Lloverá. Esas nubes grises y el viento que riza los toldos no presagian nada bueno, así que pronto lloverá y es posible que me acode en la ventana para observar como se moja el paisaje de mi infancia, las tejas rojas de las casas de dos plantas, el frondoso jardín que crece entre dos tapias, las sucesivas murallas de balcones. Se me hace extraño escribir mientras miro por la ventana de la habitación que me vio crecer, de vuelta en Barcelona por unos días, tan lejos del calor implacable que padezco en Sevilla. Se me hace extraño verme de nuevo rodeado por mi pequeña y estimada biblioteca y revolotear entre libros inconexos, pasando de uno a otro con un agilidad que temía perdida por mi condición de errante, de vagabundo que se deja el alma en las estanterías de esta habitación antes de cada viaje y de cada nuevo capítulo de mi biografía.
Uno de los primeros libros que he recuperado contiene una selección de conferencias dictadas por Stefan Zweig en la Europa de entreguerras. Habla con tanta ilusión de la Europa unida que inexorablemente ha de llegar y repasa el movimiento cíclico del pensamiento en el continente, habla de Petrarca, de Nietzsche y de Domenico Cimarosa. Me suena el nombre del compositor italiano pero jamás he caído en una de sus óperas, así que rebusco en la estantería un viejo libro escrito por Roger Alier hasta que encuentro el argumento de Il matrimonio segreto y, bondades de internet, enseguida estoy conmocionándome mientras Paolino y Carolina temen por su amor.
Ya tengo música, así que acabo la conferencia de Zweig y me recuesto en la incómoda silla de madera que tantos años lleva aquí. Estiro las piernas, miro por la ventana, me dejo encandilar por la música y busco con los dedos uno de los puros que me he traído del archipiélago. Es un corona de Breña Alta que no tiene porqué hacer las veces de un Habano, es un orgulloso puro canario que viene de la isla de La Palma, de un valle húmedo y caliente cercano al puerto de Santa Cruz. ¿Dónde está mi cortapuros? Hace años que no fumo en mi antigua habitación, así que rebusco en los cajones y voy tratando de imaginar cómo es la fábrica de tabacos que ha producido este cigarro esbelto y como no tengo respuesta me invento a un indiano que vuelve de Cuba y le veo sentado en el porche de su finca mientras mira al horizonte e imagino que imagina el desembarco de los piratas en el puerto de Santa Cruz, los incendios y las columnas de humo saltando de su imaginación para imbricarse en el humo de su cigarro y todos los humos saltando al presente de esta habitación donde yo por fin chupo la hoja seca del cigarro y miro por la ventana, pensando que pronto lloverá, sintiendo el viento casi frío entre los pelos del pecho, escuchando los lamentos de Paolino y Carolina.
Tengo un libro que habla de los puros de Breña Alta, recuerdo de pronto. Busco en otra estantería y doy con el Puro Humo del enorme Cabrera Infante y repaso metódicamente las páginas sucias del ejemplar de bolsillo hasta que doy con el nombre que estoy buscando. Y mientras leo vuelvo al río Mamoré donde leí este libro por primera vez y vuelvo a ser un chico dispuesto a conquistar el mundo, mis pensamientos se entrelazan con el humo azul del cigarro y los recuerdos se acuestan con el chinchalero imaginado en Breña Alta y con el humo oscuro que deja tras sus pasos el corsario francés Jacques Leclerq.
Cada vez está más oscuro ahí fuera y ya doy por hecho que la cena al aire libre que tenía programada para esta noche deberá convertirse en otra cosa. El cielo tan cubierto me atemoriza un poco, la verdad. He perdido la costumbre de observar estos horizontes y ahora estoy acostumbrado a la luz blanca del sur, a cielos más bien ardientes que poco tienen que ver con el color plomizo de este edredón de nubes que transita lentamente por el cielo. Presiento una lluvia torrencial que no podrá apagar la brasa de mi cigarro y fumo recordando las imágenes de las últimas inundaciones en Tenerife, allá por el mes de enero. No había visto esas imágenes hasta esta última semana, en que me trasladé a la isla para encontrarme con mis padres y pasar unas tranquilas vacaciones entre el murmullo de la masa. Durante siete días habité una habitación que se precipitaba sobre el mar como aquélla otra en la que un personaje de José Luis Sampedro estuvo a punto de volverse loco. Dormía con la ventana abierta y escuchaba el rumor de las olas, el estallido contra las rocas, el ir y venir de la historia que sostiene la conferencia de Zweig, quien defiende que el camino hacia la unidad europea es inevitable y que nosotros, europeos todos, llevamos caminando hacia esa meta desde los tiempos de la torre de Babel, desde Roma, desde la iglesia, desde el humanismo, desde Cimarosa y compañía, avanzando y retrociendo como una marea humana en el oceáno de la historia. Cerca de aquella habitación colgada sobre el océano montaban guardia cuatro cañones del siglo XVIII y su tacto de cobre es uno de los recuerdos más poderosos que me traigo del archipiélago. Cobres de México y Ríotinto. Y unos puros de Breña Alta que visten con su humo este atardecer negruzco que observamos un indiano canario, un pirata francés y un tipo envuelto en sus propios libros. Doy con otro libro en un cajón: Baltasar Porcel revive a los soldados franceses que fueron derrotados en la batalla de Bailén y que acabaron prisioneros en la isla de Cabrera. Otros soldados tuvieron más suerte y fueron a parar a las islas Canarias, donde acabaron por integrarse en la sociedad. Los de Cabrera murieron casi todos. Quizás uno de los otros gabachos con el uniforme roto acabara en La Palma e hiciera amistad con el chinchalero canario y fueran dos los que fumaran en el porche del caserón, compartiendo bromas sobre el cabrón de Leclerq...
Caen ya las primeras gotas. Los destellos tímidos de algunos rayos iluminan de vez en cuando el teclado del ordenador. El puro humea juguetón escondiendo en su punto ardiente las historias de Breña Alta y del resto del archipiélago. Un ficticio soldado francés escribe sus penurias baleares en un trozo de papel. El padre de Carolina trata de casarla con un marqués y Paolino se tortura buscando una solución. Stefan Zweig se suicida en Petrópolis, Brasil. Y yo hago crujir esta silla de madera que tanto tiempo lleva aquí.
Mañana lloverá en Bouville.
jueves, agosto 12, 2010
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