miércoles, octubre 28, 2009

202.- Paz birmana a lomos de Dowland



Cierro los ojos y trato de imaginar cómo oscurecen los campos de arroz bajo aquel puente cerca de Mandalay, estoy escuchando la música que John Dowland compuso para el funeral de Sir Henry Umptons y transportado por las cuerdas de un laúd desconocido trato de regresar a aquellos campos vacíos, un edredón verde pálido junto al río, intento regresar de nuevo a la silla que ocupaba aquel día, encender otra vez el cigarro de humo espeso, sentarme y pisar tierra con los pies, insisto, una vez más, lo intento con los ojos cerrados, necesito desesperadamente recuperar algo de aquella paz que hoy parece tan lejana. ¿Con qué tonalidades estará huyendo el sol en el atardecer imposible que trato de inventar? Escojo un azul morado que va aplastando la claridad ambarina del sol crepuscular, sí, voy entrando en el cuadro que sabe a té verde y al humo del cigarro, el músico inglés que me acompaña debe formar parte del cuerpo consular del imperio británico, aunque parezca extraño no desentona en absoluto, sólo es un rezagado de la historia que no abandonó a tiempo los días birmanos de George Orwell y compañía. Luego tomaré un gin tonic a su salud.
Bien, ya me siento mejor.
Cierro los ojos mientras fumo frente a los arrozales y dejo que me invada el sonido vibrante del laúd. Me recuerdo ahora leyendo las páginas de aquel libro de Orwell, mitad novela mitad memorias, estirado en una hamaca cerca de los mil templos de Bagan. En aquél otro atardecer... Qué imagen tan sublime, el cielo rosado recortando una a una las siluetas de campanilla invertida que encierran la sonrisa eterna de Buda. Estoy sentado sobre la bóveda de uno de estos templos, acaricio el pelo de Sandra, que se pierde en la contemplación del horizonte, el laudista inglés interpreta con cierta melancolía el Lachrimae Gementes que le he solicitado. Llevo pantalones cortos y una camiseta vieja, tengo los pies descalzos, vuelve la paz para invadirme como una nube de incienso que lo cubre todo. Pronto se hará de noche, volveremos dando brincos sobre la bicicleta, pedaleando por senderos de arena por los que a duras penas giran las ruedas. Luego la cena, pescado y arroz blanco, cerveza, un cigarro y las estrellas. Y cien laudes y cien laudistas del siglo XVII...
Creo que he hallado algo de paz. El nerviosismo de todo el día ha desaparecido al escribir estas líneas que son una mezcla de recuerdos, imaginación y música, mitad realidad y mitad ficción. Ahora mismo apenas me importa que todo a mi alrededor continúe estúpidamente inmóvil, qué más da que nada acabe de arrancar. Siento mi espíritu sosegado. Tengo el oído lleno de cuerdas que vibran y tengo también la fuerza suficiente para enfrentarme al resto de la noche. Arroz blanco y cerveza. Sandra y las estrellas. Me reconforta pensar que siempre podré encontrar estos refugios en los que esconder la cabeza. Hallar un poco de paz.

P.D: Sí, ya tenemos internet en casa, lo que supone todo un avance en estos cenagosos días. Poco más ha ocurrido en las últimas tres semanas: Pablo vino desde Madrid para visitar Sevilla y acabamos corriéndonos una juerga memorable en Granada. Volver al barrio fue maravilloso y sobre dicho retorno debiera haber escrito en este blog, pero ni siquiera tengo calma para sentarme a escribir, a escribir como es debido quiero decir. En el Realejo todo sigue más o menos igual, Jesús avanza en la culminación de su propio asesinato, Agustín ya murió, han abierto tres o cuatro bares nuevos, con sólo poner un pie en el Campo del Príncipe volví a sentir la inmensa felicidad que siempre siento en Granada. Hay cosas que nunca cambian. Porcel escribió que a Granada hay que volver una vez cada poco tiempo para no olvidar cuál es el objeto de la existencia... Sí, es uno de esos lugares mágicos... como tantos otros que guardo a buen recaudo entre mis recuerdos.

lunes, octubre 05, 2009

201.- Pitol en Sevilla

Cuando Sergio Pitol llego a Barcelona en los anyos 60 lo hizo sin un duro en el bolsillo, a la espera de unos pasajes para Francia o quizas para Polonia, ya no lo recuerdo, donde esperaba instalarse para dedicar su tiempo a la traduccion y la literatura. Eran los tiempos de la Barcelona oscura, el barrio chino, el franquismo, los hippies de la Plaza Real, las putas del gotico y el trajin humano en la calle Escudellers. A la espera de unos pasajes y algun que otro giro, Pitol fue pasando los dias y las noches alojado en una pension humilde no muy lejos del puerto. Casi se vuelve loco en aquellas semanas que paso encerrado entre cuatro paredes para no gastar lo poco que aun tenia, traduciendo y escribiendo, sudando, escuchando los ruidos de la calle, odiando aquella ciudad en la que por un capricho del destino el se veia encerrado. Finalmente, varias semanas despues, llego el giro a nombre de Sergio Pitol y la amiga polaca (o francesa) por fin dio senyales de vida. Pero para entonces al escritor mexicano ya no le interesaba el norte de Europa. Se habia enamorado de aquella Barcelona que casi le hace enloquecer.
Mas de 40 anyos despues hoy me siento como un pequenyo Pitol, con los bolsillos vacios, encerrado en mi apartamento del centro para no gastar, ahorrando cada centavo para al llegar la noche poder salir a por una cerveza a la plaza de los Terceros o a la Alameda de Hercules. Hace tres semanas que estoy en Sevilla y todavia nada me acaba de salir bien. No tengo trabajo. No tengo cash. No empieza el curso. No tengo internet en casa. Y el sol siempre esta ahi arriba, ardiendo, abrasando la ciudad. Por momentos he odiado a Sevilla y a sus senyoritos de patilla ancha y cinturon trenzado. De hecho aun tengo momentos de debilidad porque no hay indicios de que este por llegar una buena racha. Me consuelo leyendo (ya que no puedo traducir) y recordando la experiencia de Pitol.
Y paseando, a pesar del sol. A pesar del sol y de los sevillanos de derechas, del sevillanismo, del carril bici, de los autobuses urbanos. A pesar de todo ello, porque Sevilla a pesar de ellos es una ciudad maravillosa. Me redime cada manyana la vista del alminar de la iglesia de Santa Catalina, sus rectas almenas que recogen la sombra de una palmera. Pasear es el privilegio de los pobres que pasan el tiempo esperando una respuesta. Asi que mi lujo consiste en visitar la parroquia de San Vicente donde esta enterrado Pedro Cieza de Leon, el principe de los cronistas de Indias, la iglesia de la Macarena, la plaza de San Juan de Palma, el museo de Bellas Artes, el Guadalquivir y los callejones de Santa Cruz. No hace falta mas que tiempo para enamorarse del mapa de Sevilla, del mapa sentimental digo, de los itinerarios de las procesiones, del olor todavia reciente del caballo y del barco que un dia partio hacia las indias. Hay momentos en los que odio esta ciudad. Pero sospecho que acabare por estimarla como ella se merece. Tan pronto acabe este parentesis vital, este momento de indefinicion, cuando empiece a vivir, cuando de nuevo tenga rutinas y cada cosa ocupe su lugar, sera entonces cuando deje de esperar un giro y un telegrama enviado desde Paris (o quizas desde Varsovia, no consigo recordar)

P.D: Hay muchas cosas de las que he querido hablar en estas semanas que han pasado desde mi partida de Barcelona hasta esta tarde en la que actualizo el blog desde el ordenador de Jesse, mi companyero de piso ingles (de ahi la ausencia de acentos y enyes, como en los viejos tiempos asiaticos) Tengo ganas de dedicarle un post al desaparecido Christian Poveda, autor del documental "La vida loca" sobre las Maras en El Salvador. Es uno de los pocos tipos dignos que merecen unas palabras.

P.D: Mi barrio ya no se llama Realejo y, para que andar con rodeos, no es ni la mitad de bueno que aquel. Vivo en Puerta Osario, centro centro de la ciudad, tan cerca del corazon que el estrepito de autobuses, motos y ambulancias siempre obliga a escoger entre mantener una conversacion o abrir la ventana del salon. Los bares del barrio estan bien, pero no matan. Hay una taberna en la plaza de los Terceros que vale un costal por el arte de sus jornaleros, la taberna del Peregil todavia es un misterio para mi y el bar que hay debajo de casa hace un horario tan extranyo que es dificil adivinar cuando esta abierto. Ademas en ninguno de los bares de mi barrio se ve el futbol, no hay un Bar Molino como Dios manda, ni, por ponernos puntillosos, fruteria de los hermanos Pino o el pan de la Conchi. Se que cualquier comparacion con el Realejo no hara mas que recordarme lo feliz que fui en Granada. Tambien se que las circunstancias del momento me hacen juzgar con demasiada crueldad a mi nuevo barrio. Ya ire descubriendo sus cosas buenas. Y si no me crees vuelve a pensar en Pitol.