Recuerdo un relato de Jacinto Antón en el que un león era el protagonista. Era un león figurado, se entiende, porque se le aparecía en sueños al autor, quien trataba desesperadamente de encontrar una explicación a aquellas visitas nocturnas. Antón perdía el sueño por culpa de aquellas pesadillas leoninas. Y yo despierto de un letargo de nueve meses gracias a otro león. Figurado, se entiende. Este león vive en las páginas de un viejo libro del historiador portugués Jaime Cortesão y llegó a Lisboa el año 1447 desde las selvas de Guinea. El hecho aparece relatado en la 'Crónica dos Feitos de Guiné', un documento fundamental en la historia de los descubrimientos portugueses. Pero, ¿qué tiene de especial este león africano?. No se trata del efecto que le supongo en la corte portuguesa, donde el Infante Dom Henrique ya estaba más que acostumbrado a esos exotismos vivientes. No, no es eso. Lo que me despertó del letargo fue el destino inesperado de aquel león casi medieval. Porque el Infante tuvo a bien enviar la pieza 'a un lugar de Irlanda que se llama Galveu (Galway), a un servidor suyo que vivía en aquella tierra, porque sabía que nunca algo semejante se había visto en aquellas partes'. Éste es mi león. Navegando bajo la lluvia atlántica en un barco que va a llenar sus bodegas con tejidos irlandeses, cubriendo la ruta triste de los marineros lusos que sólo saben de brumas y de lluvia, camino a la guarida de los fantasmas que han ido saliendo del cementerio de Rahoon. El león en su jaula y los marineros en la suya. Y yo en la mía, cancelando los siglos con la escasa imaginación que todavía me acompaña en este camino a la madurez.
Así que el león que desvelaba a Jacinto ha decidido despertarme de mi sueño. ¿Cómo pude estar nueve meses sin escribirme? Me parece una eternidad injustificable. Vaya en mi descargo que siempre tuve una buena excusa a mano, siempre un manojo de frases bartlebyanas que cubrían el expediente. Frases que, por cierto, ya no puedo utilizar.
Porque mi vida ha cambiado radicalmente y quizás haya llegado el momento de explicarme los cambios, a ver si hay suerte y consigo entender algo. Veamos: ya no trabajo como periodista precario, ya no vivo en Sevilla y ya no tengo más obligaciones que las que yo mismo me impongo. Soy libre. Y, por fin, después de tanto tiempo apretando los dientes vuelvo a ser capaz de soltar amarras y soñar con leones nocturnos igual que un día soñé con indios y con elefantes blancos. El tiempo sigue siendo ese mismo suspiro, pero su tic-tac ya no me duele tanto. Porque ahora vivo chapoteando en mis obsesiones, con un pie en el herrumbroso siglo XVII y otro en un presente que está hecho de azulejos y aceite frito. Sí, vivo en Lisboa como si fuera un personaje de Tabucchi que cumple un sueño, siempre fuera, siempre fuera, anywhere out of the world, subiendo las cuestas de Alfama en busca de la calle donde empujaba su rutina aquel viejo traductor rebelde, tomando café en las esquinas, palpando los restos de un imperio que no deja de caer. Son demasiados cambios y yo no consigo entenderlos. ¿Dónde está Sandra? Su ausencia me duele como una costilla medio rota, es un dolor casi insoportable pero que se soporta a diario y que uno acaba por asimilar, es un dolor de muelas que no mata ni condena, pero que me acompaña siempre, siempre agazapado. Cuando menos lo espero, zas, trabajando en el archivo de mis sueños, compartiendo residencia con el fantasma de un lord inglés que maldice a Napoleón, sentado al sol, en cualquier situación, zas, ahí viene el recuerdo de la compañía humana en busca del hombre solitario que sueña con leones y que vive en Lisboa, el hombre que cuenta adoquines y que come sopa, el hombre que sería feliz apoyado en el alféizar del tiempo, mirando al pasado por toda la eternidad, el hombre que sería feliz si no le faltara aquel pedazo de cuerpo que se le quedó, flamenco, en las calles de Triana.
Y sí, ése soy yo. Han pasado nueve meses y me cuesta reconocerme. Me recuerdo en Diu, en aquella India encalada, fantaseando con unos días que se parecen demasiado a los actuales... ¿Acaso estoy cumpliendo un sueño? ¿Acaso es esto lo que ha venido decirme el viejo león? Cualquiera sea su mensaje, espero que la lluvia irlandesa no acabe con él. Que siga vivo para siempre, despertándome en todas las madrugadas.
martes, septiembre 20, 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)