Dijo algo así como "Garimpeiros, brasileños bastardos..." y giró la cabeza para perderles de vista. Fue en septiembre de 2006 cuando yo surcaba el Maroni en busca de pistas sobre un caso imposible de concluir. Danny, el patrón de la pequeña embarcación en la que ahora viajaba, había accedido a transportarme a cambio de una cantidad de euros, no recuerdo cuántos, seguro que no demasiados. Era un viaje de tres días desde la desembocadura del río hasta la ciudad de Benzdorf, navegando la frontera natural que separa al Surinam de la Guayana Francesa.
Aquel escenario de puerto-frontera es uno de los lugares más sugerentes que he visitado. Escribí algo entonces sobre el último puerto del mundo, Hermann Melville, Macqroll el Gaviero y Joseph Conrad. En el muelle de Albina, donde pacté mi viaje con Danny, una familia de laosianos hmong regentaba un colmado en el que los negros (descendientes de esclavos cimarrones) se aprovisionaban para sus viajes por el río. Sonaba reggae sobre la plataforma, fumaban marihuana en pequeños grupos, bebían cerveza y en aquel puerto brumoso a primera hora de la mañana podía nacer cualquier novela.
Muy de vez en cuando, durante el tiempo que estuve esperando a que Danny soltase amarras, apareció en el muelle algún brasileño de cara tostada, gorra y camiseta de tirantes. Quizás el recuerdo me condicione, pero guardo la sensación de un aire de hostilidad evidente incluso para mí, una incomunicación total por lo menos, el aislamiento de un hombre que ha llegado a un puerto literario del que no puede escapar.
Los brasileños en el río Maroni son todos garimpeiros, miserables buscadores de oro que remueven el lecho del río día tras día, arriba y abajo, a bordo de unas barcazas en las que duermen, esperan, malviven en busca de un poco de fortuna que en el mejor de los casos les reportará unos beneficios de chiste. Son una colonia cerrada, no hablan el criollo de los maroons, ni holandés ni francés ni falta que les hace. Viajan río arriba y río abajo entre las maldiciones del resto de marineros, que odian profundamente a los garimpeiros.
Todo este cuadro me ha vuelto hoy a la memoria, un día antes de que acabe el año, durante mi ronda matutina por los periódicos de mi atlas sentimental. Ojeaba el Globo con el habitual hastío de estas fechas provocado por el recuerdo de lo más leído en el año, lo más votado por los lectores, listas e imágenes que se repiten hasta la saciedad en todos los diarios. Y entre todas ellas, el brillo familiar del puerto de Albina. Finalmente había ocurrido la tragedia que llevaba tres años gestándose en mi imaginación.
Alison Aliveira, un brasileño que hoy se encuentra en paradero desconocido, trató de cobrar una deuda a Wilson Apensa, negro ndyuka con pasaporte del Surinam. Parece que éste se negó y entonces Aliveira le apuñaló hasta la muerte, hurgando con su navaja en las heridas infectas de aquella frontera. Primero se supo que ambos eran socios en el negocio de la inmigración ilegal: introducían a brasileños en la Guayana Francesa a través del río. Después, sin apenas transición, llegó lo peor.
El odio racial acumulado en los últimos años se desbordó finalmente. Hudo Den Boer, profesor holandés que trabaja en Albina, fue uno de los testigos: "De repente vi personas que conocía, vecinos simpáticos, corriendo con machetes y destruyéndolo todo. Llevé a la policía a un pequeño grupo de mujeres brasileñas que habían sido violadas y que estaban completamente desamparadas. A un conocido mío, de nacionalidad china, le destrozaron la tienda".
La masa descontrolada arrasó los campamentos donde los brasileños pronto iban a dormir otra triste nochebuena, ya era oscuro y el brillo de los cuchillos se repetía en cada esquina, las mesas, la ropa, los colchones, todo volaba por los aires, a Reginaldo Viana le abrieron la cabeza y más de veinte mujeres fueron violadas. Los supervivientes juran que hubo muertos, que ellos vieron con sus ojos cómo se deshacían de los cadáveres en el río, y desaparecidos, incendios y abusos atroces, pero todavía no se ha encontrado ningún cuerpo y aquel brasileño que no cobró su deuda también sigue desaparecido. ¿Cómo pudo pasar? se preguntan los más idiotas. Cómo no iba a pasar algo semejante en aquel puerto donde varios grupos luchan por un puñado de miseria. ¿Cuántos episodios igual de salvajes ocurren cada día en otros lugares como Albina? Tantos... y todos pasan desapercibidos. Es el poder amplificante-mitificador de las fronteras.
Hoy las Fuerzas Aéreas de Brasil siguen repatriando a los brasileños que prefieran regresar a su país. Hay varios hospitalizados en Paramaribo y otros que permanecen en Albina. Los medios de comunicación brasileños editorializan sobre el tema tocando la fibra nacionalista y ya leo aquello del "esto no se puede permitir" y otros blablabla. Todos, ellos y nosotros, somos unos perfectos hipócritas. Nunca nos importó la suerte que llevó a miles de brasileños al otro lado de los Tumuc-Humac ni nos importa realmente lo que ocurra en las otras Albinas que quedan lejos de las fronteras y los titulares. Por lo menos el gobierno chino es más coherente: no dedicará una sola línea a llorar el destino de sus súbditos sobrantes. En 2010 las víctimas seguirán siendo las víctimas... Y yo brindaré en la medianoche deseando un próspero año nuevo.
miércoles, diciembre 30, 2009
viernes, diciembre 11, 2009
207.- The Wire

Me regalo el sirtaki que Mikis Theodorakis compuso para "Zorba el Griego". Cómo no voy a recordar aquella escena en blanco y negro en la que Anthony Quinn le enseña a Alan Bates a disfrutar de la vida in a mediterranean mood. Un golpe de cuerda, lento, lento, poco a poco vamos moviendo los pies más rápido, los brazos extendidos, y pueden dar ustedes palmas si no disponen de espacio o de aptitudes para el baile, aunque tampoco hay demasiadas reglas en esta danza, la aceleración del sirtaki es una metáfora del impulso vital que late bajo el pecho poderoso del viejo Zorba, del toro, del fuego y del vaso de vino. Más rápido. Extienda los brazos y si tiene suerte encontrara al extremo de los suyos los brazos extendidos de otros hombres que también bailan borrachos de vida.
Sí, me regalo el sirtaki inventado para aquella película porque es viernes y ya es casi de noche y ya vuelvo a necesitar sentirme un poco vivo. Y también porque apuro a tragos cortos la segunda temporada de The Wire, droga dura que le debo al hermano M. El que no conozca la serie pensara que no hay relación entre los dos conceptos, pero el adicto sabe quién es El Griego, Spiros, Stefanos y la gente del sindicato de estibadores. Un brindis con retsina a su salud. Últimas notas del sirtaki, que acaba en pleno éxtasis. Un brindis también a la salud de Giorgios Provias, el hombre que se inventó la manera de bailar el sirtaki para aquella mítica película (ríanse, éste no es un baile popular, fue inventado en 1964 ex professo para la peli de Mihalis Kakogiannis).
De todos ellos me acordaré esta noche cuando acodado en una barra le explique a cualquier desconocido las entrañas de la corrupción en el cuerpo de policía de Baltimore y de ahí, sin darle tiempo a réplica, saltaré a la guardia civil de Málaga para hacerle ver a mi compañero que las diferencias entre la ficción y la realidad no son tantas, o quizás todo lo contrario, que las diferencias son muchas pero que la realidad siempre es más ingeniosa que la ficción, de eso no le quepa a usted ninguna duda. Guardo entre mis papeles un recorte de periódico (como tantos otros) que me llamó la atención: "Detenido un guardia civil que robó en casas de sus compañeros". No sé cómo se lo hizo pero el tipo consiguió las llaves de las viviendas y procedió a "limpiarlas" según el reglamento. Lo malo del caso es que en ninguna de ellas encontró más de 200 euros, lo que da una idea de la precariedad laboral a la que se ve sometida la benemérita y quizás también una explicación a otros escabrosos sucesos que implican a las fuerzas de seguridad malacitanas. Sólo unos días antes, cinco policías locales de Mijas fueron detenidos y acusados de narcotráfico: en el coche patrulla llevaban 15 kilos de hachís y en una de sus viviendas, donde supongo habría más de 200 euros, 150 kilos más. Otro policía local de la misma provincia, esta vez en Almogía, ha sido implicado en ilegalidades urbanísticas. Aunque el premio a policía corrupto se encuentra muy lejos de Málaga, en la brumosa Pontevedra, donde un agente de Tráfico se quedó con la tarjeta de crédito de un hombre que acababa de morir en un accidente de carretera. El agente llegó al lugar del siniestro y viéndose a solas con tres fiambres se dijo que era una lástima que aquello se perdiese. Me la guardaré por si las moscas... y desde entonces la utilizó en 68 ocasiones firmando siempre con el nombre del muerto. ¿Qué le pasa a la policía española, McNulty? Málaga no está tan lejos de Baltimore... Y usted, detective Bunk, qué pasa por su cabeza? Aquí estamos de nuevo, sentados sobre los motores de nuestros coches bebiendo cerveza. Es viernes por la noche y creo que deberíamos bailar un sirtaki en este aparcamiento del extrarradio. Esta noche lo merece.
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Cineskine
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