domingo, febrero 07, 2010

211.- Diego San José

La última vez que estuve en Rio de Janeiro me alojé en casa de una perfecta desconocida que había estado casada con un truhán al que yo acababa de conocer en Buenos Aires. Por los viejos tiempos, le dijo a Sandra, llamaré a mi ex y lo arreglaré todo para que os podáis quedar en su casa. Hacía como cinco o seis años que no hablaban y me quedo con las ganas de haber observado la cara de Lidia al descolgar el teléfono y escuchar la vocecita aguda del truhán porteño saludándola al otro lado. Él y su risa expansiva, quizás pensó Lidia.
En casa de Lidia, que estaba situada en el barrio de Santa Teresa, nos quedamos un par de semanas y fue en su despacho, mitad dormitorio mitad despacho en realidad, donde ocurrió la epifanía a la que pienso referirme tan pronto acabe este circunloquio.
Ya nos íbamos rumbo al norte, deseosos de proseguir nuestro viaje de búsqueda de fantasmas, y para agradacerle todo lo que había hecho por nosotros (fue generosa, agradable y dueña de una conversación reconfortante todas las noches) le regalamos un libro del escritor mejicano Carlos Fuentes. Se le humedecieron los ojos, o quizás exagere, pero eso queda entre nosotros. En todo caso, se giró hacia mí y desde su emergente posición de profesora universitaria me confesó:
- Si supieras cuánto tiempo hace que no leo literatura... Nunca tengo tiempo para esas cosas.
Asustado, debí dar un par de pasos atrás hasta que mi espalda acabara tocando la pared. Con el libro en la mano, los labios tan rojos como siempre, mientras le daba dos besos a Sandra, yo vi detrás de aquella mujer un fulgor dorado que no dejaba dudas de la naturaleza de la revelación. Yo no quiero que me ocurra lo mismo, me conjuré, yo quiero tiempo para disfrutar de esas pequeñas cosas.

Bien, pues hoy descubro que ya hace bastante que no leo literatura y que además veo pocas películas y si me descuido paso la semana sin escuchar música y abrir las páginas de un diario me da pereza, casi tanta como encender el televisor. Y ya hacía casi un mes que no actualizaba el blog.
Queriéndolo o sin querer me he convertido estas semanas en un tipo ocupado que no recuerda aquella revelación. Y lo peor del caso es que en realidad no me importa demasiado no tener tiempo para mí. Por lo menos ahora. Entregado a mi causa casi secreta soy un hombre sin tiempo pero feliz.
Porque las últimas semanas se me han ido en un frenesí de lecturas que a veces ruedan por los Andes y otras se pierden por las selvas amazónicas, pero que nunca abandonan su lugar en una bibliografía escrupulosamente elaborada. Leo con avidez, asisto a clases cuyo interés también es variable, escribo mis articulitos para poder comer. Y si acaso me queda algo de tiempo lo paso acodado en una barra charlando con los que tengo cerca, respirando sociedad, comiendo aquellas benditas rebanadas de cotidianeidad al lado de Sandra, la eterna, difusa hechicera.
Y así soy feliz, cabalgando sobre una historia que voy tejiendo con mis manos y viendo pasar a mi alrededor otras grandes historias que a falta de tiempo se convierten en mi única ventana al arte y la creación. Esos otros jinetes que a veces me adelantan como si estuvieran huyendo de la muerte que han visto en Bagdad son nombres y fotografías en blanco y negro que aparecen de repente en mi vida sin mediar aviso ni invocación.
Ése es Diego San José, por ejemplo, elegante en su traje oscuro, bombín en la cabeza, un pergamino medieval que acaba de comprar en una librería enrollado bajo el brazo. Diego San José, ayer no era nadie en mi vida y hoy es un jinete que corre a perderse y al que sólo podré capturar en las escasas líneas que ahora escriba.
Le conocí anoche, tomando un vino con Pablo, su bisnieto, que iba estirando el hilo de la memoria mientras bebía, tratando de armar la vida de aquel abuelo que coleccionaba compulsivamente, que llenaba sus armarios con incunables, fotografías de barcos encallados en el puerto de Vigo, legajos del siglo XVI en los que varias familias luchaban por una herencia, una firma de Cristóbal Colón. Diego San José, sentado con nosotros tomando un vino, las manos apoyadas en la rodilla que ha cruzado sobre su otra pierna, relucen los zapatos de este hombre que nació en Madrid y que fue escritor, poeta, dramaturgo, periodista, curioso. Más de 30 volúmenes ocupan las obras completas de este espectro en blanco y negro que hoy es un jinete y que en su día fue un autor más que prometedor, amigo de los hermanos Machado, protagonista de un retrato de cuerpo entero que hoy cuelga de un anónimo salón. En su humilde cuerpo él era toda aquella España que se perdió por el sumidero de la historia después del golpe del 17 de julio. En Madrid le alcanzó el pronunciamiento al escritor que era padre de familia desde hacía pocos años. Y en Madrid fue un habitante más de las oscuras cárceles del fascismo, eslabón de la cadena de ajusticiados por el odio, condenado a muerte.
La historia tiene sus guiños y mientras su bisnieto frunce el ceño en busca de recuerdos, Diego San José se los sopla al oído. Tuvo que ser Millán Astray, el legionario manco que le gritó a Unamuno aquello de ¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte! Tuvo que ser ese personajillo de la historia, admirador secreto de la prosa de San José, el que se preocupara de su destino y en un despacho con olor a muerte le dijera a la esposa del poeta, tranquila señora, no se preocupe más, yo me encargaré de que esté cerca de su marido.
Y el diablo le salvó la vida, aquel hombre sin escrúpulos se dio el gustazo de salvar la vida a su amigo y borró su nombre de la lista de condenados, lo metió en un camión y lo encerró en la prisión de la isla de San Simón, frente a las costas de Vigo.
Y allí vivió una temporada, escribió un libro que se tituló "De cárcel en cárcel", un día salió a la calle y allí le estaba esperando su mujer que apuesto a que le dijo sin decirle aquello otro de ahora hay que pasar desapercibido, hemos de sobrevivir. Y el genio de un hombre singular quedó atrapado en sus pensamientos, fue diluyéndose con las brumas de aquella España triste que un día como cualquier entró le vio morir en tierras gallegas, dejando un armario repleto de recuerdos propios y ajenos.
Ya se va el jinete, galopando como John Jackson en los desiertos de Mesopotamia, una sombra que huye y que no ha de volver si no es conversaciones alrededor de una botella de vino como ayer salió de entre los muertos el nombre de Washington Buño o como hoy vuelve a mi memoria el joven Toutzevitch, sacando fotografías a su viaje de exiliado a través de Europa. Las historias, los jinetes, mi propia historia, las palabras que escribió el otro yo que vive en Nueva York, ¿qué hago con ese universo que habita en mí?, y al final una nube de polvo en el horizonte. Y yo sigo cabalgando, entre los Andes y el Amazonas, sin tiempo para la literatura, pero con la punzante sensación de que la vida inunda mis venas. Y lo seguirá haciendo mientras cabalgue y cabalgue en compañía.

P.D: Comienza a gustarme Sevilla, me está ganando poco a poco y ya casi soy incapaz de oponer resistencia. Será también porque por fin las cosas comienzan a salir y bien y cada vez son menos los cabos que quedan por atar. Será. Pero será también por las piedras musgosas de la catedral en estas mañana de lluvia finistérrica que convierte Sevilla en una ciudad completamente diferente a la de las palmeras y las naranjas, naranjas que están hinchadas de agua, la piel arrugada, colgadas precariamente de una rama hasta que por fin se desvientran contra el suelo, y en la Giralda dan volteretas las campanas y al pasar junto a ella levanto la mirada en busca de las palomas y siempre me parece impresionante la altura del campanario, que por las noches se recorta contra un cielo de un azul oceánico, intenso y duro, en el que estos días brilla una luna cortada a navaja, la recuerdo bien mientras cruzaba el puente de Triana, las luces líquidas sobre el Guadalquivir, una cuadrilla de costaleros cargando piedras que pesan lo mismo que el delicado talle de una virgen, una cantaora patética con los ojos rodeados de pintura, apagan la luz y cantan una salve, y en el Rinconcillo suena el teléfono y yo tomo cerveza, ya es de noche, noche cerrada de callejones y charcos de la Sevilla en lluvias que pronto olerá a azahar. Esta semana sólo me falta Sandra, que visita Barcelona, para cuadrar el círculo de la felicidad.