jueves, diciembre 15, 2011
221.- Saudade
La desaparición ha sido el gran tema de mi vida. No necesito vestirme de arqueólogo ni descender a los pozos de mi memoria para saber, casi instintivamente, que esa tendencia hacia el vacío, la voluntad de franquear fronteras invisibles, late en mis venas desde hace muchos años. La siento circular como si la sangre fuera un zumo de impulsos nerviosos apuntando al infinito. Es una sensación conocida a la que afectan ciclos y estaciones, a veces necesito desaparecer por completo y a veces me basta con 'no ser' en exceso. En cualquier caso, me reconozco siempre en las primeras páginas de Moby Dick y yo también me lanzo al ancho mar cuando siento la necesidad de golpear con mi paraguas a todos los viandantes, de golpear a las personas que pasan la mayor parte del tiempo por los caminos. De golpearlos con fuerza como yo ahora los golpearía.
Tras una temporada de confort existencial, vuelvo a fantasear con la desaparición. Quisiera ser aquel poeta caribeño que se subió a un barco para huir de un golpe militar y de una pasión imposible, quisiera volver a todas las cubiertas de todos los barcos en los que he representado el papel de fugitivo. Y, ¿por qué esta vez? ¿Acaso hay alguna razón de fondo?. Y entonces vuelvo sin esfuerzo a las páginas de Tabucchi y al Anywhere out of the world que le robó a Baudelaire, inutile fare de la nuit, la vida es un hospital y todo enfermo cree que sanará si cambia de cama. Pessoa deseó la vida de otro hombre al verlo a través la ventanilla de su coche camino de Sintra, y apenas el deseo estaba motivado por el hecho de que aquella vida no era la suya, era otra, diferente, plena de posibilidades y de miedos, pero de miedos y posibilidades nuevas, todavía ignotas.
Así que yo ahora miro un mapa y escribo fichas y leo libros y en la selva que voy reconstruyendo, como si fuera el palacio de naipes de Kublai-Khan, sólo veo los pliegues y las esquinas, los hombres que apoyados en un árbol me ven pasar camino de Sintra y yo deseo vivamente convertirme en ellos y perderme para siempre en las sombras de los mapas, seguir el camino de los sueños through caverns measureless to man, down to a sunless sea.
Porque perderse es una deliciosa manera de renunciar al combate y de inventarse una victoria. Es imaginar que Patusán no existe y que a la muerte se le engaña mucho antes de llegar a Bagdad. Desaparecer es estar convencido de que los fantasmas se desorientan al buscar el corazón de las tinieblas y que si uno camina muy rápido, uno, dos, uno, dos, los pasos entre la niebla, es capaz de despegarse de sí mismo y dejar atrás a los espíritus y caminar ya libre de esencia, sólo huesos y piel, hacia el interior de un agujero donde no llegan los ecos de otros mundos ya perdidos.
Perderse, desaparecer. Caminar ladera abajo con la voz inolvidable de Lady Day tronando en la cabeza, sudando gotas de dolor, formando un charco de olvido, silbando, recorriendo caminos de tierra arriba y abajo, sin destino, huyendo al ritmo de un altavoz perdido en un pueblo que emerge del lago más alto de la tierra, más cerca del sol, más cerca del cielo, silbando y tronando y caminando por inercia, definiendo con los pasos el significando profundo del verbo errar, errar en toda su extensión, errar sobre la tierra como única vindicación de la existencia, el ser es ser porque yerra, porque no acierta, porque falta y no cumple con lo que se debe, porque anda vagando de una parte a otra, porque errar también es divagar, dicho del pensamiento, de la imaginación o de la atención. Y hoy vuelvo a sentir la necesidad inaplazable de subirme a un barco ballenero, de golpear las gorras de los viandantes, de beberme la ginebra del capitán, de coger la bolsa y desaparecer por la puerta, de no encontrar a nadie en el rellano y de seguir bajando las escaleras hacia algún lugar donde la lluvia no apague los cigarros y donde los fantasmas, el frío, la niebla, las voces de Rahoon, donde todas las presencias etéreas se desorienten y se diluyan sin llegar al corazón (de las tinieblas). Un paraíso secreto en el que Funes no pueda entrar y en el que los abandonados del mundo se persigan los unos a los otros sin encontrarse jamás, un laberinto en el que dejar atrás a William Wilson, un jardín de senderos que se bifurcan en el que errar eternamente como un condenado a una huida sin fin, cumpliendo así la penitencia por el pecado original: existir.
E insisto, me insisto, todavía no conozco los astros que controlan las variaciones de estos impulsos balleneros. Será la luna precipitando mis mareas. Será una grieta en la presa que el subconsciente va creando cada día, una pequeñísima grieta en el sólido muro de olvido y recuerdos, de selección, jerarquización, embellecimiento de la memoria, una grieta inapreciable por la que salen todos los fantasmas al galope camino de Patusán, husmeando las huellas del Gaviero, recorriendo las galerías vacías de todas las minas, los lechos de los ríos, los cementerios de barcos donde se herrumbran el Tramp Steamer y los barcos rusos del mar de Aral, al galope, uno, dos, uno, dos, sobre la niebla van los fantasmas privados en busca de la estación de servicio de Jeff Bailey, en Bridgeport, California, donde un hombre vende gasolina en lugar de caminar y donde un coche circula por la carretera de Sintra, por la carretera del sueño, por la carretera de la vida, iluminando con sus faros la catedral gótica de París, como si Pessoa, Proust, Tabbuchi, Conrad, Borges, Mutis, Kafka, Poe, Melville y Baudelaire, como si todos ellos no supieran de antemano que es imposible desaparecer, que uno se sube al ballenero y se va a cruzar los mares, que uno llega al fin del mundo y da la vuelta y sube montañas y toma ácidos y caza ballenas y luego descubre que todo es en vano. Como si todos ellos nunca hubieran sabido que los fantasmas siempre descubren el camino a Patusán y que ni siquiera en el más oscuro agujero de la selva, ni siquiera en el inframundo junto a las almas de Robert Johnson y de Raymond Maufrais, ni siquiera allí es posible dar esquinazo al espíritu que viene silbando, silbando y tronando, a buscar acomodo entre la piel y los huesos del individuo que yerra en busca de un sentido, acumulando pasos y con ellos haciendo nacer fantasmas que algún día también le habrán de alcanzar, dolorosa contradicción. El pecado primigenio: existir. Errar, caminar, silbar, dejar huella, crear recuerdos, fantasmas, vivir. Y la condena eterna: huir sin descanso hasta descubrir que no se puede despistar ni apuñalar a la propia sombra. Qué grande es el mundo pour l'enfant amoureux des cartes et des estampes, y qué pequeño parece aux yeux de souvenir. ¿Y entonces? Entonces huir con efecto inmediato de la niebla de Lisboa y poner rumbo al sol de Andalucía para secar en él las humedades del alma que produce esta ciudad. Saudade, they call it. Es como si Lisboa estuviera construida no sobre siete colinas y sí sobre los siete pilares de la sabiduría, como si debajo de cada adoquín palpitara la esencia del hombre, como si el mundo acabara aquí y ya todos supieran que de nada sirve huir, ni reir, ni vivir, ni silbar. Apenas dejarse envolver por la niebla nocturna y desaparecer por unas horas, no verse las puntas de los pies, no ver las gorras de los viandantes, caminar sobre los adoquines, uno, dos, uno, dos, perderse en Alfama, ser un extraño en Terra Estrangeira hasta que el viento del amanecer arrastre los últimos jirones y entonces emerger de nuevo para sumarse a la lucha inútil de K el agrimensor. Es ésta una ciudad tan triste como fundamental. Y con un castillo en lo alto de la colina de San Jorge.
Tras una temporada de confort existencial, vuelvo a fantasear con la desaparición. Quisiera ser aquel poeta caribeño que se subió a un barco para huir de un golpe militar y de una pasión imposible, quisiera volver a todas las cubiertas de todos los barcos en los que he representado el papel de fugitivo. Y, ¿por qué esta vez? ¿Acaso hay alguna razón de fondo?. Y entonces vuelvo sin esfuerzo a las páginas de Tabucchi y al Anywhere out of the world que le robó a Baudelaire, inutile fare de la nuit, la vida es un hospital y todo enfermo cree que sanará si cambia de cama. Pessoa deseó la vida de otro hombre al verlo a través la ventanilla de su coche camino de Sintra, y apenas el deseo estaba motivado por el hecho de que aquella vida no era la suya, era otra, diferente, plena de posibilidades y de miedos, pero de miedos y posibilidades nuevas, todavía ignotas.
Así que yo ahora miro un mapa y escribo fichas y leo libros y en la selva que voy reconstruyendo, como si fuera el palacio de naipes de Kublai-Khan, sólo veo los pliegues y las esquinas, los hombres que apoyados en un árbol me ven pasar camino de Sintra y yo deseo vivamente convertirme en ellos y perderme para siempre en las sombras de los mapas, seguir el camino de los sueños through caverns measureless to man, down to a sunless sea.
Porque perderse es una deliciosa manera de renunciar al combate y de inventarse una victoria. Es imaginar que Patusán no existe y que a la muerte se le engaña mucho antes de llegar a Bagdad. Desaparecer es estar convencido de que los fantasmas se desorientan al buscar el corazón de las tinieblas y que si uno camina muy rápido, uno, dos, uno, dos, los pasos entre la niebla, es capaz de despegarse de sí mismo y dejar atrás a los espíritus y caminar ya libre de esencia, sólo huesos y piel, hacia el interior de un agujero donde no llegan los ecos de otros mundos ya perdidos.
Perderse, desaparecer. Caminar ladera abajo con la voz inolvidable de Lady Day tronando en la cabeza, sudando gotas de dolor, formando un charco de olvido, silbando, recorriendo caminos de tierra arriba y abajo, sin destino, huyendo al ritmo de un altavoz perdido en un pueblo que emerge del lago más alto de la tierra, más cerca del sol, más cerca del cielo, silbando y tronando y caminando por inercia, definiendo con los pasos el significando profundo del verbo errar, errar en toda su extensión, errar sobre la tierra como única vindicación de la existencia, el ser es ser porque yerra, porque no acierta, porque falta y no cumple con lo que se debe, porque anda vagando de una parte a otra, porque errar también es divagar, dicho del pensamiento, de la imaginación o de la atención. Y hoy vuelvo a sentir la necesidad inaplazable de subirme a un barco ballenero, de golpear las gorras de los viandantes, de beberme la ginebra del capitán, de coger la bolsa y desaparecer por la puerta, de no encontrar a nadie en el rellano y de seguir bajando las escaleras hacia algún lugar donde la lluvia no apague los cigarros y donde los fantasmas, el frío, la niebla, las voces de Rahoon, donde todas las presencias etéreas se desorienten y se diluyan sin llegar al corazón (de las tinieblas). Un paraíso secreto en el que Funes no pueda entrar y en el que los abandonados del mundo se persigan los unos a los otros sin encontrarse jamás, un laberinto en el que dejar atrás a William Wilson, un jardín de senderos que se bifurcan en el que errar eternamente como un condenado a una huida sin fin, cumpliendo así la penitencia por el pecado original: existir.
E insisto, me insisto, todavía no conozco los astros que controlan las variaciones de estos impulsos balleneros. Será la luna precipitando mis mareas. Será una grieta en la presa que el subconsciente va creando cada día, una pequeñísima grieta en el sólido muro de olvido y recuerdos, de selección, jerarquización, embellecimiento de la memoria, una grieta inapreciable por la que salen todos los fantasmas al galope camino de Patusán, husmeando las huellas del Gaviero, recorriendo las galerías vacías de todas las minas, los lechos de los ríos, los cementerios de barcos donde se herrumbran el Tramp Steamer y los barcos rusos del mar de Aral, al galope, uno, dos, uno, dos, sobre la niebla van los fantasmas privados en busca de la estación de servicio de Jeff Bailey, en Bridgeport, California, donde un hombre vende gasolina en lugar de caminar y donde un coche circula por la carretera de Sintra, por la carretera del sueño, por la carretera de la vida, iluminando con sus faros la catedral gótica de París, como si Pessoa, Proust, Tabbuchi, Conrad, Borges, Mutis, Kafka, Poe, Melville y Baudelaire, como si todos ellos no supieran de antemano que es imposible desaparecer, que uno se sube al ballenero y se va a cruzar los mares, que uno llega al fin del mundo y da la vuelta y sube montañas y toma ácidos y caza ballenas y luego descubre que todo es en vano. Como si todos ellos nunca hubieran sabido que los fantasmas siempre descubren el camino a Patusán y que ni siquiera en el más oscuro agujero de la selva, ni siquiera en el inframundo junto a las almas de Robert Johnson y de Raymond Maufrais, ni siquiera allí es posible dar esquinazo al espíritu que viene silbando, silbando y tronando, a buscar acomodo entre la piel y los huesos del individuo que yerra en busca de un sentido, acumulando pasos y con ellos haciendo nacer fantasmas que algún día también le habrán de alcanzar, dolorosa contradicción. El pecado primigenio: existir. Errar, caminar, silbar, dejar huella, crear recuerdos, fantasmas, vivir. Y la condena eterna: huir sin descanso hasta descubrir que no se puede despistar ni apuñalar a la propia sombra. Qué grande es el mundo pour l'enfant amoureux des cartes et des estampes, y qué pequeño parece aux yeux de souvenir. ¿Y entonces? Entonces huir con efecto inmediato de la niebla de Lisboa y poner rumbo al sol de Andalucía para secar en él las humedades del alma que produce esta ciudad. Saudade, they call it. Es como si Lisboa estuviera construida no sobre siete colinas y sí sobre los siete pilares de la sabiduría, como si debajo de cada adoquín palpitara la esencia del hombre, como si el mundo acabara aquí y ya todos supieran que de nada sirve huir, ni reir, ni vivir, ni silbar. Apenas dejarse envolver por la niebla nocturna y desaparecer por unas horas, no verse las puntas de los pies, no ver las gorras de los viandantes, caminar sobre los adoquines, uno, dos, uno, dos, perderse en Alfama, ser un extraño en Terra Estrangeira hasta que el viento del amanecer arrastre los últimos jirones y entonces emerger de nuevo para sumarse a la lucha inútil de K el agrimensor. Es ésta una ciudad tan triste como fundamental. Y con un castillo en lo alto de la colina de San Jorge.
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