando por la ventanilla. A pesar del frío se está bien aquí dentro. No me apetece llegar a Moscú, volver a los quebraderos de cabeza, el registro del visado, los precios, el movimiento de nuevo. Encerrado en el compartimento número 6, viendo el mundo correr, me siento casi feliz. Si tuviera tiempo y dinero compraría un nuevo pasaje al llegar a Moscú y viajaría hasta Vladivostok, la última parada antes de hundirme en el Océano Pacífico.
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Yekaterinburgo. Poco más de 24 horas para llegar a Moscú. La pasajera rusa me ha hablado por primera vez, aunque sólo ha sido una frase de cortesía mientras esperábamos a que el provodnitsa abriera la puerta. El paisaje comienza a cambiar: ya no hay tantos bosques, por una carretera circulan coches relucientes... En un kiosko de la estación he comprado una bolsa de pan y un poco de salchichón. Cada vez que el tren se detiene somos los mismos pasajeros los que bajamos a tomar el aire, con lo que hemos comenzado a saludarnos. Tengo muchas caras repetidas en mis fotografías de los andenes rusos. La estación siempre queda demasiado lejos y nos contentamos con pasear arriba y abajo por el andén. La cara de aburrimiento que tienen los provodnitsas en la puerta de cada vagón se ha contagiado a los pasajeros, que fuman sin ganas, obligados por el reloj. Apuesto a que entre todos los viajeros de este tren ninguno ha sentido emoción al escuchar el nombre de Yekaterinburgo. Alguno habrá pensado en Boris Yelstin, que nació aquí, otros habrán evocado a las mafias que en los años 90 hicieron tristemente célebre a la ciudad. Pero nadie habrá sentido un vuelco del corazón. Ni siquiera yo, el único turista extranjero, que estaba pensando en los Romanov.
He tratado de imaginar al zar Nicolás II, su esposa y sus cinco hijos entrando en el sótano de la casa del mercader Nikolai Ipatev, donde iban a ser fusilados. Aquella ejecución, una de las más famosas de la historia, tuvo lugar en Yekaterinburgo en el mes de julio de 1918. El zar huía de los rebeldes bolcheviques con la esperanza de enlazar con la resistencia, los rusos blancos, en el orienrte ruso, nuestra Siberia. Para hacer más vívida la imagen he tirado de archivo y he montado las cabezas del zar y la zarina en el cuerpo en blanco y negro de Nicolae Ceaucescu y su mujer atrapados en Targoviste setenta años después, protagonistas de una película salvaje que recoge el proceso y la muerte del antiguo dictador. Veo al zar indignado, sorprendido de que el pueblo pueda condenarle a muerte, acompañado en aquel sótano por toda su familia, su médico personal, la cocinera, el perrito del pequeño Alexis. Todos murieron en cuestión de minutos, fue un baño de sangre ejecutado por un pelotón de fusilamiento que tenía la orden de disparar al corazón de los miembros de la familia Romanov para no desperciar munición. Luego fueron sepultados en una mina abandonada y hasta 1989 sus cuerpos no fueron hallados. La tumba fue abierta en 1991 y en ella sólo se encontraron nueve cuerpos: faltaban los cadáveres del pequeño Alexis y la Gran Duquesa María. ¿Qué había sido de ellos? ¿Habían sobrevivido? Decenas de embusteros aparecieron desde entonces proclamando ser el último de los Romanov. El misterio se resolvió finalmente en 2007 al anunciarse el descubrimiento de los dos cuerpos enterrados no muy lejos del túmulo familiar.
Por un momento he sobrevolado esta estación a bordo de mi imaginación, he entrevisto el pasado, pero enseguida he vuelto a aterrizar. El provodnitsa ha roto el encanto haciéndome señas para que subiera al tren, para que no me quedara colgado en la perla de los Urales. Ya en el tren, todavía en el pasillo, he alcanzado a ver las grandes letras que en color amarillo anuncian el nombre soviético de la ciudad en caracteres cirílicos: Sverdlovsk, un nombre sin poesía alguna, el nombre apropiado para volver del pasado a la rutina ferroviaria.
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Ya estamos en Europa. En el kilómetro 1777 de la vía férrea hay un obeliso blanco que señala la división entre los dos continentes. Así que ya estamos de vuelta. Hace 10 meses, el 27 de agosto de 2008, hicimos el camino inverso. Un ferry nos llevó a la otra orilla del Bósforo y Estambul nos vio poner pie por primera vez en el continente asiático. Desde entonces, diez meses que han parecido diez años, hemos envejecido, madurado como el buen vino, se nos han pegado a la piel los olores de culturas y países extraordinarios. Irán, India, China, un viaje formidable a través de la historia y a través también de las religiones que sostienen al continente más espiritual. Diez meses, diez años, qué más da el tiempo, alguien me dijo sabiamente que el viaje dura lo mismo que un sueño, un segundo, una eternidad. Tenía razón. Siento una ligera tristeza al entrar de nuevo en Europa. Sé que traigo dentro de mí saberes que antes desconocía, conocimiento, experiencia, matices, hondura, sea el nombre el que usted quiera, pero también sé que detrás de mí dejo algo de mi vida. Es la terrible sensación que el viajero experimente al acercarse al final del camino: los días venideros no serán más que una sombra de estos diez meses memorables. Por lo menos hoy cumplo uno de mis sueños: el transiberiano no sólo ha sido un viaje sobre el espacio, también lo ha sido hacia mi interior; y hacia el final de una etapa de mi vida. Adivino en mí un principio de decadencia. Sin duda estoy de vuelta en Europa.
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Una manera como cualquier otra de pasar el rato. Sandra me ha hecho la manicura. Mis uñas parecen las de otra persona, con su perfil redondeado y su blancura impropia de alguien que lleva cuatro días sin ducharse. Si me observo las manos durante un rato doy un respingo. Pienso en el doble, pienso en Pamuk, pienso en Estambul, inevitablemente vuelvo al principio de este viaje, como si intentase a la desesperada subirme a la rueda del tiempo y volver a empezar, volver a tener la eternidad por delante. Ya ni siquiera hay bosques.
En su lugar cada vez hay más casas de madera (dachas) pintadas de alegres colores, amarillas, verdes, azules, con niños jugando en las puertas y flores en las ventanas. Todos parecen muy felices. Me gustaría cambiarme por ellos y no llegar a Moscú. Las palabras de Pessoa sobre el hombre que viaja en coche acuden prontas a mi memoria. Quiero su vida sólo porque no es mía. Anywhere out of the world. Los bosques de esta zona no sólo son más bajos sino que también aparecen a un nivel inferior con respecto a la vía del tren. Puedo distinguir claramente los campos de un verde intenso detrás de la cadena de árboles, también veo las nubes bajas que por efecto del sol de la tarde aparecen traslúcidas en sus contornos y de un azul liviano en su interior. Cada casa tiene un pequeño huerta de forma irregular, como imprevisibles son los tejados de cada vivienda, siempre de chapa metálica, siempre puntiagudos y siempre diferentes. El sol me da de lleno en la cara. Si sigo mirando por la ventanilla sólo conseguiré que me duelan los ojos, volveré a ver las manchas rojas que veía cuando me ponía al sol en mi terraza granadina. Sandra duerme la siesta de la desesperación. A mí el encierro en este tren me está sentando bien, escribo y pienso durante horas, observo hacia el exterior con la misma intensidad con que me observo a mí mismo, intuyo cierta lucidez inalcanzable, soy consciente de que mañana se desvanecerá toda la magia que tantas horas ha requerido para nacer. Puedo pensar, y eso me reconforta, que todo el camino abierto en los últimos tiempos ha sido necesario para llegar hasta aquí, de ninguna otra manera hubiera alcanzado esta tarde luminosa, no por atajos, no por caminos más largos, la única vía de acceso a este presente que trato de escribir en mi libreta han sido los viajes de mi juventud, juventud que siento agotarse dentro de mis venas. ¿Cuántos años tengo? ¿Qué importancia tiene? ¿Cuántas vidas he tenido? ¿Y cuántas aún he de tener? ¿Cuántas veces ya he pensado que estaba escribiendo el final?
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Perm. Una estación sin demasiada historia. Pero ha subido una familia rusa a nuestro vagón! Ocupan el compartimento que en tiempos permaneció a la pareja de Mongolia. El susurro de un padre y su hija llega ahora a mis oídos. Bendito ruido de voces!
Han vuelto los bosques para rodear nuestro tren. A partir de hoy cuando alguien diga la palabra Transiberiano yo pensaré inmediatamente en interminables bosques de taiga que abrazan opresivamente a una casita de madera. En invierno sería todo tan distinto...
El lío de las franjas horarias me tiene loco. No hay manera de saber qué hora es. ¿Hora de Moscú más una, dos o tres horas? ¿Son las nueve de la noche o las seis de la tarde? Generalmente oscurece tarde, pero esto ya pasa de castaño oscuro. Es un día larguísimo, tengo hambre pero el sol se empeña en afirmar que todavía no es la hora de la cena. Estamos viviendo un jet-lag progresivo, caminando en contra del reloj. Me da igual lo que diga el sol: voy a cenar. Son las diez en Ulaan Baatar ¿Pero qué hora tengo en el teléfono móvil? Es la hora de Novosibirsk. El ipod ya tiene la hora de Moscú, aunque ahora que lo pienso quizás sea la de Nizhny Novgorod. ¿Y en la cámara de fotos? ¿¿¿Qué hora es???
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