jueves, diciembre 09, 2010

218.- La historia de Luis González


Era un pueblo tan pequeño que nadie se fijó en él. Y sin embargo en él estaba la historia de México. Luis González y González se justificaba así en la introducción de su libro 'Pueblo en Vilo':

"Todavía más: en el escenario josefino (de San José de Gracia) nunca ha tenido lugar ningún hecho de los que levantan polvareda más allá del contorno de la comarca. No se ha dado allí ninguna batalla de nota, ningún tratado entre beligerantes, ningún plan revolucionario. La comunidad josefina no ha producido personalidad de estatura nacional o estatal; nada de figuras sobresalientes en las armas, la política o las letras. No ha dado ningún fruto llamativo ni ha sido sede de ningún hecho importante. Parece ser la insignificancia histórica en toda su pureza, lo absolutamente indigno de atención, la nulidad inmaculada: tierras flacas, vida lenta y población sin brillo. La pequeñez, pero la pequeñez típica.
En su tipicidad está su fuerza. El área histórica seleccionada no es influyente ni trascendente, pero sí representativa. Vale como botón de muestra de lo que son y han sido muchas comunidades minúsculas, mestizas y huérfanas de las regiones montañosas del México central. La vida de San José, por no ser única, por ser un conglomerado de tantos, por representar una porción amplia del subconsciente nacional, quizás sea interesante para las academias, y eso justifique el estudio emprendido por un académico".

Aunque lo cierto es que no precisa justificaciones. Hoy San José de Gracia sigue siendo tan anodina como siempre, pero su nombre y su historia se han convertido en una especie de mito gracias a las páginas de Luis González. Su estilo tienen algo de García Márquez y algo de Gerald Brennan, algo a caballo entre la historia y la literatura. Frases como las que siguen, páginas que a mí me hubiera gustado escribir:

"La actividad económica menos productiva era la búsqueda de tesoros enterrados. Había cuatro maneras de dar con ellos, las cuatro igualmente ineficaces: la relación, el fuego, las varitas y las ánimas del purgatorio. Estas últimas perseguían mucho a las mujeres. A veces se les aparecían para pedirles que pagaran tal o cual manda y a veces para decirles al oído dónde estaba el dinero. Las señoras despertaban búscandolo inútilmente. Tampoco las varitas de virtud servían más que las voces de ultratumba. Lo más común era repartir cuatro varitas entre dos personas, quienes las sostenían a corta altura del suelo en los lugares donde podía estar encubierto el tesoro. Algunas rezaban: 'varita de virtud por la virtud que Dios te dio, declara si aquí hay dinero'. La manera de declarar de la varita consistía en clavarse en el sitio buscado. Por supuesto, cuando se iba a precisar el punto exacto de un tesoro, era porque previamente se habían visto fuegos en el lugar. Eran llamitas que vagaban a corta distancia del suelo e indicaban el rumbo, mas no el sitio preciso. Sólo las 'relaciones' apuntaban todo con mucha exactitud, aunque era difícil hacerse de ellas. Había relaciones apreciadísimas, como las de Martín Toscano. Quienes las ponían en práctica hablaban de un tropel de caballos".

"En aquellos tiempos no había en la jurisdicción de San José ni discordia social ni pobreza extrema ni quehaceres agobiantes ni comodidad. Eran frecuentes las zozobras y el miedo agudo y la alegría desbordante. La oscilación emotiva parece haber sido mayor que hoy. Fácilmente se pasaba del sufrimiento al gozo y viceversa. Emotividad y religiosidad se mezclaban muy a menudo. Temor, aguda conciencia de pecado, placer erótico, arrepentimiento en masa. No eran holgazanes ni los amos ni los sirvientes, pero unos y otros tenían mucho tiempo de sobra y suficientes recursos para permitirse solaces. Si e los dieron sus progenitores, menos pudientes que ellos, con más razón se los darían ellos. Pero los solaces siempre fueron esporádicos y cortos.
Solaces gastronómicos: bebidas embriagantes, cigarrillos y antojos. El consumo de aguardiente de mezcal era abundante. Únicamente en el pueblo había diez profesionales de la embriaguez. No se tiene noticia de que haya habido abstemios totales. Los hombres (las mujeres casi nunca) se emborrachaban en las fiestas. Pero las fiestas no eran muy frecuentes. Había 130 bautizos al año y muy pocos se celebraban; había 30 bodas y algunas pasaban en seco. Para los más, el aguardiente no era pan de cada día; el cigarrillo de hoja lo era de cada rato. Fumaban mucho hombres y mujeres. Por supuesto que las comidas de antojo no eran únicamente para las mujeres embarazadas; se servían en día de fiesta, en bautizos y bodas, en herraderos y cosechas, se podían servir un día cualquiera en la casa; las servían las mujeres para solaz del marido, del padre y los hermanos a quienes se les antojaban con frecuencia los tamales, los buñuelos, el minguiche, los moles picantísimos, las enchiladas, las sopas de elote, las tortas de requesón, los chongos y el arroz con leche, y en la cuaresma, la capirotada y los torreznos".

1 comentarios:

Botitas dijo...

Hey que patxa !!!!

Que no encuentro vuestro e-mail para escribiros unos versos, cachisss la mar, un poco desastre sí que soy. Que solo quería saber qué tal os va la vida y eso. En fín, que espero que os vaya bien, seguro que tramando otra escapada jejeje. Un abrazote fuerte para vos y para Sandra ... y actualiza el blog, joio, que así al menos sabré que andas bien.