Supongo que me cansé de mí mismo y de mi estilo ampuloso que estalla como unos fuegos de artificio. Supongo que fue eso y que se me llenaron las horas de lecturas y de otras palabras que robaron mi atención. Bueno, todo eso y también que dejé de ver cine y de escuchar música y de leer el diario para convertirme en un personaje que ya he perfilado en entradas anteriores y del que no quiero abusar para no cansarme también de él. Supongo que fue por todo eso que me cansé de escribir en este blog y durante un par de meses lo he mantenido amordazado sin demasiados problemas de conciencia. ¿Por qué debería volver? Era una pregunta muy natural que se quedaba sin respuesta porque siempre había algo más liviano y fosforescente que llamaba mi atención. El lector sagaz supo detectar cierta reiteración en mis últimas entradas, un tirar de librillo bastante descarado que servía para rellenar huecos sin perder la dignidad. Y yo, que me he pasado la juventud entera haciendo bandera de las palabras de Taine y criticando el manierismo creativo, yo que hablaba en los bares con la grandilocuencia del que escribe con pasión, yo, ese yo, me di cuenta, o se dio cuenta, vamos, ese yo y yo nos dimos cuenta que escribía copiándome a mi mismo por no esforzarme por crear.
Y así quedó el asunto: bajé la persiana escuchando a Tchaikovsky y me dediqué a la honorable tarea de reconstruir la muerte de un grupo de misioneros franciscanos. No escribí más que notas al margen durante dos meses y liberado de la presión que supone engañarse a uno mismo, transité feliz por la breve primavera de Sevilla, hilvanando rutas en un mapa que baja al Amazonas y desarrollando las más excéntricas teorías sobre las relaciones de poder entre los grupos takana.
En esas andaba hasta que me crucé con Alain Delon en un París insoportable y viejo. Hacía de matón solitario en una peli horrible que se titula "El silencio de un hombre" y en el que el espectador pierde cerca de dos horas para acabar preguntándose a sí mismo: ¿Y qué?
Pues eso, y qué?, a qué venía todo esto Jean Pierre Melville?, otro ejercicio de estilo sin mayores pretensiones que mostrar la eficacia de un buen director... Manierismo cinematográfico, la repetición, la carencia de sentido y el silencio de un hombre. Aun sin pretenderlo, la película me conmovió al hacerme evocar mi propio silencio y las dudas sobre su naturaleza. ¿Es un silencio bueno o es un silencio malo?, me preguntaba mientras trataba de olvidar la cara amourinhada de Delon.
Y así seguí hasta hoy, ahíto de mí mismo y sin necesidad de volver a escribir. Cierto que en el intermezzo se quedaron grandes historias camino del tintero y cierto también que nunca hablé de aquel médico que redactó un informe en 1784 sobre las inundaciones en Sevilla. ¿Y qué? Supongo que la falta de convicciones se apoderó también de este cuaderno y me permite acabar todas las frases con la misma pregunta con la que respondo las dudas más profundas.
En fin, que así seguí hasta esta misma tarde, en la que no ha ocurrido nada extraño. Sólo estaba escribiendo acerca del riesgo que supone el airbag para los conductores que utilizan gafas, trataba de escribir, y de fondo había puesto un disco de Grant Green, un poco por casualidad, porque hacía casi dos años que no me paraba a escucharlo. Escribía en el salón, tal y como ahora escribo, mientras sonaba esa guitarra tan funky que había olvidado por completo y de repente zas, subiendo de la calle, una nube de silencio completo, un rectángulo de sol en el alféizar, un momento perfecto como no sabía apreciar desde hacía semanas. De repente era yo otra vez con el tiempo entre mis manos y sonaba Grant Green y mientras movía los dedos del pie en el rectángulo de luz el silencio se apoderaba del minuto y yo recordaba a borbotones, en una cascada sorprendentemente armoniosa, mis best moments en la Granada primaveral de 2008, la terraza, el escorzo de la Alhambra y las tardes en el bar escuchando a Grant Green y a Johnny Osbourne y a Eric Dolphy y joder que sonrisa se me ha puesto, sentado en la misma silla de tortura en la que paso todas las tardes escribiendo el pan de cada día, pero a la vez muy lejos, transportado por la nube de silencio y la guitarra de Green a un plano de que tenía mucho de verdad, de pureza similar a la que emergía de aquella casa a orillas del lago Titicaca donde alguien, a las 9 de la mañana, escuchaba una ópera sin que por ello se sorprendieran los pescadores de tez metálica que trajinaban sobre las barcas y me veían llegar con la misma indiferencia de siglos con la que verían llegar el fin del mundo. Y allí estaba yo, a bordo del silencio de la media tarde, escuchando a Grant Green, viéndole construir escaleras por las que huía del silencio de un hombre que me andaba persiguiendo por los boulevares de París. He aquí un momento que merece la pena recordar, me dije. Y entonces supe que hoy no me iba a imitar. Y entonces comprendí cuánto había echado de menos escribir en este blog.
sábado, mayo 29, 2010
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