viernes, julio 23, 2010

215.- Entre la ducha y el bar

Viernes, once de la noche, mi biografía me recuerda que es una hora propicia para escribir, para escribirme unas líneas con el único propósito de escribir, sin vocación alguna de explicar ni compartir ni comunicar, sólo la férrea vocación de escribir palabras y dejar que éstas escapen por un rato del espacio cerrado donde las tengo confinadas. Mis palabras, que hace tiempo que no sueñan, que no viajan y que no bajan al mar en busca de las olas de la memoria y la imaginación, aunque imaginación nunca tuve mucha, eso tengo que reconocerlo, porque siempre fui un tipo demasiado apegado a lo que yo conocía por realidad, que en el fondo no era más que una interpretación poco imaginativa de alguna realidad, me dirás, pues sí, puede, pero de todos modos nunca se me dio muy bien imaginar. Yo siempre he preferido recordar y practicar variaciones sobre mis recuerdos, que es un viaje melancólico hacia un pasado que muchas veces no existió, algo así como una saudade invertida que no me deja mohíno ni tan siquiera inquieto. Por eso mi estado anímico no ha cambiado ni siquiera un poco al escuchar la voz de Adrián en el iPod mientras me duchaba, yo estaba debatiéndome bajo el agua entre la necesidad de poner al día la correspondencia y la voluntad de bajarme al bar a explicarle a alguien el calor que he pasado esta tarde. Y de repente, zas, la voz de Adrián cantando uno de los temas que figuran en aquella maqueta, aquel disco que me regaló hace tantos años y que ahora ha desaparecido, dónde estará ese disco? dónde estará todo el tiempo que se ha ido? Ya les dije, no abuso de la imaginación, soy más proclive a esta melancolía un poco fatua que no acostumbra a dolerme y que al escuchar la voz de Adrián me hace sentirme de nuevo imberbe y pasar revista a los acontecimientos más relevantes de mi biografía. Y allí, por asociación de ideas, me espera Juvenal, que hoy me ha escrito diciéndome que nuestras fotos juntos se borraron de su ordenador y que por tanto ellas, como el disco de Adrián, han desaparecido en alguna dimensión que está por conocer. El bueno de Juvenal, pero qué hago, le escribo o me bajo al bar. No es la primera noche que le doy vueltas a esta gran pregunta mientras me seco y observo en el espejo las arrugas que van de mis ojos a mis orejas, que van y vuelven, y ahora en el iPod canta Carlos do Carmo, así que yo salgo del baño pensando en la saudade invertida y en aquel viaje iniciático a Lisboa, días en blanco y negro como los días de Terra Estrangeira, y por una vez, sin que sirva de precedente, trato de imaginar cómo serán mis días en Lisboa, si es que vienen, y camino de la habitación me asusta un poco el pensar que se van cumpliendo demasiados sueños y repaso los tres o cuatro más recurrentes en mis divagaciones, si pudiera me daría una palmada en el hombro, pero me conformo con fruncir el ceño, lo que supongo añade una minúscula arruga nueva alrededor de mis ojos, las arrugas que al cumplir la mayoría de edad ya anunciaban su presencia y que en parte me sirvieron para conquistar a Sandra, si es que fui yo el que la conquistó, y allí estaba yo, 17 años en pantalón corto sin saber de la existencia de Adrián o de Juvenal, plantado al sol en una tarde del mes de julio, una tarde como esta que se ha ido entre las teclas del ordenador, tiempo entre los dedos de un gris redactor que trabaja en calzoncillos en el salón de su casa y que no se inclina a la imaginación, que se contenta con volver una y otra vez a pasajes de un pasado algo incierto, sin testigos incómodos, un tipo que ni siquiera sabe lo que está escribiendo pero que intuye que eso es lo que necesitaba, lo que quería cuando al salir de la ducha se propuso aligerar de palabras el pensamiento, sin comunicar ni explicar nada, y bajarse luego al bar, libre de saudades invertidas y preparado para descubrir lo que la noche le tenía que ofrecer. Un tipo sin imaginación que siempre encuentra una puerta por la que huir.