domingo, marzo 28, 2010

213.- Un piano en domingo (de Ramos)


Escucho el concierto para piano nº1 de Tchaikovsky intentando imaginar los contornos de Kamenka, un lugar imposible, inexistente, un nombre exótico que aparece sobre un mapa no muy lejos de Kiev, en la provincia ucrana del imperio del zar ruso, que por aquel entonces aún tomaba chocolate en el Palacio de Invierno, ajeno al fantasma que iba a recorrer Europa en el futuro, qué mares estaría navegando el Aurora, qué aspecto tenían las calles de Kamenka en 1859, cuando Alexandra, la hermana de Tchaikovsky, contrajo matrimonio con un latifundista, quizás apuesto quizás no, en una olvidada capilla ortodoxa.
Cómo era Kamenka y cómo era la banda de mendigos, mendigos ciegos, que tocaban sus instrumentos en una plaza, cubiertos de andrajos, una melodía suave, melancólica en la tarde de luz cruda que se filtraba entre los árboles de Kamenka. Cómo fue aquella escena que conmovió hasta la médula a un Piotr Ilych Tchaikovsky de 35 años que no dejaba de sorprenderse cada vez que visitaba la casa de su hermana en Kamenka. Hay que ver, Alexandra, las melodías que emanan de esta tierra, le dijo a su hermana, mientras sostenía entre sus dedos una humeante taza de té.
En Kamenka el compositor ruso encontró la inspiración para muchas de sus obras y así ocurrió también aquella tarde de mendigos y luz cruda en la que una melodía se abrió paso hasta su oído y se volcó en su interior sin dejar de resonar como si estuviera atravesando el cuerpo de Charles Swann y estuviera a punto de nacer una melodía hueca que iría a servir de metáfora perfecta de un falso amor. Y algo así ocurrió, la conmoción, el estado de exaltación que sólo comenzó a desaparecer cuando sentado en su escritorio aquel hombre que estaba andando su camino hacia la historia escribió las notas que más tarde encabezarían un concierto para piano, un concierto que nada tiene que ver con la melodía de los mendigos ciegos, totalmente disociados, pero que en la mano y en la memoria del compositor formaban parte de una única idea, el universo inaccesible del genio creador. Handel, Swift, el judío, la negra y Sartre en Bouville. Y yo escuchando a un pianista tan anónimo como la iglesia en la que Alexandra lloraba mientras daba el sí, recordando ella y su emocionado hermano la figura de su madre, el rostro de mejillas sonrosadas de una madre que había muerto cinco años atrás en la terrible epidemia de cólera que arrasó San Petersburgo dejando huérfano a un adolescente que en el futuro iba a tomar del aire las notas de una banda de mendigos ciegos de Kamenka, cerca de Kiev, para plasmar en el papel la introducción a su oscuro concierto de piano que hoy escucho yo en Sevilla mientras afuera desfilan cientos de ultraortodoxos religiosos escondidos en sus capuchas, incapaces de oír las notas de los músicos mendigos de Kamenka, ciegos, repudiados en un parque bañado por la luz cruda de una tarde de invierno, ahogado su violín y su acordeón por la rítmica música de la banda analfabeta y el tono sostenido de una saeta dirigida al diablo que vive tras la virgen que adoran los idolatras engominados que la siguen y la aplauden, zarandeando un trozo de madera o de mármol esculpido por las manos de un hombre que, quien sabe, quizás descubriera en los rasgos de un mendigo ciego las facciones de un cristo crucificado, bañado en la luz cruda de Kamenka y en la sangre de su calvario...

No voy a leer las líneas anteriores porque sería traicionarme a mí mismo. Seguro que no me gustarían. Pero han nacido solas, sin intercesión, escuchando los primeros minutos del concierto en cuestión, concierto que yo quería escuchar como acompañamiento mientras escribía algo totalmente ajeno al bueno de Tchaikovsky y a su madre y a su hermana y sobre todo ajeno al latifundista apuesto que la desposó en Kamenka. Quería hablar de otra cosa, sí, pero qué sentido tiene que ahora yo me empeñe en recordarla. Mejor será que guarde mis ideas y me entregue al voluptuoso placer que esconde la palabra Kamenka, imaginar cómo eran sus calles y qué aspecto tenían aquellos mendigos ciegos... mientras el piano sigue marcando el ritmo de mis pensamientos.

P.D: El viajero alemán Peter Simon Pallas pasó por Kamenka en 1793 y escribió estas líneas sobre la colonia del Volga para Catalina la Grande:
"Kamenka es la más floreciente y opulenta entre las colonias católicas; esta posee más de sesenta hogares, tiene también el arroyo, con excelente agua en pozos, sumergido a través del barro y otro estrato, alrededor de nueve pies de profundidad. Nosotros reposamos allí durante la noche, habiendo sufrido muchos inconvenientes el día anterior por la intensidad del calor, ocasionado por la refracción de los rayos de sol en la nieve acompañados con un viento noroeste penetrante el cual duró todo nuestro viaje desde Saratov. El Volga esta a casi quince versts distante en una línea recta desde este lugar."
Kamenka envuelta en nieve...

lunes, marzo 01, 2010

212.- Le Voyage

Pour l'enfant amoureux des cartes et des estampes,
L'univers est égal à son vaste appétit,
Que le monde est grand à la clarté des lampes!
Aux yeux du souvenir que le monde est petit!

Charles Baudelaire

Ya se acabó la semana portuguesa, que trajo lluvia en Carmona, un paseo a media tarde en busca del autobús bajo un chaparrón insolente, me refugié en un bar a tomar un café esperando que escampase y de repente me di cuenta que estaba en un universo nuevo hecho de arrugas y olor a jamón. Sonreí y me tomé el café. Había huído de la realidad. Una vez más.