domingo, octubre 24, 2010

217.- Mi propia cosecha


Había un boxeador que se llamaba Al y que saltaba sobre el ring, esquivando los manotazos de un tipo que se llamaba Cooper y que no sabía boxear. Ahí estaban los dos. Quietos, inmóviles, fijados como en un cuadro de Edward Hopper. Y también había un hotel que se parecía a aquél en el que se hospedaba Charlton Heston en Sed de Mal. Había una rubia con la zapatilla manchada de sangre, lánguida mirada azul. Quieta también, fija, inmóvil. Y un jefe de polícia que se llamaba Noonan y la quietud patética y tranquilizadora de una ciudad que se llamaba Personville.
Todo estaba entre mis manos y supongo que aquel universo cerrado me ayudó a superar el incordioso catarro que me había mantenido en cama durante la última semana. Era un mundo conocido, reconocible más bien, donde uno podía caminar sin miedo a extraviarse, aquí está el tranvía y por aquí se llega a Boulevard Street, en aquel dinner hay un tipo, más bien gordo, que come una empanada de carne caliente. Es agente de la Intercontinental.
Sabe?, yo también quise ser agente de la Intercontinental. No, no se ría, no buscaba chicas ni aventuras, ni siquiera el riesgo, más bien todo lo contrario: quería una fórmula cínica que me diera seguridad. Saber que usted es un triste personaje secundario y que los malos son aquellos y que los que parecen buenos son en realidad los peores y que todos somos capaces de matar y que la ginebra puede sustituir al sueño y eso, ya sabe a que me refiero, que la vida es así y ya está. Que todo está quieto, fijo, inmóvil, como en estas calles de Personville.
Pero resultó que no. Qué desastre, oiga. Ya nunca iba a ser Sam Spade en el Halcón Maltés ni tampoco iba a tener una barca en la Martinica ni un café internacional en Casablanca. Más bien, lo que le quiero decir, es que un día mi tren descarrió en Bouville, no en Personville sino en Bouville, y entre las ruinas de aquel tren se quedó la fórmula mágica para envejecer felicínicamente.
Pero bueno, a usted eso que le importa, verdad? Quiere seguir bebiendo ese mejunje? Es reconfortante que los azares del destino le lleven a uno hasta estos lugares tan apartados de la vorágine, no cree? Personville es un lugar podrido, lo sé, por eso algunos la llaman Poisonville, pero no exagere, tampoco se está tan mal. Hay bares clandestinos, casas de juego y una feria en las afueras.
Alguien me ha dicho que estoy llegando al final de un destino y que llegados a ese punto todo se reduce a un problema de actitud. Es un problema grave, no crea. ¿A usted no le gustaría tener una gasolinera como en aquella peli de Tourneur? Sería un modelo perfecto para Edward Hopper, tiene todo el tipo. Sí hombre, no se ría. Sí, se está bien en esta ciudad... Me quedaría toda la vida si no fuera... si no fuera porque estoy deseando largarme de aquí. Es el final de un destino, ya se lo he dicho, y todo es cuestión de actitud. Hágame caso: no se queda para siempre en Personville.

1 comentarios:

Miguel dijo...

Qué bien sienta sentarse a leerte, amigo. En la Whitney Gallery de Nueva York se inaugura hoy una exposición de Edward Hopper. Estoy deseando ir a verla para contarte. Yo también me quedaría toda la vida en esta Personville que tengo enfrente, si no fuera porque las ciudades no son el destino sino el terreno del que tenemos que hacer nuestro propio destino. O el propio camino. Sé paciente. Todo llega. Incluso el destino.